Hay derrotas que escuecen. Otras que humillan. Y luego están las que parecen una radiografía. Lo peor que le hubiera podido pasar hoy al Madrid es que no se acabara la Liga. Y que en un gesto de crueldad infinita, el Barça aplazara el alirón, regalándole al madridismo un castigo psicológico con forma de prórroga emocional.
Mucho hablar estos días de evitar el pasillo, pero no se me ocurre mejor coreografía de la humillación que proyectar en las pantallas del Camp Nou aquel corrillo que montaron los jugadores del Madrid en la ida en el Bernabéu con Xabi Alonso. Piqué siempre decía que lo más grande que había conseguido en su carrera fue que el Madrid hiciera una Rúa por ganarles una Copa. Pero aquel corrillo de otoño se pone a la altura de aquella gesta.
El Barça decidió el partido con una naturalidad que debería estudiarse en las facultades de biología. Con Flick el equipo ha aprendido a jugar como si no supiera que históricamente esto siempre termina mal; y vuelve a parecer un equipo feliz, algo mucho más difícil que parecer un equipo bueno.
En algún momento, mientras el Barça seguía jugando a lo suyo, ese fútbol que parece no correr pero siempre llega antes, el madridismo empezó a experimentar algo mucho más grave que orgullo herido: alivio. Hace un mes querían ganar la Liga, la Champions, y Valverde era el Juanito del siglo XXI; ahora sueñan con llegar al jueves sin otro comunicado.
El debate ha pasado de que falta un líder a que sobran mesitas en los vestuarios. Sir Laurence Olivier dijo que «actuar consiste en aprenderse el texto y no tropezarse con los muebles», y a estas alturas no se le puede pedir más a un jugador del Real Madrid. Al menos el intercambio de golpes con Tchouaméni parece zanjado porque, tras la multa de medio millón de euros, a ninguno de los dos se le ocurrió pagar otro medio millón para dar otra.
Después de que el máximo rival te gane la Liga y la Supercopa en la cara, te pase por encima futbolísticamente , y el proyecto que parecía eterno empiece a llenarse de grietas, aparece Mou en el horizonte, que igual no gana, pero al menos a Mbappé seguro que se le borra esa sonrisa, como si aún jugara en el PSG. La directiva ya no quiere que los jugadores les vuelvan a dar un título, solo quiere que sufran.


