El sueño de la triple corona en el ‘quinto grande’ de la temporada sigue vivo y coleando. Carlos Alcaraz se deshizo (6-2, 6-4) de un Denis Shapovalov que aún dista de ser la amenaza que solía ser en el circuito ATP. El murciano se mete en los octavos de Indian Wells, donde se enfrentará a Grigor Dimitrov, en busca de una gesta, la de los tres títulos consecutivos en el desierto californiano, que sólo han conseguido hasta ahora Roger Federer y Novak Djokovic.
Por delante tiene un camino asequible, hasta cierto punto. Podría cruzarse con Alex De Miñaur en cuartos de final y con Taylor Fritz en las semifinales antes de medirse a Daniil Medvedev en una hipotética final, su víctima en las dos finales que ha disputado en el Masters 1.000 californiano. Un panorama factible para un jugador que de momento está dejando muy buenas sensaciones sobre la Central de Indian Wells. Tras estos 83 minutos, tan solo acumula dos horas y media para alcanzar los octavos.
De inicio se presumía un choque más equilibrado. Delante tenía a un Shapovalov en plena fase ascendente tras una lesión de rodilla en Wimbledon en 2023 que no solo le apartó unos meses de las pistas sino que le hizo hundirse en la clasificación y quedarse fuera de los 100 primeros jugadores del mundo. Tras un 2024 de transición en busca de sensaciones, el canadiense hijo de soviéticos venía de un arranque de temporada prometedor, campeón en Dallas y semifinalista en Acapulco.
Tres dobles faltas seguidas
Pero la realidad transformó ese planteamiento en espejismo en pocos minutos. El comienzo no pudo ser mejor para el español. Se anotó la primera bola de break de la que dispuso y puso tierra de por medio sobre su servicio antes de volver a romper al canadiense merced a tres dobles faltas consecutivas. El resto pudo haber parecido un mero trámite —a tenor del 5-0 inicial, al menos—, pero no lo fue tanto.
El de Toronto trató de oponer resistencia, con notables intercambios de golpes con el murciano en el cuarto juego y algún winner sobre su derecha que hicieron recordar al que, durante unos años, fue uno de los jugadores más entretenidos de ver sobre una pista de tenis, elevado a categoría de gran promesa del tenis mundial tras vencer de forma épica a Rafa Nadal en el Masters 1.000 de Montreal de 2017, con tan solo 17 años.
Diferencia de ritmo
Su mayor logro en la primera manga fue romperle el saque a su rival y llevarse un par de juegos para recuperar sensaciones antes de encarar el segundo set, donde sí hubo partido, al menos hasta el séptimo juego. Shapovalov mejoró notablemente sus prestaciones al servicio y obligó a Alcaraz a apretar los dientes para arrancar dos bolas de break que resultaron lapidarias para el norteamericano. Un revés paralelo en plena subida hacia la red puso el clavo definitivo en el ataúd.
Lo cierto es que a sus 25 años la promesa no ha terminado de convertirse en realidad para Shapovalov. En su haber, tan solo tres torneos, el último hace unas semanas en Texas. Contra Alcaraz quedó patente que la diferencia de ritmo y tenis es abismal. El actual número tres del mundo parece llegar confiado para encarar lo que viene por delante, incluyendo la temporada de tierra batida y las dos grandes metas de los próximos meses: Roland Garros y Wimbledon.
CARLOS FRESNEDA
Corresponsal
@cfresneda1
Londres
Actualizado Domingo,
16
julio
2023
-
20:45El nuevo ganador de Wimbledon exultante tras la victoria ante una "leyenda del...
Carlos Alcaraz regresó a la vida sobre una bicicleta estática. Exhausto tras uno de los partidos más épicos de su carrera, el murciano encontró en el gimnasio del Open de Australia el primer paso hacia la recuperación física y emocional después de derrotar a Alexander Zverev en semifinales por 6-4, 7-6(5), 6-7(3), 6-7(4) y 7-5.
Tras la victoria, Alcaraz se lanzó al suelo, celebró con la bandera de Murcia, hizo un gesto de homenaje a Fernando Alonso y estuvo cerca de romper a llorar en su banquillo. Al salir de la pista no podía ni con su alma. En los pasillos de la Rod Laver Arena cojeaba por los rincones y se confesaba exhausto; si allí hubiera habido una cama, se habría estirado hasta el día siguiente. Pero su fisioterapeuta, Juanjo Moreno, le invitó a pedalear y ahí, sobre el sillín, empezó a rehacerse.
Si había un día en el que liberar las piernas era obligatorio, era este viernes. Además, sobre la máquina podía charlar con los suyos, relajarse y dimensionar todo lo ocurrido. Por allí pasó Novak Djokovic para felicitarle unos minutos antes de la otra semifinal, que acabaría con victoria del serbio. Allí recuperó el espíritu, la alegría, la sonrisa. En un instante, el grupo rompió en carcajadas: todo volvía a estar en su sitio.
Tan rehecho estaba Alcaraz en lo anímico -que no todavía en lo físico- que se subió a un carrito de golf junto a todos sus ayudantes y condujo el vehículo en los 50 metros que separan el gimnasio del vestuario, entre los gritos de «¡eh, eh, eh!» de su equipo. Luego llegarían la ducha, el masaje del propio Moreno y la rueda de prensa antes de marcharse, ya pasada la medianoche, a su hotel, el Crown de Melbourne.
Un recuerdo de adolescencia
«Ha sido uno de los partidos más exigentes de mi vida. Físicamente he llegado al límite, pero estoy muy orgulloso porque he creído en todo momento», analizaba Alcaraz, que recordaba cuándo nació esa fe. Pese a sus problemas físicos no pensó en retirarse «ni un solo segundo» porque ya sabía lo que venía después. «Cuando era adolescente había partidos en los que no luchaba, me rendía, y luego me pasaba días pensando que podía haber hecho más. Ese pensamiento me mataba. Por eso ahora nunca quiero darme por vencido. Sé que cada segundo de lucha vale la pena y que es importante estar orgulloso de mí mismo al día siguiente».
Dita AlangakraAP
Sus complicaciones comenzaron en el tercer set. Con dos mangas en el marcador, Alcaraz se acercaba a una victoria rápida, pero su cuerpo empezó a protestar. El día era caluroso en Melbourne, con alrededor de 30 grados, el sol cubría por completo la Rod Laver Arena y el esfuerzo le pasó factura. En un descanso, el número uno hizo algo extraño con una toalla. «¿Qué le pasa?», se preguntaban en su equipo, hasta que él mismo lo explicó: «He vomitado, no sé si tengo que tomarme algo».
A partir de ahí, el partido se convirtió en un ejercicio de supervivencia. «No sé qué ha pasado. He vomitado y luego he empezado a sufrir en el abductor derecho. No tenía claro que fueran calambres, porque solo lo notaba en esa zona, pero luego me ha comenzado a pasar en todo el cuerpo. Puede haber sido culpa de la deshidratación o de la tensión. La verdad es que antes del partido he sentido bastante nervios; es algo en lo que tengo que mejorar: no estar tan tenso», valoraba Alcaraz, que pasó de estar a un paso de la victoria a asomarse al abismo de la derrota.
Sentado en su banquillo, recibiendo un masaje, tuvo que aceptar que la situación había cambiado por completo para él y, además, hacerlo entre las quejas de su rival. El reglamento de la Federación Internacional de Tenis (ITF) impide que un jugador sea tratado por un fisioterapeuta si sufre calambres, pero Alcaraz sentía un tirón muscular en el muslo derecho y por ello fue atendido. Zverev estalló: «Es una vergüenza absoluta. Le están tratando de calambres. Siempre protegéis a estos dos», dijo en referencia a Alcaraz y Sinner.
El alemán intentó presionar a la jueza de silla, la serbia Marijana Veljovic, saliendo a la pista antes de que se reanudara el juego, pero no surtió efecto. Alcaraz fue auxiliado y Zverev se quedó con el enfado. Ya al final del partido, preguntado por la polémica, el número tres del mundo no quiso alimentarla: «Si te digo la verdad, no quiero hablar sobre ello. Creo que hemos protagonizado una de las mayores batallas que se han vivido aquí en Australia y no nos merecemos que se hable de esto».
IZHAR KHANAFP
Su milagrosa recuperación
«Tengo calambres hasta en el dedo meñique, hasta en el último pelo de la cabeza», confesaba Alcaraz a su entrenador, Samu López, a principios del cuarto set y era imposible imaginarle, dos horas después, celebrando ante una Rod Laver Arena rendida a él. A sus 22 años, su talento y su mentalidad han alcanzado un punto en el que ya no dependen solo del físico. ¿Cómo aguantó? Con medicación -se tomó una pastilla-, con jugo de pepinillos y, sobre todo, con paciencia.
«Poco a poco. Respira bien. Te encontrarás mejor. Ya tenemos dos sets nosotros», le aseguraba López y Alcaraz le hacía caso. Dejó de correr, incluso dejó de saltar en el saque, pero se mantuvo en el encuentro. Con su paleta de golpes aguantó, aguantó y aguantó. Hasta el quinto set no le concedió ni un 'break' a su adversario y sólo se doblegó en los tie-breaks del tercer y el cuarto set.
Entonces llegó la resurrección. «Voy mejor», admitía al banquillo, aunque justo cuando empezaba a moverse con más soltura Zverev le rompió el servicio. Daba igual. En cada juego al saque del alemán buscó su oportunidad una y otra vez, hasta encontrarla. Sus armas eran la magia y la fe; no le quedaba nada más. En los momentos decisivos, Alcaraz volvió a ser Alcaraz. Con 5-4 y servicio para que Zverev cerrara el partido, el español recuperó la igualdad y el triunfo ya era suyo.
Para la final, Nadal como ejemplo
«Mañana estaré tieso, eso es obvio, no lo puedo esconder. El cuerpo recuerda, tiene memoria, y costará recuperarse. Pero bueno las cosas se han dado de esta manera. Me recuerda al Open de Australia de 2009 cuando Rafa [Nadal] tuvo una gran semifinal [ante Fernando Verdasco], todos pensábamos que estaría cansado en la final y acabó ganando a Roger [Federer] en cinco sets. En una final de Grand Slam no puede haber cansancio», aseguró ya mentalizado para el domingo.
Ante Djokovic buscará su sexto Grand Slam y, lo que es más importante, convertirse en el tenista más joven que completa los cuatro ‘grandes’. Ya ha vencido en dos ocasiones en Roland Garros, Wimbledon y US Open; le queda la gloria en Australia, donde hasta ahora sólo había alcanzado los cuartos. Le ayudará lo que ya ha vivido: el carrito de golf, la felicitación de Djokovic, la bicicleta estática, la celebración con mensaje a Alonso y, sobre todo, uno de los partidos más épicos de su carrera.
Cada tenista puede buscar algo distinto cuando decide cambiar de entrenador. Hay ocasiones en las que después de seis o siete años con el mismo técnico, el jugador no acaba de dar el salto y busca una alternativa para gestionar su carrera. Otros, víctimas de sus propias limitaciones, pretenden encontrar fuera lo que no tienen dentro. En general, un entrenador de cierto nivel suele ser capaz de ver lo que necesita un tenista. Otra cosa es que dé con la manera de acometer esas necesidades, lea lo que éste precisa y sepa adaptarse a su personalidad.
A los 22 años, en lo más alto del ránking y con seis títulos del Grand Slam, el caso de Carlos Alcaraz no responde a ninguna de estas premisas. Su cambio en el banquillo no creo que venga dado por razones técnicas ni por una modificación drástica. Samuel López, el hombre que ahora ocupa el cargo de Juan Carlos Ferrero, ha bebido de las mismas fuentes que su antecesor. Ambos aprendieron de Antonio Martínez Cascales y tienen un lenguaje común. Se trata, así, de dar continuidad a una carrera meteórica hasta ahora llevada con absoluto acierto por Ferrero, al margen de los matices que pueda introducir su relevo. En un tenista de tal caudal técnico, se trata de encauzar bien toda esa energía para que se mueva bien el molino. Una liberación mal entendida entrañaría más riesgos que ventajas.
Es lógico que en los primeros partidos el español pueda tener una sensación de extrañeza cuando dirija los ojos a su box y no encuentre la mirada de siempre, el gesto de complicidad que le ha acompañado desde sus inicios. Ahora bien, esto no tiene por que privarle de seguir ofreciendo lo mejor de sí. Las bases no se han movido. Además, Alcaraz y Ferrero tienen formidables vivencias juntos, mantienen buena relación y espero que estén los puentes abiertos para el futuro.
Estamos, pues, ante un cambio continuista, que no altera la necesaria estabilidad de quien es, junto a Jannik Sinner, el máximo candidato a ganar este Open de Australia. El español se encuentra en disposición de convertirse en el tenista más joven capaz de coleccionar los cuatro títulos del Grand Slam. No hay ninguna razón que le prive de intentar terminar con la secuencia de dos títulos consecutivos de Sinner. Las pistas están en condiciones, no son ni más rápidas ni más lentas, las pelotas son las adecuadas y el escenario es perfecto para que desarrolle todas sus capacidades.
Cuenta con la experiencia de sus anteriores participaciones y llega en perfecto estado. Cierto es que no se ha rodado en ninguna competición oficial previa, pero un jugador de tanto nivel como el suyo se lo puede permitir. Después de dos o tres partidos estará metido de lleno en el torneo.