Guido Rodríguez, el ‘temporero’ estrella que busca resucitar al Valencia e impulsarlo ante el Athletic en la Copa

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Se ha acostumbrado el Valencia a vivir huyendo del descenso con tanta frustración que su parroquia se agarra a cualquier alegría que le recuerde la grandeza del club. Eso, en los últimos años, y pese a sonoros tropiezos, solo se lo da la Copa del Rey. No se resignan a exigir más, pero la realidad es tozuda, la misma que les ha privado de tener en su plantilla jugadores indiscutibles que llegan a Mestalla a punto de explotar o a reverdecer sus laureles. Sin capacidad para pelear en el mercado, históricamente las leyendas se han forjado creciendo en el club, hayan sido canteranos o no, o llegando como veteranos con mucha capacidad de pelea. Villa, Silva, Mendieta, Albelda o Baraja pueden pertenecer al primer grupo; Ayala, Carboni o Cañizares al segundo. En esta tipología encaja Guido Rodríguez.

El argentino, campeón del Mundo y dos veces de la Copa América, es la 'estrella' que los Lim le han traído a Carlos Corberán en el mercado de invierno. Con el agua al cuello, han rebuscado el CEO de fútbol, Ron Gourlay, y el propio entrenador refuerzos fiables que rescaten al equipo. Y el centrocampista lo es.

Guido es un jugador con peso, capaz de argumentar en su presentación que el Valencia «debe mirar para arriba», sin que eso crea que es escupir al cielo. Ambición y fútbol para un centro del campo que Corberán no ha conseguido evitar que, en algunos momentos, se diluya y donde hoy no hay más alternativa que Pepelu y el suizo Ugrinic, porque el resto no hace ralla. Ni Javi Guerra ni Almeida han convencido en este triángulo donde debe nacer el juego del Valencia y empezar a morir el del rival.

Llega a Mestalla para cinco meses, justo los que faltan para que Lionel Scaloni arme la lista del Mundial, y nadie, ni siquiera él mismo, sabe si se quedará más tiempo o, mejor dicho, si el Valencia se puede permitir que se quede más tiempo al coste que tiene un futbolista de esta talla aunque haya cruzado la treintena. Adaptado a LaLiga -salió del Betis en junio de 2024-, también sabe lo que significa la Copa para el Valencia. No en vano le arrebató con vistiendo de verdiblanco la última final que disputaron los valencianistas. Esta noche, ante el Athletic, podrá vivir cómo Mestalla siente pasión por la competición que le ha llevado a dos finales en la última década. «No son unos cuartos de final, es una final. Tenemos que vivir dándole la mayor de las importancias. Sabemos que es un partido de todo o nada», advertía Corberán, muy cuestionado porque sus números le hubieran condenado al despido en cualquier otro club donde no tuviera el apoyo férreo del máximo accionista, que prefiere traerle futbolistas que le ayuden a evitar el cese.

Las bajas del Athletic

El valencianismo se agarra en este cruce a que el Athletic es el único rival de los posibles al que le ganó en Liga, en Mestalla, una de las cinco únicas victorias en 22 partidos. Saben, además, que llega magullado. Y es que si el Valencia solo tiene dos puntos sobre el descenso, el Athletic tiene tres.

No está siendo una temporada fácil para Valverde, y solo el el milagro de Bérgamo, la victoria ante el Atalanta que le mantuvo vivo hasta la última jornada en Champions, ha dado alegrías a los rojiblancos. No se dan las condiciones para que sea fácil repetirlo en Mestalla, porque el equipo llega sin centrales. Paredes, sanciones, Vivian y Laporte saliendo de sus lesiones, Egiluz y Yeray sin poder viajar... el técnico no tendrá más remedio que tirar de laterales, Yuri o Lekue, o canteranos. En el ataque, la lesión Oihan Sancet y, sobre todo, la de Nico Williams son un varapalo.

Fornals rescata y catapulta al Betis ante un amenazante Valencia

Fornals rescata y catapulta al Betis ante un amenazante Valencia

El Betis se encontró, por primera vez esta temporada, con un Valencia amenazante y peleón que solo cometió dos graves errores en el partido, pero los pagó muy caros. Se tuvieron que arremangar los hombres de Pellegrini y supieron sostenerse mejor en los minutos finales de un duelo igualado en el que Pablo Fornals apareció en el minuto 88 para catapultarles a la quinta plaza, a la pelea por Europa. El Valencia, en cambio, se queda con el regusto amargo de un partido en el que mereció más y salió de vacío, mirando de nuevo hacia abajo porque la distancia con el descenso vuelve a ser escasa. [Narración y estadísticas: 2-1]

Si la pregunta en el vestuario del Valencia es qué más tienen que hacer para ganar partidos, la respuesta es clara: equivocarse menos. En el arranque del partido, hubo valencianistas que se frotaron los ojos viendo cómo su equipo mostraba una personalidad apenas vista esta temporada. Es cierto que la primera ocasión fue un centro tenso de Antony que se paseó sobre la frontal del área pequeña sin que lo acertara a embocar Abde en el segundo palo, con Foulquier de mero espectador. Le pillaron ese despiste al Valencia, pero poco más.

La razón es que, valiente, se volcó en jugar en campo del Betis y en generar ocasiones que amenazaran. Lo hizo Gayà con un centro que cabeceó Hugo Duro en pugna con Diego Llorente. Y lo hizo Danjuma colándose hasta la línea de fondo y retando a Ruibal hasta que el bético, en opinión de Sánchez Martínez, lo trabó con un penalti discutido por la grada. El Valencia tuvo la oportunidad de adelantarse, pero Pepelu no pudo engañar a Álvaro Vallés, que se estiró para repeler su disparo desde los 11 metros. No tiene fortuna el equipo de Corberán: de los cuatro penaltis lanzados, tres los ha fallado, dos Pepelu y uno más Danjuma.

El varapalo no apaciguó al Valencia, que siguió con su plan mientras el Betis estaba en su letargo y no tomaba el mando. Ugrinic, multiplicado en las labores de recuperación, armó un ataque buscando en la orilla izquierda a Danjuma y Gayà, que colgó un centro a la cabeza de de Hugo Duro que acabó en Lucas Beltrán. De espaldas en el área pequeña, el argentino se la cedió a Rioja en la frontal para, de un zurdazo, colocarla pegada al palo para marcar un gol que, por su sentimiento bético, no celebró. En esos 20 minutos, el Valencia tuvo en sus manos el partido. Sin embargo, la ventaja le duró poco.

Creció el Betis, Ruibal apareció en el área y Copete, tras despejar un balón con peligro, le pisó. No tardó Sánchez Martínez en ver penalti, sin que el VAR lo corrigiera. Al contrario que Pepelu, Chimy Ávila fusiló a Dimitrievski para poner el empate. Desde ese momento, los hombres de Pellegrini dieron un paso al frente y comenzaron a hilar jugadas. No amenazaban, pero era un Betis mucho más reconocible. Buscó hacer daño y fue en los últimos minutos antes del descanso cuando llegaron las ocasiones, y no solo béticas. Se complicó Abde buscando colocar, de primera, con el interior del pie y al palo largo un centro de Marc Roca, al igual que Lucas Beltrán intentando un remate de chilena.

Para la segunda mitad, Pellegrini, obligado a repartir esfuerzo ante la plaga de bajas y las tres competiciones en disputa, ya no se guardó más a Fornals, aunque el castellonense tardó en aparecer. El Valencia mantuvo la misma intensidad y, como si fuera un pinball, acumuló disparos a la portería de Vallés. De un centro de Danjuma, una pesadilla toda la tarde, nació un remate de Beltrán que salvó Bartra, como también atajó el rechazo que enganchó Rioja, que cazó Ugrinic para obligar a Vallés a volver a lucirse. No tumbaban la muralla verdiblanca, por más que habían encontrado el camino.

También el Betis empezaba a amenazar, con Abde, poco inspirado, y el Chimy Ávila, por eso el empate era un resultado difícil de sostener y los entrenadores buscaban más músculo y, de paso, repartir esfuerzos para la Copa. Al Betis le espera el Atlético y al Valencia, el Athletic. Corberán optó por cambiar la delantera, con Sadiq, y el centro del campo, sacando a Pepelu y Beltrán. Ni Santamaría ni Almeida, que desplazó a Danjuma al centro, cumplieron con su misión.

Se abrió de nuevo el duelo y, si bien la tuvo Ugrinic rematando un centro de Gayà desde la línea de fondo, también pudo marcar Abde si, tras dos recortes que sentaron a Cömert, no hubiera estrellado el disparo en el lateral del área. Ya ninguno encontraba continuidad, y quien primero se equivocara, perdería el punto. Habría hecho bien el Valencia con intentar contener al Betis y aguantar el resultado, pero quiso más sin protegerse. Se escapó Deossa por la banda perseguido sin intensidad por Santamaría, que no fue capaz de frenarle, y su asistencia al área la remató Fornals dos veces hasta marcar el 2-1 que impulsaba a su Betis.

El Atlético se atasca, una vez más, y sale muy magullado ante un sólido Levante

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Sin fútbol, sin chispa, sin banquillo y sin gol. Demasiadas carencias para un Atlético que se atascó en el Ciutat de Valencia como lleva haciéndolo fuera del Metropolitano todo este campeonato, un mal endémico que dura una década. Dio igual que enfrente estuviera un equipo hundido en la clasificación. El Levante, con sus limitaciones para amenazar, tuvo mucho más claro cómo quedarse al menos con un punto. Sólido, esforzado y con Ryan amurallado, salvó un empate con el que ninguno de sus rivales contaba. [Narración y estadísticas: 0-0]

Todo lo alteró el choque de dos colosos cuando se enfilaba la media hora de partido. Buscó Sorloth rematar un balón servido desde la esquina y se encontró con la cabeza de Matías Moreno. El gigantón noruego cayó inmóvil en el área, tuvo que salir en camilla y, tras un breve paso por el vestuario, acabó en el hospital con un fuerte traumatismo y una herida. Simeone, que ante la ausencia de goleadores se había reservado a Julián Álvarez en el banquillo como agitador, vio alterados sus planes y mandó a la Araña al césped. Hasta ese momento, el Atlético había dominado el juego sin encontrar cómo hacerle daño a un Levante reactivo y bien plantado que esperaba su momento. Ryan había salvado ya un remate de Nico González y también Nahuel Molina había intentado explotar la debilidad de los granotas a balón parado de córner.

Sorloth no pudo seguir, pero Matías Moreno tampoco, lo que obligó a Luis Castro a cambiar sus planes. Había mandado a Matturro, central, a tapar en el lateral izquierdo las peligrosas subidas de Marcos Llorente y ahora esa labor la tenía que hacer Manu Sánchez por el agujero en el centro que le causaba la conmoción del zaguero argentino. El Levante, hasta ese momento, solo había inquietado con Tunde sacándole una falta en la frontal del área a Lenglet. No aparecía en ventaja Carlos Álvarez porque no conseguían tener balón.

El golpe cambió la dinámica, con los dos equipos obligados a reajustarse. De nuevo Tunde tuvo la ocasión, la única antes del descanso, con un disparo que cruzó en exceso. Fue el Atlético el que reaccionó mejor, aunque fuera casi enfilando el vestuario. La tuvo Nico González, primero telegrafiando un centro a Julián que no llegó a cazar y después, tras varias carambolas, armando un tiro que pudo salvar Ryan sin dificultad. Después fue Almada quien aprovechó la indecisión en la salida de pelota de los levantinistas para robar y asistir a la carrera de Julián, pero apareció Matturro para rebañársela. No estaba fino el Atlético ante un rival tan voluntarioso como poco amenazante.

Simeone miraba por el retrovisor al desgaste de la Champions y, además, al partido del jueves en Copa con el Betis. Que repartiera esfuerzos ante un equipo de la parte baja de la tabla no era extraño. Tampoco lo es que mande un mensaje a la cúpula, a un Mateu Alemany que estaba en el palco, de la necesidad de refuerzos en un mercado que se cerrará en pocas horas. Como si el argentino quisiera decir: hasta aquí llego con lo que tengo.

El inicio de la segunda mitad no fue mejor para el Atlético. El entrenador había protegido a Lenglet, con pocas horas de vuelo y una amarilla, sacando a Hancko, pero no habían pasado ni cinco minutos cuando Barrios pidió el cambio. No podía continuar el centrocampista y se augura una lesión muscular que le puede apartar también de la Copa. A Simeone le aumentaban los problemas. Le estaba salvando que al Levante le seguía costando generar el más mínimo peligro, solidificado como estaba en defensa.

Remate de Julián Álvarez en el tiempo añadido.

Remate de Julián Álvarez en el tiempo añadido.B. ALIÑOEFE

Sin hilo en el juego, el Cholo echó mano de Álex Baena, por si un chispazo le daba una victoria que se estaba atascando. No se había arrugado Luis Castro y, con Etta Eyong en el campo, los granotas hilvanaron una contra que plantó al camerunés en el área para que disparara, flojo, ante Oblak. Empezaba a tener faena el esloveno, pero también Ryan, que repelió un chut seco de Nico González. Parecían entonarse los rojiblancos y hasta Johny Cardoso pudo filtrar su primer balón a Julián al corazón del área, pero estaba el argentino, poco inspirado, en fuera de juego. Hasta una mano salvadora de Ryan le birló el gol en un córner que, rebotado, acabó en el segundo palo para que lo cabeceara.

La respuesta del Levante fue un tiro de Toljan que no cogió portería. Sí que lo hizo el testarazo de Dela a un saque de falta de Olasagasti que obligó a Oblak a estirarse para colocar la manopla casi a la base del poste. No iban los granotas a regalar el punto que empezaban a amarrar.

Sin más remedio, Simeone miró a su desolado banquillo y tuvo que confiar en el jovencísimo Jano Monserrate, un mediapunta zurdo que iba a debutar como rojiblanco. No le sirvió para salir del atasco, del que ni siquiera lo sacó Julián Álvarez en el añadido.

Luis Castro, el hombre milagro al que se aferra el Levante: de forjar a Joao Neves y Gonçalo Ramos a la proeza con el Dunkerque

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Cuando el Levante destituyó a Julián Calero, nadie entendió que el club eligiera a un desconocido portugués de 45 años para pelear la permanencia. Seducían más los nombres de Luis García Plaza o de Sergio González, ambos con pasado granota, ante el reto mayúsculo e imprescindible que afrontaba el club. El Levante no solo necesita estar en Primera por orgullo deportivo, sino que su supervivencia pasa por los ingresos de la máxima categoría. Era extraño que, durante casi un mes, el máximo accionista del club, José Danvila, hubiera estado buscando un relevo que acabó con Luis Castro (Moreira de Cónegos, 1980) sentado en el banquillo de Orriols.

Castro era un desconocido en LaLiga, una apuesta que se antojaba arriesgada porque, además, venía de haber sido destituido en el Nantes pocas semanas antes. Había que bucear en su currículum para encontrar los motivos por los que se le entregaba el futuro del Levante. Eran suficientes, pero lo que convenció fueron los siete puntos que ha sumado, el cambio en el juego del equipo y, sobre todo, la fe que ha transmitido al vestuario, que él mismo verbalizó: "Si no creyera en la salvación, no estaría aquí".

A punto estuvo de decir rechazar la propuesta de Danvila, pero le convenció "porque me habló al corazón". "Mi vida y mi personalidad están muy cerca de lo que se vive en el Levante. Empecé entrenando a chicos de cinco años, vengo del pueblo y no es fácil llegar a este nivel", dijo en su presentación. Por eso exige "morir por el club". "Tenemos que ser un poco audaces y querer más. Pienso que mi forma de jugar, que es ofensiva, más la identidad del club puede mezclar muy bien para lo que necesitamos conseguir", advirtió.

No tardó en demostrarse que así era. Ganó el Sevilla en el Pizjuán, empató con la Real Sociedad y venció al Elche. Hasta plantó cara al Real Madrid en el Bernabéu de una manera muy digna para un equipo anclado en la cola de la clasificación. Todo con el único fichaje del centrocampista Ugo Raghouber, cedido por el Lille. Al resto, les ha convencido. "Ha hecho creer al vestuario que la salvación es posible", advierten desde las entrañas del Ciutat de Valencia.

La clave está en su trato con el jugador. "Debe entender por qué está en una determinada posición. Para mí, una de las cosas más importantes es que no solo comprendan el concepto, sino que crean en él. Si no entienden por qué hacen algo, nunca lo ejecutarán al 100%", advertía en una entrevista.

El mejor ejemplo es Carlos Álvarez, el futbolista más talentoso del Levante al que ha arrimado al área. "Tiene que estar cerca del juego y en zonas decisivas", justifica. El juego más ofensivo, de posesión y verticalidad y, por supuesto, los puntos son las razones por las que el portugués ha disipado las dudas.

Quien conocía su trayectoria ya lo veía capaz y más aún de manejar el talento. Comenzó a entrenar en la cantera del Benfica y por su vestuario pasó lo mejor: el central Antonio Silva, el goleador Gonçalo Ramos y el centrocampista Joao Neves. En 2022, a los tres los hizo campeones de la Youth League, la competición juvenil de la UEFA para las canteras de los equipos Champions. No era la primera final para las águilas, pero sí el único título que tienen.

Ese éxito hizo que el Dunkerque de la segunda división francesa le llamara para salvar al equipo de un descenso que parecía inevitable. Era un milagro que se mantuviera en Ligue 2. Perdió los primeros cinco partidos, pero hubo una reunión en el vestuario para lanzar una advertencia: antes que destituir al entrenador, echarían a toda la plantilla. Y la amenaza funcionó.

Con el Dunkerque no solo obró ese milagro, sino que al año siguiente lo llevó a pelear el ascenso hasta el playoff, que le ganó el Metz, y a ser el equipo revelación de la Copa de Francia. Dejó en el camino al Brest y al Lille y se plantó en semifinales ante el PSG. Hizo sudar al equipo de Luis Enrique para remontar un 2-0 que habían logrado al descanso.

La proeza le valió la llamada del Nantes, que lo fichó sin darle refuerzos tras desmantelar la plantilla, los resultados no llegaron y fue sustituido a principios de diciembre por el marroquí Ahmed Kantari. Apenas dos semanas estuvo en el paro cuando lo rescató el Levante para confiarle su futuro.

La mirada ambiciosa de Guido Rodríguez y Unai Núñez: “Se puede mirar para arriba”

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Los fichajes de Guido Rodríguez y Unai López aportan al Valencia veteranía, experiencia -casi 350 partidos en LaLiga- y, sobre todo, ambición. Es lo que ambos transmitieron sin tapujos, sin olvidarse de la situación que vive el equipo, pero con la intención de sacarlo de la pelea por el descenso para aspirar a algo más.

"Estamos a dos puntos de los puestos de descenso, pero para arriba a cuatro. La realidad la marcan los números, pero la ambición tiene que estar siempre en mirar para adelante y para arriba. Ganando y trabajando se puede mirar para arriba. Trabajaremos y veremos al final de la Liga para qué nos dio", argumentó el argentino, una opinión que también comparte el central vasco.

La llegada de Guido ha generado una gran expectación en el valencianismo al tratarse de un jugador que sale del perfil trazado por Meriton en los últimos años: veterano, de rendimiento inmediato y contratado, no cedido, aunque solo sea por cinco meses. La razón la explicó el propio jugador. "Fue una negociación en muy poco tiempo y no era fácil. Me hubiera gustado firmar más, porque quería volver a LaLiga, pero hay tiempo para todo. Teníamos que hacer algo simple para que se pudiera hacer rápido. En los papeles están esos meses, pero me encantaría hacer las cosas bien para que el club quiera que me quede", advirtió.

Guido, como también Unai, está listo para debutar el próximo domingo ante el Betis, su ex equipo, y Corberán ya les ha transmitido a los dos lo que quiere de ellos. "Le gusta jugar, ser protagonista y hacer daño. Y luego cosas más puntuales que nos reservamos", advirtió el centrocampista, para quien el paso por el Valencia también espera que le abra las puertas de la selección argentina.

"Siempre está en mi cabeza, pero ahora hay que pensar en hacer las cosas bien en Valencia. Eso traerá volver a la selección, donde estuve mucho tiempo y me gustaría volver, pero no depende de mí, porque hay un seleccionador y muchos jugadores. Por eso ahora solo pienso en el mes que tenemos muy importante con el Valencia", reenfocó.

Su adaptación al Valencia, será rápida. Los dos conocen la historia y el significado del club y están convencidos de que "se puede cambiar el momento" que vive el club. Para el argentino, es casi volver a casa, donde jugaron leyendas como Kempes, Ayala o Aimar, con quien compartió selección argentina: "Con ellos no hablé, pero me mandó un saludo Kily González. A lo mejor estos meses nos podemos ver".

Lamine, Raphinha y Lewandowski acaban con el suspense del Copenhague para llevar al Barça directo a octavos de la Champions

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No hay nada como el suspense. Todo sabe mejor cuando llega con épica, cuando los héroes emergen para sacudirse un destino fatal. Eso es lo que ha hecho el Barça en toda la fase de grupos de la Champions. Agarrarse a su talento para, contra todo y contra todos, acabar donde se esperaba: entre los ocho mejores equipos de Europa. No se lo puso fácil el Copenhague. Le hizo penar una clasificación que Lamine Yamal, Lewandowski y Raphinha, junto al siempre resolutivo Rashford, liquidaron en 45 minutos. Por si alguien tenía dudas, este Barça no se arruga ante la dificultad y, aunque haya sido arrastrando los pies en algunos momentos, acaba cumpliendo. [Narración y estadísticas: 4-1]

Y eso que el último partido se complicó en apenas cuatro minutos. Todo el plan de Flick tenía en la cabeza saltó por los aires. Necesitaba una goleada ante los daneses para asegurarse una plaza entre los ocho primeros y esquivar una ronda envenenada, pero tuvo que sudarlo. El primer acercamiento lo hizo Lamine Yamal, tímido, como para hacer entrar en calor el partido, pero fue Dadason quien lo incendió. Otro adolescente de 17 años que, sin miedo, no tembló al plantarse ante Joan Garcia y ganarle el mano a mano. Le había dejado solo ante el portero su compañero Elyounoussi, listo al cortar una mala salida de Koundé buscando a Eric Garcia para poner la pelota a la espalda de Cubarsí. En dos pases, los azulgranas estaban contra las cuerdas sin romper a sudar.

El técnico del Copenhague, como si no se creyera su proeza, cambió a defensa de cinco para proteger el tesoro, que logró aguantar hasta el descanso. Y fue más por demérito del Barça que por su buen hacer. Lewandowski, en el minuto 10, empezó a convertir al guardameta Kotarski en héroe. Se aprovechó el polaco de un error de Suzuki y falló en un mano a mano cuando la grada alzaba ya los brazos celebrando el empate. Congelados se quedaron casi en la misma jugada, cuando Eric probó con un misil que tocó en un defensa, pero salvó el portero con una agilidad increíble. Después fue a Raphinha, a quienes le arrebataron el empate cuando afilaba el golpeo a un pase al espacio en ventaja que le ofreció desde la orilla derecha Lewandowski.

Por un momento pareció que solo iba a ser cuestión de tiempo que el Copenhague flaqueara, quizá por eso el Barça se lo tomó con calma, con demasiada calma, como si hubiera perdido la capacidad de acelerar el partido. Ya no necesitaba golear, necesitaba remontar. No fue hasta pasada la media hora de juego cuando empezó de nuevo a carburar con dos regates de Lamine y un rechazo de la defensa danesa que encontró Eric en la media luna para armar un disparo que hizo temblar el travesaño. Activado, faltaba finura en un área bien poblada por los daneses.

Necesita el Barça revolucionarse para hacer aflorar la magia que rompiera el orden de su rival. Tras el descanso, Flick echó mano de Marc Bernal para que marcara el ritmo y, enseguida, llegó el empate. En apenas 20 minutos, el tridente de ataque afloró al rescate con el colmillo afilado. Dani Olmo, algo más liberado, lanzó a Lamine por el carril derecho, al borde mismo del fuera de juego, lo que le dio ventaja para dejar atrás a Marcos López y asistir a Lewandowski en el punto de penalti. A bocajarro, el polaco igualó el marcador.

Quisieron estirarse los daneses, con un tiro de Larsson que no pudo ajustar entre los tres palos y un remate, desde un fuera de juego, que le sirvió a Joan Garcia para lucirse. Había que remontar y lo tenía muy presente Lamine, que no dudó en fusilar cada vez que tenía oportunidad. En la primera, el balón, rozado por un defensa, hizo una parábola para colarse por la escuadra de Kotarski. Con este tanto, el Barça ya estaba en el top 8. Se afianzó más cuando el colegiado Bastien, y el VAR, no dudaron en pitar un extraño penalti de Suzuki sobre Lewandowski. El polaco se había acomodado con el pecho un centro de Lamine y pareció rematar al aire, un error imperdonable, pero el árbitro francés vio penalti y nadie le rectificó. Ayuda o no, Raphinha lo convirtió en el tercero para la cuenta azulgrana.

Buscó Flick frescura por si al Copenhague le daba por crecer, algo que se convirtió en aún más imposible cuando Rashford, recién salido al campo por Dani Olmo, marcó el cuarto con una magistral falta directa lanzada rasa al primer palo, esquivando la barrera y sorprendiendo al guardameta. Aún le quedó al Camp Nou un susto: el gol en el 89 de Gabriel Pereira, un cabezazo a un centro lateral que midió mal y se comió Joan Garcia. Hasta en eso tuvo fortuna, porque el VAR avisó al colegiado francés, acudió a la banda a revisarlo y no dudó en anularlo. Quizá no había sido con el guion esperado, pero el Barça goleó y cumplió su objetivo de estar entre los ocho mejores.

El Valencia da un giro en el primer mercado de las "cuatro ventanas" de Gourlay: una columna vertebral de veteranos para Corberán

El Valencia da un giro en el primer mercado de las “cuatro ventanas” de Gourlay: una columna vertebral de veteranos para Corberán

Los 26 días del mercado de enero han deparado sorpresas en el Valencia que invitan al análisis sobre la gestión que en los últimos meses ha hecho el club, esos en los que Ron Gourlay está al frente de la parcela deportiva -aunque oficialmente llegara en mayo- y que recuerdan el reto que se marcó en octubre: "Tenemos cuatro ventanas de mercado para hacer el equipo más fuerte".

El primero ha sido este que afronta su recta final, un mercado de invierno en el que no ha habido experimentos ni apuestas arriesgadas, hay certezas. Los goles de Sadiq y su incidencia en el juego ofensivo del equipo, decisivo para enderezar el rumbo hace un año. El equilibrio de Guido Rodríguez, un campeón del Mundo que llega para mejorar el balance defensivo de un centro del campo, en muchas ocasiones, transparente, y que tiene el poso de los grandes jugadores que ha visto Mestalla. A ellos se suma Unai Núñez, que aporta experiencia a una defensa magullada por las lesiones. Quizá la de bilbaíno no fuera la primera opción, pero tampoco es un disparo al aire. Los tres jugadores están preparados para aportar a Carlos Corberán justo lo que necesita: rendimiento inmediato que haga al equipo "más fuerte".

Su encaje en el once titular puede ser casi automático. No lo ha hecho el entrenador con Sadiq por respetar una jerarquía de vestuario, en la que pesa el trabajo incansable de Hugo Duro y también de Lucas Beltrán, y porque es una bala en la recámara, algo que antes no tenía. Entre los tres, siempre habrá uno que amenace desde el banquillo.

Menos dificultades debe encontrar Guido, con Pepelu emergiendo como puntal y despertando la competencia con Ugrinic y Javi Guerra. Si es el jugador que todo el mundo vio en el Betis, con hueco en la Argentina de Scaloni, Corberán tiene que encontrar su lugar porque debe ser la pieza que aporte el equilibrio. Y no solo en este final de temporada en el que el Valencia volverá a tener que apretar los dientes en LaLiga y, si cumple, se podrá permitir soñar con la Copa del Rey, donde espera, de momento, el Athletic.

Sadiq y Guido rozan la treintena, lo que rompe con el patrón de Meriton, y llegan con contratos en firme, lo que permite al Valencia ilusionarse con mantener durante algún tiempo una columna vertebral más fuerte, que no se modifique año a año, obligando a empezar a construir casi desde cero. En el caso del argentino, el club tiene seis meses para cerrar un acuerdo que dure más de seis meses.

Al Valencia desde 2020 llegaban o jugadores con capacidad de explosión -aunque fuera a precio desorbitado como Marcos André o Maxi Gómez- , y por tanto de venta, o cedidos, algunos con buen rendimiento como Samu Lino, Justin Kluivert, Enzo Barrenechea y, seguramente, Lucas Beltrán, y otros sin pena ni gloria como Max Aarons, Peter Federico, el ucraniano Yaremchuk e incluso el mancuniano Nico González y Rafa Mir.

Hay otra categoría que también ha explorado el Valencia, que es la de club rehabilitador. Firmó a Cavani, enfilando su ocaso, buscando que aún diera algo en Mestalla. A Samu Castillejo para rescatarlo del olvido, y no duró ni seis meses, y a jugadores con ansia como Sergi Canós, que tampoco encajó. A este grupo casi se podría unir ya Baptiste Santamaría.

El único que encaja en la categoría de este mercado de invierno, de galones, oficio y rendimiento inmediato es Luis Rioja. Está por ver si la inversión de cuatro millones realizada en Ugrinic, que apunta maneras, y Copete, cada vez más eficaz en el eje de la zaga. El suizo y el andaluz son los fichajes del mercado que, aunque de adaptación tardía, están cumpliendo su papel.

El giro en su manual de mercado se produce porque Meriton, Kiat Lim, con la refinanciación en el bolsillo y el estadio en marcha, no puede dejar al equipo caer. Y tiene el agua al cuello. Eso lo sabe bien Ron Gourlay y se encarga de recordárselo Carlos Corberán. La gerencia confía en el entrenador de Cheste y en su capacidad de hacer despertar al equipo, pero ha reconocido que debe darle herramientas, de las buenas, de rendimiento inmediato y, por tanto, la inversión era necesaria.

Entre traspasos, indemnizaciones y coste salarial, el Valencia tendrá que afrontar un gasto de alrededor de diez millones que diferirá en las cuentas en los próximos años, pero que se ve obligado a afrontar en enero, cuando en agosto no quiso. El caso de Sadiq es el mejor ejemplo.

Pero esta línea se refuerza también buscando veteranos sin coste, como el caso del central neerlandés Justin de Haas, de 29 años, a quien el Valencia ha atado libre en junio cuando finalice su contrato con el Fameliçao portugués.

Gourlay, con una dirección deportiva renovada a su criterio para peinar los mercados en busca de talento, ha cedido en el primero de los cuatro mercados decisivos que apuntó en octubre a una evidencia del fútbol: la experiencia y los buenos jugadores sostienen a los clubes y permiten crecer el talento que eclosiona. En la justa mezcla está la clave.

Mbappé se basta para llevar a un esforzado Real Madrid al liderato

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Los campeones pueden construirse desde la brillantez o desde la efectividad. El Real Madrid eligió dormir líder de la Liga arremangándose en La Cerámica, esforzándose en sujetar los latigazos del Villarreal, que no cesaron en todo el duelo, y castigándole con goles de Mbappé. Fue suficiente. Todo lo que apretó los dientes en defensa para proteger su área, lo falló en la local. Demasiado perdón que, esta vez, no lamentó. [Narración y estadísticas: 0-2]

Propuso el Villarreal un duelo de vértigo, que bailó de un área a otra, con amenazas que, poco a poco, se fueron acercando mucho al gol, aunque no llegó ninguno en la primera parte. Intentó el Real Madrid hundir al equipo de Marcelino y se encontró con que en los planes del asturiano estaba resistir y buscar velocidad. La verticalidad más absoluta como estrategia de ataque bajo el mando de Gerard Moreno. Durante muchos minutos fue una pesadilla, incomodando a Camavinga con robos para buscar a Moleiro y Buchanan, incluso las incorporaciones de Pedraza por la orilla izquierda. Pero no era bastante. El Real Madrid no se agrietaba lo suficiente. Si bien no tenía fluidez, nunca se descompuso. Fueron 20 minutos de pura adrenalina con centros que salvó Carreras o simplemente Mikautadze no atinó a mandar entre los tres palos.

Desde esos primeros golpes de fogueo, el Madrid buscó los suyos. El requiebro de Güler en una baldosa para sacar un disparo fue la primera ocasión que salvó Luiz Junior. Vinicius aún no había podido aparecer y la solidaridad en defensa había evitado que Mbappé pudiera armar su pierna. Era cuestión de tener paciencia porque el duelo estaba muy abierto. Eso mismo pensaba el Villarreal, que se encontró con el golpe anímico de la lesión de Juan Foyth. El argentino se fue al suelo en el minuto 20, con la mano en el tendón de Aquiles. El beso de Mastantuono cuando se retiraba sin poder caminar era síntoma de malas noticias.

Desde ese momento, el Madrid se asomó con más intensidad al área amarilla. En una contra, Bellingham habilitó de nuevo a Güler para que golpeara desde la frontal, por encima de la portería. Tras el turco aparecieron tirándose una pared Vinicius y Mbappé, una sociedad con mucho que decir en La Cerámica. Su primera conexión acabó con un disparo del francés a las manos del guardameta brasileño a la media hora del partido.

El ritmo se aceleró porque el Villarreal sostenía su valentía y, por eso, también el riesgo. Casi se lo hace pagar al filo del descanso Vinicius con un zurdazo cruzado desde la medialuna que rozó el poste. Había tenido que encontrar nuevos huecos porque en la banda estaba bien vigilado por Pau Navarro. La respuesta a esa clara ocasión la dio el campeón de África Pape Gueye, con un misil tras un ataque comandado por Pedraza y Moleiro, estiletes por el carril izquierdo.

Fue tras el descanso cuando el partido se rompió. Justo cuando Vinicius le ganó el primer duelo claro a Pau Navarro, se coló hasta la línea de fondo y buscó un pase atrás que Gueye no pudo salvar, desde el suelo, y cazó Mbappé para abrir el marcador.

La ventaja dio algo de pausa y comodidad al equipo de Arbeloa, pero no podía dejar de controlar alas del Submarino. Porque por allí se coló Pedraza, lo derribó Mastantuono y la falta se la sirvió Parejo al punto de penalti a Gerard, que mandó su golpeo por encima del larguero. Fue recordatorio de que el marcador era corto y el enemigo, insistente aunque no pisara el área.

Quiso zarandear Marcelino su once buscando más fuelle, aunque al Villarreal le siguió costando pisar el área mientras la sensación es que el Madrid, cómodo, solo tenía que dejar pasar los minutos. Eso sí, con el arma de Gonzalo para balones parados y con Brahim, aún herido. Quien volvió a aparecer fue Mbappé, derribado en el área por Pedraza en el añadido. El francés no falló. Lo tiró a lo panenka, en homenaje a su compañero. La tarea, aunque fuera sin brillo, estaba hecha.

El Valencia se sacude la amargura con una victoria ante el Espanyol gracias a un polémico penalti

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Si el fútbol es un estado de ánimo, al Valencia lo ha rescatado la terapia de enero. De ser el equipo frágil y magullado, condenado a vivir en el sótano de LaLiga, ha pasado a encadenar victorias, trabajadas, ajustadas e incluso con penaltis muy discutibles. Al Espanyol se le escapó un empate en Mestalla sudado con una decisión de Hernández Hernández que el VAR no discutió. Vio el colegiado que Rubén obstaculizó a Lucas Beltrán en el 90+1 y señaló los once metros. Con el estadio embravecido, marcó Ramazani para poner un 3-2 en el marcador que al valencianismo le sabe a gloria porque le saca de la amargura del descenso. [Narración y estadísticas: 3-2]

Verse en cuartos de final de la Copa del Rey, con la primera victoria fuera de casa, además frente al Getafe, y doblegando al descarado Espanyol, el Valencia da señales de haber encontrado el remedio para la ansiedad de unos jugadores lastrados que empiezan a deshacer sus nudos. A ello contribuye la grada, más calmada, ante la reacción de los suyos, y del club, cerrando fichajes de invierno como Sadiq, el central Unai Núñez y, sobre todo, el argentino Guido Rodríguez, con un caché que no llegaba al equipo desde hace más de una década.

Esos estímulos ejercieron de bálsamo, pero el Valencia dio mejores síntomas sin que esos rayos de sol llegaran al césped. Lo hizo sin el capitán Gayà, sancionado, sin el general al mando de la zaga, Tárrega, lesionado, y cruzando los dedos para que cumpliera el suizo Cömert, que lo hizo -hasta con un gol- y la parroquia se lo aplaudió. Quisieron apretar los pericos, con una defensa en el centro del campo y Roberto obligando a Dimitrievski a saltar a sus pies para atajar el primer balón en el área a los seis minutos. Si Manolo González quería jugar con los nervios del estadio, se equivocó. En un cuarto de hora el Valencia cobró ventaja.

En una jugada de vértigo, Copete buscó al incombustible Lucas Beltrán, que se giró cómodo ante Pol Lozano y filtró la pelota a Hugo Duro, que ya le ganaba la espalda a Cabrera, regateó a Dmitrovic y marcó su cuarto gol consecutivo en Mestalla. Si alguien no entiende por qué Sadiq no es titular indiscutible en este Valencia, esta jugada lo explica. El trabajo del argentino como segundo punta es incansable y muy provechoso. En el minuto 90+1 del partido volvería a demostrarse.

No pudo reaccionar el Espanyol, muy plano en ataque. Se vio noqueado y no se fue al descanso con un mayor castigo porque el Valencia fue romo. No sufría, pero tampoco intimidaba por sus imprecisiones. Esa vida extra la usaron los catalanes al regreso del vestuario.

Los aspavientos de cabreo de Manolo García en el área técnica durante toda la primera mitad hicieron que sus jugadores salieran encendidos para lograr un empate que no tardó en llegar. Primero, con una falta algo escorada a un metro de la frontal que Pere Milla estrelló a bocajarro en la barrera. Los blanquiazules estaban asediando la meta local y, para reforzar ese empuje, salieron del banquillo Expósito y Kike García. Fue el gigantón quien fabricó el empate. Forzó a Dimitrievski a escupir un centro raso perfecto de Jofre y cazó el rechazo para tocarlo atrás donde aparecía Ramón Terrats.

El partido empezaba de nuevo, pero el Valencia no flaqueó por mas que su rival estuviera poniéndole en problema. Estiró Danjuma al equipo por la orilla izquierda hasta la línea de fondo para colgar un balón en el área pequeña que cabeceó a placer Eray Cömert. Como si fuera invisible, el suizo había llegado desde la defensa al área sin que nadie le detectara.

El marcador estaba de nuevo a favor y el duelo destripado, por eso Corberán tenía que incrementar las amenazas, y fueron Sadiq y Diego López. En la ida y vuelta, el nigeriano probó con un disparo enroscado, pero fue el Espanyol quien tuvo el premio. Tuvo que bajar Beltrán al lateral derecho y su mal despeje lo rescató Dolan para servirle a Urko un tiro lejano que tocó en Pepelu y Copete para despistar a su portero.

El empate, como en el partido de ida, servía de poco a los valencianistas, que buscaron a fuerza de latigazos a la contra llevarse el partido, aunque también respiraron cuando Dimitrievski sacó el pie para tapar un remate de Kike García desde la línea de fondo ajustadísimo al primer palo. Toda la mala fortuna que ha acumulado el Valencia se le giró a favor en el tiempo añadido, cuando Lucas Beltrán no dio por perdido un remate de Ramazani escupido por la defensa y cayó en su pugna con Rubén. El estadio, sin imágenes, no dudó. El colegiado, tampoco. Y el VAR, que pudo revisar toda la jugada de principio a fin- incluso un agarrón al inicio de la jugada-, tampoco apreció que fue el argentino quien pudo acabar arrollando al lateral diestro. Un golpe de suerte que puede cambiar una temporada.

Deshielo a tiempo en Praga: Fermín y Dani Olmo enganchan al Barça a la pelea del top 8

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De diamante a cristal. El Barça transita entre dos personalidades en esta Champions que le van a obligar a jugarse la clasificación en el top 8 en el último partido ante el Copenhague. Es capaz de golpear en ataque con el talento de Fermín o Dani Olmo, pero lo hizo obligado por la fragilidad defensiva que explotó el Slavia. [Narración y estadísticas (2-4)]

Al Barça se le entrecortó la respiración, y no por los cinco bajo cero, demasiado pronto. No había hecho mas que arrancar el duelo en Praga cuando el gigantón Chory a punto estuvo de aprovechar un mal despeje de Gerard Martín, central junto a Eric para proteger a Cubarsí. De ese primer susto pudo sacarlo Fermín, al que asistió Raphinha para que cazara un disparo a bote pronto que no pudo ajustar entre los tres palos.

Le costaba al equipo de Hansi Flick sacudirse la presión de un rival pegajoso, que no dejaba respirar con marcas individuales, pero al que no temían porque en las seis jornadas de competición solo había sido capaz de marcar dos goles, y fue en el primer partido. Valoraron mal los azulgranas lo que es capaz de hacer un equipo desahuciado.

Sin solidez atrás

No pasaron más de diez minutos cuando lo entendieron. Saque de esquina que prolonga el capitán Holes en el primer palo para que, en el barullo del despeje en el segundo, Kusej aparezca antes que De Jong para llevar el balón al fondo de la red. Otra vez al Barça le tocaba remar. No ha habido ni un solo partido en esta Champions en que Joan Garcia no haya recibido un gol. Y a estos siete se suman los tres últimos de la campaña pasada. La solidez del primer proyecto de Flick, ese que comandaba como general napoléonico Iñigo Martínez, se ha esfumado por completo.

Con Lamine Yamal cumpliendo sanción, fue Fermín quien se cargó el equipo a la espalda. Su movilidad en el ataque hacía más difícil tener la sombra de un checo pegada a su espalda y, aunque antes de la media hora Eric armó un disparo desde la frontal que obligó al guardameta Stanek a estirarse para mandar la pelota por encima del larguero, fue el onubense quien logró el empate. Al enmascarado Eric le volvieron a dejar salir de la defensa, asociarse en el borde del área con Raphinha que, de tacón, se la dejó a De Jong para que desde el punto de penalti viera aparecer por la derecha a Fermín. Su latigazo lo ajustó al palo corto de un Stanek petrificado.

Al empate le siguió otro arreón antes de que el Slavia despertara y, de nuevo, fue Fermín quien lo abanderó. Esta vez lo habilitó Pedri en la medialuna para marcar el segundo y correr a abrazarse con Flick, como si fuera el hombre que mejor entiende todo lo que el alemán quiere de su equipo. La remontada se había consumado y, en la misma jugada en la que el bigoleador apretaba los puños enguantados pidiendo coraje, llegó de nuevo el empate. Otra vez de saque de esquina. Otra vez al primer palo, pero en esta ocasión, aunque buscó el remate Chaloupek, fue Lewandowski quien la tocó despistando a Joan Garcia. Otra vez el contador se ponía a cero para un Barça vulnerable.

Lewandowski anota el 2-4, el miércoles en Praga.

Lewandowski anota el 2-4, el miércoles en Praga.AP

No iniciaron los azulgranas la segunda mitad con mejor fortuna. Primero porque el VAR anuló una triple ocasión: tiro de Fermín que rechaza Stanek, el rechazo se lo manda al cuerpo Lewandowski y caza De Jong, pero la línea cazó al polaco adelantado por un hombro. Probó de lejos Raphinha y se atrevió también Provod. Con el partido abierto, llegó en el minuto 60 la peor noticia para el Barça: Pedri se tiró al suelo por una lesión muscular que le obligó a dejar el partido. El golpe de agua más helada aún que la noche de Praga lo alivió su sustituto. El calentamiento de Dani Olmo nada más saltar al campo fue aprovechar un mal despeje de los centrales del Slavia de un centro de Koundé. Se acomodó la pelota en la frontal y la clavó en la escuadra.

Esta ventaja ya sí que la supo manejar el Barça y hasta Lewandowski pudo quitarse el peso que arrastraba con su primer gol en Champions. No fue muy plástico, pero qué más da. Un centro tenso de Rashford que le pegó en el vientre pero, elástico, alzó la pierna para rebañarlo a gol. Sacó el colmillo el equipo de Flick, porque la diferencia de goles puede ser determinante para no perder opción de quedar entre los ocho primeros, pero el Slavia se aguantó.