Nunca es fácil salir de rookie en una final del Grand Slam. Se corre el riesgo de dar por bueno haber llegado hasta allí y emocionalmente también se soporta una tensión especial, más aún cuando te encuentras con un jugador como Daniil Medvedev, cuaja
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Carlos Alcaraz ha alcanzado el nirvana. Está en su ‘prime’, que dirían los chavales, pero hay algo más. Desde la final de Roland Garros siente la confianza absoluta que anhelan todos los deportistas. Ganará si lo hace bien, se ponga quien se ponga delante. Hace un par de años que es así, al menos en hierba o en tierra batida, pero ahora lo tiene interiorizado. En sus partidos anteriores en Wimbledon, no se le movía ni una ceja pese a ciertos errores y este miércoles en cuartos de final ante Cameron Norrie, con la inspiración de su lado, se confirmó el tenista seguro en sí mismo que merece ser. Fue una victoria rápida en una hora y 40 minutos, pero sobre todo fue una victoria inmaculada. [Narración y estadísticas (6-2, 6-3, 6-3)]
Cada vez que tenía una bola de break en contra, como las cuatro que defendió en su primer juego al saque, Alcaraz se vestía de Alcaraz y resolvía con el golpe preciso y los movimientos idóneos. En semifinales, el viernes, se medirá a Taylor Fritz, que derrotó a Karen Khachanov (6-3, 6-4, 1-6, 7-6 [4]), pero a este nivel... ¿Quién lo puede parar?
Desde el día anterior, de hecho, quedó claro que Alcaraz ya no se preocupa tanto de los rivales, sólo de sí mismo. En Wimbledon los tenistas tienen la intimidad que les falta en otros Grand Slam porque las pistas de entrenamiento están en una zona anexa, el Aorangi Park, y allí no puede acceder el público. Si acaso pueden intentar ver algo desde lejos. Por eso en sus sesiones Alcaraz siempre juguetea, se inventa retos para sus equipos -una variación de la petanca, un golf usando las raquetas...- y por eso puede estar más a su aire.
Detonaciones con la derecha
En años anteriores, incluso en el último Roland Garros, por sus entrenamientos pasaban sparrings para simular las condiciones de su siguiente rival y ensayar una respuesta. Pero antes de medirse a Norrie no apareció nadie. El lunes, Alcaraz se centró durante una hora en trabajar su derecha, desafinada hasta el momento, y olvidó al británico, pese a que es zurdo, normalmente un incordio.
GLYN KIRKAFP
El efecto se lee en las estadísticas: 37 winners, la mayoría con sus drive. El efecto se escuchaba en la pista central. Más allá de su excelencia en el saque -esta vez 13 aces-, con la llegada de los partidos decisivos apareció el golpe más demoledor de Alcaraz. ¡Boom! De la nada su raqueta explotaba contra la bola y la enviaba al otro lado a una velocidad incontestable. El sonido de esa derecha era distinto a los demás, sonaba a detonación, realmente algo violento. Ante Fabio Fognini, Oliver Tarvet, Jan-Lennard Struff y Andrey Rublev, el español apenas utilizó esa arma secreta, pero ante Norrie la desempolvó. Vendrán días de uso intensivo.
El británico tampoco tenía manera de contestar. Más inseguro en el servicio que otros días, fue espectador de un espectáculo que le era ajeno. En el tercer set, con el apoyo del público, de su público, lo intentó todo, pero sus recursos eran los que eran. Apenas consiguió salvar una bola de partido y alargar el encuentro unos minutos. Alcaraz ha alcanzado el nirvana y eso es mucho.
Cientos de miles de vecinos de Barcelona salen escopeteados porque empieza la Semana Santa, las calles ya están vacías, casi nadie asoma por el metro, pero alrededor del Real Club de Tenis de Barcelona se repite el bullicio de siempre. Pese a la mala coincidencia del Trofeo Conde de Godó con los días festivos, el público vuelve a rebosar su pista central porque juega Carlos Alcaraz y el espectáculo está asegurado.
Las expectativas son altas: un Alcaraz campeón por tercera vez después de los títulos de 2022 y 2023. Y parece que no puede haber fallo. Alcaraz, el dueño de todas las miradas, está pletórico.
Quedarse en la ciudad habrá valido la pena porque el número tres del ranking ATP ha llegado para brillar, para disfrutar, para ganar. Después de su irregular Masters 1000 de Montecarlo, el título le ha colmado de confianza y ahora parece imbatible.
Este jueves, en octavos de final, Alcaraz superó al serbio Laslo Djere por 6-2 y 6-4 con un dominio que no se le advertía desde el año pasado en Roland Garros. De inicio a fin, el español fue mejor; la derrota no fue una posibilidad.
Con Ferrero, un saque mejor
Más allá de que haya afinado su derecha, de que esté más veloz y de que se le vea mucho más tranquilo, más sereno e incluso más feliz, hay un factor que ha volteado las sensaciones alrededor de Alcaraz: el saque. Si en el Principado su servicio iba y venía, con buenos ratos y ratos para olvidar, como el primer set en la final ante Lorenzo Musetti, en Barcelona ha mejorado muchísimo.
Otra vez con Juan Carlos Ferrero en su palco, Alcaraz vuelve a entregarse a su saque para encarrilar sus victorias. Ante Djere no fueron los números -cuatro 'aces', un 71% de primeros-, fue la superioridad en sus propios puntos, la ausencia de peligro.
Y a partir de ahí el resto. En el primer set Alcaraz llegó a encadenar cinco juegos seguidos -del 0-1 al 5-1- para expulsar a su rival del encuentro. Djere planteó una estrategia agresiva, de golpes ganadores, pero andaba desafinado y no le funcionó. Entre errores no forzados, apenas planteó competencia a Alcaraz hasta mediado el segundo set, cuando logró un 'break'. Entonces sí, quizá habría emoción. Pero el español remendó su error -del 2-4 al 6-4- y no hubo más que decir.
En cuartos, este viernes, se enfrentará al vencedor del duelo entre Alex De Miñaur y Jacob Fearnley y su tenis volverá a ser el principal atractivo para quedarse en la ciudad.