El jugador sueco Mikael Ymer, tras una discrepancia con el juez de silla Rogerio Santos que acabó costándole un juego, la toma contra la estructura de la silla y acaba destrozando su raqueta a golpes.
Es un rara avis en una pista de tenis. No romper una raqueta, que se lo hemos visto a muchos jugadores como John McEnroe o, más recientemente, a Nick Kyrgios. Sino hacerlo contra la silla del árbitro del partido.
Mikael Ymer, jugador sueco número 53 del mundo, jugaba contra el francés Arthur Fils en segunda ronda en el torneo ATP 250 de Lyon. Cuando iban 5-5 en el primer set, se produjo el desencuentro entre Ymer y el juez de silla Rogerio Santos.
Al parecer, un golpe de Fils, cuando jugaban un 40 iguales, no había entrado en la pista según el tenista nórdico. El sueco devolvió la bola y su respuesta fue cantada fuera . Entonces, el juez dio el punto para el francés.
Ymer, enfadado, se acercó a reclamar el punto pidiendo al juez de silla que se bajara a confirmar que la bola del francés había botado en la línea, cosa que el árbitro rehusó pese a las fuertes protestas del sueco.
Entonces, en el siguiente punto, con ventaja para el jugador francés, el sueco perdió el juego y también los nervios. Se acercó a la silla del juez y, tras dos fuertes golpes, dejó su raqueta convertida en un amasijo de cuerdas y fibra.
Poco después, un representante del torneo se acercó a la silla de Mikael Ymer para decirle que estaba descalificado. Fils, número 117 del mundo, pasa de ronda ante una de las situaciones más raras de la historia del tenis.
Red Auerbach dijo una vez que los Celtics no eran un equipo de baloncesto sino un "modo de vida". Ahora que la leyenda verde vuelve a recuperar el trono, a ganar el anillo 16 años después y a situarse (de nuevo) por encima de los Lakers en esa eterna batalla por la hegemonía (18 títulos a 17) en la NBA, retumban las enseñanzas del entrenador y dirigente fallecido en 2006, las volutas de humo de los puros con los que festejaba los triunfos en el viejo Garden, la forja de un destino emparentado con la competitividad, con el baloncesto al 100%, con los mitos también en la cancha. Ese halo de energía flotaba en la peculiar ciudad de Boston, en una noche como las de antaño.
Todo empezó con el pionero Red y siguió con Bill Russell. Y este anillo logrado ante los Mavericks de Luka Doncic casi por la vía rápida, perdiendo apenas tres partidos en todos los playoffs (y 18 en temporada regular), es en honor al gigante fallecido hace dos años. Estos Celtics de los 'Jays' (Tatum y el MVP Jaylen Brown) que perdieron las Finales de 2022 contra los Warriors y se llevaron un buen sofocón el curso pasado en la final del Oeste contra los Heat, han vuelto a desempolvar el añejo espíritu guerrero de la franquicia creada por Walter Brown en 1946, la primera en elegir a un jugador negro en el draft, la primera en colocar a cinco jugadores afroamericanos juntos en la pista (1963), la primera en tener un entrenador de color (1966). Todo por obra de Auerbach, el verdadero creador del mito celtic, autor de sentencias igual de inolvidables. "Yo siempre buscaba chicos con buen carácter y procedentes de un buen programa. Para mí, como si llevaba falda escocesa", reivindicó tras elegir a Chuck Cooper en 1950, dos meses después de llegar al cargo.
Bill Russell y Auerbach, en una foto de archivo.AP
Con Red y Bill juntos se creó una de las mayores dinastías del deporte en EEUU, con 11 títulos de 1957 a 1959. "Auerbach, como Santiago Bernabéu en el Madrid, fue el eje de todo. Él tiene una idiosincrasia muy particular: veía lo que otros no. Tenía un concepto y un ojo para jugadores muy marcado. Y luego iba renovando. Cuando se retira Bob Cousy, vienen Sam y KC Jones. Nunca perdía calidad en el equipo. Y el gran mérito es que sólo había 12 equipos, todo agrupado, con jugadorazos en todas las plantillas. Jerry West, Oscar Robertson, Will Chamberlain... Quedar tantas veces campeón así es una proeza", reflexiona el periodista Antonio Rodríguez, autor del libro 'La leyenda verde', todo un experto en la mitología Celtic.
Que incluye nombres propios que pueblan el cielo del actual TD Garden, que sigue conservando partes del parquet de madera de roble procedente de los bosques de Tennessee del original, reutilizadas tras haber sido barracones de la segunda guerra mundial. Bob Cousy, John Havlicek, Tom Heinsohn, KC Jones, Dave Cowens y después Larry Bird, Kevin McHale, Robert Parish y la rivalidad con los Lakers elevada hacia cimas que relanzarían (junto a un tal Jordan a continuación) la NBA hasta lo que es hoy en día... También episodios malditos, como las trágicas muertes de Len Bias (por sobredosis, horas después de que los verdes lo eligieran como número uno del draft) y Reggie Lewis (un paro cardíaco súbito en un entrenamiento) y la travesía en el desierto de 22 años hasta volver a ser campeones con Garnett, Allen o Paul Pierce.
"Los 80 fue otra época dorada. Larry Bird fue elegido en el draft un año antes de que pudiera jugar en la NBA. Auerbach sabía que iba a ser icónico. Y le rodeó con tipos que quizá nunca hubieran sido estrellas. McHale, Danny Ainge, que estaba entre el béisbol y el baloncesto, Parish... Un equipazo. Las muertes de Len Bias y Reggie Lewis impidieron que hubieran conseguido mucho más en los 90", admite Rodríguez.
Las cosas siguen igual en Boston, una ciudad donde "la religión era el hockey hielo, con los Bruins", donde las tradiciones se respetan como en ningún otro sitio. El mismo escudo con el Shamrock irlandés, la misma camiseta, el mismo logotipo con el Leprechaun, ese duende de la mitología gaélica que diseñó Zangfeld, el hermano de Auerbach. Pero desde aquel 2008 hasta ahora han pasado un buen puñado de años y de expectativas. Hasta dos anillos de los Lakers, incluido el de las Finales de 2010. Y la enésima reinvención y de decisiones de las que marcan el porvenir. Esta vez, con dos pilares elegidos consecutivamente en el tercer puesto de los draft de 2016 y 2017. Y de los refuerzos que han hecho insuperables a los del religioso Joe Mazzulla (su nombre ya junto a los de Auerbach, Russell, Heinhson y Doc Rivers), especialmente el de Jrue Holiday (Porzingis se perdió demasiados partidos por lesión) llegado desde el que parecía su principal rival en el Este, los Bucks. Todo por obra en los despachos de Brad Stevens, otro que pasó del banquillo a la gerencia con decisiones trascendentales.
Jaylen Brown, tras conquistar el anillo y el MVP.ELSAGetty Images via AFP
Ahora, el heredero del Celtic Pride es Tatum, cinco veces All Star, oro olímpico en Tokio (también estará en París). Un chico de 26 años formado en Duke, profundamente admirador de Kobe Bryant y que no se ha perdido ninguno de los 130 partidos que los Celtics han disputado en playoffs desde la temporada 2016-2017. Y la pareja que forma con Brown, el escudero perfecto que ha logrado un merecido MVP tras unos playoffs pletóricos.
Ya fue el Barça en la Liga Catalana y pronto vendrán el Real Madrid, el Unicaja o el Baskonia en la Liga Endesa, o el Cholet francés en la Champions League. Ricky Rubio vuelve al baloncesto de élite, a enfrentarse a rivales de élite; tras su parón por salud mental, regresa con el Joventut al lugar que le pertenece. Pero el año pasado jugó a un nivel distinto, muy distinto, exageradamente distinto.
"Lo habíamos visto defender a Curry o Harden y, de repente, estaba ahí defendiendo al Antonio, que había llegado tarde al partido porque le tocaba dormir a las niñas", relata Iaco Rocher, máximo anotador de los Peresala Legends, uno de los equipos de la liga privada municipal 2+1 en la que Rubio participó la temporada pasada. Cada semana jugaban sus amigos de toda la vida, como Josep Heredia, presidente de la Fundación Ricky Rubio, y él quería estar con ellos. No le importó pasar de jugar contra los Boston Celtics a hacerlo contra los Boston Sexis; de los Warriors a los Guarriors; de los Timberwolves a los Tinder Wolves. Ahí estaba, contra los Zaca de Banda, los Tiraos Libres, los Gitanos Mellaos, los Gatitos Rosas o el Panatimankos.
"Ya había venido alguna vez como espectador, porque el equipo de sus amigos, que se llama Una més i prou, juega en la liga desde hace muchos años. Nos sorprendió cuando vino como jugador, pero él solo quería pasárselo bien y no llamar la atención. No venía el Ricky exjugador de la NBA; venía el Ricky amigo de sus amigos", explica Rafa Sora, responsable de la liga 2+1, que ya cuenta con 35 años de historia, pese a no ser de gestión pública.
Las raras reglas del torneo
La competición tiene solera entre los aficionados al baloncesto de Barcelona porque la organización cumple. Se disputa entre semana, por la noche, en pabellones de las afueras -en La Verneda, el Besòs o Trinitat Vella-, pero hay decenas de equipos, premios en metálico y reglas muy adaptadas. Para no perder tiempo se juega sin descanso, con cambios al estilo balonmano, sin prórrogas -el ganador se decide con una tanda de tiros libres- y con canastas de cuatro puntos desde el propio campo.
El año pasado los campeones fueron los Chori Heat, pero el conjunto de Rubio logró su mejor clasificación de siempre: acabó quinto. Se clasificó para los ‘playoff’, ganó en primera ronda a los Panteras, pero cayó después ante los Carnal Steakhouse -un restaurante del Eixample-.
La participación de Rubio fue intermitente. A algunos partidos acudía, a otros no. Y, cuando lo hacía, tampoco quería lucirse lo más mínimo. "Iba andando, pero es normal. En el primer partido se puso a correr, robó tres o cuatro bolas seguidas, se dio cuenta y volvió a andar. Se dedicaba a dar asistencias a sus amigos, pero no siempre acababan en canasta. Quizá se la daba solo a un amigo y el amigo tiraba una piedra", relata Rocher, que ya se había enfrentado a los amigos de Rubio cuando eran pequeños. Porque, en realidad, muchos de los participantes en la liga 2+1 se conocen de las categorías inferiores de los equipos de Cataluña: el Barça, la Penya, el Sant Adrià, el Sant Josep, el Mataró... Algunos llegaron a jugar en Segunda FEB o Tercera FEB; la mayoría lo dejaron por la universidad o el trabajo.
"A veces digo que hacemos una obra social. La liga es para aficionados que aman el baloncesto, pero no pueden jugar en un equipo federado. Es curioso, porque hay algunos que vienen un poco flipados porque han jugado en Primera FEB y Ricky hacía todo lo contrario. Solo podemos hablar maravillas de él", proclama Sora, que, como dirigente de la liga, tuvo que enfrentarse a una minicrisis.
La crisis por la prensa
A mitad de la temporada pasada se viralizó un vídeo de Rubio jugando en la liga -con pantalón largo y sudadera-, lo publicaron todas las televisiones y llegó a haber cámaras en la puerta del pabellón para grabarle de nuevo. ¿Qué pasó? Dejó de aparecer.
"Quería pasar desapercibido a toda costa y estuvo varias semanas sin jugar, hasta que se calmaron las cosas. Lo hablé con los miembros de su equipo y me dijeron que no había problema, que sabían que no era cosa de la liga. De hecho, me dejaron publicar alguna jugada suya en nuestro Instagram para promocionar la competición", cuenta Sora, que ya había visto a otros ex ACB en su liga, como Quique Andreu, Carles Marco o Moussa Diagné, pívot del UCAM Murcia que tiene un primo en un equipo. "Este año no se han apuntado más equipos, no ha habido un efecto Ricky, pero tampoco lo buscábamos. Vino, se lo pasó bien y todos contentos", resume el responsable de la liga 2+1, el refugio de Rubio antes de volver al baloncesto de élite.