Se encontraban de vacaciones después de que el padre acudiera con la selección española al Mundial de Cross en Bathurst (Australia)
Ángel Basas y Carlos BasasCOE
Ángel Basas, fisioterapeuta de la Real Federación Española de Atletismo (RFEA), de 55 años, y su hijo Carlos, de 23, han muerto este viernes en un accidente de tráfico en Nueva Zelanda, dónde se encontraban de vacaciones después de que el padre acudiera con la selección española al Mundial de Cross de la pasada semana en Bathurst (Australia).
Basas, de 55 años, nacido en Salamanca y saltador de triple de más de quince metros en su juventud, era integrante del cuerpo técnico de la Real Federación española de Atletismo y había formado parte de la expedición nacional en ocho Juegos Olímpicos y más de 100 competiciones internacionales, aparte de ser miembro de la comisión médica del Comité Olímpico Español.
La Real Federación Española de Atletismo ha sido la encargada de dar a conocer la noticia a través de las redes sociales: “Estamos rotos de dolor y todavía procesando la noticia que acabamos de recibir. Ángel Basas y su hijo Carlos han fallecido en un accidente de tráfico en Nueva Zelanda. Descansen en Paz”.
Tras conocer su fallecimiento, las muestras de cariño y recuerdo hacía Ángel Basas han sido numerosas desde todos los estamentos del atletismo.
“Te has ido sin despedirte, compañero… estamos rotos, son demasiados años de recuerdos para digerir este dolor. Nunca voy a olvidar mi conversación con Carlos el sábado en Bathurst. Cuidaremos de Mayte y tus hijos. Se van dos Ángeles. DEP”, dijo Raúl Chapado, presidente de la RFEA en Twitter.
“Tuve la suerte de conocer a Carlos desde niños; entrenábamos juntos, y a Ángel como padre antes que fisio. Y más suerte aún de compartir, después, con ambos, muchos años de trabajo”, dijo la obstaculista Clara Viñarás en redes sociales.
“Estoy consternado. Ángel, era mucho más que un fisio, una persona ejemplar, siempre querías estar a su lado. Además de ser un gran padre. Hoy la vida no ha sido justa, se ha llevado a dos personas antes de tiempo. Mis máximas condolencias a todos sus seres queridos”, declaró el exatleta Juan Carlos Higuero.
En Marina Bay, donde hace un año sumó 40 puntos, McLaren sólo necesita 13 para conquistar por segundo año consecutivo el Mundial de Constructores. Es decir, con subir hoy a uno de sus pilotos al podio acabará con la débil resistencia de Mercedes y Ferrari, incapaces durante las 17 carreras previas de seguir el ritmo de los coches papaya. Nada pudo hacer tampoco Red Bull, que sumó cuatro victorias gracias a Max Verstappen, pero que se vio penalizada por el pésimo rendimiento de los compañeros del holandés. Por el contrario, el dominio de McLaren se ha concretado gracias a la regularidad de Oscar Piastri y Lando Norris, enzarzados en la lucha por el título de pilotos, donde el australiano cuenta con 25 puntos de ventaja. De hecho, la escudería de Woking repetirá título por primera vez en casi cuatro décadas. Una actualización de aquella edad de oro con Ayrton Senna y Alain Prost.
La décima corona permitirá a McLaren desempatar con Williams y situarse en segundo lugar del palmarés, sólo por detrás de Ferrari (16 títulos). Un hito más en la leyenda del equipo de Woking, que cuenta con poderosas razones para mirarse en su propio espejo y compararse con aquel que dominó con puño de hierro entre 1988 y 1990. Desde el GP de Azerbaiyán 2024, cuando puso fin a 847 días de dominio de Red Bull, la hegemonía de McLaren no encuentra rival. Con su peculiar modo de afrontar las carreras, establecido en lo que ellos mismos conocen como las papaya rules. Unas normas no escritas que han levantado infinidad de comentarios dentro y fuera del paddock.
«Siempre me ha gustado que continúen con nuestra tradicional manera de gestionar las carreras. Darles dos coches completamente iguales, como dos gotas de agua y que los pilotos luchen», arranca Jo Ramírez, histórico miembro de McLaren, donde trabajó entre 1984 y 2001. «Para Piastri y Norris, el equipo es lo primero y después vienen ellos. Aunque me temo que va a llegar el momento, en las últimas carreras, en que no van a querer ceder ningún punto a su compañero. Como dicen en inglés, va a haber fireworks [fuegos articiales]», cuenta el mexicano a EL MUNDO.
«Respeto mutuo admirable»
El modo de llevar esta rivalidad, dentro y fuera del garaje, ha sorprendido a la mayoría de analistas, incluido Ramírez. «Hasta ahora se han comportado de un modo excesivamente caballeroso», admite el ex coordinador de McLaren, aún asombrado por lo visto en el último GP de Italia, cuando los mecánicos perjudicaron a Norris con un pit-stop muy lento y el equipo pidió después a Piastri que cediese la posición a su compañero. Una decisión imposible de entender en 1988, cuando Senna y Prost se impusieron en 15 de las 16 carreras de aquel Mundial. «Fue algo increíble. Siempre me doy un golpe en la espalda para agradecer haber estado en McLaren durante aquellos años. En 1988, Senna y Prost se tenían un respeto mutuo realmente admirable», rememora Ramírez.
Si nos atenemos a lo que McLaren se ha empeñado en filtrar, la relación personal entre Norris y Piastri no sólo se ha resentido durante las 17 carreras de 2025, sino que se ha hecho más fuerte. A través de sus redes sociales, la escudería de Woking ha publicado vídeos en las que ambos comparten bromas y confidencias. Los dos jóvenes han interiorizado tanto la cultura del equipo, que la sola idea de desafiar esas papaya rules se antoja imposible.
Han pasado 37 años desde aquel legendario Mundial 1988, el último año de los turbocompresores, cuando Honda siguió mejorando cada semana su motor, mientras Ferrari pensaba más en los propulsores atmosféricos previstos para 1989. A bordo de aquel MP4/4, sólo dejaron escapar el triunfo en el GP de Italia, que acabó en manos de Gerhard Berger gracias a un choque de Senna con el rookie Jean-Louis Schlesser a dos vueltas para la bandera a cuadros.
Senna, al volante del MP4/4, en el Mundial de 1988.MCLAREN F1
Aquel buen ambiente estallaría en mil pedazos sólo un año después, cuando Beco y Le Professeur traspasaron una y otra vez los límites, en contra de los deseos de su equipo para su beneficio propio. Una situación que podría repetirse hoy por culpa de Verstappen, a quien Ramírez considera «el mejor piloto de la historia». «La diferencia de pilotaje entre Max y el resto es muy grande», sostiene ante el peligro que acecha sobre Piastri y Norris. Tanto buen rollo podría esfumarse de un plumazo. «Me parece que esa armonía ha sido algo muy genuino. Al principio pensé que podrían favorecer algo a Norris sólo por el hecho de que llevaba más tiempo en el equipo y porque es británico. Sin embargo, hay que admitir que la igualdad en la mecánica y en la aerodinámica es completa», explica quien fuese mano derecha de Ron Dennis.
Hoy, Zak Brown, CEO de McLaren, y Andrea Stella, team principal, mantienen los valores impuestos por el británico. «Me gusta que dejen a los pilotos pelearse entre ellos», reitera Ramírez, que sigue muy de cerca la labor de Stella, a quien ya conocía desde la etapa del italiano en Ferrari. «Tiene un valor humano muy grande. No puede decirle a alguien que haga algo que no pueda hacer él. Yo también empecé desde abajo, barriendo la oficina, haciendo el café y limpiando los coches. Se ha ganado a pulso la confianza y el respeto de todos los ingenieros y los trabajadores», finaliza.
Entre sus 17 temporadas en Woking, saldadas con siete títulos de constructores (1984, 1985, 1988, 1989, 1990, 1991, 1998), Ramírez destaca el ambiente interno en el box. «Los mecánicos y los ingenieros nos divertíamos muchísimo. Cada año hacíamos una fiesta en Australia donde invitábamos a todos nuestros rivales. Cualquiera que llevase un pase de la F1 podía acceder al local, que no era demasiado grande. Cuando uno salía, otro entraba», relata. La vibración de su voz, a los 84 años, aún se amplía cuando se anima con una síntesis. «He tenido una vida fantástica en el deporte que más me gustaba. Pude disfrutar los mejores años de la historia de la F1, entre los 60 y comienzos de siglo XXI. A partir de ahí, el dinero se impuso al deporte».
"He venido a ganar", proclamó de primeras el ansiado Xavi Pascual, nueve años después de vuelta al Barça. En una situación crítica deportiva y económicamente, tan diferente a aquella era en la que reinó. El interino Orellana ya había conseguido, en tres partidos (tres victorias), cambiar la inercia de frustración de Joan Peñarroya. Con el de Gavà, en su debut, hubo fuegos artificiales en Estambul, un apagón preocupante y un desenlace doloroso y polémico para la derrota por la mínima ante el Efes. [74-73: Narración y clasificaciones]
Ante un Efes mermado (sin Larkin, Poirier, Papagianis, Dozier, Beaubois...), se recordará su reentré. Hubo de todo. Una fiesta, un canto a la esperanza y la ilusión de un grupo limitado pero corajudo, que escondió sus defectos por momentos en el Sinan Erden. Pero que también perdió el rumbo, esa mala cara a corregir. Y que sufrió al no saber rematar en las últimas acciones. Los tiros libres de Cordinier para la quinta derrota en Europa.
La conclusión inicial, pese a todo, es que Pascual va a tratar de potenciar aquellos mimbres con los que cuenta. Con el grifo cerrado (o casi) para los refuerzos, con estos bueyes tiene que arar. Y, con sus rotaciones, mostró que, de momento, todos cuentan. El gigante Fall, casi inédito, fue su primer cambio. Anotó un dos más uno y puso un tapón como agradecimiento. Willy Hernangómez, otro arrinconado, lo mismo: producción exprés. Hasta Myles Norris, si es que alguien se acordaba de la existencia del fichaje, estuvo en pista (no con tanta fortuna) ya en el segundo cuarto.
Fue en ese tramo cuando el Barça empezó a triturar al Efes. Le ayudó el perímetro, triples de Laprovittola, Cale y Punter. Llegó a dominar por 13 (33-46) con sólo Cordinier como contestación.
Pero no todo podía ser tan sencillo. La euforia del primer acto se derritió demasiado pronto. La vuelta de vestuarios fue una pesadilla para el Barça, un ciclón el Efes, a lomos de Jordan Loyd y Weiler-Babb. Ni los tiempos muertos ni los cambios espabilaban al Barça, que encajó un tremendo 19-2 de parcial, fallando triples. Tocó volver a empezar, ahora a remolque en el marcador y las sensaciones.
En ese abismo, el Barça volvió a demostrar personalidad. Olvidó el tercer acto y se metió de lleno en la batalla. A falta de menos de cuatro minutos, el imparable Osmani encendió las alarmas (69-64), pero entonces apareció la pizarra de Pascual, los puntos en la pintura de Vesely, un triple (al fin) de Satoransky... Pero el checo no remató a la siguiente. Parra taponó a Cordinier y, después, sobre el francés señaló Belosevic una dudosa falta en el mismísimo último suspiro. No erró con los tiros libres y, con 0,3 segundos, el palmeo de Fall fue imposible. Un cruel y polémico desenlace.