Los galos, que habían sobrevivido con fortuna a Turquía e Italia, lucharán por el oro tras pasar por encima de Polonia. Yabusele, el mejor
Yabusele, ante Polonia.FILIP SINGEREFE
Polonia era el patito feo en las cumbres de este Eurobasket de las estrellas. Con MVP’s de la NBA de vuelta a casa demasiado pronto y Luka Doncic derrotado por ese antihéroe que es Ponitka, un alero que ni siquiera ha sido capaz de dominar en Euroliga. Y hasta semifinales llegó su sueño, un despertar doloroso ante Francia. Eso sí, más lejos de lo que jamás hubiera soñado y con la lucha del bronce como acicate para el domingo. Rudy Gobert y compañía fue como chocar de repente contra un muro para los impetuosos polacos, que no resistieron ni 10 minutos (54-95). Una paliza histórica.
La mayor jamás vista en estas alturas del torneo. Sólo dos semifinales en la historia habían terminado con una diferencia de 30 puntos o más. En 1963, los propios polacos cayeron con la Unión Soviética (89-51). Y en 1967, Hungría también fracasó con la URSS (108-68).
Buscarán los galos su segundo oro continental, nueve años después de aquel de Ljubljana. Otra medalla más en una sucesión sólo comparable a la de España y EEUU en el panorama mundial: plata olímpica en Tokio, bronce mundial en Pekín… Su generación de talentos no tiene fin. Tras un torneo trémulo (terceros en el Grupo B), y con la fortuna como aliada, en la semifinal no mostraron ni un resquicio: al descanso Polonia sólo había sido capaz de anotarles siete canastas. Plantados en la final, pocos se acordaran ya los cuatro tiros libres fallados (dos Cedi Osman en octavos, dos Simone Fontecchio en cuartos), que les hubieran mandado directos a París.
El dominio de Gobert
Gobert ejerce un dominio tal de las pinturas que resulta un rompecabezas para cualquiera. Más para los polacos, exhaustos y dóciles tras su alarde del miércoles contra Eslovenia. Sólo los triples de AJ Slaughter fueron sostén en el amanecer. Lo demás resultó para olvidar. En cuanto la defensa francesa subió otro punto la intensidad, se quedaron tiesos.
Yabusele, Tarpey, Fournier… Los del eterno Vincent Collet se dispararon. Al descanso mandaban por 16 y no aflojaron a la vuelta, con máximas sonrojantes (30-59…). No había ni rastro de Ponitka, que venía de firmar el tercer triple-doble de la historia de los Europeos y se quedó en siete puntos, un rebote y dos asistencias. El espectáculo devino en algo impropio de una semifinal de un Eurobasket. Yabusele, en su mejor partido del torneo, se puso las botas: anotó 14 puntos en el tercer acto (un total de 22 en 22 minutos). El último cuarto, todo roto ya, sirvió a ambos para dar descanso: unos pensando en el oro y los otros en el bronce.
Los padres de Sergio Rodríguez se conocieron en una cancha de baloncesto. Eso podría explicar muchas cosas. "Cuando nací, los primeros regalos eran juguetes de baloncesto". En concreto, una canasta de los Celtics con la que jugaba compulsivamente en su habitación. Eso, también. O quizá el secreto del chachismo, esa marca ya para la eternidad de un jugador irrepetible, sea una frase de Pablo Laso: "Lo más importante, él ve esto como un juego".
Pepu Hernández, el entrenador que le hizo debutar con 17 años -en el quinto partido de unas finales ACB, en el Palau-, solía usar un juego de palabras con su pupilo, que también lo sería dos años después en el oro mundial de Saitama con la selección. Las letras que conforman el nombre de Sergio son las mismas que riesgo. Riesgo, imaginación, naturalidad, osadía, talento, profesionalidad y sobre todo, de nuevo, mucho amor por algo que él siempre vio como eso, un juego. El asombroso viaje del Chacho durante dos décadas es todo eso. De Tenerife a Getxo con 14 años, del Siglo XXI a Madrid, del Estudiantes a Portland, de Nueva York (paso por Sacramento) de nuevo a Madrid, del Real Madrid a Filadelfia, de la NBA a Moscú, del CSKA a Milán y del Armani de nuevo al Real Madrid, para cerrar una carrera repleta de éxitos, tres Euroligas, un Mundial, dos Eurobasket, Ligas y Copas en España, Rusia e Italia... y todo un MVP de la Euroliga en la temporada 2013-2014.
Pero Sergio Rodríguez es mucho más que su palmarés, es casi una filosofía. Un jugador que trasciende. Es el Chacho, el apodo que le pusieron en su primera preselección con España, en 2002, porque no paraba de decir, como buen canario, aquello de "muchacho". Jugaba entonces en La Salle con su primer maestro, Pepe Luque, y fue justo antes de marcharse a Bilbao, a esa experiencia llamada Siglo XXI, donde chavales cadetes y juniors convivían y se formaban baloncestísticamente. Fue por entonces cuando dio el estirón físico, aunque todavía le llamaban "polilla" porque no paraba de moverse.
Sergio considera aquellos años lejos de casa, previos al Estudiantes, clave en todo lo que iba a suceder después. El primer año en Madrid, donde se le atragantaron los estudios en el Ramiro, combinó el equipo EBA con el júnior y llevaba un mes de vacaciones cuando Pepu le llamó para la final contra el Barça. La noche antes había estado viendo la NBA y tuvo que despertarle una vecina. Aquella canasta en penetración en el Palau es el comienzo de un época. "Esos 20 segundos del final de liga con Estudiantes me marcaron. Nunca había ido convocado con el primer equipo. Venía de vacaciones, no me sabía las jugadas, estaba preocupado... Esa tensión desde el minuto uno de profesional me ha ayudado", confesaba en una entrevista con este periódico años después.
Ese verano también ganó el Europeo júnior, en Zaragoza, a las órdenes de Txus Vidorreta y con el 10 a la espalda (el eterno 13 lo llevó Antelo). "Un chico con mucho gancho", tituló su primer artículo en EL MUNDO un periodista que era a la vez admirador (como todos) de aquel insólito mago.
"El sueño de toda mi vida". La NBA fue la siguiente estación, a la que llegó con 20 años -dos años antes estuvo por primera vez en EEUU, en el Nike Hoop Summit de San Antonio-, campeón del mundo (esa semifinal contra Argentina...), número 27 del draft (por los Suns que tenían a Steve Nash y deciden traspasarle a Portland) y sin saber inglés. Y con el golpe de realidad de tantos, mucho banquillo y "pocas explicaciones" de Nate McMillan. Pero sin perder la esencia. "Podría estar triste si estuviese aquí perdiendo el tiempo, pero al contrario. Estoy mejorando técnica y físicamente y aprendiendo un idioma. Todo va muy bien para mí", confesaba en una entrevista a ABC en diciembre de 2006.
Sergio Rodríguez posa para EL MUNDO en Nueva York, en su etapa en los Knicks.EL MUNDO
Estuvo tres temporadas y media en Portland (coincidió con Rudy Fernández, con quien el destino le tenía preparada una despedida a la vez), unos meses en Sacramento (con Nocioni) y otro curso en los Knicks, vida en la Gran Manzana. El sueño se cumplió, con toda su realidad y toda su crudeza también. Se codeó con aquellos que admiraba (Iverson, Garnett...), danzó en ese mundo idealizado desde la infancia e incluso coleccionó momentos deportivos inolvidables. Pero se amontonaron las ganas de más. Tan valiente para partir como para regresar, sin pronunciar jamás una frase de arrepentimiento, y un fichaje por el Real Madrid de Messina.
Nada sencillo aquel ambiente, donde, él mismo lo reconoce, todo se magnificaba en negativo. Con Messina huido y Lele Molin a los mandos, los blancos se colaron muchos años después en una Final Four, la que iba a ser primera de muchas para el Chacho (aunque aquello fue un revés en el Sant Jordi, acabaría jugando seis finales y ganando tres Euroligas). Sin saberlo, aquel verano de tiroteos, de la llegada con pocas bienvenidas de Pablo Laso, era el comienzo de una era.
Rudy, Chacho y Llull, tras ganar la Euroliga de 2015.EL MUNDO
Con el estallido personal del Chacho en los playoffs de 2012, especialmente en las semifinales contra el Baskonia, cuando a su virtuosismo e imaginación se unió el acierto desde el triple. Esa primera etapa de lasismo fue su cénit, el MVP de la Euroliga, el título en 2015 en el Palacio... Hasta que la NBA volvió a cruzarse en su camino. Y los sueños de infancia, sueños son. Aunque el Chacho y Ana ya fueran padres de Carmela y aunque Claudio, su bulldog, no pudiera viajar con la familia a Filadelfia, donde eligió un apartamento en el centro de la ciudad.
Los Sixers se encontraron a un base diferente, maduro, inteligente, ambicioso. El Chacho asistió al debut de Joel Embiid, que le saludaba con una peineta en la visita de este periódico en febrero de 2017. Fue a menos en la rotación de Brett Brown y las ofertas para seguir un año más, demasiado inestables, no le convencieron.
Sergio Rodríguez, tras proclamarse campeón de la Euroliga en 2019 con el CSKA.Juan Carlos HidalgoEFE
Y cuando tocó volver a Europa, el Madrid ya había armado su equipo y el CSKA le puso sobre la mesa una oferta de esas que no se pueden rechazar. De USA a Rusia, la familia Rodríguez, una aventura vital que iba a coronar con su segunda Euroliga, en Vitoria 2019 (primer español en ganarla) con un club extranjero. De ahí a Milán, siempre cotizadísimo, el reencuentro con Messina, donde de él se enamoró cada aficionado del Armani e incluso el propio dueño Giorgio, que llegó a decir: "Me gusta todo de él. Amo a sus niñas. Su actitud dentro y fuera de la cancha es ejemplar. Y luego su sonrisa y su mirada profunda dicen mucho de él, son el espejo de su alma". Y un par de temporadas para cerrar el círculo en el Real Madrid, hasta otra Euroliga, la de Kaunas, protagonista principal el Chacho en la Final Four y en la feroz serie de cuartos contra el Partizán en la que se echó al equipo a la espalda, otro destello maravilloso.
Y, durante todo este tiempo, siempre su querida selección, de la que se retiró tras los Juegos de Tokio y se ausentó, por descanso, en el Mundial de 2019 que fue oro en Pekín. Más de 150 partidos y siete medallas con España, de Saitama a Saitama.
"Siempre soñé con retirarme estando bien físicamente y ganando mi último partido. Y ahora la vida me ha ofrecido este regalo", dice en su carta de despedida quien no ha querido homenajes jugando. Pues para él, el baloncesto siempre fue diversión, no nostalgia. El secreto lo guardó y las canastas ya echan de menos el chachismo, al eterno 13.
De lo primero que se acordó Chus Mateo tras ganar su quinto título con el Real Madrid (sexto si se cuenta la ACB de 2022 en la que dirigió al equipo ante el Barça en ausencia de Pablo Laso) fue de la final perdida en Berlín. Acababa de completar unos playoffs sin mácula (8-0) y lo primero que pronunció fue "estamos un poco tristes" por la Euroliga. No hay mejor indicativo de la exigencia del puesto que ocupa, del ADN y el inconformismo del club que todavía no le ha renovado. El segundo año de la era Mateo (era, porque los resultados avalan su futuro) pudo ser impecable. Un repóquer de títulos para los libros de historia. A la perfección -un triplete que sólo logró tres veces en su historia, 1965, 1974 y 2015- apenas le faltó una noche ante el Panathinaikos en el Uber Arena, esa segunda parte de frustración y poca energía física y mental. Una temporada de 9,5 coronada en Murcia para la reconquista de la Liga, la número 37 del club.
La tan temida transición del 'lasismo' no ha variado la hoja de ruta de un equipo que sigue siendo el más regular, temido y potente del continente. Mateo ha sumado en dos temporadas todos los títulos posibles, una Euroliga, una Copa y una Liga (más las dos Supercopas). Ha mantenido la seriedad del proyecto, ha recuperado este curso incluso cierta alegría en el juego, varias noches por encima de los 100 puntos, que recordó a aquellas primeras temporadas de Laso y ha sabido repartir, pese a los "altibajos" (especialmente tras la Copa), los roles y los egos de una plantilla con varios referentes. Un trabajo silencioso de (buen) entrenador.
Para la presente temporada sólo sumó el técnico un fichaje. Salieron Hanga, Williams-Goss, Petr Cornelie y Anthony Randolph, pero el refuerzo fue determinante. El retorno de Facundo Campazzo, el mejor base posible, el empuje ideal. MVP de la Supercopa y la Copa, bien lo pudo ser también de la ACB. Al colectivo le respetaron las lesiones (apenas la grave de Gaby Deck, que le ha impedido disputar los playoffs y la Final Four) para un camino realmente constante. Acaba el curso con un poderoso balance de 72 victorias (además de la conseguida ante los Mavericks de Doncic) por sólo 14 derrotas (84% de triunfos), algo que, esto sí, reivindicó su entrenador: "No recuerdo que lo hayan hecho muchos equipos".
Florentino Pérez charla con Campazzo, tras ganar la ACB en Murcia.ACB Photo
Cerrado un curso que contrasta además con las penurias del Barça y su año en blanco (más el despido de Roger Grimau), el Real Madrid afronta un verano que marcará su porvenir inmediato. La maquinaria no se detiene y esta vez sí o sí habrá más movimientos en su plantilla. Empezando por la retirada de Rudy Fernández, ante el UCAM bien pudo ser el último partido de blanco de Sergio Rodríguez -aunque él guarda silencio, así lo indicaron todas las señales, incluida la llamada de Llull para alzar el trofeo-, Fabien Causeur o Vicent Poirier. También falta por resolver el porvenir de Mario Hezonja, aunque el siempre locuaz croata ya dejó claro que su intención es que esas negociaciones (el salario es la clave) en marcha lleguen a buen puerto para aquella "gente que estaba hablando mierda que no era verdad". La de Edy Tavares, de larga duración, está sólo a falta de anunciarse, igual que las de Dzanan Musa y el capitán Sergio Llull.
Y entonces será el turno de los retoques a una plantilla en la que parece evidente (y necesario) el paso adelante de Hugo González, quizá el proyecto más interesante de la nueva hornada de estrellas del baloncesto español. Sin Rudy ni Causeur, su espacio crecerá sí o sí. Llegará algún exterior más (suenan con fuerza Xavier Rathan-Mayes y Andrés Feliz), pero el puesto más urgente por solucionar es el del pívot suplente de Tavares. Y ahí surge un nombre que, según ha confirmado este periódico, ya ha llegado a un acuerdo con el Madrid. Se trata de Serge Ibaka, quien volvería a vestir de blanco tras su paso fugaz durante el lockout de la NBA en 2011. Después de su gran año en el Bayern (12,6 puntos y 6,8 rebotes y casi un 50% en triples) a las órdenes precisamente de Laso, el internacional español, camino de los 35 años, además de su experiencia, físico y prestaciones, cumple con un requisito: es cupo nacional.
Lucas Sáez-BravoEnviado especial MálagaEnviado especial MálagaActualizado Sábado,
17
febrero
2024
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