El Mundial de Francia1998 fue el de la definitiva apertura de la FIFA más allá de la vieja Europa y Sudamérica. Selecciones de otros continentes habían ido apareciendo en ediciones previas de la Copa del Mundo, pero podría decirse que como exotismos presentados con cuentagotas, como poco más que una cortesía por guardar las apariencias. Francia1998 tuvo una sincera vocación de universalidad, para lo que dio un salto de 24 a 32 participantes a fin de que esa apertura no mermara la representación europea y sudamericana. Acudieron cinco selecciones africanas, cuatro asiáticas y tres de la CONCACAF, que engloba a las Américas del Centro y el Norte. Únicamente Oceanía se quedó sin representación, pues sólo le fue adjudicada ‘media plaza’ y su campeón de zona, Australia, tuvo que jugar una repesca con el mejor eliminado de la asiática, Irán, que se hizo con el puesto. Esa apertura al mapamundi fue la herencia de Havelange, que en este Mundial dejó su puesto a Blatter. Al llegar se propuso mejorar el fútbol por otras latitudes y lo consiguió. No es que su mandato fuera ejemplar, pero en esto acertó. También hubo apertura en los árbitros, con el mismo número de ellos por confederación que el de países clasificados, más la presencia, en esto sí, de un australiano.
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Un Mundial de diversidad en una Francia que ya venía siendo diversa en la calle y más todavía en su selección, con abundancia de jugadores que, por decirlo así, no tenían ningún abuelo francés. Eran nacidos en el país, pero hijos de una primera generación de inmigrantes venida de las colonias. Como ocurrió en Alemania con los turcos, en Inglaterra con los jamaicanos de la ‘generación Windrush’ y como está ocurriendo aquí ahora, una parte de la población francesa vio aquella primera irrupción surgida tras la posguerra como una ventaja en forma de mano de obra necesaria para el desarrollo del país, pero otra lo consideró una invasión masiva que ponía en peligro la identidad y las costumbres de la población autóctona.
Eso alimentó el desarrollo del FN (Frente Nacional), presidido por JeanMarie Le Pen, que rechazaba toda inmigración que no fuera europea. No quería piel oscura ni religión musulmana y se encontraba con que en un Mundial disputado en su propio país ‘la grandeur’ de Francia iba a ser defendida por lo que él consideraba un arrejuntado de gentes de cualquier procedencia, nada representativo de la historia y las gentes de lo que él consideraba la Francia legítima. Cuando se hizo oficial la lista de convocados lanzó su queja a los cuatro vientos en la convención del partido en SaintGilles: “Es artificial que se haga venir a extranjeros y luego se les bautice como el equipo de Francia”. Tildó a los jugadores de “representantes de la Francia del papeleo, no de la verdadera Francia”, y se quejó de que muchos de ellos no cantaban ‘La Marsellesa’ cuando, alineados antes del partido, era tocada por la banda o emitida por la megafonía, “no sé si porque no quieren o porque visiblemente la desconocen”. Por supuesto, prometió revisar esa situación cuando alcanzara el poder, cosa que nunca ocurriría.
Mintió o estaba mal informado, porque de todo aquel grupo sólo uno podría encajar, y por los pelos, en su descripción: Desailly. Cierto que había nacido en Ghana, pero había llegado al país a muy temprana edad, adoptado por un diplomático senegalés, y se había criado, escolarizado y hecho futbolista en Francia. El resto había nacido en la metrópoli o en las colonias. Sus orígenes eran realmente diversos: había descendientes de árabes, caribeños, subsaharianos, caucásicos, sudamericanos y hasta uno, Karembeu, procedente de una lejana isla del Pacífico Sur. Del grupo de 22 seleccionados, Le Pen hizo un expurgo y solo le salieron cinco hijos de padre y madre ‘franceses auténticos’, de raza blanca y religión católica.
Se armó un gran revuelo, los aludidos se indignaron y hasta el siempre contenido Zidane, ya el jugador favorito del país, tomó la palabra. Nacido en Marsella, en el barrio de La Castellane, polo de inmigración, declaró: “Nací en Francia y estoy orgulloso de ser francés. Mi padre nació en Argelia y estoy orgulloso de ser argelino”.
Llegado el campeonato, Francia ganó 3-0 a Sudáfrica, 4-0 a Arabia, 2-1 a Dinamarca (primera fase), 1-0 a Paraguay (octavos), 4-3 en penaltis tras 0-0 en el tiempo reglamentario a Italia (cuartos), 2-1 a Croacia (semifinal) y 3-0 frente a Brasil en la final, con dos cabezazos de Zinedine Zidane. Seis victorias, un empate, 15 goles marcados y sólo dos encajados. Un gran equipo que llenó de orgullo al país, arrojado a la calle en el mismo instante del pitido final para festejar el título en perfecta hermandad de gentes y razas. En los Campos Elíseos se concentraron millones de personas y el presidente Chirac celebró la felicidad de “esta Francia multicolor y ganadora”. Dos años después, en Rotterdam, esa selección multirracial que tanto se le había atragantado a Le Pen ganó la Eurocopa tras una final emocionantísima ante Italia, en la que el negro Wiltord empató en el 93′ y el mestizo Trezeguet hizo el 21 en la prórroga. Nuevas muestras de alegría colectiva, aunque en menor escala, como corresponde a la de una Eurocopa frente a un Mundial. Aquel grupo de jugadores llegó a significar para Francia algo así como los Beatles para Inglaterra en los sesenta.
El equipo de Francia, antes del primer partido, el 11 de junio.GETTY
En ese estado general de optimismo creció la idea de organizar en París un primer choque entre Francia y Argelia, una especie de abrazo que borrara traumas del pasado. Argelia había sido provincia francesa hasta 1962, cuando alcanzó la independencia después de una larga y sucísima guerra de ocho años. Es un recuerdo del que ningún francés está contento. De resultas de la pérdida de aquella tierra, un millón de argelinos de raza blanca, descendientes de los colonizadores (en mayoría de procedencia alsaciana y conocidos como ‘pieds noirs’ por las botas negras que calzaban para montar a caballo) emigraron a Francia o se dispersaron por Italia, España u otros destinos. Se sintieron traicionados por la metrópoli y en su seno surgió la OAS, ‘ejército secreto’ que elaboró hasta una docena de atentados fallidos contra el presidente De Gaulle.
También se fueron a la metrópoli 150.000 argelinos magrebíes, que por haber trabajado o colaborado con los ‘pieds noirs’ se hicieron indeseables al resto. Los argelinos antifranceses les conocen como ‘harkis’, término desdeñoso que equivaldría al ‘botifler’ catalán. Aquel contingente fue el núcleo de una población de origen argelino y musulmán que nunca ha terminado de crecer en Francia. Felices con su rescate la primera generación, más incómoda la segunda, progresivamente más inquietos y reivindicativos los nietos, insatisfechos por su nivel de vida y sus escasas posibilidades de progresar en comparación con sus coetáneos de origen autóctono.
Ese FranciaArgelia fue programado en París para el 6 de octubre de 2001 en el Estadio de Francia, situado en SaintDenis, localidad a sólo 10 kilómetros de París. Allí están enterrados los reyes de Francia, pero el tiempo la fue convirtiendo en un suburbio industrial y luego en espacio de viviendas modestas, en su mayoría ocupadas por descendientes de emigrantes, en su mayoría argelinos. En un intento de dignificar el lugar, se estrenó para el Mundial1998 un estupendo estadio capaz para 78.000 espectadores con vocación de sede oficial para la selección del gallo.
Quiso la desgracia que 25 días antes del partido se produjera el 11S, aquel ataque contra las torres gemelas de Nueva York, lo que instaló de forma automática una mirada de desconfianza a todo lo musulmán en Occidente. Cada argelino francés pasó a ser considerado sospechoso de algo y menudearon las exigencias de identificación y los registros por parte de la policía.
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Así se llegó al partido, que se iba a jugar a estadio completo con inmensa mayoría de argelinos de origen y de sentimiento, nietos reivindicativos de los viejos y sumisos ‘harkis’. En las vísperas la policía detectó un crecimiento insólito de venta de banderas y bufandas con los colores de Argelia, presagio de lo que podría ocurrir, y hasta se sugirió una suspensión del partido, pero se descartó. Zidane hizo declaraciones previas con la mejor voluntad: “Si tuviera que elegir un partido que saliera empatado, sería este. El equipo francés hará todo lo posible por ganar, pero si terminamos empatados no lo lamentaré mucho”. Era difícil que empataran, dicho sea de paso. Argelia ocupaba el puesto 73 en el ránking FIFA, mientras Francia venía de encadenar Mundial1998, Eurocopa2000 y Copa Confederaciones2001.
Calentando ya sobre el terreno, el francés Patrick Vieira le dijo al argelino Mehdi Meniri: “Hoy jugáis vosotros como locales”. Y es que las banderas argelinas copaban el colorido del estadio. Formados los equipos, sonaron los himnos. El Kassaman argelino fue seguido con respeto y devoción. Cuando sonó La Marsellesa, no pudo escucharse por una pitada estruendosa que sobresaltó a toda Francia, y eso que se había escogido una intérprete francotunecina. Durante el partido, la multitud abucheó las jugadas de Francia, incluidas las intervenciones de Zidane. Francia, muy superior, se puso 3-0 con goles de Candela, Petit y Henry. Justo antes del descanso, Belamdi marcó el 3-1 en un golpe franco y provocó una estruendosa explosión de júbilo. En la segunda mitad Argelia salió al ataque, ante el entusiasmo general, pero en el 55′ Pires hizo el 4-1 en un contraataque. A esas alturas del partido, Zidane ya había sido retirado por el seleccionador.
En el 74, un joven con una bandera argelina salta al campo, la policía intenta retirarle, pero salta otro, otro, otro más, decenas, cien… El partido tiene que ser suspendido a falta de un cuarto de hora por jugar. En todo el país quedó una sensación ominosa. El proyecto de abrazo y perdón entre comunidades había sido un disparo por la culata. Una cámara captó los reproches de Thuram reconviniendo a un muchacho argelino, uno de tantos invasores del campo: “¿No te das cuenta de lo que haces? ¿No te das cuenta de que refuerzas todos los prejuicios que hay sobre ti? ¡Luego vas a quejarte y a decir que no entiendes nada!”. (Thuram, de raza negra y natural de Guadalupe, se distinguió siempre por criticar el supremacismo de la Francia blanca, pero con la palabra y la pluma). La ministra de Juventud y Deporte, MarieGeorge Buffet, fue alcanzada y agredida en su palco, aunque no sufrió daños por la intervención rápida de la seguridad.
Fue la gran oportunidad para Le Pen, que se lanzó a la campaña electoral con el lema ‘Restaurar el orden en Francia’. El líder de la ultraderecha francesa lograría romper su techo en las elecciones de 2002, en las que alcanzó la segunda vuelta. Fue derrotado por Chirac, que endureció la ley de protección del himno.
Lo que el fútbol había unido en el cielo lo desunió en el infierno. Como le escuché decir a Valdano, “el fútbol ofrece alegrías, pero no soluciones”. No se le puede pedir tanto.












