«¡Sí!», gritaba Carlos Alcaraz en su celebración después de otro sobresalto. En el ATP 500 de Doha, un torneo menor con cartel de Grand Slam gracias a los petrodólares cataríes, el número uno transcurre por un camino lleno de trampas rumbo a la hipotética final ante Jannik Sinner. Son sólo cinco partidos, cinco partidos en días consecutivos, pero ninguno es plácido. Como le pasó en primera ronda ante Arthur Rinderknech, Alcaraz tuvo que emplear todos sus trucos para vencer este miércoles en segunda ronda al también francés Valentin Royer por la vía rápida, por 6-2 y 7-5.
Si no se asomó al abismo del tercer set, si se salvó otra vez de un sobreesfuerzo, fue porque mostró su versión de las finales. Entre las muchas delicias que exhibió, por ejemplo, una derecha cruzada en carrera que lleva semanas trabajando junto a su entrenador, Samu López. Sin esos golpes, sin su magia, a saber qué hubiera ocurrido.
Porque Royer, como Rinderknech, le puso en apuros; el marcador que diga lo que quiera. Su balance de resultados dice que este año todavía no ha ganado ningún partido en el circuito ATP, que es el 60 del mundo gracias a imponerse en unos challengers en Ruanda y que no ha pasado de segunda ronda en ningún torneo «grande», pero sabe jugar. A sus 24 años en algún momento vivirá mayores alegrías. Más allá de su esquema de juego, sorprendió que fuera capaz de igualar la velocidad y el ritmo de bola de Alcaraz, incluso que se le impusiera en determinados momentos.
Hay que remontarse muchos meses para recordar a un Alcaraz a la defensiva en una segunda ronda de un torneo. En el primer set, a Royer le pudieron los nervios, sacó mal, falló de más, pero en el segundo set fue un gusto verle. Con una actitud muy positiva, concentrado pese a sus escasas opciones, arrebató un break al español, le colocó con un 5-2 en contra y le obligó a destapar su mejor tenis. Luego llegaron cinco juegos consecutivos de un Alcaraz superlativo, pero queda el buen hacer de Royer.
En cuartos de final el español se medirá este jueves (17.30, Movistar) a Karen Khachanov y encarará así una nueva trampa.
En las montañas de Noruega, entre paredes hechas de piedras afiladas que exigen cuerda y valor para ser ascendidas, Oriol Cardona sufre. "Hacía tiempo que no lo pasaba mal", admite después. Es el mejor esquiador de montaña del mundo, el gran favorito al oro en el estreno de su deporte hoy en los Juegos Olímpicos de Milán-Cortina (14.15 horas, en Teledeporte y Eurosport), pero lo suyo no es la escalada. Es verano, concretamente el verano de 2025, y su entrenador le ha llevado allí arriba para demostrarle de todo lo que es capaz.
La presión por conseguir una medalla da miedo, pero más miedo da despeñarse por un acantilado con vistas a un fiordo. Si llega arriba ya no tendrá nada de lo que temer: estará listo para ser campeón. Cuando lo consigue, su técnico le abraza, se ríe de sus temblores y le invita a bajar lo más rápido posible. Corre, corre. Cardona no tiene otro remedio que seguir a ese osado porque es su entrenador y porque se llama Kilian Jornet.
Menuda unión. Cardona, el hombre llamado a romper la sequía española de oros en invierno que dura desde Paquito Fernández Ochoa en 1972, y a su lado, Jornet.
La historia merece contexto. En 2021, el Comité Olímpico Internacional (COI) incluyó el esquí de montaña como nuevo deporte olímpico, pero lo hizo a su manera. En lugar de adaptar las largas carreras clásicas donde Jornet se hizo un mito -como la Pierra Menta-, creó una distancia al sprint para reducir toda la acción a apenas dos minutos. Hoy los esquiadores, divididos en pruebas de seis participantes, subirán 300 metros con obstáculos como unos rombos y unas escaleras -sí, sí, escaleras- y bajarán la misma distancia. Chimpún.
Esqui de montana
Los tres entrenadores de Cardona
En la clasificación habrá una salida masiva y pasarán los 12 mejores. En cada semifinal los tres mejores pasarán a la final. En la final, serán seis los que se jueguen las medallas. Al principio hubo críticas, pero luego fue una revolución. Un buen número de deportistas que combinaban el esquí de montaña en invierno con las carreras de montaña en verano -como siempre hacía Jornet- decidió centrarse en ganar una medalla olímpica y uno de ellos fue Cardona.
De 31 años, corría, esquía y lo compaginaba todo con algunos trabajos como guarda forestal o modelo, pero cuando llegó el anuncio del COI decidió centrarse únicamente en los esquís. Objetivo: el oro. Se fue a vivir a un humilde apartamento en Font Romeu, en los Pirineos franceses, y montó su equipo para prepararlo todo para hoy. Llamó a tres entrenadores, Andrés Arroyo, Víctor López y Jornet y los tres aceptaron la oferta. Jornet había sido compañero de selección de Nil Cardona, el hermano mayor de Oriol, así que no dudó al recibir su llamada. Desde hace varias temporadas, Arroyo se ocupa del día a día, López analiza los datos y Jornet es Jornet.
"Hubiera sido candidato a medalla"
"Kilian está muy involucrado. Somos un equipo de tres entrenadores. A él le gusta aportar su conocimiento en la planificación, en la nutrición, en la psicología, nos da ese plus de quien domina el deporte a la perfección", cuenta Arroyo a EL MUNDO sobre la aportación de Jornet y, según dice, incluso hoy, a sus 38 años, el campeón de todo podría estar en la línea de salida de los Juegos Olímpicos: "Kilian hubiera sido un perfecto candidato a medalla si hubiera querido. Imagino que nunca le interesó por su manera de entender el esquí de montaña o por la exigencia de una campaña olímpica a nivel de vida. Pero con su plasticidad metabólica estaría seguro entre los mejores".
Entre las labores de Jornet en el equipo de Cardona está la visualización de las carreras, donde es un experto, aunque nada como sus ‘training camps’ de cada verano. En los últimos años, Cardona ha visitado la casa de su compatriota en Romsdalen para entrenar a su lado, aprender a su lado y, sobre todo, sufrir a su lado. "Es un extraterrestre. Por donde yo paso él ya ha ido y ha vuelto tres veces. Es un gran apoyo psicológico", comenta el aspirante a campeón olímpico sobre su famoso ‘coach’ en el documental ‘Cardona, Camí als Jocs’ de TV3, aunque también añade: "Con él, entrenando, lo he pasado mal muchas veces".
54 años después del descenso de Paquito Fernández Ochoa, España puede celebrar otro oro olímpico en invierno. Sueña con ello Cardona con el método Kilian. Menuda unión.
Entre las estaciones francesas de Font Romeu, Bolquere, Les Angles o La Quillane se mueven miles de turistas españoles que dejan atrás Puigcerdà en busca de la nieve de los Pirineos galos sin saber que allí arriba, divididos en tres humildes apartamentos a 1.800 metros, vive desde hace años un grupo de esquiadores de montaña de su país que el próximo jueves promete saltar a la fama. Los olímpicos Oriol Cardona, Ot Ferrer y María Costa, candidatos a las medallas en los Juegos de Milán-Cortina, conviven juntos acompañados de promesas como Biel Pujol o Marc Ràdua en el mismo bloque de edificio. Parece un Centro de Alto Rendimiento (CAR); en realidad es más bien una sitcom.
«Nos llevamos muy bien. Lo hacemos casi todo juntos, entrenamos, comemos... Oriol es el jefe, es el más veterano, pero todos hacemos piña», relata Ferrer, que asegura que allí, en la frontera entre España y Francia, lo tienen casi todo. Hay nieve para aburrir y prácticamente salen por la puerta con los esquís ya puestos. Tienen el gimnasio, la pista y el resto de las instalaciones del CAR de Font Romeu, donde también comen y cenan. Solo les falta un poco de entretenimiento.
En la zona hay tiendas de esquís y de ropa de nieve, creperías para domingueros y algún que otro restaurante, pero no hay ni un solo lugar al que pueda ir un joven de 23 años como Ferrer un viernes por la noche. «Somos ermitaños total. Fuera de competición igual vamos a tomar el café a algún sitio, pero desde hace unas semanas ni eso. Que luego en las cafeterías hay pasteles y dulces y es muy tentador. Dormimos, entrenamos, comemos y volvemos a dormir. Muchos días me meto en la cama a las ocho de la noche», cuenta el esquiador a pocos días de su sueño.
Las posibilidades de Ferrer
El próximo jueves, el esquí de montaña debutará como deporte olímpico y será la gran oportunidad de España de celebrar en Milán-Cortina. Oriol Cardona es el favorito al oro, el vigente campeón del mundo, y Ferrer estará en el grupo de perseguidores junto al francés Thibaut Anselmet, el ruso Nikita Filippov o los suizos Jon Kistler o Remi Bonnit. La prueba, al sprint, un sube-y-baja que se completa en dos minutos, permite sorpresas, pero no tantas. En los últimos dos años, Cardona ha disputado 11 pruebas de la Copa del Mundo: ha ganado siete, ha subido al podio en otras dos y en la que peor acabó fue sexto. En el mismo tiempo, Ferrer ha terminado hasta siete veces entre los ocho mejores.
¿Qué pasará en los Juegos Olímpicos? «Si todo va bien, tendría que estar con Oriol luchando por las medallas. De hecho, estoy muy motivado, intentaré darle un susto. En los Juegos haremos una ronda menos que en la Copa del Mundo y eso creo que me beneficia. Normalmente soy más explosivo y suelo llegar cansado al final», analiza Ferrer.
Cuentan que siempre quiso ser esquiador de montaña.
Casi siempre. Soy de Berga, cerca de los Pirineos, y mis padres son profesores de educación física y aficionados al esquí de toda la vida. Me enseñaron esquí alpino y esquí de fondo, pero un día fui con un primo a probar el esquí de montaña y me di cuenta de que se me daba bien. En la ESO muchos amigos ya miraban universidades en Barcelona, pero yo tenía claro que quería seguir esquiando en los Pirineos y por eso me puse a aprender francés, para poder ir a la universidad en Font Romeu.
Entre las montañas del país vecino, mientras obtenía logros como un subcampeonato del mundo junior, Ferrer se licenció en Ciencias del Deporte y se sacó un par de másteres, el último en análisis de datos en el deporte. En el esquí de montaña hay varias transiciones -quitarse los esquís para subir escaleras, ponerse los esquís de nuevo o quitarse las pieles para el descenso- y el joven español sabe lo que tarda él y lo que tardan sus rivales como si de Fórmula 1 se tratase. En los últimos días, eso sí, no ha querido mirar más el ordenador para alejar la presión y los nervios. De hecho, desde el pasado sábado ni tan siquiera mira el teléfono móvil: vida de ermitaño, ya saben.
Lo último que hizo antes del apagón comunicativo fue una promesa. Si gana una medalla irá al local de uno de sus patrocinadores, la peluquería Spel de Berga, y se teñirá de rosa. Que vayan preparando el tinte.
Sabe Carlos Alcaraz que hay rivales especialmente engorrosos para él. Aquellos tenistas fuera del Top 10 que martillean con su saque y se saben mover en la red siempre le complican la vida, y en esa categoría encaja el francés Arthur Rinderknech. En sus cinco enfrentamientos, el español siempre ha ganado. Pero siempre ha sufrido.
Dos semanas después de proclamarse campeón en el Open de Australia, Alcaraz reapareció en una pista en el ATP 500 de Doha y lo hizo con un triunfo exigente ante Rinderknech por 6-4 y 7-6 (5) en una hora y 47 minutos.
Ya está en octavos de final, donde se medirá al también francés Valentin Royer. El torneo le propone un cuadro asequible hasta las semifinales o incluso hasta una hipotética final contra Jannik Sinner, pero detrás queda el susto. Rinderknech tuvo dos bolas de set para alargar el duelo más allá de las dos horas y solo cayó tras un tenso 'tie-break'.
A Alcaraz, lejos de aquel 'flow' fresco de Melbourne, se le vio serio. Consciente de los peligros de su estreno en Qatar, ahorró en gestos, emociones y expresiones. Incluso en los puntos clave su celebración se limitó a una mirada a su equipo, poco más. Su tenis habló más que él, pese a la exigencia del rival.
Su velocidad con la derecha se impuso en los intercambios desde el fondo, pero Rinderknech encontró la manera de equilibrar el duelo. Consciente de su desventaja en la línea de base, el francés se apoderó de la red como si fuera su único refugio, porque lo era. En cada oportunidad, saque y volea. Una y otra vez.
En el primer set, Alcaraz descifró el reto. En el segundo, en cambio, se le atragantó hasta verse contra las cuerdas. Con 6-5 en contra tuvo que afrontar dos bolas de set, aunque lo hizo con una tranquilidad absoluta. La misma que poco después le condujo a la victoria en la muerte súbita.
Cada año decenas de personas se reúnen el último domingo de febrero en el pantano de Vallvidrera, al lado del Tibidabo, en busca del milagro: jugar un partido de curling al aire libre en Barcelona. Se dividen en dos equipos, aparece un árbitro que lanza una piedra al agua y se hace el silencio. ¿Qué pasará? Si suena chof, el partido se cancelará y todos se irán a desayunar fricandó, cap i pota o butifarra. Pero si por casualidad, un día, por primera vez en la historia, el pantano se congela y la piedra aguanta sobre el hielo, el partido será memorable.
«Nunca hemos podido jugar, pero mantenemos la esperanza», comenta Marc de Vicente, miembro del Vallvidrera Curling Club que niega los rumores. Las malas lenguas dicen que la iniciativa, que forma parte de la fiesta mayor de invierno del barrio, es sólo una excusa para un desayuno de los que exigen siesta.
«Pero estamos siguiendo la tradición, siglos atrás se jugaba al curling en el pantano», cuenta con sorna y ningún documento que lo corrobore. «Nos encanta el curling, lo vemos en cada Juegos, pero da para meme, la verdad», añade De Vicente.
Su iniciativa resume a la perfección qué es el curling en España: expectación y bromas. Mientras en países como Suecia, Canadá, Reino Unido e incluso Italia se considera el deporte rey de los Juegos Olímpicos de invierno, con ligas profesionales y estrellas como Niklas Edin o Stefania Constantini, en nuestro país no se pasa de la curiosidad y la comedia entre las piedras y las escobas.
Éxito en televisión
Las audiencias de los partidos en Eurosport suelen ser notables, pero la selección nunca ha estado sobre el hielo. Después de que hubiera representantes en bobsleigh, luge, saltos de trampolín, patinaje artístico, skeleton o patinaje de velocidad, quedan cuatro deportes olímpicos en los que España todavía no ha participado y uno de ellos es el curling. ¿Por qué?
TIZIANA FABIAFP
«Porque es imposible. En España no tenemos pistas preparadas para el curling y eso hace que cualquier proyecto de tener una selección potente sea inviable. En otros deportes puede pasar, que salga un esquiador, un snowboarder o un patinador que se deje la vida para cumplir su sueño. Pero en el curling tienen que salir cuatro o cinco al mismo tiempo y aún así es complicadísimo», analiza José Luis Corral, narrador de curling en Eurosport, la voz del deporte en España.
A principios de siglo la Federación Internacional de Curling cedió los derechos de retransmisión de su Mundial al canal continental y, en 2002, Corral se encontró frente a un micrófono relatando una disciplina de la que nadie conocía las reglas.Los primeros clubes, como el Jaggers de Madrid, el Sporting L'Olla de Lliçà d'Amunt o el Igualada, todavía se estaban formando y hasta 2003 no se celebraría el primer Campeonato de España.
«El curling siempre tuvo buena acogida en España y buenas audiencias, pero falta mucha inversión para tener un equipo que pueda competir con los mejores. Sin instalaciones no hay manera», concluye.
España en el Preolímpico
Hoy en día hay 11 pistas de hielo en España, pero ninguna de ellas tiene una zona dedicada exclusivamente al curling. Para el Campeonato de España, que el pasado fin de semana se celebró en Jaca, se suele habilitar una durante varias semanas, pero eso es todo. Los poco menos de 100 practicantes que se dividen en 10 equipos se tienen que conformar.
«El curling necesita un hielo muy cuidado, con condiciones específicas. No se puede compartir con el hockey o el patinaje artísticos. Nosotros siempre nos vamos fuera a entrenar, a Suiza, Holanda o Dinamarca», explica Eduardo de Paz, campeón con el Txuri Berri de San Sebastián y miembro del equipo masculino español que intentó alcanzar los presentes Juegos Olímpicos de Milán-Cortina d'Ampezzo.
Pese a su histórico ascenso a la División A del curling europeo, no consiguieron plaza para disputar el Preolímpico. Los únicos que lo lograron fueron el dúo mixto formado por Oihane Otaegi y Mikel Unanue, pero acabaron penúltimos en la competición que daba acceso a los Juegos.
«Hace 10 años nos juntamos un grupo en el Txuri Berri con el objetivo de llegar a lo más alto, pero nos cuesta seguir. Ponemos nuestro dinero, nuestros días de vacaciones y cada vez se hace más difícil», reconoce De Paz.
El proyecto en Xanadú
Tienen el apoyo de la Federación Española de Deportes de Hielo (FedHielo) y del Gobierno vasco, pero ni con esas. La única vía para que España crezca en el curling sería que se abriera una pista en una gran ciudad y ahora mismo no hay proyectos. Los CAR de Madrid y Sant Cugat planearon en algún momento la construcción de un recinto de hielo, pero ninguno salió adelante. Hace un tiempo el Centro Comercial Xanadú de Madrid prometió que se podría jugar al curling junto a su zona de esquí indoor, pero nunca más se supo.
«En algún momento hemos estado cerca de sacar una pista de hielo, pero se requiere una gran inversión. Sin una pista propia no hay base y sin base sólo podemos hablar de subsistencia», asegura Víctor Navarro, vocal de curling de la FedHielo y jugador del Barcelona Curling Club, que sueña con un futuro más esperanzador para su deporte en España: «El curling tiene magia, engancha».
Se lanza el trineo por el circuito de los Juegos Olímpicos de Invierno de Milán-Cortina, coge velocidad y, en la curva más salvaje del descenso, vértigo puro a 140 kilómetros por hora, ahí está un dron. Justo detrás del deportista, como si fuera su sombra. Los espectadores de todo el mundo pueden ver cómo gira, cómo desciende, cómo frena y, más allá, casi sentir lo mismo que siente él. Bienvenidos al futuro.
Los actuales Juegos no solo se recordarán por la superioridad de Johannes Klæbo o la desgracia de Lindsey Vonn; también se recordarán por un ruidito. Un runrún agudo que acompaña en las bajadas de bobsleigh, skeleton y luge, en las curvas del esquí alpino o en los descensos de los saltos de trampolín. Es el sonido de los drones de vista subjetiva (FPV) de alta velocidad que utiliza Olympic Broadcasting Services (OBS), el brazo audiovisual del Comité Olímpico Internacional (COI), para transmitir en HD toda la acción.
«Queremos que el espectador sienta el dinamismo de los deportes», explica Mark Wallace, director de contenidos de OBS. Y el espectador lo siente, vaya si lo siente. «Es lo que espera hoy en día cuando consume un evento deportivo, más aún si son unos Juegos Olímpicos», resume Pierre Ducrey, director deportivo del COI.
En la era de la sobredosis de entretenimiento y la atención dispersa, el deporte necesita sorprender. Para eso están los 25 drones del COI: 10 tradicionales para panorámicas y 15 FPV diseñados a medida para meterse en la acción.
Un campeón del mundo de piloto
Uno de los más destacados es el que se utiliza en las pruebas de trineo, diseñado por la empresa holandesa Dutch Drone Gods. Pesa solo 243 gramos -como un iPhone- frente a los mastodontes de 10 kilos que se utilizaban hace una década. Cuenta con hélices protegidas y baterías capaces de soportar temperaturas bajo cero. Cada unidad es responsabilidad de un equipo formado por tres especialistas -piloto, realizador y técnico- con la experiencia necesaria para operar en condiciones extremas.
ODD ANDERSENAFP
Por ejemplo, detrás de algunos de sus vuelos está Ralph Hogenbirk, fundador de la compañía y campeón del mundo de drones. Conocido como Shaggy, hace unos años llegó a construir el dron más rápido del mundo, capaz de alcanzar los 350 km/h y de perseguir a un monoplaza de Fórmula 1 de Red Bull. Ahora, en cambio, persigue a lugers por pistas estrechas. Lo hace hasta 50 veces al día. «Es el trabajo más difícil que he realizado», admite en The Atlantic. Espacios reducidos, cero margen de error y millones de personas mirando en directo.
Pero toda revolución tiene sus detractores. Algunas televisiones se han quejado del zumbido de los drones en las retransmisiones, aunque desde el COI aseguran que solo han recibido dos quejas formales. En redes sociales como X hay quien ha comparado el ruido con las vuvuzelas del Mundial de Sudáfrica 2010, aunque quizá la parte más peliaguda de estos artilugios sea el posible peligro que suponen para los atletas.
En 2015, en una prueba de la Copa del Mundo celebrada en Madonna di Campiglio, Marcel Hirscher esquivó por milímetros la caída de un dron -que entonces pesaba mucho más que los actuales-. La Federación Internacional de Esquí (FIS) prohibió su uso durante años y no levantó la veda hasta hace dos temporadas, después de múltiples pruebas. Hoy, con dispositivos más avanzados y protocolos estrictos, el COI defiende que la seguridad es total. Los deportistas, en su mayoría, respaldan el avance.
KIRILL KUDRYAVTSEVAFP
El alemán Felix Loch, triple campeón olímpico de luge, es tajante en declaraciones a AFP: «No te fijas en el dron. Dan imágenes claramente diferentes, que están súper bien. Hay que decirlo: es algo realmente bueno lo que han hecho con esto». Su compatriota Emma Aicher, que suma dos medallas de plata en estos Juegos Olímpicos, también opina que los drones no distraen: «Para nosotros, las imágenes que ofrecen son realmente buenas. No me doy cuenta del dron, está muy lejos».
En el futuro todo es posible
El camino hasta aquí ha sido progresivo. En los Juegos Olímpicos de Sochi 2014 vivieron un tímido debut; en Pekín 2022 se pusieron a prueba; y en París 2024 aparecieron en verano en disciplinas como el BMX o el skate. Pero ha sido en Milán-Cortina cuando han alcanzado su madurez.
Ahora el futuro asoma ya en Los Ángeles 2028. Si aquí funcionan, dicen en el COI, allí serán protagonistas absolutos. ¿Puede un dron FPV seguir a un velocista durante los 100 metros lisos? ¿Y girar junto a una gimnasta que ejecuta un triple mortal? ¿Llegarán a meterse en un partido del Dream Team? El olimpismo ha abierto otra puerta que ya no se cerrará.
«Empecé en la ultrarresistencia a través del fútbol», advierte el triatleta Juan Bautista Castilla, 'Chamba', y de entrada no se entiende nada. ¿Qué tendrá que ver una cosa con la otra? 'Chamba' compite en la distancia Ultraman, es decir, en la mayor barbaridad imaginable: nada 10 kilómetros, recorre 421 en bicicleta y luego corre dos maratones seguidas, 84 kilómetros. Un esfuerzo tan increíble está muy lejos de la preparación clásica del futbolista y, a priori, no parece que exista ninguna relación. Pero en la historia de 'Chamba', la conexión entre las largas distancias y el fútbol es muy profunda.
«Cuando acabé mi carrera universitaria, entré como preparador físico de las categorías inferiores del Betis. Llegué al primer equipo, pero justo me pilló el descenso de 2009 y volví al filial. En una pretemporada llegó Miki Roqué, que había estado en el Barcelona y el Liverpool, y el entrenador me encargó que le ayudara en la adaptación. Tenía que ser el líder, pero era muy tímido y eso en Sevilla no encajaba mucho. Al final nos hicimos muy amigos. Y cuando le diagnosticaron un cáncer, yo quería ayudarle», arranca la narración 'Chamba', con un recuerdo todavía muy a flor de piel.
«No sabía cómo echarle una mano, pero hablando con él le dije que le demostraría que el ser humano es capaz de todo, que no tiene límites. Vi que un tío había hecho una prueba extrema de triatlón que se llama la Fuga de Alcatraz y me apunté. Tiene mucha fama porque es muy dura, porque en las aguas hay tiburones, porque hay que correr sobre la arena... Miki se reía, decía que no saldría vivo, que estaba loco. Pero le entretuve unas cuantas semanas con la preparación. Al final entré por delante de algunos profesionales y en meta sentí una alegría muy grande, el mayor orgasmo de mi vida. Y así empecé en la ultradistancia».
«me cambió la manera de vivir»
'Chamba', que ahora tiene 42 años, cuenta que venía de la natación y que en aquellos inicios lo que más le preocupaba era aprender a montar en bicicleta. Por las mañanas entrenaba a las jóvenes promesas verdiblancas y por las tardes se pegaba palizas de horas y más horas. Todo siempre en comunicación con Roqué, que le animaba en sus desafíos. Hasta que, en junio de 2012, el joven futbolista falleció a los 23 años.
«Lo recuerdo como si fuera ayer. Yo estaba en el Ironman de Niza, en Francia, y al cruzar la meta me llamó Olma, su madre, para decirme que Miki no aguantaba más y que acababa de fallecer. Ahí se me nubló todo. Aquello me cambió la manera de vivir la vida», narra 'Chamba', que entonces dejó de trabajar en el fútbol y se centró en entrenar, entrenar y entrenar. Como terapia le esperaba el desafío más grande, su primer Ultraman, y todas las conquistas que vendrían después. En 2024, en el famoso Ultraman de Hawái, se proclamó campeón del mundo de la distancia extrema en una prueba que completó en 25 horas y seis minutos.
¿No le duelen las piernas?
Mucho. El Ultraman te descubre todos tus límites: mueres y resucitas varias veces. Es una prueba en la que el dolor empieza muy pronto, cuando llevas tres horas nadando y ya no sientes los hombros. Pero tienes que aprender a convivir con él. En eso siempre me acuerdo mucho de Miki, porque yo no sabía lo que era una quimioterapia hasta que lo viví con él. Eso sí que es dolor.
'Chamba' asegura que en los últimos tiempos ha aprendido a equilibrar su vida personal, su vida laboral -da clases en las universidades de Sevilla y Huelva- y su vida deportiva, aunque reconoce que para hacer lo que hace no hay más remedio que sudar durante «más de 30 horas a la semana».
«Aprovecho todo el tiempo que tengo. Si tengo un hueco entre clase y clase, por ejemplo, me pongo a correr alrededor de la facultad. Mis alumnos al principio se extrañaban, pero ahora ya no. No salgo a tomarme una cerveza, no pierdo el tiempo. O estoy con mi familia, o en el trabajo, o entrenando», cuenta 'Chamba', que deja un mensaje final: «Espero que a mis hijos y a la gente que me rodea les quede el ejemplo de la constancia, el trabajo, el esfuerzo y, sobre todo, la pasión. Son los valores más bonitos que hay en la vida. Tenemos que superar las adversidades que se nos presentan y continuar adelante».
Lucas Eguibar estaba llamado a ser medallista olímpico. Iba a serlo. Tenía que serlo. Campeón del mundo de snowboard cross en 2021, en varias ocasiones fue favoritísimo para todo y nunca lo consiguió. Ahora parece que su maldición ya no tiene remedio. Este jueves, en los Juegos Olímpicos de invierno de Milán-Cortina, su cuarta oportunidad se convirtió en su cuarta frustración. Esta vez fue un toque mínimo, un desequilibrio, el que acabó con su sueño. A sus 32 años cuesta pensar que la gloria olímpica vaya a llegar en 2030.
El desastre este jueves llegó en cuartos de final después de una clasificación notable. Le esperaban los franceses Jonas Chollet y Loan Bozzolo y el estadounidense Nathan Pare, un cruce de máxima exigencia, pero Eguibar tenía un plan. Para entrar como primero o segundo y clasificarse para semifinales, su idea era dejar que los franceses volaran de salida y confiar en su fuerza en los últimos metros. "Estábamos haciendo la estrategia que queríamos", explicaría después. Aguantar arriba. Atacar abajo.
En el ecuador del circuito, Eguibar tenía como desventaja su posición -cuarto- y como ventaja su experiencia y su perfil. Era el único 'goofy' de la serie, es decir, el único con el pie derecho adelantado y podía beneficiarse. En un giro cerrado a izquierdas exprimió esa diferencia y se colocó segundo, pero entonces tuvo lugar el incidente que resume su historia olímpica.
Eguibar se abrió ligeramente, Pare se metió por dentro con una línea agresiva, poco limpia, y el contacto fue inevitable. La tabla del estadounidense golpeó la del español en pleno apoyo y éste cayó.
"Cuando estaba en el suelo, he gritado. Creo que le he insultado, pero no me acuerdo. Me he cabreado muchísimo porque hemos trabajado muchísimo para llegar aquí", confesó después Eguibar que, pese a lo ocurrido, se levantó y cruzó la meta en último lugar. El estadounidense Pare celebró una victoria que duró poco: los jueces revisaron la acción y lo descalificaron por maniobra ilegal. Una decisión justa, quizá, pero insuficiente. Eguibar, tercero tras la sanción, quedaba igualmente eliminado.
Quiero otro intento
Para Eguibar, que había sido séptimo en los Juegos de Sochi 2014 y Pekín 2022, la medalla olímpica sigue siendo lo que falta en un palmarés brillante. Llegaba a Milán-Cortina 2026 tras años ásperos: rotura del tendón de Aquiles en marzo de 2024, problemas de espalda que marcaron Pekín, una caída reciente en la Copa del Mundo que dejó tocados sus tobillos. Pero prometía competir contra el dolor e intentarlo hasta el final.
Antes de la cita fue claro: "Es lo último que me falta. Mi deporte es muy alocado. Muchas veces, aunque seas el mejor, puede pasar cualquier cosa. Soy consciente de que mi carrera puede acabar sin medalla olímpica, pero no quiero dejar de intentarlo".
En la final que él no disputó, el austriaco Alessandro Hämmerle revalidó el oro de Pekín, Eliot Grondin repitió plata, y Jakob Dusek se colgó el bronce. Podios de altura, rivales habituales del circuito que Eguibar conoce de memoria. En zona mixta, pese a la edad, el español dejó abierta la puerta a un quinto intento: "Si estoy sano, quiero seguir. Los últimos cuatro años han sido muy duros física y mentalmente". Los Juegos Olímpicos de los Alpes 2030 lo encontrarían con 35 años. En un deporte tan complicado parece una eternidad.
"No había explicado esto nunca, la verdad. Solo lo sabían los míos", reconoce Regino Hernández al finalizar su conversación con EL MUNDO. Su bronce por sorpresa en el snowboard cross de los Juegos Olímpicos de Pyeongchang 2018 fue una puerta a la historia, la primera medalla española en invierno desde 1992, pero lo que vino después no fueron precisamente homenajes. Apenas tres años después, con apenas 30 recién cumplidos, Hernández anunció su retirada, arrastrado por la falta de apoyos, la incomprensión y el hartazgo.
Ahora, mientras rehace su vida lejos de la nieve, es uno de los expertos en Eurosport & HBO Max en la retransmisión íntegra de los Juegos Olímpicos de Milán-Cortina. De hecho, hoy (la final es a las 15.01 horas) comentará su prueba, el snowboard cross, con su excompañero Lucas Eguibar como uno de los candidatos a medalla.
Desde que se retiró apenas se ha subido a una tabla de snow.
Me tiré una buena temporada alejado de la nieve, eso es cierto. Ahora me estoy planteando volver; de hecho, este año he estado en la estación austríaca de Pitsdal con unos excompañeros. Me encantaría ser entrenador, estoy mirando para hacer los cursos. Pero acabé muy quemado en su momento.
¿Por qué?
Nunca me sentí valorado. En Pyeongchang, cuando Lucas [Eguibar] se cayó en octavos de final, el seleccionador del momento dijo: "Ya podemos recoger las cosas e irnos; no vamos a hacer nada en estos Juegos". Luego gané la medalla. Y fue todo así. No se me tenía en cuenta. Durante muchos años pedí que contrataran entrenadores y técnicos con experiencia; no me hicieron caso y, cuando lo hicieron, fue solo y exclusivamente para Lucas. Me sentí muy atacado, como si se estuvieran riendo de mí. Intenté contactar con la Federación Española de Deportes de Invierno; llamaba por teléfono, escribía mensajes de WhatsApp y nadie me contestaba. Me dio un ataque de ansiedad gordo antes de una competición. Y ahí decidí cortar por lo sano. Mi cuerpo me estaba avisando de que no podía seguir así.
¿Nadie intentó que regresara a la competición?
Para mí la medalla fue la mayor felicidad de mi carrera. Fue un logro impresionante. Hacía 26 años que España no conseguía una medalla en los Juegos Olímpicos de invierno. Pero después todos pasaron de mí. Me sentí un cero a la izquierda, nadie contaba conmigo. Tenía la sensación de que no querían que yo estuviese en el equipo nacional. Estuve cerca de dos años trabajando con un psicólogo y fue complicado, muy complicado.
¿La medalla le sostuvo económicamente en esos momentos?
Por la medalla recibí 30.000 euros de premios y, por la beca ADO, siendo medallista olímpico, recibía 45.000 euros anuales. Eso te da para vivir al principio, quizá incluso para plantearte la entrada de un piso, pero no te da para ahorrar, mucho menos para empezar un negocio.
Entonces, ¿cómo lo hizo?
Recuerdo perfectamente el día después de anunciar mi retirada. Me desperté, me fui al sofá y me quedé mirando la tele apagada. ¿Y ahora qué? ¿Qué hago ahora? ¿Qué va a ser de mí? Desde los 11 años me había dedicado a la nieve; a los 16 dejé los estudios porque me era imposible compatibilizarlos con el snowboard. Tengo un amigo que tiene una empresa de catering y eventos en Fuengirola y me puse a trabajar para él. De mozo de almacén, de transportista, de seguridad, de lo que necesitara. Por suerte, en los últimos tiempos se me han ido abriendo algunas puertas. Una es la de Eurosport, por la que estoy eternamente agradecido. No me da para vivir porque se transmiten pocas competiciones de snowboard, pero me ayuda mucho. También estoy estudiando.
¿Qué estudia?
Lola Fernández Ochoa, la hermana de Blanca, hizo un proyecto sobre deportistas y salud mental, me invitaron a dar unas charlas y, a raíz de ello, LaLiga se puso en contacto conmigo. Me becaron para estudiar un MBA de gestión deportiva en LaLiga Business School y estoy intentando abrirme un hueco en ese campo. También el Comité Olímpico Español siempre me ha tenido en cuenta en sus proyectos.
También le ayudó el balonmano.
Totalmente. Mis padres fueron jugadores, mi hermana fue jugadora y yo de pequeño también jugaba. Cuando me retiré del snow tuve que volver a casa de mis padres, en Mijas, a vivir con ellos, y coincidió que mi club había montado un equipo de veteranos. Era de pachanga, pero para mí fue una vía de escape, una salvación. Mi vida había cambiado de forma muy drástica y el balonmano me devolvió la chispa.
Se ha rebajado bastante su recordada barba. ¿Le reconoce la gente por la calle?
Qué va. Y con la barba tampoco me reconocían. Siempre dicen que el esquí o el snow son deportes minoritarios en España, pero no es así. Las estaciones están petadas. Lo que pasa es que la gente lo considera un entretenimiento, no un deporte. Hay mucha gente que practica snow y no ha visto nunca una competición. Alguna vez alguien me ha parado y me ha dicho: "Oye, ¿tú eres Regino?". Pero han sido casos súper puntuales.
Recordarán a Johann Mühlegg. ¿Quién no recuerda a Johann Mühlegg? Era esquiador de fondo y, antes de los Juegos Olímpicos de invierno de Nagano 1998, se peleó con la Federación de su país, Alemania, para acabar nacionalizado español. Se le hizo licencia de la Federación Murciana de Deportes de Invierno; la apuesta era a lo grande. En un país que solo había conseguido dos medallas olímpicas sobre la nieve -las dos de los hermanos Fernández Ochoa por entonces-, aquel hombre era una bendición caída del cielo. Daba igual que no tuviera vínculos con España, tampoco importaba demasiado que fuera rarísimo: en los Juegos de Salt Lake City 2002 se colgó tres oros como tres soles y durante unas horas fue un ídolo querido, Juanito Mühlegg, olé, olé.
Pero pronto llegó la notificación: positivo en darbepoetina, una variante de la EPO. El Comité Olímpico Internacional (COI) le quitó sus tres oros, en España pasó de estrella a meme y su historia pareció quedarse ahí.
«Hola, sí, soy su madre. No está aquí, hace muchos años que no viene a Alemania; de aquí no guarda buenos recuerdos. Le comentaré a Johann su solicitud de entrevista, pero le advierto de que no quiere saber nada de los periodistas. Lea su libro, Solo contra todos, allí lo explicó todo». Magdalena Eiband habla con EL MUNDO desde el Landhaus Zum Jeremia, el hotel de montaña que la familia Mühlegg regenta en la Werdenfelser Land, al sur de Alemania, en la frontera con Austria. Cuenta que después de los Juegos Olímpicos de 2002 perdió su trabajo como asesora fiscal y que, con el tiempo y muchas penurias -habla incluso de amenazas telefónicas-, han conseguido levantar el negocio.
Justina, la curandera
Quien sí trabaja allí es Martin, el hermano de Johann, que durante muchos años le acompañó. Pero... ¿dónde está Johann? Para entender la vida actual de Mühlegg hay que remontarse a sus orígenes, a varios años antes de nacionalizarse español.
Pese a lo que siempre pensó la opinión pública en España, Mühlegg no era un don nadie en Alemania, ni mucho menos. Durante muchos años fue la mayor promesa de su esquí de fondo, campeón del mundo júnior, y los dirigentes del país germano lo intentaron todo para que brillara. Pero tenía demasiados satélites a su alrededor. En 1993, con apenas 23 años, tuvo la primera bronca con un seleccionador nacional, Georg Zipfel, al que acusó de ser un «brujo» con poderes oscuros, y conoció a una mujer que marcaría su vida: Justina Agostinho. La curandera. La mujer que siempre llevaba consigo litros de agua presuntamente bendita.
Una limpiadora germano-portuguesa convertida en espiritista que empezó entonces a acompañar a Mühlegg y ya no se marcharía de su lado. Así sigue siendo a día de hoy. Junto a Agostinho se presentó en España; junto a Agostinho dominó todas las pruebas de los Juegos de Salt Lake City 2002; junto a Agostinho desapareció después de dar positivo... y junto a Agostinho continúa.
Mühlegg, celebrando sus medallas en Salt Lake City 2002.EM
Tras un breve periodo en Portugal, Mühlegg se asentó hace 20 años en Natal, ciudad del norte de Brasil, y fundó, junto a Antonio Miguel Agostinho, el marido de Justina, un negocio inmobiliario llamado Jericons Construção. A través del correo electrónico de la empresa, el ex esquiador responde, pero al saber que al otro lado hay un periodista corta la comunicación de manera súbita. Muchos medios alemanes han intentado entrevistarle en los últimos años y quien más obtuvo fue Sports Bild, en 2022: apenas un triste correo electrónico. "Llevo 20 años sin practicar deportes. No quiero dar una entrevista. Por favor, comprenda mi decisión personal. ¡Que Dios le bendiga, mucha suerte y mucha salud! Johann», escribió.
Paternidad y nacionalización
Según su madre, Magdalena, Mühlegg ha rehecho su vida en Brasil y solo sufre por la inseguridad en la zona de Natal donde vive. El ex esquiador conoció a una mujer brasileña, doctora en Química y profesora del Instituto Federal de Educación, Ciencia y Tecnología de Pernambuco, y con ella tuvo una hija que ya ha cumplido 13 años. Tanto es su arraigo al país que en 2015 se nacionalizó brasileño.
A sus 55 años no tiene redes sociales ni participa en ninguna actividad pública. Es posible que ni siquiera vaya a ver las pruebas de esquí de fondo de los actuales Juegos Olímpicos de Milán-Cortina d'Ampezzo, con tres españoles en liza -Jaume Pueyo, Bernat Sellés y Marc Colell-, que intentan quitarse de encima la sombra de su figura. Pero en España Johann Mühlegg se sigue recordando. ¿Quién no recuerda a Johann Mühlegg, el ídolo que duró apenas unas horas?