La derrota en la final de la Copa del Rey dejó cicatrices en el Real Madrid. Que necesitarán tiempo y alegrías para sanarse. De momento, mientras la normalidad llegue, silbar a Sergio Scariolo cuando su nombre suena por megafonía en la presentación se ha convertido en costumbre (más o menos multitudinaria) en el Palacio. Ocurrió la semana pasada contra el Bayern y este jueves ante la Virtus de Bolonia. Dos pitadas, dos victorias. Y los blancos cada vez más asentados en los primeros puestos de la Euroliga, los que aseguran el factor cancha en los cruces de cuartos de final. [92-84: Narración y estadísticas]
Contra el ambiente enrarecido, contra sus propias ganas de seguir avanzando pese a todo y, especialmente, contra Carsen Edwards. Contra todo eso tuvo que imponerse el Real Madrid en un partido áspero, que no se resolvió hasta los últimos minutos. Mantuvo la calma y encontró el acierto. Y la victoria, con un parcial final de 15-4.
Las dudas blancas, además de por las derrotas a domicilio, acuden desde la propia rotación de Scariolo, tan estática a veces, tan marcada por los excel. Pero en el Palacio es otra cosa, es el refugio donde el Madrid luce poderoso, casi inexpugnable. El mejor de Europa en casa (sólo el Panathinaikos le derrotó, en 15 partidos contando el de anoche). Así que ni los pitos iban a desestabilizar.
Ni los puntos de Edwards, que es una bomba. Al descanso, el pequeño y fortísimo combo texano, acumulaba 22 (de los 40 de su equipo). Imparable. Una pesadilla para Abalde en el amanecer (el gallego no volvió a pista), un auxilio cuando la Virtus se encontraba después contra las cuerdas, con el arreón que para el Madrid supuso la entrada de la segunda unidad. Un parcial de 11-0 (31-23) que cortó el ex de los Celtics. Después otro meneo al partido de Llull y otra vez Edwards. Un triple desde el medio del campo de Campazzo -jugada de pizarra-, sobre la bocina, llevó al descanso a los blancos con una pequeña renta merecida (46-40).
La tónica se mantuvo después, con el Madrid intentando escaparse, con Tavares dominando (cinco tapones) y Hezonja anotando de forma intermitente (llegó a mandar por 11, 51-40). Pero la Virtus, ahora más apagado Edwards, se agarraba a la noche. Como se intenta agarrar el equipo de Dusko Ivanovic (su hijo Stefan es ayudante de Scariolo) a la competición, cada vez más lejos los puestos de play in. Volvió una y otra vez, con carácter. Al Madrid le faltaba contundencia y le sobraban lagunas de concentración. Trey Lyles tuvo una noche para olvidar. No acabó el tercer cuarto por debajo en el marcador porque Deck volvió a meter un triple in extremis (64-61).
Pero el partido ya había entrado en una espiral peligrosa. Era una pasarela de individualidades, un toma y daca. Y a Carsen Edwards se había unido Vildoza para desatar las alarmas en el Palacio. Para entrar parejos a la recta de meta, donde, alivio, el Madrid encontró los triples. Hezonja, Campazzo… y un par de buenas defensas, especialmente de Andrés Feliz, el único que logró apagar el fuego de un Edwards, que se detuvo en 32 (sólo 10 en la segunda mitad).
Los padres de Sergio Rodríguez se conocieron en una cancha de baloncesto. Eso podría explicar muchas cosas. "Cuando nací, los primeros regalos eran juguetes de baloncesto". En concreto, una canasta de los Celtics con la que jugaba compulsivamente en su habitación. Eso, también. O quizá el secreto del chachismo, esa marca ya para la eternidad de un jugador irrepetible, sea una frase de Pablo Laso: "Lo más importante, él ve esto como un juego".
Pepu Hernández, el entrenador que le hizo debutar con 17 años -en el quinto partido de unas finales ACB, en el Palau-, solía usar un juego de palabras con su pupilo, que también lo sería dos años después en el oro mundial de Saitama con la selección. Las letras que conforman el nombre de Sergio son las mismas que riesgo. Riesgo, imaginación, naturalidad, osadía, talento, profesionalidad y sobre todo, de nuevo, mucho amor por algo que él siempre vio como eso, un juego. El asombroso viaje del Chacho durante dos décadas es todo eso. De Tenerife a Getxo con 14 años, del Siglo XXI a Madrid, del Estudiantes a Portland, de Nueva York (paso por Sacramento) de nuevo a Madrid, del Real Madrid a Filadelfia, de la NBA a Moscú, del CSKA a Milán y del Armani de nuevo al Real Madrid, para cerrar una carrera repleta de éxitos, tres Euroligas, un Mundial, dos Eurobasket, Ligas y Copas en España, Rusia e Italia... y todo un MVP de la Euroliga en la temporada 2013-2014.
Pero Sergio Rodríguez es mucho más que su palmarés, es casi una filosofía. Un jugador que trasciende. Es el Chacho, el apodo que le pusieron en su primera preselección con España, en 2002, porque no paraba de decir, como buen canario, aquello de "muchacho". Jugaba entonces en La Salle con su primer maestro, Pepe Luque, y fue justo antes de marcharse a Bilbao, a esa experiencia llamada Siglo XXI, donde chavales cadetes y juniors convivían y se formaban baloncestísticamente. Fue por entonces cuando dio el estirón físico, aunque todavía le llamaban "polilla" porque no paraba de moverse.
Sergio considera aquellos años lejos de casa, previos al Estudiantes, clave en todo lo que iba a suceder después. El primer año en Madrid, donde se le atragantaron los estudios en el Ramiro, combinó el equipo EBA con el júnior y llevaba un mes de vacaciones cuando Pepu le llamó para la final contra el Barça. La noche antes había estado viendo la NBA y tuvo que despertarle una vecina. Aquella canasta en penetración en el Palau es el comienzo de un época. "Esos 20 segundos del final de liga con Estudiantes me marcaron. Nunca había ido convocado con el primer equipo. Venía de vacaciones, no me sabía las jugadas, estaba preocupado... Esa tensión desde el minuto uno de profesional me ha ayudado", confesaba en una entrevista con este periódico años después.
Ese verano también ganó el Europeo júnior, en Zaragoza, a las órdenes de Txus Vidorreta y con el 10 a la espalda (el eterno 13 lo llevó Antelo). "Un chico con mucho gancho", tituló su primer artículo en EL MUNDO un periodista que era a la vez admirador (como todos) de aquel insólito mago.
"El sueño de toda mi vida". La NBA fue la siguiente estación, a la que llegó con 20 años -dos años antes estuvo por primera vez en EEUU, en el Nike Hoop Summit de San Antonio-, campeón del mundo (esa semifinal contra Argentina...), número 27 del draft (por los Suns que tenían a Steve Nash y deciden traspasarle a Portland) y sin saber inglés. Y con el golpe de realidad de tantos, mucho banquillo y "pocas explicaciones" de Nate McMillan. Pero sin perder la esencia. "Podría estar triste si estuviese aquí perdiendo el tiempo, pero al contrario. Estoy mejorando técnica y físicamente y aprendiendo un idioma. Todo va muy bien para mí", confesaba en una entrevista a ABC en diciembre de 2006.
Sergio Rodríguez posa para EL MUNDO en Nueva York, en su etapa en los Knicks.EL MUNDO
Estuvo tres temporadas y media en Portland (coincidió con Rudy Fernández, con quien el destino le tenía preparada una despedida a la vez), unos meses en Sacramento (con Nocioni) y otro curso en los Knicks, vida en la Gran Manzana. El sueño se cumplió, con toda su realidad y toda su crudeza también. Se codeó con aquellos que admiraba (Iverson, Garnett...), danzó en ese mundo idealizado desde la infancia e incluso coleccionó momentos deportivos inolvidables. Pero se amontonaron las ganas de más. Tan valiente para partir como para regresar, sin pronunciar jamás una frase de arrepentimiento, y un fichaje por el Real Madrid de Messina.
Nada sencillo aquel ambiente, donde, él mismo lo reconoce, todo se magnificaba en negativo. Con Messina huido y Lele Molin a los mandos, los blancos se colaron muchos años después en una Final Four, la que iba a ser primera de muchas para el Chacho (aunque aquello fue un revés en el Sant Jordi, acabaría jugando seis finales y ganando tres Euroligas). Sin saberlo, aquel verano de tiroteos, de la llegada con pocas bienvenidas de Pablo Laso, era el comienzo de una era.
Rudy, Chacho y Llull, tras ganar la Euroliga de 2015.EL MUNDO
Con el estallido personal del Chacho en los playoffs de 2012, especialmente en las semifinales contra el Baskonia, cuando a su virtuosismo e imaginación se unió el acierto desde el triple. Esa primera etapa de lasismo fue su cénit, el MVP de la Euroliga, el título en 2015 en el Palacio... Hasta que la NBA volvió a cruzarse en su camino. Y los sueños de infancia, sueños son. Aunque el Chacho y Ana ya fueran padres de Carmela y aunque Claudio, su bulldog, no pudiera viajar con la familia a Filadelfia, donde eligió un apartamento en el centro de la ciudad.
Los Sixers se encontraron a un base diferente, maduro, inteligente, ambicioso. El Chacho asistió al debut de Joel Embiid, que le saludaba con una peineta en la visita de este periódico en febrero de 2017. Fue a menos en la rotación de Brett Brown y las ofertas para seguir un año más, demasiado inestables, no le convencieron.
Sergio Rodríguez, tras proclamarse campeón de la Euroliga en 2019 con el CSKA.Juan Carlos HidalgoEFE
Y cuando tocó volver a Europa, el Madrid ya había armado su equipo y el CSKA le puso sobre la mesa una oferta de esas que no se pueden rechazar. De USA a Rusia, la familia Rodríguez, una aventura vital que iba a coronar con su segunda Euroliga, en Vitoria 2019 (primer español en ganarla) con un club extranjero. De ahí a Milán, siempre cotizadísimo, el reencuentro con Messina, donde de él se enamoró cada aficionado del Armani e incluso el propio dueño Giorgio, que llegó a decir: "Me gusta todo de él. Amo a sus niñas. Su actitud dentro y fuera de la cancha es ejemplar. Y luego su sonrisa y su mirada profunda dicen mucho de él, son el espejo de su alma". Y un par de temporadas para cerrar el círculo en el Real Madrid, hasta otra Euroliga, la de Kaunas, protagonista principal el Chacho en la Final Four y en la feroz serie de cuartos contra el Partizán en la que se echó al equipo a la espalda, otro destello maravilloso.
Y, durante todo este tiempo, siempre su querida selección, de la que se retiró tras los Juegos de Tokio y se ausentó, por descanso, en el Mundial de 2019 que fue oro en Pekín. Más de 150 partidos y siete medallas con España, de Saitama a Saitama.
"Siempre soñé con retirarme estando bien físicamente y ganando mi último partido. Y ahora la vida me ha ofrecido este regalo", dice en su carta de despedida quien no ha querido homenajes jugando. Pues para él, el baloncesto siempre fue diversión, no nostalgia. El secreto lo guardó y las canastas ya echan de menos el chachismo, al eterno 13.
La jornada ACB había dejado una ristra de sorpresas. De equipos pequeños, agazapados en sus guaridas, despedazando a los grandes que acudían de sus intensos paseos por Europa. Le ocurrió al Unicaja en Andorra, al Baskonia en Lleida, al Barça en Girona (lo que le acabó costando el puesto a Joan Peñarroya) y al Valencia ante el colista Granada. El Real Madrid, que no visitaba precisamente a una cenicienta, estaba sobre aviso en Badalona. [75-80: Narración y estadísticas]
Y sufrió. Y resistió. Una victoria de mérito, pues este Joventut ha elevado su propio listón y apunta a alegrías. Los verdinegros, comandados por dos veteranos que son leyenda, se levantaron cuando parecían perdidos y sólo murieron en la orilla. Ante Tomic dejó su enésima exhibición (16 puntos, siete rebotes...) y Ricky Rubio fue el capitán del orgullo (18 puntos), hasta casi la última posesión.
Las piernas sin frescura pasaron factura al Real Madrid. Parecía lógico. El clásico, ni 48 horas antes, diluyó toda la genialidad de los blancos, tan acertados en el Palau. Sin Hezonja ni Okeke (que no fueron convocados), el Joventut fue un rival siempre rocoso, un partido espeso que nadie parecía capaz de romper.
La primera mitad fue ya tan igualada como marcada por las defensas. La primera canasta, un triple de Kramer desde la esquina, no llegó hasta los tres minutos. El Madrid dominaba el rebote y Alex Len dejaba sus primeros destellos. Pero la seriedad del Joventut, con los puntos de Cameron Hunt, no le permitía romper el marcador.
Fue tras el descanso cuando los blancos intentaron elevar el tono. Primero, con Andrés Feliz en ese pabellón donde su carrera tomó impulso. Un tirón que les colocó 11 arriba (46-57), una luz por primera vez. Pero la Penya no iba a rendirse. Ricky volvió a pista, tocó a rebato, y, con los triples de Vives, volvió a la batalla.
Pero entonces emergió el poderío del recién llegado. Alex Len domó la pintura, enhebró ocho puntos seguidos y volvió a poner cuesta abajo el partido para el Madrid. Aunque el amor propio y el empuje de las tribunas no permitieron la rendición local. Ahí, Ricky a los mandos, Tomic con la batuta, Birgander anotando... Para un 18-5 que, después de un triple y tres tiros libres del base de El Masnou, dejó a los de Dani Miret a un punto. 75-76. La orilla a falta de menos de un minuto. Falló Tavares, falló Ricky, pero no Campazzo con dos tiros libres. El triple final de Hanga no entró. El Real Madrid volvió a ganar a domicilio y ya iguala en la cabeza de la clasificación ACB con Tenerife, Valencia y UCAM Murcia.