“¡No puc jugar! [¡No puedo jugar!]”, confesaba Paula Badosa a su entrenador, Pol Toledo, en el último punto de sus cuartos de final del US Open ante la estadounidense Emma Navarro cuando la derrota ya era un hecho y los espectadores en la Arthur Ashe se miraban extrañados los unos a los otros: ¿Qué acaba de pasar? De repente, la española era una tenista descomunal y, de repente, todo lo contario, una tenista negada. Badosa pasó en unos minutos de desplegar un tenis agresivo, violento, ganador a hundirse mentalmente hasta fallar todos los golpes.
En su primera visita a la pista central de Flushing Meadows y su segunda vez entre las ocho mejores de un Grand Slam, desapareció de manera súbita y cayó por 6-2 y 7-5 en una hora y 12 minutos. Estuvo ante la oportunidad de convertirse en la tercera española en las semifinales del US Open después de Arantxa Sánchez Vicario y Conchita Martínez y la desaprovechó sin explicación.
Su actuación en el segundo set fue incomprensible porque ni los nervios sirvieron como razón. En los primeros minutos, entonces sí, Badosa apareció atenazada por el escenario y su rival, Navarro, una de las jugadoras más en forma del circuito, lo aprovechó. Con un esquema de juego, claro, lanzando golpes muy profundos para empujar atrás a la estadounidense, le faltó puntería y cedió el primer set en un visto y no visto.
Pero después Badosa despertó de la mejor de las maneras. Desde el inicio del segundo periodo, la española estuvo mucho más afinada, se movió mejor, encontró la confianza perdida y llevó a Navarro al límite. Con 1-5 a su favor y dos breaks en su haber, Badosa parecía dispuesta a lanzarse a por el tercer set, la victoria, las semifinales del Grand Slam estadounidense y quién sabe qué más. Pero de golpe se hundió. Sin problemas físicos visibles, Navarro le devolvió uno de las rupturas y Badosa volvió a fallar, y a fallar, y a fallar. Perdió todo lo que se podía perder después -incluso 11 puntos consecutivos- y se marchó de la Arthur Ashe entre lágrimas.
JAVIER SÁNCHEZ
Enviado especial
@javisanchez
Mónaco
Actualizado Domingo,
28
mayo
2023
-
02:27Ver 21 comentariosSaldrá segundo con el vigente campeón como único objetivo. "No...
Hace exactamente 10 años Rafa Nadal vivió uno de los partidos más raros de su carrera. Después de una de sus escasísimas derrotas en Roland Garros, apareció en Wimbledon con la confianza torcida y se encontró en la pista central a un rival heterodoxo, un alemán con rastas larguísimas y un piercing en la lengua, un tenista que vivía una caravana: Dustin Brown. Aún en segunda ronda, Nadal soñaba con jugar otra final en Londres, con levantar otro título, pero perdió. Para sorpresa de todos perdió. Como ya había ocurrido el año anterior en Halle, la anarquía tenística de Brown le desesperó y en la rueda de prensa insinuó por primera vez la posibilidad de una retirada.
"Es uno de los mejores recuerdos de mi carrera, tiene mucho significado para mí. Era mi primera vez en la pista central de Wimbledon, debuté con victoria ante una leyenda... Imagínate", recuerda el germano en conversación con EL MUNDO desde el All England Club, donde ejerce de comentarista para Amazon Prime Alemania, aunque todavía no se ha retirado. A sus 40 años, aún con sus rastas, ya sin caravana, ahora juega torneos menores.
¿Aquella victoria cambió su carrera?
No sé qué decirte. Los medios de comunicación me hicieron caso durante unos días y muchos aficionados me conocieron aquel día. Pero sólo fue un pequeño aumento de popularidad. No tuve una buena racha a continuación, de hecho en la ronda siguiente me eliminó Viktor Troicki. Tampoco conseguí nuevos patrocinadores. El tenis es un deporte duro en ese sentido. Aunque consigas una gran victoria apenas puedes celebrarlo. Después de ganar a Rafa en la central de Wimbledon me fui a jugar el Challenger de Segovia.
¿Cómo le ganó?
El año anterior, en 2014, ya le había derrotado en Halle y eso me ayudó muchísimo. La verdad es que jugué de una manera sensacional, me entraron todas. En aquella época la hierba era más rápida y no le di ritmo. Fui muy agresivo, subí siempre a la red, no jugué intercambios. Si hubiera peloteado con Rafa no hubiera tenido ninguna opción.
¿Han charlado alguna vez en los años posteriores?
La verdad es que no. Le he visto en algunos Grand Slam, pero nunca hemos hablado.
¿Fue el mejor partido de su vida?
Es difícil decirlo, es posible. En 2015 y 2016 jugué mi mejor tenis, eso seguro. Llegué al número 64 del mundo y podía seguir subiendo, pero me lesioné de la espalda y ahí empezaron mis problemas. Estoy muy agradecido al tenis, pero a partir de entonces sufrí muchos dolores, muchos parones, muchas horas de rehabilitación.
Nació en Alemania, pero competía por Jamaica.
Nací en Alemania y empecé a jugar al tenis en Alemania. También practicaba fútbol, natación y judo, pero cuando me mudé a Jamaica con 12 años junto a mi padre, que era jamaicano, ya había elegido el tenis. Me encantaba, soñaba con el tenis. En Jamaica me costó encontrar pistas para entrenar, la mayoría estaban en hoteles, y la federación tenía problemas, todo era muy diferente a un país del primer mundo. Pero pude seguir formándome y a los 20 años regresé a Europa para competir como profesional.
Con su caravana.
Eso es. Mis padres no tenían muchos recursos y pensé en alternativas para jugar los máximos partidos posibles en varios países. Necesitaba foguearme. Como había muchos torneos en España, Francia o Italia, conseguimos una caravana Volkswagen y viví en ella unos cinco años. Era perfecta, una gran solución. Tenía libertad de movimientos, no pagaba hotel e incluso podía cocinar. Ahora no sé, pero en aquella época había más tenistas que lo hacían.
¿En España le reconocían más por haber ganado a Nadal?
Totalmente. Mucha gente se me acercaba en los torneos Challenger para felicitarme por la victoria, aunque hubieran pasado meses o hasta años. Antes, de joven, había estado en muchos Futures en España: en Murcia, en Mallorca, en Menorca. Después recuerdo jugar en Segovia o en Tarragona.
¿Le decían algo sobre su pelo?
Sí, claro. En todos los sitios me preguntaban si era verdad que no me lo cortaba desde 1996. Y lo era, lo era. De hecho, todavía lo es. Sigo sin cortármelo, sólo las puntas. Cuando jugaba en el circuito ATP alguna vez me corté un poco más para que no me viniese a la cara al sacar, pero llevo las rastas desde hace casi 30 años.
Oficialmente no está retirado.
El año pasado jugué mi último torneo ATP en Metz, pero sigo jugando la Bundesliga con mi equipo, el Rot-Weiss de Colonia. Tenemos un español con nosotros, Alejandro Moro. Aún disfruto muchísimo del tenis, entreno dos horas al día si puedo. Hace tres meses fui padre y ya no quiero viajar más, pero no quiero vivir sin la raqueta.
¿Y ve muchos partidos?
No tantos, pero hay partidos que no puedes dejar de ver, como la pasada final de Roland Garros. Me encanta el tenis de Carlos [Alcaraz], la variedad en su juego, cómo sube a la red. Para mí es una mezcla entre Rafa y Roger [Federer]. Es agresivo desde el fondo, sabe subir, tiene muy buena mano... No sé si ganará 20 Grand Slam, pero lo que ha hecho con 22 años ya es increíble.
¿El Dustin Brown de 2015 vencería a Alcaraz?
No lo sé, estas suposiciones son imposibles. Hubiera sido agresivo igual, hubiera subido mucho a la red, pero Carlos es un jugador distinto a Rafa. Es muy difícil imaginarlo.
La esquiadora María Castellví relata una experiencia propia y común: en lo suyo, el freeride, el esquí fuera de pistas, es un rito de iniciación.
«Fue el año pasado en una canal, en Argulls, en el Valle de Arán. Había estudiado el parte de aludes y no había peligro, pero hice dos o tres curvas máximo, empecé a encarar los esquís, frené un poco y noté una fuerza que me tiraba para abajo. Bajé toda la canal rodando. Intenté salir como podía del alud, estabilizarme, ponerme de pie, pero no había manera. Hubo momentos muy angustiosos de verlo todo negro. Por suerte no me llegó a enterrar del todo y cuando llegué abajo pude levantarme».
A sus 20 años, antes de debutar con la élite en el Freeride World Tour (FWT), Castellví ya ha sufrido un alud, un trance por el que también pasaron otros referentes españoles, Aymar Navarro, Abel Moga o Nuria Castán.
«No es una norma, no quiero que lo sea, pero al final es lo que hacemos. Por estadística te puede pasar, eso está claro. Siempre hay peligro. Espero que no me toquen más veces», reclama la esquiadora, que en 2024 dominó el FWT Qualifier, la tercera división mundial, y este año competirá en el segundo escalón, el FWT Challenger, y debutará entre los mejores en Baqueira-Beret entre el 16 y el 21 de enero.
Pero si no hay una salida y una meta, si no hay puertas que pasar... ¿Quién gana en el esquí fuera de pistas?
Eso es lo que más le llama la atención a la gente. El freeride no se basa en la velocidad. Es un deporte con un jurado que mide tu creatividad, tu técnica, tu control, tu fluidez y tu estilo. Te envían una foto de un trozo de montaña y tienes que inventarte la bajada. No puedes esquiar allí en los días previos a la competición, así que primero debes estudiarlo todo bien con fotos y vídeos y luego, cuando ya estás allí, inventarte un descenso original, meterle saltos y hacerlo todo de una vez, sin pararte.
Precocidad en contra de las reglas
«Soy de Cambrils, que es un pueblo de la costa de Tarragona, lejos de la montaña, pero mis padres siempre han esquiado y tenemos una casa en el Valle de Arán. Empecé a esquiar a los tres años, hice un grupo de amigos, pero cuando crecimos empezaron a competir en esquí alpino y a mí no me llamaba la atención. No quería estar todo el día bajando la misma pista, quería ver montaña, vivir aventuras, hacer cosas diferentes. Un día, con los monitores, salimos de pista y empezamos a flotar, a saltar, y pensé: 'Esto está guay'. Tenía 10 años», recuerda Castellví, que obligó a cambiar una norma.
En su club, el Club Esquí CEVA de Vielha, no se permitía el esquí fuera de pistas antes de los 14 años, pero con ella tuvieron que hacer una excepción. «Siempre iba con los mayores y al final me dejaron. Ahora los niños ya pueden hacer 'freeride', ha cambiado el enfoque», cuenta quien después descubrió que en el freeride hay competición y que, de hecho, existe todo un mundo competitivo.
Un deporte a las puertas de los Juegos
El Freeride World Tour, con sus tres categorías, celebrará el año próximo su decimonovena temporada y se acaba de crear el Mundial, cuya primera edición tendrá lugar en Andorra, en Ordino-Arcalís, del 1 al 6 de febrero.
Al contrario que en otras disciplinas, aquí la mayor parte de la atención se la llevan los snowboarders, con figuras como el francés Victor de le Rue, aunque a los esquiadores no les faltan patrocinadores.
La ambición del freeride es entrar en los Juegos Olímpicos de Invierno y no es una utopía. En busca del público más joven, el Comité Olímpico Internacional (COI) ya ha aprobado la intención de hacerle un hueco a partir de los Juegos de los Alpes Franceses 2030, aunque como le ha pasado al skimo, es posible que se pierda algo de autenticidad por el camino.
«Estaría bastante bien que el freeride fuera olímpico porque sería más fácil obtener ayudas. Ahora las federaciones lo tienen complicado para dar oportunidades», reconoce Castellví, que compagina sus estudios de Negocios Internacionales y Marketing en la Universitat Pompeu Fabra de Barcelona con sus entrenamientos en Baqueira-Beret, siempre fuera de pistas, aceptando el riesgo.
«Cuando me pilló el alud, ese mismo día ya esquié. Me tomé 20 minutos para tranquilizarme y volví. Es muy difícil que se me quiten las ganas de esquiar», finaliza Castellví.