Cuando en 1987 la Real Sociedad alzó el título ante el Atlético en la tanda de penaltis en La Romareda, ninguno de los jugadores que se han proclamado campeones había nacido. Como ellos, miles de aficionados realzales que tampoco pudieron estar en La Cartuja para ver a su equipo proclamarse campeón en abril de 2021 de la Copa de 2020. La maldita pandemia le birló el éxtasis.
De aquellos que ganaron el título al Athletic sin el apoyo de la grada en 2021, solo cinco volvieron a experimentar anoche una sensación con la que soñaban como canteranos en Zubieta. El sueño de toda Guipúzcoa. Remiro, Zubeldia, Elustondo, Barrenetxea y el gran estandarte, Oyarzabal, son líderes de una plantilla que gana la cuarta Copa para la historia del club, pero que lleva dos finales en cinco años, un paseo por Europa de la mano de la Champions y la pelea continua por seguir dando guerra en cualquier competición continental. Y eso lo ha logrado con una mezcla casi perfecta de sangre txuri-urdin y peloteros diferenciales. La agitó Imanol Alguacil, hasta que el fútbol le agitó la magia, y ha vuelto a hacerlo Rino Matarazzo, un tipo que ni habla castellano pero que tiene el aura de aquel Toshack recién llegado a la Liga.
El americano ha dado confianza a una espina dorsal donde no se mira la edad, aunque quizá sí la procedencia. Porque la savia de la cantera fluye por Gorrotxategi, Beñat Turrientes, Marrero o Jon Martín. Junto a ellos aparece un abanico de jugadores con galones que han florecido en el Reale. Dos campeones de Copa en el 99, Carlos Soler y Gonçalo Guedes, han avivado a un equipo al que le costó el rodaje de inicio de temporada. Tanto que se cobró la cabeza de Sergio Francisco e hizo zozobrar un proyecto hasta en la competición que conduce al título que hoy festejan en Sevilla.
El camino ha sido sufrido, más de lo esperado. Pese a no haber cruzado con ningún ogro por el camino, pasaron tantas penurias a las que se sobrepusieron que la Copa ya tuviera grabado en su peana su nombre. El castigo de no jugar competición europea les llevó hasta Negreira y Reus en las primeras rondas, para luego subir en Elda. Cuando parecía abocado a una prórroga, un centro de Guedes lo convirtió en la victoria Pablo Marín en el añadido. No sería más fácil acabar con Osasuna. Forzaron la prórroga otra vez con el tiempo cumplido y hasta tuvieron que sobreponerse a un penalti fallado por Oyarzabal que hubiera evitado los lanzamientos. El fallo de Zakharyan hizo a todo Anoeta temerse lo peor, pero llegó la clasificación a cuartos. Otra vez ante un vecino: el Alavés. Nueva agonía. Un toma y daca que resolvieron Guedes y Oskarsson en los últimos 15 minutos de un duelo eléctrico.
En semifinales, a doble partido, el reto era increíble. El derbi, el Athletic copero buscando plantarse en otra final y con la vuelta en San Mamés. Para entonces, la Real ya había empezado a carburar con Matarazzo. Oyarzabal, de penalti, en Donosti y Turrientes asaltando San Mamés metían a la Real Sociedad en otra final, la octava de su historia, y daban a los realzales la oportunidad de ver, casi 40 años después, a su equipo levantar una Copa. Bakero, López-Ufarte, Beguiristain, Zamora, Górriz o Arconada estuvieron anoche en las botas de Barrenetxea, Aramburu, Zubeldia, Remiro o Marreno, tanto da.
Esta Copa, que acompañará en las vitrinas a la del Club Ciclista de San Sebastián de 1909, a la de La Romareda de 1987 y a la de 2020, a las Ligas del 81 y el 82, a la Supercopa, abre, además, de nuevo las puertas de Europa, de la Europa League y de la exótica Supercopa de España. Pero, sobre todo, vuelve a dejar boquiabiertos a los chavales de Zubieta que sienten que, algún día, pueden ser campeones.







