El Mundial de las diásporas, estadios llenos gracias a los inmigrantes: “Son los que viven aquí. Otros no se han atrevido a cruzar la frontera”
En la 8ª Avenida de Nueva York no hay otro tema de conversación, en diferentes idiomas y acentos, más allá del Mundial de fútbol. Tampoco en los aviones que cruzan Norteamérica. Es el Mundial de las diásporas. Entre puestos de comida, restaurantes y los pequeños comercios del centro de Manhattan ondean las banderas de Marruecos, Ecuador, Colombia, México, Brasil o Senegal, mucho más numerosas que las estadounidenses. En los vuelos, los pasajeros visten los colores de sus países. La Copa del Mundo, un éxito que ya acumula más de un millón de espectadores en sus estadios, repletos y multicoloridos, ha encontrado combustible en los desplazados. En el país con más inmigrantes, el fútbol no entiende de fronteras.
Estados Unidos, sede del torneo junto a México y Canadá, acoge a más de 52 millones de inmigrantes según datos de la ONU. El 15% de sus habitantes. Más que cualquier otro país. Y esa mezcla de nacionalidades, lenguas y culturas se hace patente en Nueva York y en este Mundial.
Las imágenes de los estadios llenos distan mucho de lo visto en el Mundial de clubes, donde el espectador fue mucho más local, salvo en los casos de los clubes sudamericanos, y se disputaron encuentros con muchos huecos en las gradas. Se desmiente que el fútbol en Estados Unidos no genere interés, pero se explica por los inmigrantes.
«Mucho prejuicio hacia los latinos»
«Lo estamos siguiendo mucho más los latinos, claro», contesta Wilson, camarero brasileño de un bar de la 8ª Avenida que lleva una década viviendo en Nueva York. Reside en el barrio de Jamaica y reconoce que «en los barrios de Queens o en Astoria», corazón latino de la ciudad, es donde mayor interés hay.
«Las entradas están muy caras, pero tengo muchos amigos que han ahorrado y han podido ir», cuenta Andrés, nacido en Nueva York e hijo de mexicanos, reflejo de esa nueva generación de latinos, nacidos y criados en EE.UU. que están elevando la pasión del país por el 'soccer'. «En la liga de fútbol local somos mayoría de latinos, pero cada vez se suman más», dice.
«¡Vamos a ganar!», grita en inglés Sami, senegalés que tiene un puesto de comida en la calle. Billy también nació en Nueva York, pero sus padres son colombianos. El acento le delata. Regenta otro puesto de comida y bromea con que «somos demasiados colombianos aquí», dice, haciendo un llamamiento a los estadounidenses: «Sigue habiendo mucho prejuicio hacia los latinos. Yo tengo acento, pero soy de aquí. Está difícil la cosa para nosotros».
Seguidores de Senegal, el martes, durante el partido ante Francia.
El Mundial ha convertido, más todavía, barrios enteros en extensiones de los países participantes. Los ecuatorianos se reúnen en Corona o Jackson Heights, a donde se dirige Néstor: «Vivimos los partidos como si estuviéramos en nuestro país, aunque somos residentes aquí desde hace dos años». Algo parecido sucede con los marroquíes, que colorearon Times Square de rojo antes del partido ante Brasil. «Es caro, pero esto es una vez en la vida», cuenta Ahmed entre las luces de las pantallas. Los restaurantes árabes, como los haitianos, se han convertido en embajadas futbolísticas para aquellos que no han podido entrar al campo.
En muchas comunidades, la alegría por estar disfrutando del Mundial se mezcla con la rabia por aquellos compatriotas que no han podido cruzar la frontera. Marcus Epwo, líder congoleño en Texas, explicaba esta semana que la diáspora de su país supera las 25.000 personas entre Houston y Dallas, pero que hay muchos que no pudieron viajar desde el origen por las restricciones impuestas por Trump. «Animaremos por los que no están», dijo en la CNN.
En Nueva York no todos son turistas futbolísticos, como los escoceses que llenan los bares, sino que trabajan en restaurantes, obras y comercios y juegan en las ligas de fútbol amateur. «Tuve que dar de baja a mi equipo de la liga local porque los jugadores, mayoría latinos que trabajaban aquí de cocineros y limpiadores, se lesionaban y no venía a trabajar», nos cuenta el encargado del bar McHale's, en la 8ª Avenida.
Hinchas marroquíes, durante el partido ante Brasil en Nueva Jersey.
En los aviones, el trasiego es constante. «Acabamos de ver el Francia-Senegal y vamos a ver a Cristiano a Houston. 700 dólares cada uno, pero es histórico», explica un pasajero senegalés que vive en Staten Island. A su lado, un mexicano que también repite visita a Mbappé y Ronaldo.
Ya en Houston, Juan, el taxista, fuentes contrastadas en cada ciudad, colombiano que nos lleva al hotel nos insiste en que «es la gente inmigrante que vive aquí la que está yendo a los estadios». «Con el tema de los visados, muchos no se atreven a cruzar la frontera», añade.
Aquellos que un día llegaron a Estados Unidos para construir su vida están creando ahora la fiesta permanente de un Mundial histórico. El récord provocado por las diásporas. El Mundial de los inmigrantes.





























