Novak Djokovic sigue jugando con el tiempo. A sus 38 años, este domingo sumó su título número 101 en el circuito ATP al imponerse en la final del ATP 250 de Atenas a Lorenzo Musetti por 4-6, 6-3 y 7-5 en un partido que duró casi tres horas. El golpe ganador le llevó al suelo, agotado, exhausto, pero después tuvo fuerzas para levantarse, gritar y romperse la camiseta en una de sus celebraciones más icónicas.
Después confirmó que no jugará las ATP Finals que empiezan este domingo, pero ante Musetti reapareció una certeza: sólo Jannik Sinner y Carlos Alcaraz pueden derrotarle. El italiano sufre en los momentos tensos y todavía debe mejorar, pero no deja de ser un Top 10 de 23 años con golpes y piernas para cualquier cosa. Pese a ello, el serbio fue superior.
Musetti empezó consistente y se llevó el primer set apoyado en un saque sólido y golpes profundos desde el fondo, pero poco a poco se fue deshachiendo. Djokovic, lejos de perder la calma, ajustó su estrategia: pese a la diferencia de edad, alargó los intercambios y obligó a su rival a tomar decisiones. Con el empate, el tercer set fue una prueba de resistencia. Hubo 'rallyes' inacabales y hasta 11 oportunidades de rotura entre ambos.
Con su victoria, Djokovic le robó un récord a Federer, el de títulos sobre pista dura (72) y, lo que es más importante para él, añadió valor al ATP 250 de Atenas, su torneo. El tenista más laureado de todos los tiempos es el dueño de la licencia de organización y esta temporada decidió alejarlo de Belgrado por su conflicto abierto con el gobierno de Serbia.
"Han sido tres horas de un partido agotador físicamente, superexigente. Lorenzo ha jugado realmente bien. El partido no era de nadie. Felicidades a él por su actuación y estoy muy orgulloso de mí mismo", dijo Djokovic que poco después anunció su adiós de las ATP Finals. Su plaza como rival de Alcaraz será ocupada por Felix Auger-Aliassime mientras Musetti entrará como octavo participante.
Ir a nadar paseando junto a una muralla romana ya es un privilegio, pero este verano los socios del Club Natació Tarraco tenían otro: a su disposición, como profesor de técnica, Carles Coll, el mejor nadador español en la actualidad. Durante varias semanas en agosto, el vigente campeón del mundo en piscina corta de los 200 metros braza ofrecía sus conocimientos en clases particulares a 80 euros la hora o 50 euros la media hora. Fue un exitazo. Nadadores y triatletas de la zona de Tarragona llegaron a formar grupos para atender a sus explicaciones y no le quedó ni un hueco libre en la agenda. Hubo muchas preguntas específicas, pero también algunas personales: «¿Necesitas estar dando clases particulares?»
«La verdad es que no lo hice por lo económico. Había competido en el Mundial, estuve de vacaciones con un amigo por Indonesia y, al volver a casa, tenía unas semanas libres. A nadie le va mal ganar un poco de dinero, pero las clases me sirvieron sobre todo para volver al agua y compartir todo lo que sé sobre natación. Me parecía guay resolver dudas, dar consejos, ayudar a otros a mejorar», comenta Coll en conversación con EL MUNDO desde Blacksburg, una pequeña ciudad de Virginia, en Estados Unidos, adonde ya ha vuelto a entrenar para prepararse para el año que viene.
El espectáculo del último Mundial
Recientemente graduado en Nutrición en la Universidad de Virginia Tech, hace unos meses valoró otros futuros posibles, como irse a entrenar a Australia, pero en el último Mundial confirmó que la mejor opción era seguir en Virginia a las órdenes del entrenador español Sergi López. En el campeonato más importante, en la final de los 200 metros braza, Coll salió a un ritmo por debajo del récord del mundo y así se mantuvo durante media prueba, aunque al final se desfondó y llegó el último. El resultado no fue el mejor. Pero las sensaciones, ¡guau!
«Ahí aprendí que ya estoy en el top mundial. Ahí vi que, puliendo algunos detalles, puedo ganar cualquier competición. De aquí a los Juegos Olímpicos de Los Ángeles 2028 me centraré completamente en la natación para intentar ganar una medalla. Aunque ya no estudio, sigo entrenando con el mismo equipo universitario, sigo con Sergi y sigo haciendo el mismo tipo de entrenamientos. Es el camino que me funciona», reconoce Coll, que en 2024 ya había ganado el oro en la misma prueba en piscina corta, la hermana pequeña de la natación.
Al acabar sus estudios en la universidad de Virginia Tech, ¿no valoró regresar a España?
La verdad es que no. En España sólo se puede mantener el alto nivel en un Centro de Alto Rendimiento y no me veo entrenando en un sitio así. Ya lo hice entre los 15 y los 17 años y sería como volver a la adolescencia. Hay varios motivos por los que España no consigue montar más grupos de natación de alto nivel, y uno de ellos es que, a los 18 años, hay que elegir entre natación y estudios. No se puede compaginar. Si no me hubiera ido a Estados Unidos, yo también lo habría dejado. Es lo normal.
Progenitores en la piscina
Los éxitos de Coll nacen en un pasado anterior a su propio nacimiento. Ahora recibe los consejos de López, que fue bronce en los Juegos Olímpicos de Seúl 1988 en su misma prueba, los 200 braza, pero antes ya contaba con asesores expertos. Su padre, Adolf Coll, fue velocista: llegó a nadar en la final del relevo 4x100 estilos del Mundial de 1991 junto al propio López, Martín López Zubero y Josele Ballester, y su madre, Mireia Martí, era especialista en espalda. Por ellos Coll se lanzó a la piscina en el Reus Ploms y el Tarraco antes de pasar por el CAR de Sant Cugat y emigrar a Estados Unidos.
Cuenta que durante algunos años el fútbol le tentó, pero que la mayor amenaza para su carrera fue realmente un problema en los escafoides que le obligó a pasar por quirófano poco después de llegar a Virginia. Aquello le dejó sin la posibilidad de clasificarse para los Juegos Olímpicos de Tokio 2020, por ejemplo, aunque tras la rehabilitación recuperó el tiempo perdido. Ya cuenta con varios récords de España, medallas internacionales y, a la espera de Hugo González, es el líder de la selección para este ciclo olímpico. Menudo currículum para un profesor de clases particulares.
En sus manos, el árbol del artista Lucio Fanti, uno de los trofeos más bonitos del tenis; en su cuenta del ranking ATP, 11.500 puntos. Jannik Sinner se proclamó este domingo campeón del Masters 1000 de París y regresó al número uno del mundo, por delante de CarlosAlcaraz y sus 11.250 puntos. Más allá del dúo, Felix Auger-Aliassime es uno de los rivales más peligrosos en pistas duras bajo techo, pero el italiano también le derrotó en la final en solo dos sets, como ya había hecho ante sus anteriores adversarios.
Ahora el año sigue abierto. Parecía imposible después del éxito del español en el último US Open; ya no lo es. Pese al enorme vacío de los tres meses de sanción por dopaje, Sinner todavía podría acabar 2025 en lo más alto del ranking mundial, como ya hizo el año pasado. No depende solo de él, necesita ganar prácticamente todos los partidos que restan, pero no es imposible.
Las ATP Finals de Turín serán más concluyentes que nunca. A partir del próximo domingo y hasta el día 16, Sinner y Alcaraz envidarán el número uno. El español necesitará ganar los tres partidos de la fase de grupos o alcanzar la final; el italiano deberá levantar la antigua Copa de Maestros y esperar un fallo de su rival. El primero llega con cierto cansancio mental y dudas sobre su rendimiento en pista cubierta; el segundo, lanzado y en plena racha. Con esas cábalas sobre la mesa, la tensión será mayor que nunca en el último torneo del curso. Pero, ¿qué se juegan realmente?
El bote, para Alcaraz
El prestigio, principalmente. Quien acabe la temporada como número uno del ranking ATP será, por definición, el mejor tenista del año o, como mínimo, el más regular. Desde la creación de la lista en 1973, el récord de temporadas cerradas en el número uno lo tiene Novak Djokovic con ocho, seguido por Pete Sampras con seis y Jimmy Connors, Roger Federer y Rafa Nadal con cinco. Alcaraz terminó 2022 en lo más alto y Sinner lo hizo en 2024, así que este 2025 decidirá el desempate. Quien domine se quedará con ese honor: apunte para la historia, recompensa para uno mismo. Todo lo demás será un hito vacío. Celebre quien celebre en Turín, el número uno volverá a estar en juego en el Open de Australia de enero, y no hay un bonus económico específico por lograrlo.
DIMITAR DILKOFFAFP
De hecho, en materia de premios, Alcaraz ya ha ganado. Si se descuentan los ingresos por exhibiciones -en especial los más de cinco millones de euros del Six Kings Slam de Arabia Saudí que se embolsó Sinner-, el español terminará la temporada con un botín mayor que su gran rival. Su suma de premios supera los 16 millones de euros, mientras que el italiano ronda los 14 millones. En las ATP Finals habrá menos de un millón en juego, aunque el reparto del 'bonus pool' del circuito inclinará la balanza aún más.
Alcaraz ingresará al menos 3,8 millones adicionales por ser el mejor en los Masters 1000 -campeón en Montecarlo, Roma y Cincinnati- y otro millón por dominar los ATP 500 -vencedor en Rotterdam, Queen's y Tokio-. En principio, su ausencia en los Masters 1000 de Madrid, Canadá y Shanghái podría restarle parte de esa bonificación, pero la cantidad quedará compensada por ingresos variables ligados a puntos y participación promocional, como en Madrid. Por su parte, Sinner no podrá optar al 'bonus pool' de los Masters 1000 por haberse perdido cuatro de ellos -Indian Wells, Miami, Madrid y Canadá, además de Montecarlo, no obligatorio- y apenas recibirá bonificaciones por su actuación en los ATP 500.
«En Turín será otra historia»
En definitiva, en las ATP Finals estará en juego un trocito de historia y la honra, poco más. Ambos, de hecho, llevan semanas restando importancia a su disputa por el número uno.
«Ser el número uno siempre es especial, claro, pero lo que más me motiva ahora es disfrutar del tenis y seguir creciendo. Si lo consigo, genial; si no, habrá otra oportunidad», comentó Alcaraz, antes de su decepción en el torneo parisino, seguramente su peor competición de este 2025. «El ranking va y viene, lo importante es cómo terminas la temporada y las sensaciones que te deja. Ganar en París me da confianza, pero sé que en Turín será otra historia», añadió Sinner, nuevamente con un trofeo entre las manos, nuevamente en el número uno del ranking ATP.
Entre las ambiciones históricas de Carlos Alcaraz hay una que se presenta más inaccesible que el resto, empinadísima, esquiva: acabar las temporadas como número uno del ranking mundial. Lo hizo en 2022, pero desde el año pasado Jannik Sinner se ha convertido en un adversario desmesurado. La lista ATP premia la regularidad, y ahí el italiano continúa un paso por delante. Pese a los tres meses de sanción que cumplió en primavera, Sinner recuperó este domingo el número uno después de imponerse a Felix Auger-Aliassime por 6-4 y 7-6(4) en la final del Masters 1000 de París.
Es su quinto título de la temporada, después del Open de Australia, Wimbledon y los ATP 500 de Pekín y Viena; un éxito que le sitúa con opciones reales de cerrar 2025 en lo más alto. Sinner y Alcaraz se lo jugarán todo en las ATP Finals, que se disputarán del 9 al 16 de noviembre en Turín. El español mantiene una ligera ventaja: para recuperar el número uno depende de sí mismo. Necesita ganar los tres partidos de la fase de grupos o alcanzar la final del torneo. Pero ante cualquier tropiezo, Sinner está preparado para aprovecharlo.
Como ya ocurrió en 2024, este curso el italiano sólo ha encontrado oposición real en Alcaraz, que le ha derrotado en cuatro finales; el resto de rivales apenas logran inquietarle. Este domingo, frente a otro especialista en pista dura indoor como Auger-Aliassime —uno de los jugadores más físicos y potentes del circuito—, su victoria nunca pareció en duda. El canadiense resistió especialmente en los compases finales, pero la consistencia del italiano terminó imponiéndose con la misma serenidad que le caracteriza-
En su recorrido hasta la final del Masters 1000 de París, Sinner no había cedido ni un solo set y apenas concedió opciones a sus rivales. De hecho, sólo Francisco Cerúndolo, en octavos, consiguió arrebatarle más de cuatro juegos en un mismo parcial, un 'hito' que repitió Auger-Aliassime. "Está claro que no estoy al 100%", admitió entonces, sin precisar la naturaleza de sus molestias físicas. Pero en los días siguientes no mostró signo alguno de debilidad. Desde su regreso en mayo apenas ha tenido descanso, igual que Alcaraz, y seguramente sólo acuse el desgaste acumulado.
Alejandro Davidovich, en el corazón de París, mandando a dormir al público francés: "Night, night", la icónica celebración de Stephen Curry, para cerrar su victoria ante el local Arthur Cazaux. En la ronda posterior del Masters 1000 galo caería ante Alexander Zverev, pero quedará el gesto. El español despidió su mejor temporada con todas sus virtudes: un tenista visceral, belicoso, enérgico... y con todos sus defectos. A sus 26 años, ya ha ascendido hasta el número 14 del ranking mundial, ha firmado triunfos de mérito ante rivales como Taylor Fritz, Jack Draper o Andrey Rublev, y ha estado cerca de levantar su primer título ATP. Pero todavía le falta un paso.
Este 2025 disputó cuatro finales -el ATP 250 de Delray Beach y los ATP 500 de Acapulco, Washington y Basilea-, y en las cuatro perdió, a veces con drama, con hasta tres bolas de campeonato desperdiciadas. Además, en ninguno de los Grand Slam alcanzó los cuartos de final. Capaz de aguantar a cualquier adversario en los días buenos, en los malos los nervios todavía le anulan.
"Este año me he entregado más al tenis, ha cambiado mi visión de la vida", comentaba a EL MUNDO durante el pasado Roland Garros, antes de detallar los cambios realizados para mejorar. De su Málaga natal se mudó a Montecarlo para contar con mejores compañeros de entrenamiento, dejó a su entrenador de toda la vida, Jorge Aguirre, en busca de nuevas ideas, y también contrató a otro preparador físico, otro fisioterapeuta y hasta a otro mánager. "Antes decidían por mí, ahora decido yo. Antes no era mi vida y ahora sí lo es. Hago lo que me gusta y nadie me juzga por lo que hago. Estoy tranquilo, estoy feliz y estoy en paz conmigo mismo", aseguraba a este periódico sobre su nueva versión.
Polémica en la Davis
Aún podría intentar disputar los dos torneos que le restan a la temporada, los ATP 250 de Metz y Atenas, aunque es poco probable que lo haga por las molestias físicas que arrastra. La única cita en la que podría volver a verse este curso es la Final a 8 de la Copa Davis, que se disputará del 18 al 23 de noviembre, pero España no le ha convocado.
En la lista del capitán David Ferrer sólo hay oficialmente cuatro convocados -Carlos Alcaraz, Jaume Munar, Pedro Martínez y Marcel Granollers-, y el quinto puesto parece que no será para él. El seleccionador suele premiar a quienes estuvieron en citas anteriores y, por eso, es más probable que llame a Pablo Carreño.
La relación entre Ferrer y Davidovich siempre ha tenido altibajos, y la renuncia del segundo mejor tenista español a disputar la eliminatoria previa ante Dinamarca, en septiembre, parece haber terminado de enfriarla. "Ahora no es momento de hablar de Davidovich", dijo el capitán en la Cadena SER tras la victoria ante el conjunto danés, y después le negó un puesto en la Final a 8. "Estando 18 del mundo [ahora 14], creo que merecía estar entre los cuatro mejores del país", lamentó luego el tenista en Marca. Justificó su ausencia por los problemas físicos sufridos durante el año y se autodescartó para una convocatoria de última hora.
Un patinador alemán conoce a una patinadora inglesa en Canadá y ambos acaban haciendo historia por España. El patinaje sobre hielo es un deporte complicado. El alemán Tim Dieck y la inglesa Olivia Smart, nacionalizados por carta de naturaleza, serán en los próximos Juegos Olímpicos de Invierno de Milán-Cortina 2026 una de las dos parejas que representarán al país, en busca de su mejor resultado de siempre. En el último Mundial fueron sextos, una cota que ningún dúo español había alcanzado hasta ahora.
¿Cómo se formó la pareja?
Empezamos a patinar juntos hace dos años, en 2023. Olivia ya vivía en Montreal y llevaba muchos años compitiendo por España -desde 2017- junto a su antigua pareja, Adrián Díaz. Como pasa muchas veces, después de los Juegos Olímpicos de 2022 hubo mucho movimiento de parejas y ambos estuvimos un año sin competir. En cuanto entrenamos juntos vimos que podía funcionar. Lo consultamos con la Federación Española y se mostró dispuesta a ayudarnos en todo momento. A mí me abrazaron como si fuera español; me apoyaron mucho.
Dieck atiende a EL MUNDO desde Canadá, días después de volar a España para recibir el pasaporte. Su caso puede parecer extraño, pero en realidad está a la orden del día en su disciplina. En los últimos Juegos Olímpicos, Italia compitió con una francesa; Canadá, con una estadounidense y un danés; Japón, con una estadounidense que también había sido surcoreana y noruega... El vaivén de pasaportes es la fórmula con la que países sin mucha tradición, como España, mantienen cierta representación, aunque el patriotismo de los patinadores depende de las ganas que tengan de sentirlo.
Jurij Kodrun - International Ska
La mayoría entrenan en el epicentro canadiense del deporte, en Toronto o Montreal, como Smart y Dieck, y apenas pasan por sus países para disputar los campeonatos nacionales. Dieck, de 29 años, se esfuerza por hablar en castellano y descubrir nuevas ciudades.
¿Cuál es su relación con España?
Me encanta el país y su cultura. Estoy feliz de poder patinar por España. Mi comida favorita es el chorizo. Ya conocía bien el país antes porque mi familia tiene una casa en Mallorca y he estado en muchos sitios.
Su pasión por el tenis
Dieck empezó a patinar porque lo llevaba en los genes. Nacido en Dortmund y graduado en Ciencias de la Actividad Física por la Universidad de Bochum, sus abuelos ya patinaban; sus padres, Martina y Frieder, fueron entrenadores y jueces; y su hermana también compitió. Desde los cinco años el ahora español tuvo unos patines en los pies, aunque otro deporte estuvo a punto de desviarle del camino: el tenis.
¿Por qué?
Mi gran ídolo deportivo es Rafa Nadal. Durante unos años combiné ambos deportes y, a los 12, cuando ya no tenía tiempo para los dos, me quedé con el tenis. Dejé el patinaje. Mi familia me apoyó, aunque puedo imaginar que estaban decepcionados. Tres años después decidí volver al patinaje porque lo echaba de menos.
Y funcionó. Tras alternar varias parejas en su etapa júnior, a los 18 años empezó a entrenar con Katharina Müller, una patinadora alemana nacida en Rusia, y juntos alcanzaron la élite. Al año siguiente, ya subcampeones nacionales, debutaron en un Europeo. Temporada tras temporada progresaron hasta clasificarse para los Juegos Olímpicos de Pekín 2022.
Ahí llegó el desastre, la decepción. Mientras la pareja española formada por Adrián Díaz y Olivia Smart celebraba un diploma histórico —acabaron octavos—, Dieck y Müller ni siquiera pasaron al programa libre y terminaron en el puesto 21 de 23 posibles. El chasco obligó a reflexionar. Müller se retiró, Dieck encontró a Smart y ahora ambos brillan. Pero si las cosas hubieran ido peor, si el patinaje le hubiera expulsado, el alemán tenía un plan alternativo. Desde hace años es soldado-deportista de la Bundeswehr, el ejército de su país.
¿En qué consiste su trabajo?
Cuando eres deportista de élite en Alemania puedes entrar a formar parte del ejército. Es una oportunidad para tener un salario, aunque no tienes exigencias militares reales. Fuera de la temporada de patinaje, cada año tengo que hacer un entrenamiento militar de cuatro semanas. Pero no soy un soldado de verdad.
Cuesta todavía mirar las fotos de aquel día y no fijarse en la cara del pobre Nicolas Mahut que, después de once horas y seis minutos de juego, acabó derrotado, mareado y desorientado. Tanto, que cuando le pusieron un micrófono delante dijo: «Hemos jugado el mejor partido de todos los tiempos en el mejor torneo del mundo». No había ironía en sus palabras, mucho menos comedia. Acababa de perder el partido más largo de la historia del tenis ante el estadounidense John Isner, sabía que sería recordado toda la vida por ello e intentaba darle un sentido. No lo tenía.
En la primera ronda de Wimbledon 2010, el duelo entre Isner y el francés Mahut terminó con un 6-4, 3-6, 6-7(7), 7-6(3) y 70-68, en un eterno intercambio de saques y golpetazos. Tanto uno como otro pasaron a los libros: para lo bueno y para lo malo.
Más de quince años después, Mahut se retiró este miércoles definitivamente del tenis en el Masters 1000 de París, y lo primero que le recordaron fue aquel partido interminable. «Fue un momento doloroso, pero ahora es uno de mis recuerdos más preciados de mi carrera, inevitablemente. Al principio, me molestó mucho porque estaba cansado de ser el perdedor guapo. Ahora disfruto hablando de ese partido. Ya no me importa que mi carrera esté asociada a una derrota. De alguna manera, yo también gané», explicó en rueda de prensa después de recibir un homenaje de la organización y de su patrocinador de siempre, Lacoste.
En aquel 2010, durante varias semanas, el galo evitó preguntas sobre su encuentro de récord e incluso rechazó patrocinios y regalos, como el viaje a las islas Mauricio «para descansar» que le ofreció la agencia de viajes Club Med. Sin embargo, al año siguiente escribió un libro sobre aquella experiencia, Le match de ma vie, sin traducción al castellano.
Éxito en los dobles
La falta de definición en aquel partido, en realidad, era el mejor resumen de sus virtudes y sus defectos. Isner no podía contrarrestar su saque y su volea, como Mahut tampoco tenía argumentos para hacer lo propio. Por eso, la trayectoria del francés en individuales quedó reducida a cuatro títulos ATP 250 sobre hierba -tres de ellos en 's-Hertogenbosch- y a un puesto 37 como mejor clasificación mundial. Nunca alcanzó los octavos de final de un Grand Slam ni de un Masters 1000, y toda su gloria se concentró en su carrera como doblista.
Desde sus inicios, algo poco común, disputó las grandes citas en pareja -habitualmente junto a su compatriota Pierre-Hugues Herbert-, con quien ganó cinco Grand Slam, alcanzó el número uno del mundo y colaboró en la conquista de la Copa Davis para Francia en 2017 junto a Tsonga o Gasquet.
«Ganar Grand Slams es de mis mejores recuerdos. Eso es lo que recordaré. Más allá de los títulos y los trofeos que pueda tener, también es, en definitiva, todo lo que me permitió alcanzarlos: las dudas, los cuestionamientos, los errores que cometí. Eso es, en definitiva, lo que me ha enriquecido. Mi carrera ha sido rica en ese sentido», comentaba Mahut, que decidió ser tenista después de ver a Leconte y Forget levantar la Copa Davis de 1991 ante los Estados Unidos de Sampras y Agassi. De alguna manera, él también pasó a la historia del tenis. Aunque fuera con una derrota.
Detrás de la camiseta, Urdangarin. Después de décadas, después de tanto, el apellido regresa a la selección española de balonmano con otro nombre, Pablo, hijo de Iñaki. A sus 24 años, este jueves, en el amistoso ante Suecia (18.10 horas), el sobrino del Rey Felipe VI, el octavo en la línea de sucesión al trono, un Excelentísimo señor, debutará como internacional como si todo eso no pesara. «Es lo normal», repite durante la conversación telefónica con EL MUNDO desde Linköping, al sur de Suecia, aunque en su vida apenas ha habido normalidad.
La marcha de su familia a Estados Unidos y el caso Nóos le pillaron con apenas nueve años, luego tocaría mudanza a Suiza y, antes de cumplir la mayoría de edad, su emancipación en Alemania para centrarse en el balonmano. Ahora es la estrella del Granollers que va segundo de la Asobal y será difícil que no acabe pronto en uno de los grandes de Europa.
Es raro que nunca haya jugado con España ni tan siquiera en categorías inferiores.
He llegado tarde, pero he llegado. Me hace una ilusión tremenda. Para cualquier deportista español es un sueño estar en la selección y me han recibido muy bien. Hay un grupo muy bueno.
¿Ya le han preguntado en el vestuario por su tío o por lo que ocurre dentro del Palacio Real?
No, no. Alguna broma me ha caído sobre el protocolo, sobre cómo llamarme. Pero todo el mundo me trata como uno más. Es lo normal.
Reconocía que llega tarde. ¿Siempre se quiso dedicar al balonmano?
Jugaba de pequeño, pero cuando nos mudamos a Washington no había equipos de balonmano, así que me pasé al fútbol. No era mucho lo mío. Luego en Ginebra combiné el balonmano con el tenis y hubo un momento en el que tuve que elegir porque me faltaban días a la semana para entrenar. Escogí el balonmano y creo que escogí bien. Pero el tenis también me gustaba mucho y se me daba bien: era ágil, tenía buen saque...
De escoger el balonmano a debutar con España hay un trecho.
Ha sido un crecimiento año a año. El momento clave fue cuando tenía 17 años. Me fui solo a Hannover para ponerme a prueba, para ver si realmente podía dedicarme al deporte. Fue un poco duro porque vivía en una residencia para estudiantes extranjeros y yo era el único extranjero de mi equipo. Pero hice amigos pronto, me adapté bien. Después de tantas mudanzas, de tantos cambios de colegio, creo que ya sabía cómo empezar de cero, cómo entablar relaciones. Luego probé el Nantes, entré en el Barcelona y ahora en Granollers estoy disfrutando más que nunca.
¿Por qué?
Siempre había jugado de extremo, pero por mi altura (1,95 metros) probé el lateral y empecé a ver el balonmano de otra manera. En los últimos años he progresado mucho, me siento con mucha confianza. Incluso mi entrenador, [Antonio] Rama, está empezando a ponerme en defensa, aunque tengo mucho que mejorar.
Tiene prácticamente su misma altura, pero no el físico de su padre.
Está claro, está claro. Él era casi un especialista en defensa, estaba muy fuerte, era muy contundente. Yo no sé si llegaré a estar tan fuerte, pero estoy trabajando para ganar más músculo. Necesito poder chocar contra los rivales.
Aguante tiene. Seguramente no haya un jugador de balonmano que haya recibido tanta atención desde pequeño.
Desde pequeño aprendí a vivir con esa atención, al igual que mis hermanos. Tengo recuerdos de niño con la cámara encima cuando salía de casa. Al final aprendes a cómo comportarte en ciertos momentos, a qué decir, a qué no decir... En el balonmano no me ha afectado nunca. Sé que puede haber más atención. Pero lo que me pone más nervioso es la propia competición, no lo que pase fuera. Hablo mucho con mi padre sobre eso.
¿Y qué le dice?
Es como mi psicólogo. Antes de cada partido le llamo y me ayuda mucho explicarle cómo me siento. Me tranquiliza mucho. Él sabe qué es jugar los partidos grandes, jugarse títulos, jugar con la selección.
Debe escuchar de todo en la pista.
No creas, en el balonmano hay un ambiente muy sano. Está claro que en partidos muy calientes, en pueblos que viven mucho el balonmano, recibo algunos insultos, me dicen cosas sobre mis apellidos... Pero nunca me lo he tomado mal. Si me quieren sacar del partido es porque lo estoy haciendo bien.
¿Cuántas cosas no ha podido hacer por apellidarse Borbón?
Nada, diría que nada. Como decía, hay cosas que ya sé, situaciones concretas que debo controlar, pero también he vivido muchos años en el extranjero y las cámaras no estaban siempre. He vivido experiencias como las de cualquier joven. En ese sentido, una vida normal.
¿Lo ha tenido más difícil o más fácil que otros jóvenes?
No lo sé, es imposible valorarlo. Supongo que en determinadas cosas lo he tenido más difícil y, en otras, más fácil. Por ejemplo, no he estado siempre en un mismo club, ni en un mismo país, para lo bueno y lo malo.
¿Habla de balonmano con su tío, el Rey Felipe VI?
Sí, claro. Cuando nos vemos me pregunta por cómo me van las cosas, conoce bien el deporte y hablamos sobre ello. Es lo normal.
Se habla mucho de ofertas, de dónde acabará en los próximos años, de un regreso al Barça, de una posible marcha a un grande de Europa.
He aprendido a plantearme mi carrera año a año. No pienso para nada en dónde estaré dentro de cinco años. De momento estoy muy bien en el Granollers y ya veremos dónde acabaré en el futuro.
Se gritaba, clamaba al cielo, se encogía de hombros, desesperaba. No, no y no. Hasta Carlos Alcaraz sufre días de esos en los que nada funciona, todo se tuerce y lo mejor es irse a la cama a esperar el amanecer siguiente. Este martes lo hizo ya eliminado en segunda ronda del Masters 1000 de París por el británico Cameron Norrie, por 4-6, 6-3 y 6-4. Fue su peor partido del año, un desastre. Fue una tortura, mejor olvidarlo rápido.
Si llevaba nueve finales seguidas, su eliminación fue la constatación de que es humano. Hay que remontarse muy atrás en su carrera para recordar un partido en el que estuviera tan perdido, pero sobre todo hay que forzar mucho la memoria para dar con un encuentro suyo con tantos errores. Sumó hasta 54 fallos no forzados, algunos difíciles de creer, como un remate que lanzó directamente a la red. Era un superhéroe confuso y perdido sin sus poderes.
"Esto es peor que Montecarlo; esta pista es más lenta que la tierra batida", le aseguraba Alcaraz a su entrenador, Juan Carlos Ferrero, con quien mantuvo una constante comunicación durante su crisis. El número uno del mundo no entendía nada. Pero nada de nada. No entendía cómo botaba la bola. No entendía por qué siempre estaba mal colocado. No entendía qué tenía que hacer.
Una pista incomprensible, un rival incómodo
Desde su último partido oficial, en Tokio a finales de septiembre, se había preparado durante un mes entero para domar la velocidad de vértigo del cemento indoor y, de repente, se encontraba sobre la superficie más lenta de la historia. El Masters 1000 de París trasladó este año su sede de Bercy a La Défense, el precioso pabellón donde se disputó la natación en los últimos Juegos Olímpicos, y en la transición la pista cambió radicalmente. La victoria obligaba a Alcaraz a borrarlo todo y jugar como en Roland Garros: con bolas altas y ángulos, con mucha paciencia. Pero el cambio resultó demasiado exigente.
A estas alturas de la temporada, con 75 partidos en sus piernas y en su cabeza, el número uno no estaba para ese ejercicio y, poco a poco, minuto a minuto, fue perdiéndose. En el primer set se impuso pese a sus problemas con el juego, pero después la angustia se comió su confianza. "No estoy haciendo nada bien", le soltaba a Ferrero, que le reclamaba una positividad imposible.
YOAN VALATEFE
Tampoco ayudaba Norrie, un rival incómodo que siempre hizo lo que tenía que hacer. En los primeros puntos sorprendió por sus piernas, devolviéndolo todo de lado a lado de la pista, y en los instantes finales se hizo una estrella. Con su zurda dominó la derecha torcida del español e incluso se atrevió a vencerle en esos highlights en la red tan suyos. En el último set, de hecho, sólo existió Norrie, que amenazó una y otra vez con el break hasta que se lo llevó junto al triunfo.
Objetivo: mantener el número uno
"Es un éxito enorme para mí, muy importante. Es mi primera victoria contra un número uno. Sólo intentaba disfrutar de mi tenis. Sabía que tenía que presionarle, que luchar, que crearme oportunidades y estoy muy contento de haberlo hecho", proclamó el británico, el número 31 del ranking ATP, poco después de que Alcaraz se marchara alicaído a los vestuarios.
Desde que levantó el US Open, su objetivo era terminar este 2025 con mejores resultados que en los cierres de 2024 y 2023 y todavía está a tiempo de conseguirlo. Pese al traspiés en París, aún le quedan dos torneos para celebrar un final de temporada por todo lo alto, literalmente. Antes de la Copa Davis, en las ATP Finals de Turín que se disputarán entre el 10 y el 16 de noviembre el español debe asegurarse el número uno ante la amenaza de Jannik Sinner. Si el italiano vence en el Masters 1000 francés regresará a la cima, pero a Alcaraz le bastarán con 500 puntos en la Copa de Maestros para recuperar ese honor y mantenerlo hasta Año Nuevo.
Para obtenerlos necesitaría ganar los tres partidos de la fase de grupos o alcanzar la final. Para obtenerlos necesitará borrar la zozobra ante Norrie y recuperar la alegría que le llevó a tantos éxitos. Fue su peor partido del año, un desastre. Fue una tortura, mejor olvidarlo rápido.
"¿Quiere mi huella dactilar?", repite Juan José Florián cuando llega a un hotel. En recepción, la reacción siempre es la misma: primero se sorprenden, luego se inquietan y, finalmente, se relajan con la risa. Florián se hace llamar Mochoman porque, como se dice en su país, Colombia, está "mocho", es decir, no tiene manos. También le amputaron la pierna derecha.
"El humor es básico en mi vida. La gente cree que las personas con discapacidad estamos bravos, que vivimos con frustración, pero yo he aprendido a vivir con ello", cuenta en conversación con EL MUNDO, después de que Movistar haya estrenado un Informe + sobre su vida.
A los 30 años, una bomba de las FARC dirigida quizá a su madre (que regentaba un negocio y no aceptaba la extorsión), quizá a él, soldado del Ejército, casi lo mata. Antes había huido de la guerrilla, que lo había reclutado forzosamente, y se había enrolado en el Ejército colombiano. Después se curó de una larga depresión gracias al deporte: primero la natación, después el ciclismo. Ahora sueña con estar en los Juegos Paralímpicos de Los Ángeles 2028, tras arrasar en los campeonatos adaptados de su país.
En el documental relata usted mismo la explosión. ¿Cómo ha conseguido hablar sobre ello?
No lo recuerdo. Me voló las manos, una pierna, un ojo, me reventó los oídos, me dejó metralla en todo el cuerpo... pero realmente sólo recuerdo despertar en la UCI. En el coma tuve alucinaciones, pero lo duro fue después. Estaba todo el día sedado. Me pasaba los días a oscuras para no verme. Yo no quería vivir. Quería que me mataran.
Conocía perfectamente de quién venía la bomba.
Claro. Mi mamá no pagaba la extorsión. Nos amenazaban, pero no prestábamos atención. Nunca creímos que iban a llegar a tanto. De adolescente, con 16 años, las FARC me habían reclutado forzosamente, pero conseguí escapar. Recuerdo las maniobras, las armas... Viví muchas cosas crueles. Pero las pude soportar. De aquellos momentos saco mi fortaleza mental. Nunca me dejé influenciar, nunca creí en la ideología que me intentaron inculcar. Conseguí salir.
Y se alistó en el Ejército.
Siempre había querido ser soldado. De niño, cuando estaba el Ejército, jugábamos hasta tarde e íbamos a la escuela a salvo de que nos reclutaran. Cuando pude entrar, me dediqué a evitar que capturaran a otros adolescentes y sentía mucha compasión por aquellos que desertaban, como había hecho yo. Cumplí mi sueño.
Después del atentado, ¿cómo descubrió el deporte?
Fui un día a la Dirección de Veteranos y me encontré con otros soldados amputados que nadaban. Quise probar. Y aquello me cambió. La piscina me ayudó demasiado: en ella ahogué todos mis dolores psicológicos y físicos. En la piscina encontré un estilo de vida, me incluí en la sociedad, conocí a otras personas... Dejé todas mis lágrimas allí. Aprendí que no podemos quedarnos en el odio, el rencor o el miedo. Hay que arriesgarse a querer, a vivir, a sentir.
Incluso llegó a charlar con un excombatiente de las FARC.
Apareció un día mientras tomaba café. No sé si fue él quien puso la bomba, no me lo confesó. Me miró y me dijo: "Perdón". Le contesté que estaba vivo, que podíamos hablar, que me regalara unos pescados de los que cultivaba.
Después llegó el ciclismo.
Si la piscina fue enseñanza, el ciclismo fue mi salto al mundo. Conseguí adaptarme una bicicleta, que no es algo fácil en Colombia. Aquí estamos muy atrasados: los andenes no están adaptados, las ayudas que existen en España aquí no existen. Pero encontré amigos que me ayudaron. Me hicieron piezas exclusivas para mí. Por ejemplo, freno con la barbilla. Lo tengo todo preparado.
¿Le costó adaptarse a la vida diaria?
Se necesita mucha paciencia. Hay que aprender a depender de otra persona. Es un tema muy complicado. Tengo la fortuna de tener a mi esposa, pero sigo con acompañamiento psicológico. Aunque me vean sonriente, en los sueños se me presentan muchas pesadillas. Todavía me veo volando en pedazos o como combatiente.
Cuentan que un día atacó a Alejandro Valverde.
(Se ríe). Pinchó y le hice la broma. Nos reímos, nos dimos leña un ratico. El deporte me ha dado esa posibilidad: poder entrenar el año pasado con esos grandes ídolos aquí en Colombia. Con Nairo [Quintana], con Valverde... Fue un honor.
Y ahora, a por los Juegos Paralímpicos.
Sigo trabajando, sigo creyendo, aunque de momento las oportunidades no se me han dado. En Colombia tengo muchas limitaciones, pocos recursos. Pero el deporte paralímpico te permite una carrera muy larga. Mi referente es el español Ricardo Ten, que tiene 50 años y sigue encima de la bicicleta. Eso mismo espero hacer yo. Pase lo que pase, el ciclismo sólo me ha traído cosas buenas. Mientras se disputaban los Juegos Paralímpicos de París, yo me encontraba en una zona de Colombia muy afectada por los suicidios, dando charlas para evitarlos. Siempre digo: "Mírenme a mí: si yo puedo hacer cosas con todas estas limitaciones, ustedes también pueden".
¿Cómo es la situación actual en Colombia?
Se están reviviendo los atentados, las extorsiones, los desplazamientos, los reclutamientos forzados. Ahora no es tan visible y uno no entiende el por qué. En muchos lugares del mundo creen que aquí en Colombia estamos en paz, pero seguimos viviendo el terrorismo. Este mismo año, en el municipio donde yo sufrí el atentado hubo una serie de explosiones en los locales de comerciantes que se negaban a pagar.