Garry Kasparov siempre defendió con firmeza que la historia del ajedrez es un reflejo de la historia de la civilización. En el prólogo de su ‘Mis geniales predecesores’, el ex campeón desarrolla esta tesis, que fue llevada al extremo por Lenin, hace un siglo, cuando convirtió un pasatiempo burgués en una cuestión de Estado. El propio Kasparov le explicó a Billy Crystal en televisión, hace 10 años, que «el ajedrez era tratado en la Unión Soviética como una herramienta ideológica clave para demostrar la superioridad intelectual del régimen comunista sobre el decadente Occidente».
«Teníamos millones de niños que pasaban por estas redes en el país, donde había pocas opciones para chicos con talento: los negocios, la política y la ley no eran una opción. Todos los padres buscaban oportunidades para sus hijos y el ajedrez era una de ellas, como la música, el ballet, la ciencia y los deportes en general». No fue casualidad ni un milagro genético que el ajedrez soviético arrasara en la segunda mitad del siglo XX. Su alineación de campeones (Botvinnik, Smyslov, Tal, Petrosian, Spassky, Karpov, Kasparov y Kramnik) solo fue interrumpida, de forma fugaz, por la insolencia de Bobby Fischer, en 1972. Después del americano, en el mundo libre se conformaban con tener héroes como el neerlandés Jan Timman, fallecido hace unos días y conocido por los propios rusos como el «mejor de Occidente». Era un número 2 bohemio y disfrutón, sin la disciplina necesaria para ser campeón, un fabuloso representante de nuestra decadencia.
El primer “bárbaro”
Hasta el siglo XXI, Moscú era la capital mundial del ajedrez y la corona sencillamente les pertenecía. El desmoronamiento de la URSS no se reflejó de forma inmediata, pero no tardó en hacerlo. El primer «bárbaro» en asaltar el imperio fue el indio Viswanathan Anand, procedente de un país que pasó en cuatro décadas de ser la cuna irrelevante del juego a luchar por la hegemonía mundial, en dura competencia con Estados Unidos y China.
El pentacampeón indio da varias claves: «Rusia es una fracción de la Unión Soviética y las computadoras hicieron que todas las ventajas de su entrenamiento fueran irrelevantes. Y cuando el país se derrumbó, muchos emigraron a otros países».
250 grandes maestros
Pese a todo, Rusia todavía es el país con mayor número de grandes maestros, unos 250, más del doble que Estados Unidos, que supera por poco el centenar. España está entre los 10 mejores, con más de 50, pero si hablamos de calidad y no de cantidad, el declive ruso es palmario. En julio del año pasado, por primera vez se quedaron sin representantes en el ‘Top 10’. En 2026 ya han sido expulsados del ‘Top 20’, un descalabro inédito desde que la FIDE publicó su primera lista en 1971.
El mejor ruso en la clasificación es Ian Nepomniachtchi (22), justo por detrás de Hans Niemann, quien solo es el sexto mejor de EE.UU. El vuelco es radical. Leonard Barden, columnista casi centenario de ‘The Guardian’, asegura que la situación actual era «inconcebible en los días de gloria del imperio soviético». En 1970, por ejemplo, la URSS derrotó al «Resto del mundo», en Belgrado, por 20,5 a 19,5. «En esos años», dice Barden, «habría sido una broma sugerir que la supremacía rusa desaparecería en medio siglo y sería reemplazada por una rivalidad entre India y Estados Unidos».
El duelo se repitió en 1984, en Londres, con nueva victoria soviética (21-19). En Madrid (1988), la URSS ganó una vez más (32,5-31,5), con Miguel Illescas en el equipo occidental, junto con una Judit Polgar de solo 12 años. En Moscú (2002), la historia había virado, dentro y fuera de los tableros, y el Resto del mundo venció por 52-48. Ya no tendría sentido organizar algo así.
Lo peor para Rusia es que no parece capaz de darle la vuelta. Nepo tiene 35 años y sus mejores días son historia. El siguiente en la lista es Andrey Esipenko, de 23 (puesto 35), pero está algo estancado desde los 19. Luego tienen a Peter Svidler, casi un cincuentón semijubilado. A corto plazo, su gran esperanza es Volodar Murzin (64), de 19 años. A medio, Roman Shogdzhiev (10 años) rompe récords en la estela del argentino Faustino Oro, pero es una bala lejana y solitaria.
Mejor las mujeres
Algo mejor resisten las ajedrecistas, que el año pasado ganaron en Jaén el Mundial Femenino por Equipos, aún sin derecho a exhibir su bandera. En una lista internacional en la que China copa las cinco primeras posiciones, la mejor rusa es Aleksandra Goryachkina (7), que llegó a ser número 2 y aún puede ganar a cualquiera. Kateryna Lagno (9) y Polina Shuvalova (10) demuestran que Rusia es aún una potencia, aunque en la clasificación por países (una media de Elo de las 10 mejores), las rusas son sextas -con China, India y Ucrania en el podio-, mientras ellos mantienen el cuarto puesto.
En la Rusia actual, el ajedrez es secundario, aunque Nepo y Sergey Karjakin recibieron un amplio apoyo cuando retaron a Carlsen por la corona. En realidad, la superioridad intelectual ya no preocupa demasiado en casi ningún lugar del planeta.
Incluso en los despachos flaquea la vieja hegemonía. El presidente de la FIDE, Arkady Dvorkovich, ha sido incluido por la UE en su lista de 30 personas y 64 organizaciones acusadas de socavar la soberanía de Ucrania y apoyar la guerra. Puede parecer solo un gesto, pero Kirsan Iliumzhinov, antecesor y compatriota de Dvorkovich, renunció tras ser sancionado por EE.UU en 2018, debido a sus negocios con Siria.









