La histórica primera parte ante el Manchester City le dio la vuelta a la temporada de Fede Valverde. Y quién sabe si a su carrera en el Real Madrid. El uruguayo ha vivido unos meses complicados en Valdebebas, autoexigido por el dorsal número 8 heredado de Toni Kroos, por la responsabilidad del brazalete que dejó Luka Modric y del que se ausentó Dani Carvajal por lesión, y condicionado por un nivel deportivo del equipo que provocó disputas internas y cambios de entrenador. Todos esos ingredientes explotaron en la coctelera del uruguayo, que terminó ante el City conquistando su gran noche en Chamartín.
Pero vayamos por partes para entender la gran liberación que supuso el hat-trick del miércoles para el de Montevideo. «En este año ha madurado mucho», admiten a este periódico los que mejor le conocen. Fede Valverde siempre había sido un complemento. Uno extraordinario, pero un complemento. El cuarto centrocampista al lado de un tridente icónico como el formado por Casemiro, Kroos y Modric, el comodín para todos los entrenadores, el futbolista que hacía grupo a nivel interno, el chico lejos de los grandes titulares. Sin focos.
Todo eso cambió después de la Copa de Europa lograda por el Madrid en Wembley. Kroos dejó su ‘8’ y se lo otorgó a Valverde. Un número y una gran responsabilidad. «Se puso una presión extra él mismo, fue un poco trampa», reconocen en Valdebebas. La ausencia del alemán, el ocaso de Modric y las necesidades del Madrid cargaron la espalda de Valverde, obligado a dar un paso adelante en un centro del campo que no funcionaba igual.
La polémica de Kazajistán
Llegaron las comparaciones, las críticas externas y la reflexión interna en casa con su familia y amigos. Más presión. Y llegaron las lesiones. Y Valverde un día fue mediocentro, otro día extremo y otro día lateral derecho. Y llegaron las ruedas de prensa. Y las frases equivocadas en el momento equivocado sin la explicación ni el contexto adecuado. «No nací para ser lateral», dijo en Kazajistán, en septiembre. Y más críticas. Y llegó el runrún con Xabi Alonso. Y los rumores. Y el foco, junto a Mbappé, Vinicius y Bellingham, para el uruguayo, convertido ya en capitán. «No se puede decir que me niego a jugar», aseguró en un comunicado después de ser suplente, no calentar en la previa y no disputar ni un minuto en Almaty.
En ese momento, Valverde se encerró en terreno propio. Trabajó con su círculo más cercano en cómo darle la vuelta a la situación deportiva, mental y mediática, y encontró premio. «Llevas el ‘8’, pero no tienes que ser Kroos», fue una de las reflexiones finales. El uruguayo lo terminó de entender y la ayuda del entorno, compañeros y cuerpo técnico le empujó a su mejor momento. El City.
De Xabi a Arbeloa
Para Alonso, Valverde era clave, pero las lesiones le obligaron a ponerle de lateral, donde defensivamente sufría a pesar de que con el físico lo compensaba todo. La llegada de Arbeloa y la vuelta de Trent y Carvajal han empujado a Valverde de nuevo al centro del campo, escorado en una banda derecha desde la que puede correr, presionar, apoyar en corto, desmarcarse en largo, llegar al área, defender… Lo hace todo, como en épocas anteriores. «Es el Juanito del Siglo XXI», se empeña en repetir Arbeloa, enamorado del uruguayo.
«Hemos tragado mucha mierda y hemos pasado por momentos malos, creo que bien merecidos, que al final nos han hecho cambiar y madurar», admitió hace dos semanas en zona mixta. Lo decía por el vestuario y por él, que el miércoles ante el City volvió a disfrutar «como hace tiempo que no disfrutar». «Realmente estoy triste», admitió en Kazajistán en septiembre.
A sus 27 años, la crítica a su esfuerzo le dolió más que la futbolística. Pero todo eso parece superado ya por los tres goles al City. De camino, su tercer hijo, otro premio a una temporada que empezó con curvas y puede terminar consolidándole todavía más en el club.







