El 2 de diciembre de 2010 la FIFA concedió de forma excepcional dos Mundiales en una misma sesión: el de 2018 a Rusia y el de 2022 a Qatar. Ángel Villar, presidente de Federación Española, acudió convencido de que el de 2018 sería para la candidatura España-Portugal, pues había pactado con Qatar un apoyo mutuo: Asia nos votaría para 2018 y él inclinaría el voto hispanoamericano y parte del europeo a favor de Qatar 2022. Pero le engañaron con Rusia, que se llevó el 2018... para irritación de Estados Unidos, que a su vez aspiraba al de 2022.
Ese fue el detonante de la arremetida contra las corrupciones de la FIFA, con irrupción del FBI el 27 de mayo de 2015 en el Hotel Baur du Lac de Zúrich durante el 65º congreso, en el que Blatter contaba con ser reelegido. Chuck Blazer, estadounidense, secretario de la CONCACAF con despacho en la Torre Trump, fue el delator que tiró de la manta desde su condición de golfo «arrepentido». Aquella redada se llevó a 14 altos cargos y significó el fin de Blatter. A Estados Unidos se le compensaría después con este Mundial que va a comenzar ahora.
Pero el de 2022 fue para Qatar, un país sin tradición futbolística pero muy rico, en gran desarrollo y dispuesto a invertir lo preciso. Un cambio de paradigma justificado con la necesidad de fortalecer la presencia del fútbol en una región emergente.
Tres millones de habitantes
El Mundial iba a un país con poco más de tres millones de habitantes separados en cinco estratos impermeables. Los nativos, sólo un 10 % y distinguibles por la rigurosa uniformidad de su vestimenta, tienen la vida (sanidad, educación, universidad extranjera si la quieren, vivienda, sustento) garantizada por el Estado en óptimas condiciones y copaban las presidencias de las empresas.
En una segunda y privilegiada capa estaban los directores generales de éstas, occidentales y preferentemente ingleses. Luego venía una tercera clase, bastante acomodada, de profesionales liberales: ingenieros, médicos, periodistas, directores de hotel..., en general del mundo musulmán, egipcios, sirios o libaneses. La cuarta capa, taxistas, camareros, recepcionistas, fontaneros, 'kellys', trabajadores de aduana o seguridad, auxiliares de vuelo..., eran en general pakistaníes, malayos o filipinos...
Por último, existía una gleba de trabajadores de la construcción, en su mayoría nepalíes, parias del sistema, explotados por una ley malsana, la 'kefala', que les obligaba a entregar el pasaporte a la empresa contratante para que no pudieran anticipar su regreso.
Condiciones infrahumanas
Sin familias, vivían en albergues carentes de aire acondicionado y eran traslados en autobuses que tampoco lo tenían. La construcción era incesante, con tres turnos diarios de ocho horas incluyendo los horarios de más calor del día, con frecuencia pasados los 40º, lo que costaba la vida a muchos. Eso provocó severos y justos reproches desde nuestro mundo, si bien dirigidos al país y no a las constructoras occidentales que se lucraban con ello. En el momento de máxima actividad llegó a haber un millón de ellos. Por presión occidental, Qatar alivió los términos de la 'kafala' e introdujo el aire acondicionado en sus barracones y en los autobuses. Se estima que unos 7.000 perdieron la vida en aquel empeño.
El calor. De repente caímos en que ese Mundial no podría hacerse en su periodo clásico, verano en el hemisferio norte, invierno en el hemisferio sur. Jugar al fútbol en el verano qatarí era inimaginable, así que se cabalgó entre noviembre y diciembre, cuando la temperatura media oscila entre los 18º y 26º, que en julio son 31º y 42º. Un estropicio para las ligas europeas, que aportaron el 73 % de los jugadores. Estoy convencido de que nadie lo pensó a priori, y en Qatar hasta ofendió el cambio.
Fui entrevistado en la tele estatal y el presentador me porfiaba sobre el asunto con dos argumentos: que se iban a refrigerar los estadios y que en 2010 se jugó en Sudáfrica con temperaturas bajo cero. Le dolía que consideráramos inhabitable el calor de su tierra y no el frío austral de Sudáfrica.
Y, sí, estaban refrigerando los estadios. Acudí a una final de la Copa del Emir entre el Al Sadd de Xavi Hernández y el Al Rayyan de Sergio García. Por la mañana me advirtió Xavi: «Pasarás frío». Me llevé una chaquetilla de verano y en efecto pasé frío. Hileras compactas de troneras en los distintos niveles del estadio emitían aire tan frío, que, con 40º grados fuera, aquello parecía El Molinón a finales de octubre.
Homosexualidad invisible
La invisibilidad forzosa de la homosexualidad fue otro motivo de fuertes críticas. Y la prohibición del alcohol, por decirlo todo. Sólo puede tomarse en los hoteles de lujo, donde en el ático o en la planta baja hay un bar o restaurante a cuya entrada se exige el pasaporte, pues los qatarís tienen vedado el acceso. Pero jamás se puede beber en público. Fútbol y cerveza hacen un feliz matrimonio y Budweiser es patrocinadora de la FIFA desde 1986, pero se tuvo que conformar. Tuvimos, gran novedad, unas fan zone escrupulosamente abstemias. Y la verdad es que eso reduciría drásticamente los incidentes.
La inversión fue brutal: 220.000 millones de dólares en 12 años, quince veces más de lo que empleó Rusia para 2018. Se reformó el mejor estadio y se construyeron siete. Hubo cuatro en Doha y uno en Al Wakrah, Rayan, Lusail y Jor. Las tres primeras son ciudades satélite de la capital, y la cuarta dista sólo 50 kilómetros.
Las selecciones estuvieron alojadas en un radio de 10 kilómetros, nadie tuvo que tomar un avión, se durmió en la misma cama, sin tocar la maleta. Para jugadores, técnicos, directivos, periodistas y aficionados fue una comodidad extrema. Como los JJ .OO., que discurren en una sola ciudad, este fue un Mundial sin distancias y se pudieron presenciar tres partidos en directo en un mismo día, desplazándose en un metro novísimo, pulcro y cómodo.
Presencia de argentinos
Hubo algo muy artificial: los aficionados-decorado, trabajadores de la cuarta capa con entrada gratis, a los que se adjudicaba la camiseta de una selección para dar mejor aspecto a las gradas. Hubo, sí, aficionados de fuera, la mayoría del entorno (saudíes, emiratíes, egipcios, sirios...), pero también de países de tradición, sobre todo argentinos. Aunque Aerolíneas Argentinas sólo transportó 2.600 desde Buenos Aires, el número de hinchas de aquel país duplicó esa cantidad, en su mayoría llegados de Europa, muchos de España, donde ya les vimos llenar el Bernabéu en la Libertadores de 2018.
Fue llamativa también la presencia de mexicanos, muy adinerados y con enormes índices de gasto. Para los visitantes sin poderío económico se ofrecieron caracolas o roulottes en la periferia, bien acondicionadas y comunicadas. Algunos, deseosos de llevar siempre a Argentina consigo donde fueren, desmontaron las rejillas del aire acondicionado para hacer parrilladas.
Alemania intentó, y se le impidió, portar distintivos arcoíris en apoyo a la comunidad LGTBI, lo que provocó fuertes protestas en especial dirigidas al presidente de la FIFA, Infantino, cuyo discurso inaugural fue de un cinismo sin límites. Al menos, el fútbol pudo presumir de la presencia de tres árbitras, que coincidieron además en el Alemania-Costa Rica, con la francesa Stephani Frappart como principal y la brasileña Neuza Back y la mexicana Kaern Díaz como auxiliares. Impactó en un país donde la mujer aún tiene que ocultar su rostro cuando sale a la calle.
La selección qatarí, preparada con esmero durante años y sobre la que Xavi Hernández tenía una excelente opinión, naufragó, agarrotada por los nervios. Perdió 0-2 con Ecuador, 1-3 con Senegal y 0-2 ante Países Bajos. Lo peor fue la sensación de no ser nada, de no tener nivel para participar. Siempre conviene al ambiente que la selección local prospere y es tradición que los árbitros cooperen en ello, pero aquí no fue grave. Sólo el 10 % de la población es qatarí de origen, de manera que la decepción no empañó la atmósfera.
Los errores de Luis Enrique
A Luis Enrique se le salió la cadena y dio lo peor de sí, muy crecido como estaba después de buenas campañas con la selección. Semifinalista de la Eurocopa 2020 y finalista de la Nations League 2021, se clasificó para Qatar con estupendas notas en un grupo con Suecia, Grecia, Georgia y Kosovo. Llegó encantado de haberse conocido, en un ataque de entrenador colocó a Rodri de central y decidió lucirse abriendo un twitch para intercambiar chascarrillos con la chavalería. Estuvo fuera de control. Los resultados, de más a menos, no acompañaron su descaro: goleamos a Costa Rica (7-0), empatamos con Alemania (1-1) y perdimos con Japón (1-2). En octavos nos echó Marruecos en penaltis tras empatar a cero. Ahí terminó el Luis Enrique seleccionador.
Todo giró en torno a la figura de Messi, que llegó con la obligación de ganar el Mundial para borrar la mancha de haberse estrellado en los cuatro anteriores. Jamás un jugador compareció tan presionado. Argentina comenzó con una inesperada derrota ante Arabia, él tomó la palabra nada más acabar el partido, prometió enmienda y título y el equipo fue a más de su mano y de la del técnico Scaloni, Lionel también de nombre propio, muy conocido entre nosotros porque fue jugador del Depor, del Racing y del Mallorca, donde fijó su residencia.
La inmensa mayoría de los internacionalizables argentinos juega en Europa, lo que explica que se pueda llevar esta selección desde este lado del charco. A la derrota frente a Arabia le sucedieron victorias por 2-0 sobre México y Polonia. En octavos batió a Austria (2-1), en cuartos a Holanda (2-2 y 4-3 en los penaltis) y en semifinales a Croacia (3-0). La final, ante la Francia de Mbappé, fue hermosísima, con resultado, tras prórroga, de 3-3 y victoria en los penaltis por 4-2. Un hermoso epílogo para un Mundial extraño y novedoso, un tanto irreal pero cómodo, en el que el fútbol superó barreras de tradición y ética con su fuerza desatada de huracán que no respeta nada.
La proyección del país
Qatar gastó un dineral, pero dio un salto gigante en autopistas, avenidas, metro y hoteles, mejorando su atractivo turístico hasta competir con Dubai. Ganó reputación en el concierto de países, pero sobre todo en el mundillo del fútbol, en el que un qatarí, Al-Khelaffi preside la EFC, antes ECA. En 2022 Qatar organizó la Copa de Asia, que ganó su selección, que jugó más relajada. Un éxito acompañado de beneficios económicos superiores a los del Mundial, pues la FIFA se lleva mayor tajada en los ingresos.
Qatar atrae ahora más y más jugadores y entrenadores de fuera, con influencias enriquecedoras. El seleccionador es Julen Lopetegui, y allí entrenan Pablo Amo (ex mano derecha de Luis de la Fuente), Tintín Márquez, Vicente Moreno, Santi Denia, Félix Sánchez y David Prats.
Sosegada aquella locura constructiva, el número de parias de la construcción, un millón en el apogeo, se ha reducido muchísimo. Los más regresaron a sus casas dejando atrás inmensos sufrimientos y 7.000 víctimas, pero los 300 dólares al mes que cobraban por su trabajo semiesclavo les convirtieron en clase acomodada en su regreso a Nepal, porque el mundo está así de desequilibrado.