No era un tanto cualquiera. Era el que sellaba la victoria, el que valía una plaza Champions y el que terminaba con la racha de cinco partidos sin ganar lejos del Metropolitano. “Alegría por ganar fuera de casa, que hacía mucho que no ganábamos”, expresó Diego Simeone en la rueda de prensa posterior al partido ante el Villarreal.
Pero el gol de Saúl en el minuto 87 no era un tanto sólo con valor colectivo, era un gol que valía su peso en oro a título individual. “Todo lo que sea bueno patra el futbolista es complementario para el equipo. Ojalá le dé fortaleza para salir de la zona donde se sentía. Lo pongo mucho porque creo en él”, comentó el técnico argentino sobre el ilicitano.
No fue el único que se alegró por el primer gol en la temporada del mediocampista ilicitano, el que le ayudaría salir de un “momento de mierda” como él mismo puso en redes sociales.
“Cuado Saúl marcó me puse muy feliz, primero por la victoria y segundo por él porque ha tenido un momento muy difícil”, expresó Witsel, el segundo goleador de la noche y que volvió a celebrar brazos al cielo, como la primera, la que dedicó a su abuelo fallecido.
Lo extraño del asunto, ante tanta alegría, fue el gesto de celebración del ilicitano. Se encaró, reivindicativo, hacia la zona de banquillos, sin saber muy bien hacia qué o quién se encaraba el futbolista hasta que Álvaro Morata le empujaba a celebrarlo con el resto de compañeros.
Sólo tenía que haber alegría en ese gol. El objetivo de las plazas Champions se acercaba tras adelantar al Athletic con esta victoria y dejarle dos puntos por detrás. Sin olvidar que los bilbaínos aún tienen que pasar con el Metropolitano, fortín que consiguieron conquistar en Copa.
Europa
“Tal y cómo está el campeonato con el Bibao bien, el Girona que no cede, tenemos que mejorar” expresaba Simeone y se alegraba de un resultado que les “posiciona muy bien”. Algo que refrendaba Pablo Barrios: “Es vital estar arriba. Sabíamos que teniamos esta oportunidad y así lo hemos hecho”.
El Atlético sólo ha estado siete jornadas de las 30 disputadas, fuera de los puestos Champions. Muchas de ellas han sido, además, cuando el equipo tenía un partido menos que sus rivales como el suspendido ante el Sevilla o el aplazado por la disputa de la Supercopa en Arabia.
Cambio defensivo
El equipo fue a por ese cuarto puesto desde el inicio del encuentro ante el Villarreal. No obstante, en la segunda mitad, tras el cambio de Riquelme por Savic, los rojiblancos se acularon y dieron alas a los amarillos. Dijo el Cholo que buscó más “fortaleza defensiva” con el montengrino y Reinildo lo calificó como una “estrategia del entrenador” y no como un “cambio defensivo”.
Finalmente, el equipo se rehizo con la salida de Morata, Correa y Saúl y pudo recuperar la iniciativa ofensiva. Como dijo Marcelino en el postpartido: “En el fútbol, el acierto en momentos puntuales resulta determinante”. Y lo fue.
Cuando Dino Casimiro escuchaba historias de monstruos de la naturaleza que engullían a los pescadores de Nazaré (Portugal), Garrett McNamara se juró que jamás surfearía olas grandes después de ser vapuleado por una cuando tenía 15 años, en Sunset Beach (Hawái). "El surf puede ser muy humillante cuando un monstruo te golpea y te asusta", cuenta el americano a EL MUNDO en un evento de Thule, su patrocinador, en Nazaré. Unos años después, Casimiro, con la misma edad que McNamara sufrió ese susto, empezó a visitar el faro de la pequeña localidad pesquera portuguesa para vislumbrar ese mar que supone "una relación de amor y odio" para sus habitantes. "Era el sustento de todo el pueblo, pero muchos morían", recuerda a este periódico.
Un día, en su adolescencia, el portugués volvió a casa empapado tras mantenerse durante horas en el Fuerte de San Miguel, edificio donde se encuentra el faro de Nazaré, mientras el océano mostraba toda su fuerza. Al volver a casa y decir dónde había estado, su familia le dijo que "Praia do Norte era el diablo", pero él sólo pensaba en cómo compartir ese conocimiento con el resto del mundo. "No lo puedo explicar, pero siempre tuve pasión por las olas grandes".
El tiempo pasó y, mientras Casimiro seguía con ese mensaje en su cerebro, McNamara había no sólo perdido el miedo a las olas grandes, sino que las había convertido en su profesión y en su obsesión. "Apenas tenía 16 años cuando mi amigo Gustavo Labarthe me cogió del cuello y me obligó a volver a Sunset, me explicó cómo se hacía y después de eso ya me enamoré de ese tipo de olas", apunta el deportista.
No obstante, surcar las olas, para Garret, siempre ha sido mucho más que una profesión. "Cuando llegamos a Hawaii, mi madre no tenía dinero. Vivíamos en un apartamento pequeño, sin muebles. Pero conseguí una tabla y fui a surfear con un amigo. Cuando lo hicimos fue como: 'Dios mío, nada importa'. Aunque no tengas comida en la nevera, dinero, juguetes... realmente estábamos disfrutando de la vida y del océano", revela. El surf era su pasión, pero las olas gigantes su obsesión.
Así, tras comenzar su carrera participando en pruebas del circuito mundial, McNamara comenzó a virar su vida hacia esos monstruos que asustan a la mayoría de surfistas. Jaws, Mavericks,Waimea... todos los spots habituales en los que el océano mostraba su fuerza eran el día a día de Garrett. "Todo era más grande, más grande... hasta que no había más grande, hasta que no podíamos encontrar algo suficientemente grande", rememora el deportista.
Retrato del surfista en la presentación de un producto de Thule.Thule
Entonces, a principios del siglo XXI, Casimiro y varios socios comienzan a montar competiciones de bodyboard en Praia do Norte porque "las tablas de surf se rompían contra el fondo". Hasta que un día, tras subir al faro, disparó una foto a algo que se movía en el horizonte. Cuando vio la imagen en casa, descubrió que aquello era una ola perfecta, pero que se necesitarían jetskis para surfearla. "Busqué a surfistas que hacían tow in (una técnica de remolcado) en aquella época y el único que tenía web de contacto era Garrett", explica el portugués. Así que, en 2005, le mandó un mail para preguntarle si esa ola era practicable.
"Me interesó, parecía Jaws sin gente en el agua, pero me preocupaba lo que tuviera en frente", respondió McNamara. Y el descubrimiento se quedó en su bandeja de entrada durante más de un lustro hasta que su mujer, Nicole, lo recuperó tras recibir otro mensaje. "Le invitamos a venir en 2011 y Nazaré cambió para siempre", responde Casimiro, hoy técnico del Área Deportiva del Ayuntamiento de la localidad.
"Cuando llegué vi las olas más grandes que había visto en mi vida, era el Santo Grial", comienza McNamara que califica este spot como "Jaws, Waimea y Puerto Escondido puestos con esteroides". "Me sentí en casa y dije: 'ya no tengo que moverme más, sólo intentar conseguir domar el mejor swell posible'", apunta un deportista que, precisamente, presentó una funda de viaje para tablas de surf de Thule en este lugar donde reside la mitad del año. Lo consiguió ese mismo mes. Han pasado 14 años desde que batiera el récord Guinness tras coger una ola de 78 pies (24 metros) en ese mágico cañón de 5.000 metros de profundidad que forma esos monstruos de sueño o pesadilla.
McNamara en una ola de 100 pies.Mundo
El pequeño pueblo de Nazaré se convirtió en una meca del surf para los deportistas obsesionados con las olas grandes tanto en el agua "donde se ha vuelto masivo y peligroso" como en la tierra donde los alquileres en esta población han subido casi un 10% anual. "Si no se regula, terminará habiendo 100 motos de agua en el pico en los próximos 10 años, será como Waterworld", ríe McNamara.
De momento, el principal negocio de las olas grandes en Nazaré lo tiene la empresa de Lino Bugalho, otro de los pioneros del lugar. A través de ella puedes alquilar jetskis por un precio aproximado de 500 euros la hora y spotters (vigilantes desde la superficie) por unos 300. El servicio completo para el inconsciente que quiera seguir los pasos de Garrett McNamara, un deportista que tiene ciertos riesgos cerebrovasculares tras sufrir más de 100 contusiones en la cabeza, es de algo más de 1.000 euros la hora. "Cuando te caes es como hacerlo en cemento y luego entras en el ciclo del centrifugado de una lavadora con Tyson dándote puñetazos", explica el norteamericano lo que él llama el "viaje submarino".
Las herramientas
McNamara usa cascos especiales y personalizados, un traje de 5 milímetros de color llamativo y bolsas de aire para facilitar la flotabilidad y unas tablas cortas, 6.0, pero con gran peso y quillas redondeadas para ganar estabilidad. "Cuando te has preparado, lo has hecho todo, solo tienes que rendirte y disfrutar", explica el deportista ante unas olas que obligan a tomar decisiones de "vida o muerte" en décimas de segundo.
Aunque parezca mentira, no es Nazaré el lugar en el que este hombre se ha visto más indefenso sino en el océano Ártico donde ha surfeado olas provenientes de desprendimientos de glaciares. "Si cae en vertical, bien, si lo hace hacia tí, estás muerto", explica un surfista que "está dejando que el miedo vuelva a entrar en su mente", pero que nunca dejará que eso le impida realizar aquello que tanto ama. "Mientras no me duela, seguiré surfeando, incluso con 80 años", concluye.
Los destinos de Rodrigo Mendoza (Molina de Segura, 2001) y el Atlético de Madrid estaban escritos desde que el joven centrocampista estuvo con su familia en el estreno del Metropolitano en 2017. Dice que verlo de aficionado a hacerlo de jugador "es otra cosa", y más cuando desde invierno ya no lo hace de visitante sino de local. El murciano es una de las apuestas de presente y futuro del Atlético para la posición mediocentro y una de las alternativas a esos titulares que él "veía de niño por la tele". Hoy se medirá a su Elche, el equipo que le catapultó hacia la escuadra de Simeone.
Con Griezmann como referente futbolístico, Mendoza aterrizó por 16 millones de euros en el Metropolitano el pasado febrero. El centrocampista deslumbró en los primeros 23 minutos que dispuso ante otro de sus ídolos y uno de los jugadores al que dicen, incluso el propio futbolista, más se parece. Hablamos de Pedri, con el que comparte agencia de representación y también «una de las mejores experiencias de su vida». El murciano, convocado con la sub-21, jugó uno de los entrenamientos de la selección absoluta en la ventana de septiembre. "No conocía prácticamente a nadie y me junté con Pedri, que me trató genial. Aquel entrenamiento fue un sueño, una locura", contó en una entrevista.
Mendoza consiguió eliminar a su ídolo, tanto en Champions como en Copa del Rey, torneo que finalmente no pudieron ganar ante la Real Sociedad. Y ahora, en estas épocas de entreguerras ligueras, ya que los principales objetivos del Atlético son los torneos del ko, es donde la figura de Mendoza, uno de los pilares del equipo B, adquiere más relevancia. No obstante, el grupo no termina de funcionar, y es que ha perdido seis de los últimos ocho duelos, siete con la derrota en los penaltis de la Copa.
La responsabilidad del murciano es intentar recuperar, desde la batuta del juego, la dinámica positiva que ha perdido el Atlético este último mes. Lo primero para asegurar la Champions e incluso el tercer puesto liguero y lo segundo, para afrontar mejor la eliminatoria de semifinales ante el Arsenal en la máxima competición continental. Hoy, en el Martínez Valero, y el sábado, ante el Athletic en el Metropolitano, serán las pruebas de fuego antes de recibir al conjunto inglés.
Meteórico ascenso desde juvenil
Pero no es Rodrigo Mendoza un futbolista al que le asusten los retos. Ya desde que salió del San Miguel de Molina, sólo necesitó dos entrenamientos para fichar por el Ranero y apenas uno para que el Elche le cogiera para su cantera. Estuvo desde los 15 años viajando casi a diario desde Murcia a la localidad alicantina, haciendo los deberes cuando podía, para cumplir su sueño. Y lo hizo porque "tiene un talento especial", según dijo de él uno de sus formadores en el Ranero, Antonio Morote. Ahora, llega su turno.