Cuando Florentino Pérez llegó al Madrid, hace un cuarto de siglo, habló, textualmente, de «evangelizar» al mundo con el madridismo, como si el mandato que había recibido de los socios fuera una misión. Hubo quienes calificaron la declaración de irreverente, porque las metáforas en el contorno de la Iglesia siempre resultan sensibles, aunque la realidad es que los fines a los que se refería aquel Florentino tenían que ver más con el universalismo que con la religiosidad. La expansión del club es parte de su obra, una obra colosal, pero corre el riesgo de ser devorada por su propia ira, si no analiza con atención el resultado de su reelección, la misma ira que le ha llevado a despreciar a críticos y a candidatos, y a observar enemigos en todas partes. El madridismo, hoy, quiere debate.
El Madrid no es sólo el club más valioso según Forbes, como ha repetido el presidente durante la campaña. Es el club más amado del mundo, aunque en los últimos años haya sido gobernado como si se tratara del más odiado. Eso no hace más grande al Madrid. Al contrario, lo empequeñece, porque su hábitat es Atenas, no las Termópilas.
Los socios han decidido renovar la confianza en Florentino, porque su legado es mayor que sus errores y porque su dimensión trasciende la de un presidente, es mesiánica. Pero le han dejado una advertencia en las urnas, al conceder a su rival el 35% de los votos, en una votación casi de récord pese a las dificultades logísticas en la capital y la peregrinación a Valdebebas.
Florentino Pérez, entre seguidores tras votar.EFE
El que aparecía omnipresente y sin mácula, como un Santo Padre del madridismo, ya no escucha amén a todo lo que predica. Quizás sea el momento de que regrese a los Evangelios, como el Papa León XIV en su discurso en Madrid: «La realidad simplemente es la idea se elabora. Entre las dos se debe instaurar un diálogo constante, evitando que la idea termine separándose de la realidad. Es peligroso vivir en el reino de la sola palabra».
Confeso madridista, el Papa visita el día después el Bernabéu, donde será recibido por el reelegido Florentino en su nueva catedral. Pocas cosas hay de las que se sienta más orgulloso, junto a las siete Champions, porque los futbolistas van y vienen, pero los estadios, las grandes obras patrimoniales, quedan. No olviden que es y será siempre un constructor. Le ocurre lo mismo con la ciudad deportiva de Valdebebas.
La remodelación del Bernabéu es la responsable de que el Madrid viva un presente de tensión económica, como describió Paula María en las páginas de este periódico, que obliga a soluciones de riesgo para el futuro. Eso genera más estrés al presidente que el caso Negreira, los arbitrajes o la búsqueda de un entrenador, porque enjuicia su reputación de gran empresario. Todo lo demás es coyuntural.
La conversión del Madrid en algo que todavía desconocemos es el peligro que ha señalado Enrique Riquelme durante una campaña muy eficaz por parte del aspirante, en la que ha sorteado las presiones que siempre se tienen cuando se compite contra un prohombre de la economía, fuera por los avales, la composición de su junta directiva o las apariciones en televisión. De hecho, lo único que ha hecho Riquelme ha sido replicar al Florentino que sedujo a los socios con Figo, intercambiado por Haaland, y salpimentado con el madridismo de quienes tienen cuentas pendientes con Florentino, como Hierro y Raúl. La iniciativa fue suya en todo momento.
Riquelme atiende a los medios tras la votación.EFE
Riquelme sabía que la victoria era una utopía, pero el resultado le ofrece, a los 37 años, un camino para ganar el futuro. Para ello necesita convertirse en una oposición activa, ofrecer el debate que el Madrid no ha tenido, y eso implica tiempo y dedicación. Durante la campaña, dijo que si ganaba las elecciones dejaría la operativa diaria de Cox Energy, su empresa, para dedicarse a la gestión del Madrid. Ahora no tiene sentido, pero desaparecer del ecosistema madridista, tampoco. El proceso que viene, el de la reconversión, necesita masa crítica.
En 2030, cuando concluya este mandato, Riquelme tendrá 41 años. Florentino alcanzó la presidencia con 53. Al final del nuevo mandato, que coincidirá con el Mundial en España, Marruecos y Portugal, y una final a la que aspira el Bernabéu, tendrá 83.
Se trataría del final perfecto para su obra si se cumpliera el siguiente relato: una reconversión societaria consensuada que diera nuevos ingresos, una deuda estructurada en el largo plazo y un proyecto deportivo reconstruido. Florentino no ha hablado de final, pero es evidente que se encuentra ante la decisión de cómo quiere cerrar su ciclo, si con la obra por bandera, una obra que necesita de todos para reconducirse con acierto, o con la ira.
Para empezar, el porcentaje de votos de su victoria no le permitiría llevar con seguridad la propuesta de una reforma societaria a un referéndum, como es su intención. Para sacarla adelante, como cualquier cambio estatutario, son necesarios dos terceras partes de los votos.
Mourinho, en el banquillo del Benfica.MUNDO
La llegada de José Mourinho señala inicialmente el camino de la ira, pero eso no dependerá del portugués, un entrenador capacitado pese a los últimos años, sino de cómo interprete el Evangelio el Santo Padre.




