La cruzada moral

La cruzada moral

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La llamaremos “La Ley Prestianni” o “La Ley Vinicius”. Es igual. Según su aplicación en el Mundial, serán sancionados con tarjeta roja los jugadores que se tapen la boca para hablar con un contrario. El legislador presupone que entre rivales sólo pueden producirse insultos, dicterios e invectivas. No serán castigados quienes oculten los labios a las cámaras para dirigirse a un miembro del mismo equipo. El legislador da por seguro que entre compañeros sólo existen los elogios, las felicitaciones y los halagos a propios y extraños.

El legislador presupone, además, que los insultos son de orden racial u homófobo, los únicos considerados como tales en estos tiempos de corrección-coacción política. Al escandalizarse, eleva de categoría a quien, por estupidez de cuna o deficiencia educativa, excreta un comentario de ese tipo. Le otorga al ofensor, un imbécil o un lerdo, su minuto de gloria y reduce al ofendido a una quejosa e indefensa criatura que necesita mimos y sobreprotección.

Dentro y fuera del fútbol, y a tenor de la nueva catalogación de improperios, algunos como “hijoputa” o “cabrón” (perdón por la ordinariez coloquial) no son más que vocablos malsonantes que, por frecuentes y extendidos, no alcanzan a denigrar al emisor ni a incomodar al destinatario. En cambio, “negro” y “marica”, antaño igual de coloquiales, suponen hoy un crimen de lesa humanidad que atenta contra los mismísimos cimientos éticos de la especie.

Al parecer, Prestianni llamó “maricón” y no “mono” a Vinicius. Tanto da. Vini podría haber respondido tildando al argentino de “boludo” o, atendiendo a su menor categoría profesional, de “mediocre” o “fracasado”. Unas cuantas lindezas por ambas partes, y a seguir jugando, como ha sucedido en el fútbol desde sus albores. Según los viejos códigos, “lo que se dice en el campo, en el campo se queda”. Vinicius, por contra, lo aireó. Volvió, quisquilloso, a autoerigirse en el paladín universal de la cruzada moral contra la xenofobia y el machismo. Como si sólo lo agraviasen a él.

Infantino quiere un Mundial de palabra culta y buenas costumbres. De ángeles mudos y considerados. A este paso, para 2027, aparte de aspirar a la reelección en la presidencia de la FIFA, será candidato al Premio Princesa de Asturias de la Concordia.

kpd