En un partido cargado de simbología y también de nostalgia, Carlos Alcaraz conquistó el único Grand Slam que le faltaba frente a quien lo ha ganado más veces. La mejor final posible no era el mejor partido posible, categoría reservada, por definición, al disputado entre el primero y el segundo del ránking. Pero Australia mostró al tenis, entusiasmado por los nombres, los antecedentes y las circunstancias, que un enfrentamiento inesperado y desigual puede suscitar el mayor interés que cabe pedir y celebrar.
Dos semifinales eternas habían puesto en la final, frente a frente, a dos hombres y dos épocas. Una nacida como ley natural para aplicar la última pena a la otra. Y ésta decidida a resistir como un deber consigo misma, con el propósito de aplazar la sentencia por medio de una victoria insospechada. O, en la presumible derrota, extinguirse con un grito y no con un gemido. Con una explosión y no con un crujido. Se medían el más arrollador presente y el más glorioso pasado, reunidos en un punto común a través de un destino devenido neutral tras haber tomado partido por ambos con el fin de juntarlos en un mutuo homenaje.
Alcaraz es depositario de una herencia individual que crece y se expande. Djokovic, custodio de otra tripartita que agoniza y con él expira. El tiempo no se había detenido para permitir a Nole jugar otra final de Grand Slam. Únicamente se había tomado un descanso antes de volver a transcurrir en beneficio de quien tiene la edad para aprovecharlo y no para sucumbir ante su peso.
Desde el crepúsculo de su grandeza, intacta en la historia y el recuerdo, Djokovic, orgulloso, quiso morir matando. Lo hizo hiriendo. De gravedad en el primer set y, en el cuarto, con un estertor muy parecido a una reacción. En un regalo al aficionado, en una oda y una ofrenda al tenis, Alcaraz lo fue macerando con la cruel violencia de los servicios y la venenosa dulzura de las dejadas. Nole nunca se rindió, aunque siempre careció de auténticas posibilidades. Incluso agotado, no entregó las armas: se las tuvieron que arrebatar.
A casi cuatro meses de cumplir 39 años, no volverá a jugar otra final de Grand Slam. En Australia ha compartido con Alcaraz el mejor partido posible. A partir de ahora, ese mejor partido volverá a ser un Alcaraz-Sinner.





