España, por primera vez favorita a un oro en unos Juegos Olímpicos de invierno: "Si pensamos nos puede dar vértigo"

España, por primera vez favorita a un oro en unos Juegos Olímpicos de invierno: “Si pensamos nos puede dar vértigo”

Han pasado cuatro telediarios desde que España se presentara en los Juegos Olímpicos de invierno de Vancouver 2010 sin ninguna opción de medalla y se marchara de la misma manera: de vacío, incluso lejos de los diplomas. Era lo habitual hasta entonces. Un país de sol y playa que no podía competir en ninguna modalidad de hielo y nieve si no era gracias a algún milagro, como los protagonizados por los hermanos Fernández Ochoa, con el oro de Paquito en 1972 y el bronce de Blanca en 1992. Había estaciones de esquí y aventuras divertidas en disciplinas como el bobsleigh, pero no había cantera, tradición ni ayudas: no había casi nada.

Ahora es distinto. España ha creado desde cero una selección de snowboard de prestigio, ha formado a jóvenes en el esquí de fondo que se están quitando de encima el fantasma de Johann Mühlegg, ha nacionalizado talento para mantener el legado de Javier Fernández en el patinaje artístico y domina por completo una nueva disciplina olímpica, el esquí de montaña. En los Juegos Olímpicos de Milán-Cortina d'Ampezzo, que empiezan este viernes, un cero en el medallero sería un fracaso.

"Debemos centrarnos en el día a día porque, si pensamos en el futuro, nos puede dar vértigo", asegura con cautela a EL MUNDO el entrenador Andrés Arroyo, consciente de que su pupilo Oriol Cardona es una rareza en el deporte español. Nunca en su historia el país se había presentado en unos Juegos Olímpicos de invierno con el máximo favorito al oro. Los cinco medallistas hasta el momento —los Fernández Ochoa décadas atrás, Regino Hernández y Javier Fernández en 2018 y Queralt Castellet en 2022— eran outsiders: no eran candidatos a la victoria, más bien todo lo contrario. Hernández, por ejemplo, no aparecía en ninguna quiniela y ahí está, disfrutando de su feliz jubilación con su bronce.

Dos oportunidades

Cardona, en cambio, puede ganar, debe ganar, va a ganar. Es el vigente campeón del mundo de esquí de montaña y el dominador de la Copa del Mundo con claridad. "Lo gestiono como puedo, sin pensar mucho en ello. Sé que puedo ser el primer campeón olímpico del esquí de montaña, pero intento evadirme de todo lo que se habla", reconoce a este periódico quien, además, tiene dos oportunidades. El jueves 19 competirá en la prueba individual y el sábado 21 lo hará en el relevo mixto junto a Ana Alonso, otra clara opción de medalla.

El año pasado, a estas alturas, Alonso estaba tan cerca de la gloria como su compañero Cardona, pero el pasado septiembre el conductor de un todoterreno decidió no frenar cuando se cruzó con ella en bicicleta cerca de Sierra Nevada y perdió muchas opciones. Por suerte. Porque pudo perder la vida. En el Hospital de Granada comprobaron que, además de otros golpes, se había roto el ligamento cruzado anterior y el ligamento lateral interno de la pierna izquierda, y se le empezó a buscar un reemplazo. Era imposible que en cuatro meses estuviera recuperada. Hasta que fue posible.

Como Cardona, el jueves 19 estará en la lista de salida individual y, llegado a este punto, ya puede conseguir cualquier cosa. "Había que luchar, había que intentarlo. Desde el accidente, Ana puso toda su energía vital en la curación, la cicatrización y la recuperación. Ahora ya ha pasado por todo y es más fuerte que nunca", comenta su entrenador, Javier Argüelles.

Después de todo, en el esquí de montaña debería haber como mínimo una celebración, pero España también cuenta con otros candidatos. Con un equipo de 20 deportistas, viene de lograr una medalla —la plata de Queralt Castellet— y tres diplomas más en los Juegos de Pekín 2022, y esa inercia todavía se nota. La propia Castellet, a sus 36 años, ya no debería optar al podio compitiendo en el halfpipe contra rivales a las que duplica la edad, pero en los últimos X Games se colgó el bronce y otra medalla es posible el jueves 12

También en snowboard y también el jueves 12, Lucas Eguibar volverá a perseguir su momento en el boardercross, muy bien acompañado por el joven Álvaro Romero. Y todavía hay más. En el esquí acrobático, Javier Lliso viene de ser sexto hace cuatro años; en el patinaje artístico, la pareja española formada por la británica Olivia Smart y el alemán Tim Dieck también aspira al diploma; e incluso no habría que descartar a Jaume Pueyo en el esquí de fondo. En definitiva, muchas oportunidades para no irse de vacío de los Juegos de Milán-Cortina d'Ampezzo. Lo que antes era lo normal y ahora sería un fracaso.

Nora Cornell, la snowboarder española que creció en Hawai y el accidente que se complicó: “Sufrí una sobredosis por fentanilo”

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Nora Cornell sale disparada de una rampa de 50 metros y da una vuelta, y dos, y tres antes de aterrizar con su snowboard sobre la nieve. Luego vienen los aplausos y la puntuación del jurado. Atrás queda el miedo a lo que pasará allí arriba, en el aire, donde una imperfección te lleva directa al hospital.

«Hay que convivir con ello. Antes de cada salto practico mucho con un airbag, que es una colchoneta enorme donde caigo, y no lo ejecuto hasta que estoy segura de que voy a caer de pie. Pero igualmente sientes miedo, todo el mundo lo hace, es parte de mi deporte», comenta a sus 20 años la especialista española en Big Air y Slopestyle que competirá en los Juegos Olímpicos de invierno de Milán-Cortina d'Ampezzo que empiezan el viernes.

A algunos pasos de las mejores en la Copa del Mundo, en principio no peleará por las medallas, pero en su especialidad nunca se sabe porque todo está en manos de los jueces. Todo. «Es totalmente subjetivo, queda todo a su criterio. No es como la gimnasia o el patinaje artístico. Antes se trataba de dar vueltas como una peonza y ahora valoran también otras cosas, como los diferentes ejes. Pero a veces piensas que los has hecho super bien y te dan una puntuación super baja», reconoce Cornell.

Su vida en Maui

¿Cómo empezó en eso de saltar por una rampa gigantesca?
Mi camino es un poco raro. Empecé con el skate cuando era muy pequeña en Girona, me mudé unos años a Estados Unidos con mi familia y llegué a competir. Pero al volver a España, mis padres me llevaban a La Molina los fines de semana y me aficioné al snow. Como se parecía al skate se me dio bien rápido. Y probé varias disciplinas, como el boardercross, pero siempre preferí mucho la adrenalina del Big Air y el Slopestyle.
¿Por qué se mudó con su familia a Estados Unidos?
Estuvimos unos años viviendo en Maui, una isla de Hawai. Mis padres trabajaban en verano, tenían negocios en la Costa Brava, y el resto del año nos íbamos allí. Les gustaba el windsurf y así yo aprendía inglés y la cultura de allí.
¿Al volver a España no quiso competir en skate?
Lo hice durante un tiempo. Tenía unos 10 años y no había chicas; competía con los chicos. Recuerdo que en mi primera competición en España hice podio junto a dos chicos de 20 años. Y yo ahí con mis 1,20 metros. Pero todavía era muy pequeña y no quise seguir. Me gustaba ir al skatepark a patinar, no a entrenar y dejé de disfrutarlo. Además el suelo estaba muy duro al caerme.

Huesos rotos

Pese a sus inicios tardíos en el snow, Cornell destacó pronto. Con 14 años, en 2020, debutó en una competición de la Federación Internacional de esquí y snow (FIS) y ganó. Al año siguiente ya estaba entre las mejores en el Mundial junior y en 2024 aparecía por primera vez en la Copa del Mundo. Su mejor puesto ha sido decimonovena, pero todo se andará. De momento disfruta, como todas. Como en el skate o el surf, en el snow las competiciones son relajadas: todas se ríen, todas se animan, todas se lo gozan.

«Es un deporte pequeñito, somos pocas, y viajamos por el mundo juntas. Nos perdemos las amistades de instituto o de universidad, pero tenemos a nuestras amigas en las pistas. Además divertirse es clave en el deporte. No lo hacemos obligadas, nos lo pasamos bien», cuenta la española, aunque también hay sus malos momentos.

Su carrera es corta, pero la lista de huesos rotos ya es larga: «El húmero, el radio, el cúbito, dedos...». El año pasado, a final de temporada, Cornell sufrió una caída y acabó ingresada con un neumotórax, la rotura de un pulgar y la sospecha de que podía ser algo todavía más grave.

Los médicos temían que tuviera afectada alguna vértebra así que le pincharon fentanilo para que no se moviera. No funcionó y recibió una segunda dosis. Al final fue peor el remedio que la enfermedad. «Tuve una mala reacción, hubo complicaciones. No lo recuerdo muy bien porque estaba medio inconsciente. Por suerte estaba en el hospital, estaba controlada y se quedó en el susto», recuerda Cornell antes de su debut olímpico.

Los dos abanderados españoles y una polémica: "Decían que yo no debería llevar la bandera"

Los dos abanderados españoles y una polémica: “Decían que yo no debería llevar la bandera”

El Comité Olímpico Español tenía un buen lío a la hora de escoger a los abanderados para los Juegos Olímpicos de invierno de Milán-Cortinad'Ampezzo, que empiezan hoy. Si seguía su criterio de premiar a los más laureados, Lucas Eguibar tendría que repetir y Queralt Castellet sería la portadora ¡por tercera vez! Nadie lo pondría en duda, pero resultaría extraño. Por eso decidió cambiar la mirada y, en lugar de premiar los éxitos, premiar la longevidad: en su tercera participación olímpica, el esquiador Quim Salarich y la patinadora Olivia Smart serán los encargados de llevar la bandera en una ceremonia de inauguración que se espera italiana, muy italiana.

«Cuando me lo dijeron estaba en el aeropuerto, a punto de embarcar hacia Canadá. Me quedé con la emoción más de siete horas, sin poder hablar con nadie, sola con mis pensamientos. Fue un vuelo muy bonito», asegura Smart, reunida con Salarich en conversación con EL MUNDO.

Pregunta. ¿Creen que España siempre va a los Juegos Olímpicos de invierno con complejo de inferioridad?

Salarich. No hablaría de inferioridad, pero vemos los deportes de invierno como un hobby. No hay mucha cultura competitiva en deportes como el esquí alpino o el snowboard. Es uno de los hándicaps que tenemos. Si un niño se apunta al fútbol, al baloncesto o al tenis sabe que disputará partidos, pero con el esquí solo va a entretenerse.

Smart. En mi deporte, el patinaje, seguramente sí existía esa inferioridad antes de Javier Fernández. Ahora nuestro trabajo es mantener su legado y eso no es fácil. Después de su retirada hubo un bajón en España y ahora Tim [Dieck] y yo [compiten en dúo] intentamos que vuelva a ir hacia arriba.

P. Ninguno de los dos entrena en España.

Salarich. Es parte de lo que hablábamos. Como no hay cultura de competición, cuesta mucho que nos preparen las pistas para nosotros. Necesitamos que sean un espejo, una placa de hielo, y eso a las estaciones no les sale rentable. El esquí, en general, es un deporte muy caro y ahí también hay una barrera, eso está claro.

Smart. En el patinaje pasa lo mismo: no hay muchas instalaciones. Los mejores grupos de entrenamiento del mundo están en Canadá, también Javier Fernández entrenaba allí y por eso vivimos allí nosotros. Cuando salió la noticia de que yo iba a ser la abanderada de España leí a gente que hablaba mal de mí por ello. Decían que yo no debería llevar la bandera: soy inglesa, compito junto a un alemán y entreno en Canadá. Pero estoy muy orgullosa de que me hayan concedido este honor.

P. Olivia, ¿cuál es su relación con España?

Smart. De pequeña, con mis padres, veraneaba mucho en España, especialmente en Tenerife, y cuando hice pareja con Adrián [Díaz, su anterior compañero] empecé a competir por el país. Cuando Adrián lo dejó y me uní a Tim existía la posibilidad de representar a Alemania -también Tim es militar alemán-, pero en mi mente y en mi corazón no quería representar a ningún otro país que no fuera España. La Federación Española nos recibió con los brazos abiertos y estamos muy felices.

P. Olivia hablaba de Javier Fernández. Quim, ¿se mantiene en el esquí el legado de Paquito Fernández Ochoa?

Salarich. Te diría que sí, incluso más fuera de España que dentro. En los Mundiales y en la Copa del Mundo todavía me encuentro a gente que me pregunta si lo conocí. Yo, por edad, no llegué a vivirlo, pero para mí siempre será un referente porque demuestra que un español puede ser campeón olímpico de esquí alpino. Podemos pensar que era otra época o lo que sea, pero hay que recordar que fue campeón olímpico.

P. ¿Con qué resultado acabarían satisfechos estos Juegos Olímpicos?

Smart. Mi sueño es una medalla olímpica y sabemos que en una final puede pasar cualquier cosa. El año pasado, en el Mundial, acabamos terceros en el programa libre, así que no estamos tan lejos. Va a ser muy difícil, pero en el Top 10 estamos todos muy cerca. El primer objetivo es asegurar el diploma olímpico y luego, a soñar.

Salarich. Te diría un poco lo mismo. Ahora sé que puedo ser competitivo. No parto como favorito, pero he estado delante en una Copa del Mundo; hace poco me caí cuando iba tercero... Cualquier cosa puede pasar. Tengo experiencia, ya he vivido la presión y voy con muchas ganas.

P. Una última cuestión. Antes de que les presentaran como abanderados no se conocían. ¿Cómo es posible?

Salarich. Los deportes de nieve y los deportes de hielo siempre van por separado. Durante la temporada cada uno tiene sus competiciones, pero es que en los Juegos Olímpicos suele haber dos villas olímpicas, en los actos casi nunca coincidimos... En los Juegos Olímpicos de verano coinciden mucho los deportistas de diferentes disciplinas, pero nosotros no tanto.

Carlos Alcaraz: “Las cosas negativas que leí me afectaron, incluso me entraron dudas”

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Una hora antes de que llegue Carlos Alcaraz, los fotógrafos ya están haciendo pruebas en los jardines del Royal Exhibition Building de Melbourne. "Ponte aquí", le piden al periodista más madrugador, y él se pone. Más tarde, cuando el campeón del Open de Australia aparece con cara de sueño, todo sucede a una velocidad de vértigo. Ya acostumbrado a estas artes, Alcaraz posa, posa, posa y vuelve a posar con su traje de Louis Vuitton, saluda a los aficionados que le esperan y se entrega a sus últimos compromisos antes de volar de vuelta a casa, por fin.

"Ya me gustaría haber tenido fuerzas para ir de fiesta. Después de la final llegué a mi habitación a las dos de la madrugada y no podía hacer nada. Estaba muerto. Estuve jugando a unos juegos con mi hermano y ésa fue toda mi celebración. No daba para más", confiesa a EL MUNDO en una entrevista realizada en el coche que le lleva a toda velocidad del posado oficial a su hotel para recoger las maletas antes de ir al aeropuerto. "Tengo ganas de llegar ya a Murcia para descansar", añade, con la amabilidad con la que siempre habla a los demás y con la que en los últimos meses también se dirige a sí mismo.

En este Open de Australia, como en el pasado US Open, no ha parado de animarse durante los partidos. "Vamos, Charly", se decía. Todo empieza por uno mismo.
Totalmente. Es muy importante para mí. Me he dado cuenta de la importancia que tiene hablarse en positivo. Cuando las cosas se complican es cuando hay que sacar esos ánimos. Lo pueden cambiar todo, te cambian la mentalidad. No es raro que mis dos mejores Grand Slam -en referencia al US Open y a este Open de Australia- hayan llegado cuando me he hablado bien y cuando me he tratado bien de manera exagerada, con intención de hacerlo desde el principio.
¿Con quién habla si ese positivismo no acaba de salir, si algo le preocupa?
Fuera de la pista está mi familia. Mi padre, mi tío, mi hermano... todos viajan conmigo y para mí es una gran suerte. Pero en la pista, durante los torneos, tengo a Samu [López]. Samu es una persona que no solo me ayuda a nivel profesional, a mejorar mi revés o mi derecha, a señalarme cambios tácticos; también me tranquiliza cuando me inquieta algo. Eso es muy importante para dar lo mejor en pista.
Cuando de niño soñaba con tener esta vida, ¿se la imaginaba así?
De niño soñaba con ganar los mejores títulos, con tener varios Grand Slam, pero no sabía qué sentiría ni qué iba a pasar en mi vida. De la idea que tenía de niño, las sensaciones son un poco diferentes.
¿En qué sentido?
Cuando tenía 12 años quizá pensaba que todo llegaba de la nada. Como un regalo, algo que aparece. Pero conforme vas avanzando te das cuenta de que eso no es así. Que te tienes que preparar mucho para ese momento que soñabas, que tienes que trabajarlo mucho, que empiezas en los primeros torneos ATP 250, luego los 500, los Masters 1000, y vas llegando. Ahora, obviamente, me siento increíble, me siento especial, pero no viene de la nada. Hay mucho detrás.

WILLIAM WESTAFP

En su discurso de campeón habló de las críticas recibidas por haberse separado de su entrenador, Juan Carlos Ferrero. ¿Le afectaron?
Conforme pasa el tiempo me he ido dando más cuenta del poder de las palabras. Tanto una palabra buena como una palabra mala puede cambiar el ánimo de una persona. Por eso yo siempre intento llevar mucho cuidado con lo que digo y cómo lo digo. Algunas de las cosas negativas que leí o escuché me afectaron, incluso me entraron un poquito de dudas. Pero también quiero decir que las cosas positivas me llenaron de orgullo y me hicieron feliz. Gracias a Dios hubo más cosas buenas que malas.
Ese cambio en su equipo, ¿qué motivos tenía?
La temporada de un tenista es de enero a noviembre y cuando acaba hay que tomar decisiones. La vida se basa en eso: en tomar caminos. A veces esos caminos son correctos, a veces son erróneos, y hay que ir aprendiendo. Veíamos que necesitábamos un cambio, lo decidimos así y se dio de esa manera.
Son siete Grand Slam con 22 años, el pleno en todos los 'grandes'. ¿Le preocupa despegar los pies de la tierra?
La verdad es que no. Tengo claro cuál es mi base, de dónde soy, de dónde vengo, cuál es mi gente, y eso nadie me lo va a cambiar. Si alguna vez, en algún momento, por lo que sea, puedo llegar a equivocarme, ahí tengo a mi familia y a mi gente. Si me tienen que pegar una colleja para bajarme a la tierra, lo harán. Son los que siempre me han acompañado desde chico y los que me conocen realmente.

Dita AlangkaraAP

Cuando habla con sus amigos, ¿ve una vida muy distinta a la suya?
Obviamente sí. Eso es innegable. Pero cuando estoy con ellos me olvido de todo eso. Me olvido de lo que vivo, de todo lo que implica ser tenista. Cuando nos reunimos somos todos iguales y vuelvo a la infancia, cuando tenía 12, 13 o 14 años y podía estar más tiempo con ellos. Yo les agradezco que me traten así, me encanta, pero obviamente vivimos situaciones diferentes en nuestro día a día.
Su palmarés dice que ya lo ha conseguido casi todo.
Antes veía que el año que viene aquí, en Australia, puedo completar los cuatro Grand Slam dos veces y también ser el más joven en hacerlo. Siempre hay algo. Siempre salen cosas que te mantienen con ambición. Los torneos grandes siempre me motivan y hay varios Masters 1000 que me gustaría ganar al menos alguna vez. También están las ATP Finals y, sobre todo, la Copa Davis. La Davis es un torneo que me encanta, me gusta mucho jugar con España y me encantaría tenerla en mi palmarés.

La celebración de Alcaraz, de una copa de champán al tatuaje de un canguro: “Mucha gente habló de mí y me puso en duda”

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"Sabe bien", aseguraba y, la verdad, es que sí: sabía bien. Durante la atribulada celebración de su Open de Australia, Carlos Alcaraz ofreció champán a los periodistas desplazados a Melbourne y se permitió tomar un trago de una de las copas. "No bebo más, que esto es un non stop", comentaba en pleno trajín. Ser campeón de un Grand Slam es un duro trabajo. Desde que recibió la copa de manos del australiano Mark Edmondson -qué oportunidad perdida que no lo hiciera Rafa Nadal- hasta que se marchó a su hotel, Alcaraz anduvo arriba y abajo por el edificio Centerpiece del Melbourne Park.

Primero fue a la televisión australiana Nine, luego a Eurosport, más tarde a ESPN, a la sala de prensa escrita, frente a las cámaras de TNT británica, CCTV china, Sky Italia... Todo sin ni siquiera pasar por la ducha, todo sin ni siquiera disfrutar de la celebración. Más allá del abrazo con su equipo -especialmente con su entrenador, Samu López- al acabar la final ante Novak Djokovic, apenas pudo saltar un poco con ellos, hacerse unas fotos con cada uno y poco más. Melbourne está demasiado lejos para que sus amigos viajen hasta aquí -como sí hacen a París, Londres e incluso Nueva York- y esta vez le tocará esperar a aterrizar en Murcia para disfrutar de una merecida fiesta.

MARTIN KEEPAFP

"Con el tiempo he aprendido a parar después de ganar un Grand Slam y saborearlo. Quizá no veo todos los partidos, pero me pongo puntos, momentos concretos... Así me doy cuenta de que lo que he conseguido es muy complicado. Con el tiempo he visto que parar y disfrutar es la mejor manera de seguir trabajando e ir a por el siguiente título", reflexionaba Alcaraz en una reivindicación muy íntima.

En las semanas previas al primer Grand Slam de la temporada, su separación de Juan Carlos Ferrero generó polémica: fue criticado e incluso se puso en duda su capacidad. Todos esos comentarios los tenía guardados. En la ceremonia de entrega de trofeos ya habló de su "montaña rusa de emociones" durante el invierno y luego fue más allá: "Mucha gente habló sobre mí y puso en duda el nivel que podría ofrecer en este torneo. Cada año venía a Australia pensando en ganar, pero esta vez tenía más ambición todavía. He tenido que ser fuerte mentalmente para no escuchar a esa gente, para centrarme en mi juego, y ahora estoy contento porque he demostrado que se equivocaban".

Niega ser leyenda

Durante la rueda de prensa, el ya ganador de siete Grand Slam confesó que pronto se hará un nuevo tatuaje, esta vez un canguro "en una pierna", y que no cree que ahora le falte motivación. El Open de Australia era su gran objetivo de la temporada, pero ahora vendrán otros. "Me plantearé nuevos objetivos. De alguna manera mi cabeza ya está en Roland Garros. También me gustaría ganar algunos Masters 1000 por primera vez y completarlos todos. Y, obviamente, están las ATP Finals y la Copa Davis, que es un título que realmente quiero conseguir. No quiero dejar nada a nadie", confesaba, con la ambición por las nubes.

JOEL CARRETTEFE

Tanta que incluso rechazaba uno de los elogios de Novak Djokovic. Tras el partido, el serbio aseguró que Alcaraz ya era una "leyenda". Pero el propio Alcaraz lo negaba: "Entiendo que me llamen así por los siete Grand Slam o los 25 títulos que llevo. Hay gente que lo hace, pero una leyenda se forja durante mucho tiempo. No es cosa de tres o cuatro temporadas. Una leyenda tiene que ser un jugador que, año tras año, vaya a los torneos con la misma hambre, la misma energía y la misma ilusión".

La reivindicación ‘en caliente’ de Alcaraz: “Nadie sabe lo duro que he trabajado”

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No fue una celebración descontrolada. No parecía que hubiese hecho lo que ha hecho. Estaba contento, sí, pero no aparentaba ser el tío más feliz del mundo. Aunque seguramente lo era. Al ver cómo la derecha de Djokovic se marchaba fuera, Carlos Alcaraz se tiró al suelo, se llevó las manos a la cara y respiró fuerte. Fueron unos pocos segundos. Se levantó porque su rival había cruzado la red para felicitarle. El abrazo entre ambos significaba, como pocas veces, un relevo en la historia.

Después se marchó a celebrarlo con su equipo, todos fuera de sí con su nuevo entrenador, Samu López, a la cabeza. Para él, para Samu, de hecho, fueron algunas de las primeras palabras de Carlos cuando le dieron el micrófono: "Nadie sabe lo que hemos pasado, gracias por estar ahí. Ha sido duro, nadie sabe lo duro que hemos trabajado para conseguir esto", explicaba el número 1 del mundo, completado ya su gran objetivo de este 2026. Y estamos a 1 de febrero.

Porque él arrancó la temporada buscando lo que ya tiene. Es el hombre, el chaval, más joven de la historia en completar los cuatro Grand Slam. Con 22 años y 274 días, destrona a Rafa Nadal, para el que también tuvo un cariñoso recuerdo. "Tú me viniste a ver en directo cuando yo tenía 14-15 años, pero no habías vuelto. Es un honor y un privilegio que hayas venido y estés aquí viendo mi partido", le dijo.

"Esto es una locura", decía en Eurosport luego, más calmado. "Mucho trabajo, mucho esfuerzo, mucha dedicación, y en fin, muy contento", resumía. "Tener aquí a mi equipo, a mi familia, a mis amigos, es lo mejor que puede haber", insistía, y entrando ya en lo que ha sido el partido, explicaba: "El primer set Nole ha jugado a un nivel altísimo. Su bola le resbala mucho y así es muy difícil. He intentado estar fuerte mentalmente en el inicio del segundo set, he visto que él fallaba cosas que en el primer set no fallaba y eso me ha dado confianza".

La reivindicación de sí mismo tomó forma, y de qué manera, en esta entrevista televisiva. Le preguntaron de quién se acordaba. "Si te digo la verdad, me acuerdo de la gente que ha dicho que no lo iba a conseguir. Pensaban que iba a venir y no iba a pasar de cuartos. A los que no creían en mí. Me acuerdo de esa gente, cuando en teoría me tengo que acordar de mi equipo, de mi gente, pero esa mentalidad es la que me ha venido ahora. No he venido aquí para decirle a nadie que soy capaz, simplemente venía a demostrarme a mí mismo que soy capaz de solventar los problemas".

Por su parte, Novak Djokovic tomó la palabra para, con la enorme clase que tiene, dedicarle unas palabras muy bonitas a su rival de este domingo. "Felicidades Carlos, a ti y a tu equipo, a tu familia. La mejor palabra para definirte es histórico, legendario", le soltó, antes de animarse con una broma. "Estoy seguro de que nos veremos muchas veces en los próximos 10 años". El público, claro, rompió a reír.

El serbio, el hombre de los 24 Grand Slam, posiblemente el mejor de la historia, también se dirigió a Nadal. "Se me hace raro verte ahí en la grada y no aquí en la pista. En todo caso, es un honor que hayas venido. Gracias".

El rey ha muerto, viva el rey: Alcaraz destrona al mejor Djokovic en Australia y todos los Grand Slam son suyos

El rey ha muerto, viva el rey: Alcaraz destrona al mejor Djokovic en Australia y todos los Grand Slam son suyos

El mismísimo Novak Djokovic, campeón de campeones, inclinado ante Carlos Alcaraz. El rey ha muerto, viva el rey. En la Rod Laver Arena, escenario de muchas de sus hazañas, el tenista más laureado de la historia reconoció a su sucesor y aceptó el traspaso. Djokovic fue Djokovic más allá de su edad, pero Alcaraz fue Alcaraz. La final del Open de Australia de este domingo fue una bella batalla intergeneracional que se resolvió con la victoria del español por 2-6, 6-2, 6-3 y 7-5 en tres horas de juego.

A Alcaraz ya no le queda tierra por conquistar: campeón en los cuatro Grand Slam, ahora solo le resta seguir y seguir y seguir. Tiene 22 años; el horizonte es infinito. En la cuenta histórica suma siete majors, un dato que ya deslumbra, como también lo hacen sus más de 3.000 puntos de ventaja como número uno. Pero en la pista las sensaciones son todavía más incuestionables. Únicamente una lesión o la súbita pérdida de la ilusión se presentan como motivos de una derrota. De otra forma, ¿quién le va a parar?

Un Djokovic "imposible"

Djokovic fue quién era durante media hora. Hace unas semanas, con el estreno de 2026, hubo un trend en redes sociales que proponía regresar a 2016: colgar una foto de aquel año, recordarse entonces. El serbio se lo tomó muy en serio. En su primera final de Grand Slam en más de un año apareció con la concentración, la puntería, la potencia y la velocidad de quien se sabe ante una última oportunidad. Para Alcaraz era un partido importante, quizá el más importante del año. Para Djokovic era un partido para lo que le resta de vida. Si ganaba, qué mejor momento para despedirse. Los sacrificios realizados para llegar hasta aquí -de los dolores a los disgustos, pasando por los días lejos de sus hijos- se los iba a hacer pagar a su rival.

Por eso, en el primer set llevó el tenis a la perfección. Todos sus saques tenían intención, todas sus derechas quemaban, todos sus reveses acababan en la línea. Tomando todos los riesgos posibles, solo cometió cuatro fallos en todo el parcial. "Es imposible", lamentaba Alcaraz en conversación con su equipo, y tenía razón. "¡Novak, Novak, Novak!", gritaba el público de la pista central del Melbourne Park, y el actual número uno se veía en una situación inusual: superado en tierra hostil.

Asanka Brendon RatnayakeAP

La solución fue doblar la apuesta. Alcaraz tenía que ser Alcaraz. Y lo fue. Ante Djokovic, el español suele mostrar demasiado respeto. Ya le pasó en citas anteriores, como en la final de los Juegos Olímpicos de París: sea por fascinación infantil, sea por pura admiración entre iguales, la figura que tiene enfrente le genera más nervios que Jannik Sinner, ya no digamos cualquier otro adversario. En esa primera media hora, Alcaraz cayó en la precipitación y se dejó hacer. Pero después reaccionó con la ayuda de su equipo.

Alcaraz encuentra su tenis

Su actual entrenador, Samu López, le dio un consejo extraño, contraintuitivo, que nadie entendía. "Dale más spin", pedía el técnico: más efecto, más altura, menos velocidad. Con Djokovic abrasando cada bola, ofrecerle golpes más lentos sonaba a suicidio, porque seguiría imponiendo su ritmo. Pero Alcaraz hizo caso y todo cambió. El ajuste le permitió dar un paso atrás, alargar los intercambios, asumir menos riesgos y, poco a poco, con más margen de error, fue encontrando su juego.

Asanka Brendon RatnayakeAP

Con cada punto, con cada juego, Alcaraz se sentía más cómodo en la pista, hasta llegar a disfrutar. La aparición de su dejada fue una revelación. Y pronto fue él quien alcanzó la excelencia, especialmente con la derecha y en los intercambios largos. Hubo varios puntos para el recuerdo, como un passing shot que Djokovic le clavó por fuera de la red y que el español alcanzó a devolver de manera incomprensible, casi milagrosa. El segundo y el tercer set transcurrieron como quiso el actual número uno: breaks tempranos y sin sobresaltos.

Resistencia hasta la extenuación

Pero para derrotar a Djokovic hay que hacerlo muchas veces. En su semifinal ante Sinner también estuvo contra las cuerdas, con dos sets en contra, y fue capaz de remontar para hacerse con el triunfo. Alcaraz había visto ese partido. Vaya si lo había visto. Y sabía lo que le venía encima. Rafa Nadal, presente en el palco, podría haberle dado algún consejo. En el cuarto set, el ganador de 24 Grand Slams resistió hasta la extenuación. En el primer juego llegó a salvar seis bolas de break: era un aviso. Luego aguantó, aguantó y aguantó.

El saque de Alcaraz solo estuvo en duda en una ocasión, pero qué ocasión. Retumbaban los ánimos a Djokovic desde el público australiano y cualquiera habría temblado. Pero el español forzó el error de su rival y luego, solventada la situación, se reía. ¡Se reía! Estaba en la 'zona Alcaraz': de aquellos nervios del principio a este placer en el desenlace. Ya en el último juego antes del tie-break, consiguió la rotura que tanto había costado y celebró por los suelos su primer título del Open de Australia. El séptimo major, el pleno de plenos. Sus números son deslumbrantes, pero las sensaciones lo son aún más.

Lo que para otras leyendas fue un trauma convierte a Alcaraz en historia: el ‘Career Slam’ que confirma su histórica precocidad

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"No sé si fue mi mayor éxito, pero estoy seguro de que fue el Grand Slam en el que me sentí más presionado. Después de aquello estaba completamente en paz conmigo mismo, ya no necesitaba nada más en mi carrera". Roger Federer hablaba con esa grandilocuencia de un logro que le llegó cuando tenía 27 años, cuando ya era Roger Federer. En 2009 ya había convertido el tenis en arte y el arte en gloria en el Open de Australia, Wimbledon y el US Open, pero en Roland Garros solo encontraba derrotas. Hasta tres veces había chocado en la final contra el muro de Rafa Nadal, y ahí podía quedarse por los siglos de los siglos, atrapado en una frustración histórica.

Uno de los ídolos de infancia del suizo había sido Pete Sampras, y este nunca llegó a triunfar en París. ¿Y si le sucedía lo mismo? Para su fortuna, aquel 2009 un sorprendente Robin Söderling eliminó a Nadal en octavos de final y, pese a toda la presión acumulada durante años, le abrió las puertas del cielo: el llamado Career Slam, el pleno en los cuatro Grand Slam, una barrera derribada al fin.

Sirve el sufrimiento de Federer para poner en valor lo conseguido por Carlos Alcaraz este domingo. Después de derrotar a Novak Djokovic en la final del Open de Australia, el español se convirtió, con 22 años y 274 días, en el tenista más joven en dominar los cuatro grandes. El récord anterior lo poseía su amigo y compatriota Rafa Nadal, también presente en la Rod Laver Arena, con 24 años y 101 días, una evidencia de la precocidad de ambos y de una generación que reescribió los plazos. A Nadal, el Grand Slam que más le costó fue el US Open, cuando aún estaba pendiente su transformación en un jugador verdaderamente polivalente, pero igualmente celebró el pleno en sus inicios.

Antes de ellos dos, el Career Slam suponía la culminación de toda una carrera, un colofón, el cierre definitivo de un palmarés. Solo nueve hombres lo han conseguido en toda la historia y la mayoría lo hicieron rondando o superando la treintena, cuando el tiempo ya pesaba. La lista es la siguiente: Fred Perry, Don Budge, Roy Emerson, Rod Laver, André Agassi, Roger Federer, Rafa Nadal, Novak Djokovic y ahora, sí, Alcaraz.

Nadal, durante la final entre Alcaraz y Djokovic.

Nadal, durante la final entre Alcaraz y Djokovic.AFP

"¿Firmarías ser campeón aquí y no volver a ganar un Grand Slam en toda la temporada?", le preguntaron en la previa, y su respuesta fue clara: "Sí, este año sí lo firmaría". Alcaraz sabe que su pleno a edad temprana le define en la comparación entre leyendas. Pase lo que pase a partir de ahora, alcance la veintena de Grand Slam de Djokovic, Nadal y Federer o no, quedará que fue quien más rápido se adaptó a todas las superficies y contextos del juego moderno. Al serbio, derrotado ayer, por ejemplo, le costó un mundo. Como le sucedió a Federer, en Roland Garros tropezó una y otra vez contra Nadal e incluso contra Stan Wawrinka antes de conseguir su título. Cuando lo logró ya tenía 29 años, igual que André Agassi, mientras que los clásicos, como Laver, lo hicieron con más de 30 años y con cierta fortuna.

El tenista más laureado que nunca alcanzó el Career Slam es Sampras, pero hay una larga lista de grandes campeones con algún agujero en su palmarés. Björn Borg nunca ganó el US Open; a Jimmy Connors le faltó Roland Garros; Ivan Lendl no pudo triunfar en Wimbledon; John McEnroe falló en Australia y Roland Garros; Mats Wilander en Wimbledon; Stefan Edberg, Boris Becker, Guillermo Vilas o Jim Courier tampoco completaron el pleno. Manolo Santana nunca llegó a viajar a Melbourne y Sinner todavía sueña con reinar en París, una asignatura pendiente del presente.

"Obviamente es un gran logro para mí. Era el objetivo que me había marcado esta temporada", aceptaba Alcaraz, que además eleva su cuenta de Grand Slam a siete. Ya tiene los mismos que McEnroe y Wilander, apenas uno menos que Connors, Lendl y Agassi. De nuevo, el récord es suyo, aunque ya está acostumbrado: es el más joven en alcanzar esa cifra. Cuando Nadal llegó a siete Grand Slam acababa de cumplir 24 años; Federer estaba en camino de los 25 y Djokovic ya había celebrado su 27 aniversario.

A sus 22 años, a Alcaraz le queda toda una carrera por delante, pero ya acumula récords, consecuciones y adjetivos. Nunca hubo un tenista tan precoz y nunca hubo un tenista tan versátil; solo el futuro dirá si tampoco hubo nunca un tenista mejor.

Alcaraz, ante Djokovic, a por el único récord que le obsesiona: “Firmo ser campeón en Australia y no volver a ganar este año”

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De visita en Melbourne para recibir un homenaje, Rafa Nadal paseaba ayer por la ciudad lo que no pudo pasear como jugador. O, al menos, lo intentaba. En una de las orillas del río Yarra disfrutaba del sol junto a su padre, Sebastián, y su responsable de prensa, Benito Pérez-Barbadillo, pero la tranquilidad duró poco. En un corto trayecto se montó la marimorena: decenas de aficionados aparecieron para pedirle fotos y hubo que acortar el camino. Nadal se retiró, pero sigue siendo Nadal: uno de los mejores de la historia, ganador de 22 Grand Slam y, entre un millón de cosas más, el jugador más joven en conseguir el Career Slam, el pleno de torneos grandes. Al menos, de momento. Quizá hasta este domingo.

Si Nadal completó su palmarés con 24 años y 101 días, Carlos Alcaraz puede hacerlo con 22 años y 274 días si vence en la final a Novak Djokovic (09.30 horas, HBO Max y Eurosport), y por eso este Open de Australia obsesiona al actual número uno.

«¿Firmarías ser campeón aquí y no volver a ganar otro Grand Slam en toda la temporada?», le han preguntado en las últimas dos semanas. Y su respuesta siempre ha sido la misma: «Sí, este año sí lo firmaría». Los deportistas de la talla de Alcaraz no suelen dar importancia a los récords, porque si no el peso de la historia no les dejaría ni levantarse de la cama. Es el más joven en llegar a 100 o a 200 victorias en la ATP, el más joven en ganar un torneo en todas las superficies, el más joven en alcanzar cuatro finales consecutivas de Grand Slam, el más joven en... De muchos de esos logros ni tan siquiera es consciente, pero el Career Slam es distinto. El Career Slam le sitúa entre las leyendas.

"Es mi objetivo principal"

Si el español vence, será la confirmación de una versatilidad que otros no tuvieron o que, como mínimo, tardaron más en adquirir. Hay campeones históricos con agujeros en su palmarés, como Pete Sampras, que nunca ganó Roland Garros. Y luego están los campeones históricos que sufrieron lo indecible para lograr el pleno, como Roger Federer y su larga travesía hasta conquistar París.

«Este Open de Australia es mi objetivo principal de la temporada. Otros años no había sido así, pensaba en llegar al máximo a la primavera y al verano, pero esta vez ya planteamos la pretemporada con este título en la cabeza. Completar el Career Slam es un objetivo muy importante para mí, sería maravilloso hacerlo», comentaba Alcaraz hace unos días.

Aaron FavilaAP

En años anteriores, en el entorno del jugador se consideraba que para ganar el Open de Australia debía pasar la Navidad en el verano austral, disputar algún torneo previo -como los ATP 250 de Adelaida o Auckland- y llegar rodado a Melbourne. Pero este año Alcaraz planteó a los suyos otro enfoque: hacerlo a su manera. En lugar de centrarse en adaptarse al cambio horario y en jugar partidos antes del primer Grand Slam del curso, organizarían la pretemporada más exigente de su vida, y lo harían en Murcia, rodeado de su familia y amigos. Así llegaría preparado y, al mismo tiempo, feliz.

El trabajo en invierno

Al contrario que la mayoría de tenistas, Alcaraz pasó la Nochebuena, la Nochevieja e incluso los Reyes en casa y solo después tomó un avión a la otra punta del mundo. Pero eso no significa que estuviera descansando. Tras la separación profesional de Juan Carlos Ferrero, Samu López le organizó una serie de sesiones con sparrings de lujo, como Flavio Cobolli, pensadas para exigirle el máximo. Además de perfeccionar el saque, Alcaraz trabajó la concentración con simulaciones de partidos de hasta tres horas en las que relajarse estaba prohibido. Era diciembre y solo eran entrenamientos, pero debía vivirlo como si fuera una final de Roland Garros contra JannikSinner. Visto lo visto, funcionó.

«Hemos trabajado mucho la atención. Ahora cada vez tiene menos altibajos. Lo está haciendo muy bien», valoraba López antes de la cita de Alcaraz con la historia. El jugador más joven en conseguir el Career Slam, un récord que importa.

El método de Alcaraz para recomponerse antes de la final: masaje, baños fríos y “dormir lo máximo posible”

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«Dormir lo máximo posible», contestaba un miembro del equipo de Carlos Alcaraz cuando se le preguntaba por la clave de la recuperación antes de su final del Open de Australia contra Novak Djokovic de este domingo (09.30 horas, HBO Max y Eurosport). Dormir, dormir, dormir y dormir. En el mercado hay un millón de artilugios carísimos, desde colchones deportivos hasta botas de compresión, pasando por pistolas de masaje, pero todavía no se ha inventado nada que mejore o iguale el efecto reparador de un buen descanso.

Cuando anteayer llegó a su hotel, el Crown de Melbourne, desde el Melbourne Park, la prioridad para Alcaraz era rebajar la adrenalina por lo vivido en las semifinales ante Alexander Zverev, encontrar una buena postura en la cama y dormir cuantas más horas mejor. Que nadie le despertara, prohibido picar a la puerta. Antes había hecho 15 minutos de bicicleta elíptica en el gimnasio de la Rod Laver Arena, se había sumergido en baños de contraste entre frío y calor y había recibido un masaje de su fisioterapeuta, Juanjo Moreno. Pero ya en su habitación la prioridad era dormir. Moreno es un estudioso de las Ciencias del Deporte, suele innovar en su preparación como hace con las bandas de restricción sanguínea y otros descubrimientos, pero también sabe de los efectos únicos del sueño.

Al contrario que otros días, este sábado Alcaraz no apareció por las pistas de entrenamiento del Grand Slam, ni tan siquiera reservó una hora por si acaso. Su plan fue simplemente estar con los suyos, relajarse jugando a cartas con ellos y dejar que las horas de tranquilidad hicieran efecto en su cuerpo. Antes de empezar los partidos en Melbourne, el número uno dedicaba muchas horas a ver la serie Stranger Things, pero con el transcurso del torneo dejó de hacerlo y este sábado no era el mejor día para estar solo frente al televisor.

La relajación, clave

Como pudo comprobar ante Zverev, en la final una de las claves para evitar que vuelvan a aparecer los calambres será estar relajado desde el primer punto. Si una ventaja tiene Djokovic, que tampoco entrenó ayer, es su extensa experiencia en estos escenarios. Alcaraz jugará su octava final grande a sus 22 años, una cifra superlativa. Pero el serbio disputará la número 38. Además lo hará en una racha muy difícil de igualar. En ese mismo lugar, la pista Rod Laver, Djokovic ha vivido muchas cosas, pero todavía no ha perdido nunca una disputa por el título: diez finales, diez victorias.

«Físicamente parece que tiene 25 años, es impresionante lo que está consiguiendo», le elogiaba Alcaraz en la previa y ahí estará una de las claves del partido. Si Djokovic pudo derrotar a Jannik Sinner en su semifinal fue porque llegó con energía después de que la fortuna le sonriera tanto en octavos como en cuartos de final. En la final habrá que ver si cuenta con tanta frescura.

En el último enfrentamiento entre ambos, las semifinales del US Open, el ganador de 24 Grand Slam lamentó unas molestias en la pasada. Antes, en los dos partidos previos, con menos problemas físicos, Djokovic venció a Alcaraz tanto en los cuartos de final del pasado Open de Australia como en la final de los Juegos Olímpicos de París 2024. Quién se llevará la gloria se empieza a decidir en la cama: tendrá ventaja el aspirante que haya conseguido «dormir lo máximo posible».