La ‘resurrección’ de Natxo González en su paraíso irlandés de Mullaghmore: “Estoy en paz, he empujado mis límites a otro nivel”

La 'resurrección' de Natxo González en su paraíso irlandés de Mullaghmore: "Estoy en paz, he empujado mis límites a otro nivel"

La tabla de Natxo González, una plancha de fibra de más de dos metros y medio, botaba en una ola de más de 10 metros como si fuera un caballo sin domar que quisiera tirar a su jinete. Un viento cortante norirlandés sacudía el cuerpo del surfista, embotado en una armadura formada por un neopreno de 5 milímetros y dos chalecos, uno para absorber los golpes y otro para ganar flotabilidad. Mullaghmore, gran cumbre en gaélico, mostraba todo su potencial con un agua revuelta a siete grados centígrados y una temperatura exterior de cero grados. “Apenas cubría un palmo. Me pregunté: ‘¿Qué hago aquí? Voy a morir'”, cuenta Natxo a EL MUNDO.

Entonces, como si fuera conduciendo en un túnel a 150 kilómetros por hora en una carretera de 80, aparece una luz al final de aquel monstruo con un labio de tres metros de grosor. “Era una visión brutal, la mejor de mi vida”, explica Natxo como si contara su entrada en el paraíso. Pero no era una entrada al paraíso, era la salida del infierno. El surfista escapa del tubo llorando consciente de que ha cogido la ola de su vida. “Es un momento de euforia que no se puede comparar con nada en el mundo”, intenta describir.

México, Portugal, El Salvador… Son muchos los puntos del globo a los que Natxo está a golpe de un parte de olas adecuado. Con la logística siempre a punto para saltar a cualquier parte del globo para probar sus límites una y otra vez. Pero hay algo en Irlanda que le atrae desde que la conoció hace ya 10 años. “Cuando vine la primera vez, veía a locos tirarse a este tipo de olas y pensé que eso es algo que jamás haría”, recuerda el deportista. Sin embargo, hoy son esos locos y los lugareños los que le dicen a él que es “la ola más heavy que han visto a alguien a remo”.

Porque el surfista vasco es de los que trata de coger las olas con la fuerza de sus brazos, de ahí que marcas como Red Bull y Breitling le tengan entre sus embajadores. No recurre a las motos de agua para ser remolcado a estas bestias de muchos metros. Y quizás eso hace que le respeten más en los pubs en los que ha estado dos meses y medio esperando este momento. “Realmente el swell que esperábamos lo había surfeado cinco días antes y yo ya tenía billete para irme”, apunta González.

González, equipado para entrar en las aguas irlandesas.Breitling

Pero cuando vio lo que asomaba en las isobaras, decidió cambiar el billete de ferry y esperar a ese mítico ya 22 de diciembre. “Estaba tan cansado que sólo podía llorar. Con la adrenalina a tope no me podía dormir de la llorera”, rememora un joven que tardó casi ocho días en volver a poner los pies en el suelo. Que pasó las Navidades en Euskadi aún flotando. “¿Qué voy a hacer ahora en mi vida después de esto?”, dijo Natxo tan pronto terminó de surfear la ola de su vida.

Era la meta después de dos años fuera del agua. De dos años luchando por volver a surfear tras dos accidentes que le dejaron con mareos, vómitos, migrañas… y otros síntomas que apenas le permitían hacer vida normal. “Me daba igual volver a surfear, lo que quería era estar bien, contento, con eso me sobraba. Obviamente el surf es mi pasión, pero eso no me preocupaba tanto. Lo que quería era volver a ser Natxo González“, revela el deportista.

Puerto Escondido y un wipeout (una caída de la ola) fue el primer aviso y Nazaré y una experiencia cercana a la muerte tras ser golpeado en la espalda por una ola como un edificio, el segundo. El chaleco salvavidas no funcionó y seis más le cayeron encima. “Pese a haberme quedado sin aire no sentí agobio, mi cerebro me dijo: ‘Se te ha ido de las manos, ahora, relájate. Fue como quedarse dormido pero debajo del agua’, relata un deportista al que un amigo le salvó la vida cogiéndole de la cabeza porque no tenía ni fuerzas de agarrarse al corcho que remolcan las motos de agua. Los caballos salvavidas que rescatan en olas grandes.

Un surfista sin ansia

Porque a Natxo le gusta surfear, pero no tiene el ansia de entrar todos los días al mar y puede estar perfectamente tranquilo en su sofá durante 10 días si el parte de olas no le satisface. Lo que le apasiona son las olas grandes. Esas en las que comenzó a hacer sus pinitos con 13 años para “reventar las de medio metro” en los campeonatos. Al principio eran un medio para alcanzar un fin. Ahora son la meta absoluta. El Santo Grial. El motivo por el que este deportista recorre el mundo en busca de sus límites y los de la naturaleza.

Y es cierto que, hablando con él, se percibe una persona completamente en plenitud. Que podría irse a pescar, actividad que le apasiona y que le ayudó a pasar su convalecencia, sin mirar con ansia su siguiente reto. “Estoy en paz. He empujado mis límites a otro nivel”, apunta el surfista. Porque esa ola es la que marca una carrera, la que te dice dónde estás ahora porque eres consciente de que “el Natxo de 17 años habría muerto”. Pero no el experimentado de 31. El que probablemente vuelva a Irlanda, “un templo salvaje y único” o busque un siguiente reto en el que poner a prueba sus límites en el agua porque es su pasión. “La vida es para sentirte vivo”, concluye.

kpd