Salma Paralluelo fue la sorpresa del Mundial de Australia y Nueva Zelanda. Imparable en velocidad, sus goles fueron decisivos para llevar a España al título y, con 18 años, entró en las nominaciones al Balón de Oro. Su última temporada ha sido más oscura por culpa de los problemas físicos –“estoy en un momento diferente”, admite- pero tiene su hueco en esta Eurocopa por donde se va a mover en todo el frente de ataque. De su banda izquierda a la posición de 9 y referente de ataque.
“Esta temporada he rotado mucho por las tres. La banda izquierda, que es donde siempre he jugado de niña, puede ser más natural, pero aprendo de cada posición para ser una jugadora más versátil“, explica desde la concentración de Lausana, donde las jugadoras disfrutan de un día libre para desconectar tras la brillante clasificación para cuartos, donde espera Suiza. “Estamos montando el plan. Desconectaremos y luego empezaremos poco a poco a pensar en Suiza. Ahora empieza otra Eurocopa y, en siete días tenemos la primera final”, destacó.
Lo tienen claro, tanto como lo que Montse Tomé quiere de ella cuando la coloca, como ante Italia, en punta. “De nueve, por mis características doy profundidad fijando a las centrales. Me pide Que tire desmarques y aproveche la movilidad que puedo dar al equipo. Y yo me adapto a lo que se dé para brindar todo mi potencial en el rol que sea”, acepta.
Salma es de las pocas jugadoras de ataque que acaban la fase de grupos con un gol pendiente. España ha marcado 14, y encabeza la tabla de selecciones goleadoras, que han sido de Esther (4), Alexia (3), Athenea, Patri, Pina, Mariona, Irene Paredes, Martín-Prieto y Vicky, que para Salma “es como mi hermana”.. De las jugadoras que deben pisar área, solo Salma y Alba Redondo, que no ha debutado por molestias. “Eso habla bien del equipo y de las buenas sensaciones que tenemos”, aseguró la aragonesa, que asume su rol. “El grupo está unido, enchufado. Quien sale de titular o de revulsivo es muy importante, porque todas aportamos nuestro granito de arena”, advierte.
Y el físico les aguanta para ello: “Ha sido una temporada larga, de muchas competiciones, pero hemos cargado pilas, hemos trabajo bien físicamente y tácticamente y vamos encontrando nuestro punto”. Ahora lo pone a prueba Suiza.
Países Bajos lleva mucho tiempo viviendo en la Eurocopa del recuerdo de lo que fue. En los Mundiales suele dejar su sello, lo hizo en Qatar, pero en el continente se baja de la pelea antes de tiempo. 24 años, seis ediciones del torneo, llevaba la 'Oranje' sin superar una eliminatoria, pero deshacerse de Rumanía fue un paseo. Aunque el marcador se mantuvo ajustado demasiado tiempo, los neerlandeses ya no encontraban más formas imaginativas de plantarse en el área rumana. De tanto insistir, llegó. Entre Gakpo y Malen, a quien Koeman sacó del banquillo tras el descanso, liquidaron a la selección de Iordanescu, firme en la fase de grupos, deshecha en el cruce de octavos. [Narración y estadísticas (0-3)]
No entraba Países Bajos en ninguna quiniela de candidatas a ganar la Eurocopa, pero puede que llegue a tiempo. Avanza por la parte cómoda del cuadro y, lo es que mejor, ha crecido con el paso de los partidos. Koeman ha encontrado la tecla y sus jugadores, construyendo desde una defensa hormigonada por Van Dijk, van encontrando los pasillos al área. En su debe ya sólo aparece el acierto, que sigue siendo pobre.
Rumania saltó al césped sin complejos y descarada, tratando de sorprender y darle un golpe de mano al duelo. De hecho pudo haberlo logrado Man con un disparo cruzado buscando la escuadra en la que, solo, voló desde la orilla derecha al centro del área par armar la zurda. Eso fue todo lo que lograron los rumanos. Porque inmediatamente después, las burbujas de su efervescencia desaparecieron y a los 20 minutos ya tenía el marcador en contra.
En las redes de Simons
Gakpo tiró de jerarquía para escaparse por la banda, regatear al lateral del Rayo Ratiu y golpear al palo corto ajustado al poste. No apareció el guardameta Nita para evitar el tercer gol del extremo del Liverpool. Desde ese instante, el partido ya tuvo un dueño sin que Rumanía fuera capaz de evitarlo. Fue como si se hubiera desatado un vendaval, aunque les dio tiempo a cerrar puertas y ventanas. Se sucedieron los ataques y los saques de esquina que, uno tras otro, no se convirtieron en gol.
Muy cerca lo tuvo De Vrij cuando, solo en el segundo palo, recibió la pelota telegrafiada por Memphis Depay. Tampoco es que pudiera abroncarle el delantero del Atlético, que tuvo ocasiones así de claras que tampoco mandó al fondo de la red.
Cuando Rumanía intentaba correr, caía en las redes de Xavi Simons o Schouten y de nuevo arranca un ataque neerlandés. Así toda la primera parte y pudo irse al descando con más ventaja si Simons no se hubiese enredado con la asistencia que le puso Dumfries al punto de penalti, sólo por querer acomodársela a su pierna diestra. La respuesta la tuvo Dragus aprovechando una recuperación de Hagi ante un, por una vez, confiado Van Dijk.
Simons centra de rabona ante Ratiu.AFP
Lo único que cambió tras el paso por el vestuario es que Koeman entendió que Malen le podía poner más picante en la derecha que Bergwijn. Convivir con Rumanía durante 45 minutos más con una ventaja tan corta exigía correr algún riesgo medido. No se equivocó. Malen acabó de redondear el partido más completo de Países Bajos en el torneo, pero costó.
20 saques de esquina
Depay la tuvo antes con un disparo tras una carambola en los defensas que salvó Stanciu casi bajo palos. De ahí no salía. Si en la primera parte los neerlandeses sacaron 10 córners, en la segunda fueron otros tantos. Uno de ellos lo mandó Van Dijk al palo. La descomposición del equipo de Iordanescu ante la mirada contrariada del mítico Gica Hagi en el palco. Nita evitó el segundo de Gakpo, que se recorrió a la carrera todo el campo para llegar a la frontal y armar el tiro que despejó el arquero. De ese córner también pudo nacer el tanto que buscaba, pero lo cazó en fuera de juego.
El partido estaba tan volcado que era cuestión de ir probando a ver cuándo la pelota volvía a entrar. Lo hizo, de nuevo, un desafortunado Depay, que tiró de picardía y, aprovechando que los rumanos no tumbaron a un hombre a los pies de la barrera, lanzó un libre directo rasito que rozó el palo corto. Otra vez la madera impediría aumentar la ventaja cuando apareció Veerman, renacido tras el varapalo ante Austria, para probar. Se acercaba el final y creían las oportunidades, también para Simons, que tampoco acertó. Pero Gakpo estaba empeñado en enterrar a Rumanía, por si se le ocurría resucitar.
Peleó hasta la línea de fondo con Dragusin, que se confió en que la pelota salía. No sólo se la ganó casi pegada al palo, sino que con el exterior le sirvió el tanto a Malen, que aparecía de segunda línea. La tarea ya estaba hecha, pero el jugador del Dortmund quería más. Aprovecharon el último empuje de Rumanía para cazarles en una contra. Robó Simons casi en su área, y lanzó a correr por la derecha a Malen para que amarrara los cuartos de final.
El último gol de España en una final de una Eurocopa lo marcó Juan Mata y, doce años después, sigue reconocimiento que se lo debe a Fernando Torres. "Aquel gol fue felicidad extrema porque cerraba un círculo de Eurocopa, Mundial y Eurocopa. Me lo regaló Fernando, porque podía haberlo marcado él", admite con una sonrisa y brillo en los ojos a pocos metros de la Puerta de Brandemburgo en Berlín, donde dentro de unas horas España volverá a jugar una final frente a Inglaterra, una selección que Mata conoce muy bien porque ha convivido con muchos de sus jugadores.
Sin embargo, ve a España favorita en casi todas las posiciones. Duda algo en el caso de Bellingham y Foden, pero ve a los españoles favoritos. "Desde el primer partido ya tuve la sensación de que el equipo estaba jugando muy bien y que había una buena energía entre ellos y con el cuerpo técnico. Todos sentimos que las cosas podían ir muy bien y lo han refrendado", explica a El Mundo.
Son sensaciones que ve equiparables a las que sintió en 2012, cuando llegó aquel titulo ante Italia. "Veo similitudes en la idea de dominar a través de la pelota. En aquella generación, los jugadores éramos lo que queríamos ser y en esta creo que también. La sensación es la misma: que pueden ganar. Aquella vez veníamos de ganar un Mundial, y éramos más favoritos al inicio del torneo que ahora, pero creo que ha sido positivo que todo el mundo pensara que Francia o Inglaterra lo eran más. Creo que España ha sido la selección que más ha merecido ganar cada partido que ha jugado y con más diferencia que el resto", analiza.
Clave fue entonces Vicente Del Bosque como ahora se considera a Luis de la Fuente. "Nunca he estado en un vestuario con él. Vicente sabía gestionar personas como pocos. Podía motivarte, calmarte... y si De la Fuente lo hace igual, tiene una gran virtud. La gestión de grupo es fundamental", apunta este jugador que no fue indiscutible en el once, pero sí imprescindible en el grupo. "Estos torneos los entrenadores dicen que no los ganan 11 sino todo el grupo. Y esa fue una de nuestras mayores virtudes, que como grupo todos sabíamos nuestro papel y tratábamos de dar lo mejor en cada momento. En esta selección veo a Olmo, a Merino, Oyarzabal, Le Normand o Navas, gente que ha jugado más o menos, pero que siempre aportan y eso les ha llevado a donde están".
Rodri y Lamine
En este grupo hay dos jugadores casi imprescindibles. Uno es Rodri, que bien podría ser Balón de Oro. "Si fuera por mí, seguro. Es el mejor del mundo en su puesto y capital para el City y la selección. Como persona, le conocí en Manchester, y es fantástico, muy cercano y un gran ejemplo para los jóvenes. Estoy seguro de que su influencia es diferencial en el campo pero también en el vestuario", advierte. Y es que el otro es un chaval de 16 años, Lamine Yamal, cuyo padre tiene la edad de Mata. "Siempre tienen la intención de generar cosas, Por eso me gusta verle jugar con esa zurda fantástica. Ojalá mantenga todo esto porque no va a ser fácil. Ha creado unas expectativas muy altas, por eso hay que dejarle que disfrute".
Lamine ya transmite valores que van más allá del fútbol y que encajan con los de la organización que fundó Mata, Common Goals, para sumar a los futbolistas en proyectos sociales. "Sería fantástico involucrarlo. Este tipo de jugadores de las nuevas generaciones entienden muy bien el rol del fútbol en la sociedad y de los futbolistas. Y gente como él, que va a tener tanta influencia, sería muy bueno que sean conscientes de lo que pueden aportar", advirtió el jugador que tras dejar la Premier por Turquía y Japón busca nuevos retos.
Conoce perfectamente al rival en esta final y hasta defiende el trabajo de Southgate. "No es fácil, lo que han logrado. Tenían grandes expectativas generadas por los grandes jugadores que tienen y porque fueron finalistas en la anterior edición. Es cierto que han tenido dificultades, pero otras grandes selecciones no han conseguido llegar a la final. Hay que valorar el trabajo de Southgate, un entrenador que transmite unos valores muy positivos", interpreta Mata. "Ha sido muy criticado por la forma de juego, pero lleva dos finales de Eurocopa consecutivas y eso no hay muchos entrenadores que lo puedan decir con un grupo de jugadores jóvenes. Hay que darle su mérito", insiste, eso sí, que sea como subcampeón.
¿Se puede ganar un partido en Primera sin imponerse en un duelo y sin generar ocasiones? La respuesta es sencilla: es imposible. Pero por si alguien tenía dudas, el Valencia lleva semanas demostrándolo. En Mendizorroza sobrevivió y salió con un punto porque el Alavés anduvo falto de puntería, y porque apareció una mano de Agirrezabala en la segunda parte y un poste donde se estrelló la falta primorosa de Denis Suárez en los instantes finales. Golpes de fortuna que no entierran una crisis galopante de juego y resultados. [Narración y estadísticas:0-0]
Necesitaba demostrar el Valencia mucho más de lo que enseñó en este arranque liguero, pero el ímpetu le duró 20 minutos, los únicos en los que, por intensidad, fueron algo más reconocibles. La intención era ahogar al Alavés y convertir cada robo en una carrera hacia Sivera. Justo lo que hizo Javi Guerra, pero sin errar en la decisión de asistir a la incorporación de Danjuma en lugar de armar un tiro. Como declaración de intenciones, valía. Para ganar el partido, no. Era necesario convertir esa actitud en costumbre, algo que no lograron.
Había confiado Corberán en un once reconocible, con el regreso de Thierry y la apuesta por Pepelu en el eje, con Diego López en la media punta y Hugo Duro dispuesto, como siempre, a la brega con los centrales. Una alineación en la que Copete y Danjuma eran la diferencia con alguna de las que pudieron verse hace ahora un año. Sin embargo, esa sensación de despertar desapareció de un plumazo en cuanto la pelota empezó a llegar a Lucas Boyé.
Antonio Blanco y Pablo Ibáñez bajaron las revoluciones del partido y empezaron a encontrar al argentino con una movilidad que producía crujidos en la defensa valencianista. La primera ocasión la envió por encima del larguero; la segunda, doble, la salvaron también, pero el equipo de Corberán ya vivía atrincherado, con dudas y problemas de idea de juego. El plan se había agotado muy pronto y nadie sabía cómo pasar la página. Solo en la primera parte, el Alavés fue capaz de generar más ocasiones que la media que había alcanzado en las ocho jornadas anteriores.
Tras el descanso, poco cambió. Los valencianistas seguían persiguiendo sombras blanquiazules. La única diferencia es que el peligro que había creado Boyé lo retomó Toni Martínez. El murciano calentó con un disparo al lateral de la red para, poco después, rematar una falta telegrafiada por Abde obligando a Agirrezabala a lucirse bajo los palos.
El Valencia necesitaba soluciones y Corberán parecía dudar de por dónde empezar a taponar fugas que Coudet iba alimentando con Carlos Vicente, Denis Suárez, Guridi o Aleñá. Todos los duelos eran babazorros porque el rival había decidido cavar la trinchera y jugársela a la fortuna de no recibir gol. Cömert y Santamaría, para intentar apuntalar; Lucas Beltrán para entorpecer, pero el partido seguía estando en las botas del Alavés. Y pudo llevárselo si la falta magistral de Denis Suárez no se hubiera estrellado en un poste ante la impasible mirada de toda la zaga valencianista. Cosido a córners, solo se esforzaban en resistir en una batalla absolutamente imposible de ganar.