En Los Soprano, la mítica serie sobre la mafia con la que HBO reventó todas las audiencias, su protagonista, Tony Soprano, recuerda sus orígenes en varios episodios. Y esos orígenes, los de su familia, están en Avellino, una pequeña localidad (52.000 habitantes) a 50 km escasos de Nápoles. La fama, pues, de este pueblo grande se puede situar en las andanzas de la familia de Tony, pero estos días, además, cabe atribuirse también a la muerte del Papa. ¿Por qué? Sencillo.
El Avellino, mejor escrito, su club de fútbol, se ha hecho famoso estos días porque cada vez que muere un Papa, asciende de categoría. Sin ir más lejos, el pasado sábado el equipo lograba ascender a la Serie B (segunda división italiana) al imponerse al Sorrento (1-2) y asegurar matemáticamente el liderato de su grupo en la Serie C, con 72 puntos. Era la sexta ocasión consecutiva en la que este modesto club italiano lograba subir un escalón el mismo año que fallece el Pontífice. De hecho, la historia desde la segunda mitad del siglo XX hasta hoy enseña otros cinco ejemplos.
El primero, el de 1958. En ese año falleció Pío XII debido a un infarto y el modesto club de la Campania ascendió a la Serie C, el equivalente de la tercera categoría. Fue una de las primeras grandes alegrías de la afición. Unos tifosi que conoce bien Raúl Asencio, delantero español que militó en el Avellino en la temporada 2017/18 y que está al tanto, de la reciente fama adquirida por su ex equipo. Raúl (que no tiene nada que ver con el central del Real Madrid), habla de esa afición como una hinchada “intensa, muy caliente”. “El fútbol allí es diferente al de España, es como una cultura, la gente es muy cercana. Por ejemplo, una aficionada me traía el desayuno cada mañana, o te invitaban a su casa a comer”, dice en conversación con EL MUNDO.
“problemas de gestión”
La siguiente casualidad se produjo en 1963, cuando volvieron a la Serie C el mismo año en el que falleció el Papa Juan XXIII debido a un paro cardiaco. No hablamos, claro, de un equipo de la élite del fútbol italiano. Hablamos más bien de uno de esos modestos que pelean en las categorías a medio camino entre lo amateur y lo profesional. Es lo que mucha gente llama un equipo ascensor. “Ha pasado de subir a la Serie B, después, casi también, a la Serie A, pero luego también ha bajado a la C, ha llegado a desaparecer…”, dice Asencio.
El ex futbolista del Avellino vivió uno de esos momentos de decepción, cuando militaban en segunda y camino al descenso. Y esta situación se produjo por un simple hecho: “problemas de gestión y del presidente”, lo que provocó que el club acabase “más que descendiendo, desapareciendo”, llegando incluso a tener que cambiar el nombre del club. En momentos así, el jugador criado en el Burriana recuerda que la afición “empieza a ser un poco más intensa, viviendo cosas que yo, con 19 años, no había vivido nunca. Gente que venía a los entrenamientos, que llegaba a entrar al vestuario, se encaraba con el capitán y teníamos que estar callados”.
Muestra de la pasión con la que se vive cada partido es que el estadio Partenio-Adriano Lombardi tiene una capacidad para 26.308 espectadores, casi la mitad de la población de la ciudad. El símbolo de su escudo es un lobo, que Asencio llegó a tatuarse una vez finalizado su año allí. Si el español tuviese que definir al Avellino con una palabra sería “familiar”. “Aún hoy, siete años después, hay gente que me escribe. Incluso trabajadores de allí me ven y me abrazan. Es un ambiente al que le acabas -y en el que te acaban- cogiendo mucho cariño”, concluye el jugador español.
El fichaje de Ramón Díaz
El momento más especial para la gente de Avellino se remonta a 1978, cuando certificaron su único ascenso a la Serie A. Aquel hito coincidió con un doble fallecimiento entre los sucesores de San Pedro: Pablo VI y Juan Pablo I. Cinco años después, la directiva cerró la incorporación del argentino Ramón Díaz, el fichaje más rutilante de su historia. En 1988, tras 10 temporadas en la elite, el Avellino regresó a la Serie B. Ya en este siglo se cerraron los dos últimos casos de su curiosa sincronía con El Vaticano. En 2005, su promoción desde la Serie C llegó días después de la muerte de Juan Pablo II y en 2013 también cerraron otro éxito cuando Benedicto XVI renunció a su cargo. El último episodio se produjo el pasado sábado, con el retorno a la Serie B.
Sin embargo, como se explicaba, el equipo ha bailado mucho entre el éxito y la ruina, y no solo ha ascendido el año en que falleciese o renunciase un Papa. El club del sur de Italia también ha vivido otros éxitos en 1949, 1973, 1995, 2003, 2007, 2010, 2011 y 2019.
La carrera de Maradona se alteró tras el Mundial Italia 1990. Le asfixiaba la pasión callejera de los tifosi napolitanos. Le acaparaba la mafia como amigo-trofeo al que despeñaba por la peor vía. Sufría una acusación de paternidad. Y, peor, pagaba las consecuencias de un error grave: ante la semifinal Italia-Argentina, en Nápoles, reclamó a la ciudad que le apoyaran a él, recordándoles que el resto de Italia les despreciaba. Todo acabó cuando en la jornada 25 dio positivo por cocaína, cosa que a nadie extrañó pues esnifaba continuamente, y le cayó una suspensión de año y medio. Adiós Nápoles, adiós Italia.
Instalado en Buenos Aires, la policía entró en su casa, le encontró en posesión de cocaína, fue detenido, liberado bajo una fianza de 20.000 pesos y obligado por la jueza a someterse a un proceso desintoxicación. Paralelamente, la justicia italiana le condenó en ausencia a 14 meses de prisión. El D10S se había convertido en carne de páginas de sucesos.
Cumplidos los 15 meses de suspensión, se dispuso a volver al fútbol con idea de jugar el Mundial Estados Unidos 1994. Su ficha aún pertenecía al Nápoles, que reclamaba su incorporación, pero él no quiso ni oír hablar de eso. Surgieron dos posibilidades, el Olympique de Marsella y el Sevilla, que tenía como entrenador a Carlos Bilardo, el que fuera seleccionador de la Argentina campeona del mundo con Maradona en México 1986. Le gustó esta opción y Blatter, presidente de la FIFA, presionó al Nápoles para que aceptara un traspaso razonable, pensando que una regeneración de este jugador daría buena imagen al fútbol y mejores beneficios en el Mundial. El Sevilla pagó 5,7 millones de dólares ayudado por Mediaset, de Silvio Berlusconi, a cambio de televisar amistosos que el Sevilla se comprometió a jugar. Regresó rodeado de expectación, el 28 de septiembre de 1992, ante el Bayern de Múnich.
Las cosas no fueron mal en principio. Se entrenó decentemente y puso lo mejor de sí en cada partido. Un control aquí, un pase allá, una ruleta, un caño, algún que otro golito... Mejoraba paulatinamente. Los compañeros le adoraban. Pero de esa mejoría derivó el desastre, pues el 18 de febrero le convocó Argentina para dos partidos a jugar en una semana, en plena temporada: el del Centenario de la AFA, ante Brasil, y la Copa Artemio Franchi, entre las selecciones campeonas de América y Europa, Argentina y Dinamarca. El Sevilla pretendió impedirle ir, se rebeló, fue, a su regreso, sancionado y, rota la relación con el club, se entregó por despecho al desenfreno más absoluto.
El Sevilla le puso un detective, al que destrozó con sus horarios, idas y venidas. Descuidado de los entrenamientos, se convirtió en un peso muerto. Bilardo le sustituyó antes del fin de un partido ante el Burgos y fue el acabose. Le insultó al salir y ahí finiquitó la aventura sevillana tras 29 partidos, seis goles y nueve asistencias. El Sevilla terminó séptimo.
El 10 de Argentina, en el partido contra Nigeria.AFP
Y, claro, dejó de contar para la selección, que sin él ganó la Copa América. Tampoco jugó la liguilla de clasificación para Estados Unidos 1994, que Argentina disputó a Colombia, Uruguay y Perú. El campeón iría directo al Mundial, el segundo tendría la oportunidad de una repesca contra el campeón del grupo oceánico. Argentina y Colombia llegaron empatadas a puntos a la última jornada, el 5 septiembre de 1993, cuando debían enfrentarse en el Monumental del River Plate. Por supuesto, Argentina era favorita, pero se iba a encontrar con el resultado más catastrófico de su historia: 0-5. La afición se indignó, y en el segundo tiempo empezó a escucharse: «¡Maradooo...! ¡Maradooo...!», reclamando el regreso del astro, presente en la tribuna.
Julio Grondona, presidente de la AFA, y Coco Basile, seleccionador, asumieron que estaban obligados a contar de nuevo con él. Una eliminación en la repesca ante Australia sin Maradona hubiera provocado que les arrastraran por las calles. Las fechas eran 31 de octubre en Sidney y 17 de noviembre en el Monumental. Pero D10S estaba inactivo y eso se resolvió gracias a Torneos y Competencias, televisión que le buscó un equipo fuera de Buenos Aires a fin de aumentar audiencias en el interior. El elegido resultó ser el Newell's Old Boys y su primer entrenamiento, el 13 de septiembre, fue una conmoción en la ciudad, Rosario: cerraron comercios y escuelas. Se presentó con buen aspecto, casi fino. Hacía semanas que trabajaba en el gimnasio New Age del barrio de Belgrano con un fisioculturista llamado Daniel Cerrini, que a la larga sería su condena.
Debutó el 7 de octubre en un amistoso ante el Emelec de Ecuador y en el abarrotado estadio estuvo Lionel Messi junto a su padre. Sólo tenía seis años, y apenas recuerda otra cosa que el tumulto. Permanecería en Newell's 145 días, hasta febrero del 94. Sólo jugó cinco partidos oficiales, no hizo gol y no ganó un solo partido, pero se recuerda su paso con orgullo, como ocurre en el Levante con Cruyff.
El 31 de octubre se disputó el partido de ida de la repesca en Sidney, con Maradona, por supuesto. Hizo poco, pero lo esencial: le envió a Balbo el pase del gol argentino. El partido acabó 1-1, y el de vuelta, el 17 de noviembre, 1-0 (Batistuta). Argentina se clasificó para el Mundial, que iba a ser el cuarto de Maradona. Se había convertido en su obsesión: quería que sus hijas, Dalma y Giannina, le vieran como campeón del mundo.
Convenció a su preparador físico, Signorini, que le acompañó a Nápoles y estaba cansado de su inconstancia, de volver a trabajar juntos, y éste buscó un lugar aislado en La Pampa, un rancho llamado El Marito en un lugar semidesértico, a unos 70 kilómetros de Santa Rosa. Sólo les acompañaron el padre del jugador y el representante, Marcos Franchi. Signorini vetó a Cerrini, el mago que le había hecho adelgazar antes de fichar por el Newell's. Maradona aceptó.
En El Marito iban a trabajar a fondo, con toda la naturaleza encima, a partir del primero de abril. La coca no entró allí. Tomaba calmantes para enfrentarse al síndrome de abstinencia en una lucha feroz de la que salió ganador. En un estupendo documental titulado The Fall [La caída], Signorini cuenta cómo una noche Maradona apareció en el quicio de su puerta, con los ojos fuera de las órbitas, y le dijo: «¡Vamos!». Se vistió y salieron a correr en la noche. Maradona respiraba muy agitadamente. Al cabo de un buen rato soltó un grito atronador, paró y le dijo: «¡Ya está!».
Regresó de aquella cuarentena curado y se incorporó al grupo. Hubo que cancelar una gira programada por Japón, que le negó la visa por sus antecedentes con las drogas, pero se hicieron suficientes partidos de preparación con él y llegó al Mundial en un óptimo estado físico para sus 33 años. En el Babson College de Boston, donde se hospedó el equipo, el comentario permanente era el «milagro Maradona». Fuerte, ágil, bienhumorado, sin rastro de su adicción, brillante... provocaba asombro. Sólo una cosa contrarió a Signorini: se empeñó en tener de nuevo a su lado a Daniel Cerrini, casi como cábala. Hubo que aceptar. La AFA admitió en la delegación oficial a un séquito de Maradona formado por cuatro personas: Franchi, Signorini, Cerrini y Salvatore Carmando, antiguo masajista del Nápoles.
El equipo no era sólo Maradona; estaban también Caniggia, Batistuta, Redondo, Simeone, Cáceres, Ruggeri... El primer rival fue Grecia, en Boston, el 21 de junio, y la victoria fue aplastante: 4-0. Tres del joven Batistuta y uno de Maradona, en una preciosa llegada en paredes. Corrió a la banda y lo gritó desesperado, a un palmo de la cámara, enviando a los hogares de todo el mundo un gesto salvaje de alegría y superación. A los cuatro días, nueva victoria, sobre Nigeria, 2-1. Los dos de Caniggia, uno a pase de Maradona.
Maradona, camino del control donde terminaría dando positivo.E. M.
Mientras acababa el partido, se hizo el sorteo para el control antidoping, al que asistió el segundo médico de Argentina, Roberto Peidró. Él mismo extrajo los dos números argentinos: el 2, Sergio Fabián Vázquez, y el 10, Diego Armando Maradona. Ninguna preocupación, le pasaban sus controles y la coca estaba olvidada. Tan era así que en la bocana del vestuario Peidró animó a la enfermera, Sue Carpenter, a salir al campo: «Anda, ve por él, saldrás en todos los lados». Ella fue y le tomó la mano. Maradona iba feliz saludando a sus conocidos en la grada.
A los dos días explotó la bomba: positivo. ¿Cómo era posible? Signorini y Daniel Bolotnicoff, abogado de Maradona, sospecharon de Cerrini, fueron a su habitación y le exigieron que les mostrara todo lo que le estaba dando. Resultó que un suplemento alimenticio de nombre Ripped que le venía suministrando se le había acabado y fue a comprarlo a una farmacia de Boston. Pero compró la variedad Fast, no Fuel, como el que tenía. Las cajitas eran muy parecidas: fondo negro con letras rojas uno, y el otro al revés. No pensó que hubiera diferencia. Sacaron el prospecto y vieron que el nuevo contenía efedrina. «Tomá el primer avión lo más lejos que podás», le dijeron.
El dopaje lo hizo oficial el doctor Michel D'Hooghe, de la FIFA, recitando «efedrina, seudoefedrina, norefedrina, norseudoefedrina y metaefedrina». Llegó a sugerir un cóctel elaborado ad hoc. Peidró y Bolotnicoff viajaron a Los Ángeles, a la contraprueba.
Allí Peidró vio un rayo de esperanza: el frasco del contraanálisis tenía un cartelito con la palabra efedrina, lo que violaba el protocolo del doble ciego. Se hubiera podido anular el procedimiento, o al menos retrasar la sanción, pero los precedentes de Maradona no ayudaban. Joao Havelange fue inflexible: «Estamos en un país que gasta anualmente 50.000 millones en combatir las drogas, ¿y ustedes me piden que mire para otro lado?».
Maradona hizo protestas de inocencia y se derrumbó: «Me cortaron las piernas». Grondona replicó: «Se las cortó él solito», e invirtió esos días en evitar que Argentina fuese expulsada y no en salvarle. Criticó su entorno.
Argentina siguió, ya que Sergio Vázquez no dio positivo, lo que descartaba un dopaje de equipo. Pero perdió el tercer partido del grupo, con Bulgaria, y el de octavos, ante Rumanía. La caída de Maradona dejó un ánimo fúnebre en el equipo. Le suspendieron otros 15 meses, tras los cuales reapareció en Boca: «La pelota no se mancha», dijo emocionado, renovando sus protestas de inocencia. Reales, porque él no se dopó. Fue la torpeza de Cerrini. Pero la fatalidad le había atrapado. Volvió a la coca, a la vida desordenada, en dos años jugó siete partidos, perdió la familia, fracasó como entrenador y murió solo, con 60 años.
Después de la decepción de no poder jugar el Trofeo Joan Gamper en el nuevo Spotify Camp Nou, algo que el presidente Joan Laporta había dado por garantizado, el Barça protagoniza otro nuevo lío, ahora a propósito de la gira asiática planificada como parte de la pretemporada, con un partido en Japón y dos en Corea. La plantilla no se subió al chárter que esperaba en el aeropuerto de El Prat el jueves, según el club, por problemas del promotor en las garantías de pago del primer amistoso. La intervención de Rakuten, ex patrocinador del Barcelona, podría ser la solución, mientras los jugadores, incrédulos, aguardan una llamada.
La prioridad es, pues, solucionarlo lo antes posible para salvar el primer amistoso, en Japón, frente al Vissel Kobe, ex equipo de Andrés Iniesta, planificado para el domingo. En función de la solución y de los tiempos, podrá o no disputarse.
Inicialmente, el Barcelona comunicó que no viajaba porque no había recibido el pago de cinco millones de euros, correspondiente al primer amistoso. No ocurría lo mismo con los que debe jugar en Corea, ante el Seoul y el Daegu, por los que debe cobrar 10 millones. Esa parte y ese dinero, sin embargo, están también, ahora, en entredicho.
Aparece Rakuten
Fue entonces cuando Rakuten, firma implicada en la organización del primer amistoso, ya que a través de su plataforma se han puesto a la venta las entradas, se ofreció para garantizar la cantidad pendiente y que el amistoso siguiera en pie. La suspensión no sólo puede suponer un perjuicio económico para la marca, sino también reputacional, al margen de las posibles consecuencias legales. Sin embargo, la desconfianza mutua impidió que la solución llegara con la celeridad deseada por ambas partes.
El CEO de Rakuten, Hiroshi Mikitani, es un viejo conocido del Barcelona y de Gerard Piqué, vinculado a la empresa Kosmos y a la operación de la Copa Davis que puso en marcha el ex jugador azulgrana. De hecho, fue Piqué quien lo acercó al Barcelona para firmar un patrocinio clave en su momento, aunque se trataba del Barcelona de Josep Maria Bartomeu, no de Laporta. La sintonía, hoy, no es la misma.
La situación ha obligado a cambiar los planes a Hansi Flick y su 'staff', que volvió a dirigir el entrenamiento de sus jugadores en la Ciutat Esportiva azulgrana, mientras los futbolistas y los aficionados asisten, incrédulos, a una situación que escapa a su control y a la más imaginativa de las predicciones, aunque en el Barça de Laporta la realidad mejora a la ficción.