Qinwen Zheng, debutante en el circuito, batió con rotundidad a Paula Badosa en la segunda ronda del WTA 500 de Tokio (6-3, 6-2) tras sólo 78 minutos. Un partido donde se confirmó el mal momento de la española, que suma cinco derrotas en sus últimos seis partidos. “No ganó ni al parchís”, ratificó Badosa tras el tropiezo.
La número cuatro del ránking, que había caído a las primeras de cambio en los WTA 1000 de Cincinnati y Montreal y sólo pudo vencer a Lesia Tsurenko en el US Open, volvió a mostrarse demasiado errática ante la tenista china, de 19 años. Pese a conseguir un rápido break que le permitió dominar 3-1, cedió siete juegos consecutivos y nunca dispuso de otra opción de romper el servicio de su rival.
Zheng se impuso con rotundidad gracias a la fortaleza de su drive y el acierto con su saque. Acumuló siete aces y conquistó el 82% de los puntos con su primer servicio. Sus 18 golpes ganadores contrastaron con los seis de la barcelonesa, que se vio lastrada por 20 errores no forzados.
Desde enero, cuando se proclamó campeona en Sydney, Badosa no logra encontrar el nivel que el año pasado le llevó a alzar los títulos de Indian Wells y Belgrado. Desde marzo, sus mejores resultados han sido las semifinales de Indian Wells, San José y Stuttgart, donde cayó ante Maria Sakkari, Aryna Sabalenka y Daria Kasatkina, respectivamente.
Alcaraz contra Sinner, o Sinner contra Alcaraz. Tanto da. Es el partido que más apetece ver, el que despierta mayor ilusión entre los aficionados al tenis y diría, incluso, que entre quienes no siguen regularmente este deporte. Es el Clásico, así, con mayúsculas, de la próxima década. Dos jóvenes ganadores, pujantes, apenas separados por un año, dispuestos a pelear por todo. No olvidemos que el año pasado se repartieron los cuatro títulos del Grand Slam. Y el desenlace podría ser similar en este curso. Dos estilos distintos, un contraste que agrega atractivos a la rivalidad. Alcaraz, más imaginativo pero también más inconstante, como si a veces se aburriese, sabedor de su extraordinario talento. Sinner, más estable. Más monocorde también.
Ganó Alcaraz, que cuenta con mejores argumentos sobre arcilla y vio cómo su oponente se disolvía tras dejar pasar dos pelotas de set antes del desempate. Dio la impresión de que Sinner se preguntaba: «Si con todo lo que he hecho en el primer parcial no he podido ganarlo, ¿qué habré de hacer ahora?».
Porque el número 1 del mundo jugó mucho y bien, siempre a una marcha muy alta, restando tiempo a cualquiera de las acciones del español. Pero Alcaraz sabe ralentizar más los partidos, cambiar ritmos y alturas y sigue contando con un arma tan exquisita como es su dejada.
Para él, al fin y al cabo, se trataba de una final más en un Masters 1000. Sinner tenía presión añadida: jugaba en casa y estaba a una victoria de completar un regreso colosal a las pistas. Físicamente también pudo pesarle el desgaste de las dos semanas. Si hubiera ganado el primer set, tal vez el partido habría sido otro.
Campeón en Montecarlo y en Roma, Alcaraz se presentará en Roland Garros en una situación idílica. Ha gestionado bien los torneos disputados y en todos ha competido cuando estaba en plenitud física. Se le escapó el Conde de Godó, condicionado por los problemas físicos en la final ante un gran Holger Rune. Dado el grado de exigencia del circuito y con Madrid y Roma jugándose a dos semanas, lo importante es llegar en las mejores condiciones al verdadero objetivo de la gira sobre tierra batida.
Déjenme rendir honores a Jasmine Paolini, que se hizo grande en su propia casa superando a Coco Gauff en la final y llevándose, además, el título de dobles. Enorme mérito el de la jugadora italiana al conquistar su segundo WTA 1000 frente a una rival tan dura como Gauff, reciente finalista en Madrid, quien, no obstante, acusó la fatiga acumulada.
En lo alto de un puerto del País Vasco cualquiera puede observar el espectáculo. Un hombre con su bicicleta sube una vez y otra y otra y cuando ya ha hecho unas cuantas subidas se para a comerse un bocadillo de jamón y vuelve a empezar. Así se puede pasar todo el fin de semana. Si el curioso está en el alto de Lekoitz, verá al ciclista llegar hasta 137 veces; en Urkiola, ascensión mítica vasca, 52 veces; y en Sollube, San Pedro o Karakate, nadie sabe, «es fácil perder la cuenta». El corredor en cuestión se llama Aitor Antxustegi 'Berritxu', tiene 53 años y es la mayor leyenda española de los desafíos Everesting.
En los últimos años, ex ciclistas e influencers como Alberto Contador o Valentí Sanjuan han probado el reto que consiste en completar los 8.848 metros que mide el Everest subiendo una y otra vez la misma montaña, pero nadie ha acabado en España tantísimos como Antxustegi. Hasta 54 acumula, con varios dobles Everesting, un triple Everesting y hasta un cuádruple Everesting, es decir, más de 35.392 metros de desnivel en una misma salida. Fueron 68 horas y 50 minutos dando pedales en Lekoitz. En total, 980 kilómetros.
¿Pero por qué?
Ando en bici de toda la vida y siempre me han gustado los retos personales. He hecho rutas muy largas y muy duras. Me pongo objetivos difíciles para ponerle emoción al asunto. Pero no soy competitivo, no valgo para eso.
"Llegué a competir en aficionados"
«De pequeño jugaba a todo, como se hace en los pueblos pequeños. A frontón, a fútbol, hacía carrera a pie, subía al monte... A los 16 años tuve un accidente, me hice daño en la rodilla y empecé a ir más en bicicleta de carretera. Me gustó y llegué a competir en aficionados, lo que ahora es sub'23. Pero aquí, en el País Vasco, había un nivel increíble. Salíamos 200 tíos y era muy difícil no llegar fuera de control. Yo soy de 1971 y en esa generación estaban Olano, Laiseka, Zarrabeitia, Cuesta, Sagasti... Muchos de los que formaron el primer equipo Euskadi. A mi me costaba mucho», recuerda Antxustegi en conversación con EL MUNDO entre retos.
El año pasado hizo un Everesting cada mes, es decir, 12 Everesting en todo el año. Este 2025 se lo plantea de otra manera. «Tengo ideas, pero no me gusta explicarlas porque yo hago deporte lo más relajado posible. Casi ni lo cuento a la familia. Un día cojo el coche, lo cargo de comida, tortilla de patatas, bocadillos de jamón y subo con él arriba de un puerto para tener avituallamiento. Y a partir de ahí, abajo y arriba, abajo y arriba», cuenta el ciclista aficionado que trabaja como policía local en Durango. Después de dejar la competición, mientras sacaba su plaza como agente, descubrió las Brevet, marchas ciclistas no competitivas de gran fondo y completó muchas de ellas, como la París-Brest-París, la más famosa, de 1.200 kilómetros. Pero necesitaba más. «Nunca he soltado la bici, ahora hago entre 22.000 y 25.000 kilómetros al año. Antes ya hacía retos, pero en 2018 encontré la web de Everesting, vi que se homologaban y empecé con esto. Muchos los he hecho en el País Vasco, pero también en Cantabria, en Navarra...»
Alguna vez, en mitad de un reto Everesting, ha dicho: 'Paro aquí, estoy hasta las narices'.
No, eso no. Sí que alguna vez es desagradable porque se pone a llover, pero intento elegir días de buen tiempo. Hubo una moda de hacer Everesting, con Contador y otros, que no paraban ni a mear y acabaron reventados. Pero yo lo hago sin estrés. Una vez bajé de las 10 horas, pero normalmente tardo entre 12 y 14 horas. Yo voy haciendo, voy haciendo, siempre en modo ahorro. Si me encuentro a alguien y me pregunta cuántas subidas llevo ni lo sé. Me suelo marcar una hora para acabar y ya está.
Desde hace unos años, los desafíos Everesting tienen una empresa detrás que los estandariza e incluso clasifica -hay un ranking mundial- y a partir de este curso habrá competición. Entre el 29 de mayo y el 1 de junio, en Andorra, en la estación de Ordino-Arcalís, varios corredores de trail running buscarán ser los más rápidos en completar esos 8.848 metros. Si en el futuro lo hacen sobre una bici, a Antxustegi, que renuncia a los geles y otras imposiciones de la competición, que no le esperen. «También hay que saber hacer deporte para uno mismo, sin tanta tensión», finaliza.