Un hincha de Argentina agita una bandera en la celebración.Raúl MartínezEFE
El Mundial prenavideño descolocó el calendario tradicional y desorientó las meninges acostumbradas a respetarlo y cumplirlo. Con los ciclos futbolísticos trastocados, los viajeros, más peregrinos que turistas, sufrieron más tiriteras en el interior d
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Joan Laporta ha vuelto al redil. Balando mansamente, ha acelerado su regreso a los apriscos de Al Khelaifi y Ceferin, que le han pasado paternalmente la mano por el borreguil lomo y le han dado la bienvenida al abrevadero común. El regreso de la oveja pródiga. Bastante tiene Laporta en casa como para seguir indisponiéndose con quienes pastorean el rebaño en el continente.
En el fútbol la geografía es elástica. Al Khelaifi, presidente de la ECA, ahora rebautizada EFC (European Football Clubes), es qatarí y su organización reúne a 55 países. No hay tantos en Europa. Pero desde que Australia participa en Eurovisión, cualquier corrección del mapa es posible. Y, bueno, un partido de nuestra Liga en Miami es poca cosa en comparación con aquello de que la Supercopa de España se juega en Arabia Saudí.
Sea como fuere, el Madrid se ha quedado bailando solo con su fantasiosa Superliga, en mitad de la pista desierta, sin música y con las luces apagadas. Pero mejor solo que mal acompañado. El Barça actual puede ser compañero de celda, pero no de baile, ni de viaje, ni de cama.
De un modo u otro, el Madrid siempre ha estado solo. En su majestad; en su arrogancia; en su orgullo; en su ambición; en su coraje; en su negativa a la derrota, mal digerida, y en su resistencia mal tolerada a la crítica. En su mentalidad de máximos continuos y en el agotador esfuerzo de mantenerlos por el exclusivo procedimiento de aumentarlos. En el cultivo de su propio mito, porque nadie, excepto él, que convive consigo mismo, puede comprenderlo y transmitirlo en su totalidad. La soledad del Madrid no es la de la falta de seguidores en todo el globo. Al contrario, sino la de la imposibilidad de cotejo con el resto del planeta fútbol, dividido en dos hemisferios. En uno reina el Madrid. En el otro vive el resto. En su "splendid isolation", a falta de un interlocutor de su tamaño y tesitura, el Madrid se ve obligado a conversar en voz alta con su espejo. Goza y sufre la soledad de quien es único.
Florentino es un producto del madridismo imperial y un convencido de su providencialismo para representarlo. A sus virtudes gestoras y su moderno sentido del espectáculo une un concepto mesiánico de la presidencia. Se ha quedado solo con la Superliga, una criatura nonata, fecundada "in vitro", en cuya relación familiar el huérfano es el padre.
Florentino experimenta una comprensible fijación emuladora con Santiago Bernabéu. Les separan décadas y generaciones. Pero les empareja un mismo tinte visionario y una similar y máxima trascendencia histórica. Cada cual es hijo de su época, a la que ayudan a definir y entender en el plano futbolístico. Don Santiago nació en el siglo XIX, en 1895, y penetró en el XX. Florentino, en el XX, en 1947, y se ha adentrado en el XXI. Don Santiago levantó el estadio que lleva su nombre. Florentino lo ha convertido en el mejor del mundo. Don Santiago fue crucial para el nacimiento de la Copa de Europa.
Florentino quería crear la Superliga. Pero ha pinchado. Son otros tiempos, otra vida y otro fútbol.
Le hubiera encantado abrazar a Oriol Cardona. La foto no tendría precio. Paquito Fernández Ochoa cumpliría el próximo miércoles 76 años. Han tenido que transcurrir 54 para que otro español sea campeón olímpico en unos Juegos de Invierno. Mucho tiempo, demasiado, y, además, contar con la cooperación de una modalidad nueva en el programa. Si no, imposible. Oriol Cardona ya es otro de nuestros insignes pioneros. Y lo es por partida doble: por terminar primero en una disciplina novedosa entre nosotros y porque esta disciplina es, como él, debutante en unos Juegos. Oriol también se ha convertido en un pionero internacional.
Ha partido de cero. O de un mundo desconocido para el gran público. Con toda probabilidad, para el público, a secas. Antes de Paquito, la gente no era ajena, o no completamente, a la presencia del esquí en el panorama deportivo nacional. Los interesados sabían de su existencia. También los indiferentes, porque no eran del todo ignorantes ante el hecho de que el esquí ocupaba un espacio en las informaciones periodísticas.
Paquito tuvo en España algunos precursores que abrieron un camino que nuestro campeón en 1972 completó para superarlos y hacer historia. Antes de Paquito y con Paquito, que se estrenó olímpicamente en Grenoble68 antes de ganar en Sapporo72, todos estos nombres representaron a España en los Juegos de Invierno, desde los celebrados en Saint Moritz en 1948: José y Luis Arias, Thomas Moravitz, José Vila, Juan Armiñán, Juan Poll, Ramón Blanco, Francisco Viladomat, Luis Moliné, Jaime Talens, Manuel García Morán, Luis Sánchez, Luis Viu, Juan Garriga, Javier Masana, Jorge Rodríguez, Francisco Prat, Aurelio García, Luciano del Cacho, Antonio Campaña y Carlos Adsera.
Oriol Cardona, durante la final de este jueves.AFP
Oriol no ha tenido a nadie en quién mirarse en tales alturas, aunque en Cataluña existe una cierta tradición en este deporte. A diferencia de Paquito, era favorito desde su condición de campeón del mundo. Paquito fue una sorpresa. La sorpresa, en el caso de Oriol, habría sido que no hubiese ganado. Si existen milagros en el deporte español, éste es uno de ellos. Y no porque Oriol sea fruto de una inopinada y favorable concatenación de circunstancias gozosamente imprevistas, sino por todo lo contrario: porque no ha necesitado de «ayudas divinas», de factores inexplicables o ilógicos para alcanzar la cima. Su oro no es el producto de la alquimia, el de la manipulación de elementos dispares. Es el de la naturaleza. No hay química falsificadora en los quilates. Hay física pura, sin procesos mixtificadores de probetas y alambiques.
Su medalla, de máximo valor, debe ser unida, junto a la también suprema de Paquito, a la plateada de Queralt Castellet en halfpipe, en Pekín2022. Y a las broncíneas de Blanca Fernández Ochoa, en la misma prueba que su hermano, en eslalon, en Albertville1992, Javier Fernández en patinaje artístico y Regino Hernández en snowboard, ambas en Pyeongchang2018. Y ahora, Ana Alonso en, también, esquí de montaña.
Después de Paquito, el esquí alpino español no se quedó huérfano de nombres en, aparte de los Juegos, la Copa del Mundo. Todos femeninos. Blanca ganó cuatro pruebas (tres eslalons y un gigante). María José Rienda, seis gigantes. Y Carolina Ruiz, un descenso. Fueron buenos tiempos.
No sabemos qué ocurrirá entre nosotros a partir de ahora con el esquí de montaña y, por afinidad, con otras modalidades invernales. Es de desear que toda esta popularidad promocional nacida del oro produzca un interés entre los jóvenes que desemboque en un aumento de practicantes. Ojalá este oro sea sólido y no se derrita, como la nieve, al llegar el verano.
De un extremista a un liberal, de un energúmeno a un moderado, Joan podría dirigirse a Florentino en versos de Neruda: "Me gustas cuando callas porque estás como ausente". Pérez, aliado de Laporta, su único socio, en la Superliga europea, calla y otorga en la Supercopa española. Hay silencios atronadores.
Alguna que otra vez, al franquismo le convino que el Athletic de Bilbao (el Bilbao, se decía entonces, como se decía el Gijón, el Santander, el
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