El murciano venció en dos sets al inglés Evans (7-6, 6-4) en un duelo muy igualado
Alcaraz celebra tras su victoria frente a Evans.HECTOR RETAMALAFP
El número dos del tenis mundial, el español Carlos Alcaraz, progresó este lunes a los octavos de final del Masters de Shanghái tras imponerse al británico Daniel Evans en dos sets, por 7-6 (1) y 6-4.
El encuentro se dirimió en 2 horas y 23 minutos, y ofreció algunos puntos de verdadero espectáculo que fueron justamente reconocidos con estruendosos aplausos por el público de la pista principal del centro deportivo de Qizhong.
Concretamente, en el quinto juego del primer parcial, Evans acabó estrellándose contra la red al salvar de manera brillante una dejada igual de meritoria de Alcaraz para evitar la ventaja del español. Hasta ese momento, el inglés había salvado ocho bolas de rotura, poniéndose delante 1-4.
Alcaraz, aunque falló algunos golpes en teoría fáciles, fue poco a poco encontrándose con su tenis para forzar un ‘tie break’ en el que se mostró imperial –Evans tan solo logró un punto- y se hizo con el primer set.
En la segunda manga, Evans, 33º del ránking mundial, puso de nuevo en apuros a Alcaraz al situarse 4-4, pero el español no titubeó y cerró su victoria al resto con un gran revés.
Alcaraz y Evans ya se habían enfrentado anteriormente en tres ocasiones, todas ellas con resultado favorable al español, la última en el Abierto de Estados Unidos (6-2, 6-3, 4-6, 6-3) el pasado mes de septiembre.
Tras superar esta fase, el principal cabeza de serie en Shanghái deberá enfrentarse en la siguiente ronda al búlgaro Grigor Dimitrov, situado en la posición 19 de la clasificación mundial, después de que este se impusiera al ruso Karen Khachanov por 7-6 (6) y 6-4.
Prueba dura
El español aseguró que el partido de este lunes contra el británico Daniel Evans fue “uno de los más duros” que ha jugado este año: “Yo creo que (la clave) fue estar ahí mentalmente fuerte. He tenido muchísimas oportunidades, de las cuales no he aprovechado casi ninguna. Lo fácil ahí hubiera sido bajar un poco (…), y la clave ha sido esperar las oportunidades, saber que iba a tener más”, indicó el número dos del tenis mundial.
Preguntado acerca de los apuros en los que le puso Evans -al que ya se había enfrentado en tres ocasiones, todas ellas con victoria para el español-, Alcaraz apuntó: “Ha estado más agresivo que en los otros partidos. Ha sido uno de los partidos más duros que he jugado este año”.
Concretamente, al referirse a su última victoria ante el inglés (en el Abierto de Estados Unidos en septiembre), dijo que las condiciones en Shanghái “son diferentes”. “Es más lento que en el Abierto de Estados Unidos, he tenido que adaptar mi juego un poco”, explicó.
Sobre su rival en octavos, el búlgaro Grigor Dimitrov (19º del ránking), el principal cabeza de serie del torneo aseguró que es un jugador “muy talentoso”. “Intentaré estar concentrado todo el tiempo y no dejarle dominar el juego. Se siente cómodo si el partido se le pone de cara, así que intentaré presionarle”, comentó.
El ruso Daniil Medvedev, vigente campeón de la competición pero ya eliminado este año, señaló a Alcaraz y al italiano Jannik Sinner como grandes candidatos a alzarse con el título, algo sobre lo que el murciano dijo: “(Viendo) el nivel que estamos mostrando Jannik y yo, no me extraña que los jugadores puedan ponernos como favoritos (…), pero esto es tenis, todo puede pasar”.
A la hora de glosar la carrera de Rafel Nadal, que este jueves anunció su retirada del tenis el mes próximo en las Finales de Copa Davis, me resulta inevitable evocar nuestra primera conversación. Fue el 15 de agosto de 2004, tras dejar sobre la tierra de Sopot la huella prístina de una carrera difícilmente homologable, que registró, con el decimocuarto Roland Garros, el último de sus 92 títulos 18 años más tarde. En aquella charla, a través del teléfono, surgía la voz tenue de un muchacho que, como explicó en el vídeo testamentario de su adiós, estaba lejos de imaginar el viaje que iba a trazar en la historia del deporte.
No por esperada, desde que su cuerpo se negó a obedecer su apetito de insaciable competidor, deja de estremecer una noticia capaz de imponerse en las cabeceras de todos los diarios e informativos, de arrinconar por unas horas el impacto del fragor de las guerras y la tormenta política de su país. Se marcha uno de los más grandes deportistas de siempre, cuyos logros, entre los que se encuentran nada menos que 22 títulos de Grand Slam, cinco Copas Davis, 209 semanas como número 1, un oro olímpico individual y otro en dobles, trascienden el puro valor del éxito y estarán siempre unidos a la forma de lograrlos.
Porque la figura de Nadal está asociada a un espíritu incombustible, a ese never say die que le acompañó también en la vocación de un cierto espíritu nietzschiano por su afán de reescribir un eteno retorno. Fueron muchas las ocasiones con motivos suficientes para firmar la rendición, y desde muy pronto, con la temprana aparición, a los 19 años, de los problemas endémicos en el escafoides del pie izquierdo que amenazaron con cortar el seco el majestuoso vuelo de su raqueta.
Pero el jugador al que ya hace tiempo echamos de menos, resignados al azote contumaz de los percances físicos que sólo le han permitido disputar 19 partidos esta temporada y únicamente tres el pasado año, se reveló capaz de abrirse paso una y otra vez, de reivindicar su nombre frente al empuje de las nuevas generaciones y de mantenerlo vivo en esa pugna irrepetible con Roger Federer, que le precedió a la hora de dejar caer la hoja roja, hace ya dos cursos, y con Novak Djokovic, aún en danza, agotando las últimas reservas de su combustible.
Nunca el tenis disfrutó de tres protagonistas tan ilustres conviviendo en un mismo y largo período, prolongado durante casi cuatro lustros, algo que proyecta aún más lejos su legado. Nadal fue el primero en cuestionar la rapsodia de Federer, de discutir con sus propias armas su reinado. Lo hizo ya derrotándole por sorpresa en el Masters 1000 de Miami, en 2003, y llevándole al límite en la final de ese mismo torneo un año después, y proclamó en voz muy alta, meses más tarde, superándole en las semifinales de Roland Garros, en la antesala de la primera de sus copas de los mosqueteros, que este juego entraba en una nueva era.
Lin Cheon, una foto del Big Three, Djokovic, Federer y Nadal.Lin CheongAP
Nadal y Federer caminaron de la mano, separados por la red pero juntos a la hora de enviar un mensaje de profundo calado en su exclusiva narrativa, que incorporaba, al lado del hermoso contraste de personalidades y estilos, los principios de una sana disputa puramente deportiva que alcanzó los 40 partidos. En ella se detuvieron escritores como David Foster Wallace, autor de El tenis como experiencia religiosa (Ramdom House), donde, sin disimular su fascinación por Federer, a quien dedicó el libro, recoge la capacidad de retroalimentación que siempre hubo entre ambos.
Resulta difícil contar la historia de Nadal sin la figura del estilista suizo, como fue inevitable acudir a su némesis a la hora de enfrentarse al también delicado ejercicio de despedir al ocho veces campeón de Wimbledon. También allí, precisamente allí, aconteció uno de los episodios medulares en la historia del zurdo, que es simultáneamente parte de la mejor historia del tenis. En una final, la de 2008, con la impronta de Alfred Hitchcock, sacudida por los azares de la climatología británica, interrumpida y dilatada hasta que la noche insinuó seriamente su aplazamiento, Nadal puso fin a la autocracia de Federer en su territorio sagrado y se convirtió en el primer español capaz de ganar el torneo en el cuadro masculino desde que lo hiciera Manolo Santana. Aquel partido fue considerado entonces como el mejor de siempre. Y diría que tal catalogación mantiene aún toda su vigencia.
Si Santana, a quien tampoco nunca terminaremos de decir adiós, puso al tenis español en el mapa, Nadal trascendió todas las categorías fronterizas. El chico que se inició bajo la estoica tutela de su tío Toni, cuyo nombre aparece en lustrosas versales en la construcción de todos sus logros, como un aparente especialista sobre tierra batida, devino en un profesional capaz de reinventarse para imponer su discurso en todas las superficies.
No sólo ganaría en dos ocasiones sobre el pasto del All England Club, sino que su constante deseo de aprendizaje y superación le llevarían también a tomar el poder en cuatro ocasiones en el Abierto de Estados Unidos y otras dos en el Abierto de Australia, la última de ellas, en 2022, en una plasmación catedralicia de su ardor y resiliencia, levantando un partido imposible a Daniil Medvedev cuando acababa de regresar de otro de sus largos períodos recluido en el arcén. Forma, junto a Donald Budge, Roy Emerson, Fred Perry, Rod Laver, Andre Agassi, Roger Federer y Novak Djokovic, la ilustre nómina de quienes han logrado inscribir su nombre como campeones de los cuatro grandes.
Amor por la Davis
Ese permanente viaje de ida y vuelta sólo ha sido posible gracias al amor y la pasión por aquello que aún seguirá haciendo hasta que ponga el definitivo cierre en Málaga, precisamente en la Copa Davis, en la competición que le alumbró como un entonces insospechado líder. Hace dos décadas, en Sevilla, frente al Estados Unidos liderado por Andy Roddick, con la valentía y complicidad del equipo de capitanes formado por José Perlas, Jordi Arrese y Juan Avendaño, Nadal transgredió el guion para llevar a España a la conquista de su segunda Ensaladera, aunando voluntades junto a Carlos Moyà, el hombre que tomó el relevo de Toni en su rincón.
Su carácter inspirador tuvo un efecto inmediato en nuestro tenis, al frente de jugadores tan importantes como David Ferrer, que será su último capitán, Feliciano López, Roberto Bautista, Fernando Verdasco o Pablo Carreño, todos ellos nutridos por cualidades de las que no sólo adolecía el tenis sino el deporte español en su globalidad. Sin Nadal sería difícil entender un fenómeno como el de Carlos Alcaraz, tan distinto en su manera de desenvolverse en la pista, tan parecido a la hora de interpretar la esencia del juego. Pronto vio en él a alguien armado para tomar su relevo, incluso antes de someterle en su primer enfrentamiento, en Madrid, el día que el murciano ingresó en la mayoría de edad.
Nadal tocó de lleno el corazón de los aficionados de todo el mundo como ahora, con su propia singularidad, lo hace Carlos Alcaraz. Pudimos disfrutarles juntos en los Juegos de París, después de que el mallorquín recibiese el emocionante homenaje de la ciudad y el recinto donde luce su efigie como uno de los portadores de la antorcha olímpica. Aún nos queda un postrero disfrute a partir del 19 de noviembre, con su hasta ahora negada alianza en la Copa Davis, escenario elegido por Nadal para su último baile, quien sabe si para clausurar el formidable relato con un desenlace tan brillante como aquel que le dio comienzo.
"¿Quién ha marcado? Calla, calla, mejor no me lo digas", reclamaba Carlos Alcaraz este martes. La rueda de prensa después de su victoria en cuartos de final de Wimbledon ante Tommy Paul fue rara, muy rara, quizá la más rara de su carrera. Los medios internacionales le hacían preguntas, L'Equipe, The Athletic, y él miraba a los periodistas españoles que estaban viendo en sus ordenadores las semifinales de la Eurocopa entre España y Francia. Si había calma entre los redactores, el número tres del mundo contestaba tranquilo, pero si se levantaba un murmullo, intentaba adivinar lo ocurrido.
Durante una de sus primeras respuestas marcó Kolo Muani y justo en la última empató Lamine Yamal. Cuando Dani Olmo culminaba la remontada, él ya salía de las instalaciones del Grand Slam londinense. "Tengo que confesar que en el último set de mi partido, cuando ya sentía que estaba dominando, he pensado en acabar más rápido para poder ir a ver el fútbol", reconocía Alcaraz, radiante, pletórico. Todo va bien.
En el All England Club triunfa, camino a su segundo título consecutivo, con Daniil Medvedev como penúltimo obstáculo el próximo viernes en semifinales y en Alemania sus amigos hacen lo propio. Porque Alcaraz tiene una relación cercana con varios componentes de la selección, como Pedri o Ferran Torres, con quienes se le ha visto de fiesta, y es amigo íntimo de ÁlvaroMorata.
La llamada talismán
Estos días, de hecho, ambos están en constante comunicación, hasta el punto que este martes Morata envió a Alcaraz por Whatsapp una foto viendo su partido de cuartos de final ante Tommy Paul antes de saltar a calentar al césped del Allianz Arena. "Esta mañana he llamado a Álvaro para desearle suerte. Lo hice antes del debut de España de la Eurocopa, funcionó y ahora hablamos siempre los días de partido", explicaba Alcaraz, que siempre ha confesado que no es exageradamente futbolero y que se hizo del Real Madrid para incordiar a varios de sus familiares, muy culés.
Más allá del fútbol, Alcaraz, con ciertas prisas, valoró lo conseguido sobre la pista, sus sextas semifinales de un Gran Slam, dos de US Open, dos de Roland Garros y ahora ya dos de Wimbledon. "Tener tantas semifinales creo que pesa a mis rivales. Saben que tienen que hacer grandes cosas para poder ganarme en un Grand Slam", comentaba el español que se medirá al mismo rival que tuvo el año pasado en el penúltimo partido antes de celebrar su primer título en Londres.
Entonces el encuentro fue un visto y no visto, un triunfo en tres sets. Esta vez, Alcaraz vuelve a ser favorito: "La mayor parte de los partidos sí que dependen de mí y eso es bastante bueno. Tanto para bien como para mal dependen de mí. Daniil es como una pared, llega a todas las bolas".
En su casa ya brillan los trofeos de los cuatro Grand Slam ganados, pero Carlos Alcaraz todavía tiene lecciones que aprender. Sus 21 años son 21 años para todo. La precocidad, tan celebrada cuando ganó su primer US Open o encadenó dos títulos en Wimbledon, también justifica derrotas como esta. Este martes en los cuartos de final del Open de Australia ante Novak Djokovic aprendió que el camino de las leyendas va más allá del juego, de la técnica, incluso va más allá de la razón.
Durante la mayor parte del partido, el español fue mejor, indudablemente más rápido, más agresivo y a ratos hasta más preciso, pero Djokovic fue Djokovic. Pesaron los 20 'grandes' de diferencia entre uno y otro y también los 16 años. Con una 'masterclass' de cómo disputar los momentos decisivos, Djokovic venció por 4-6, 6-4, 6-3 y 6-4 y se clasificó para las semifinales en Melbourne, donde el viernes se medirá a Alexander Zverev. Como le ocurrió el año pasado, Alcaraz se despidió demasiado pronto del primer Grand Slam del año y con esa decepción alimentará el resto de su temporada.
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Antes, con la ayuda de su equipo, deberá asimilar lo ocurrido. Su crecimiento pasa por endurecerse del todo, por ganar en lo psicológico, por culminar su madurez. Desde su aparición en el circuito ATP ya ha avanzado mucho; queda el final. Porque frente a sus coetáneos quizá no necesita más, pero cada vez que se encuentre a Djokovic le puede ocurrir lo mismo. Este martes, en la Rod Laver, quiso imponer su juventud, su velocidad, su fuerza y fue insuficiente; el tenis también son otras cosas.
El tiempo muerto de Djokovic
Si incluso apareció en la pista más afeitado que de costumbre, subrayando la diferencia de edad entre ambos. En esos primeros juegos, durante la primera hora, Alcaraz fue superior a Djokovic: su derecha gobernaba por potencia y delicadeza, hubo varias preciosas dejadas para los 'highlights'. Ya se intuían algunos problemas del español con su segundo saque, pero el resto de sus golpes eran decisivos. Con 4-4 en ese parcial inicial, consiguió el primer 'break' sobre Djokovic y entonces éste forzó el parón.
Como tantísimas otras veces en su carrera, reclamó un tiempo muerto médico para curarse unas molestias en el aductor izquierdo y llegó incluso a marcharse al vestuario. Una pausa de 10 minutos que, en principio, no afectó a Alcaraz, que se llevó el primer set por 6-4 y que estuvo entero en el segundo, pero que cambió el partido. Djokovic empezó a jugar de otra manera, lento, raro, distinto, directo y el español no supo adaptarse. Quizá confío en exceso en su ventaja; quizá simplemente se sintió incómodo. En ese segundo periodo, de regreso al 4-4, fue Djokovic quien consiguió la ruptura decisiva y el 6-4 y en el tercer set el desequilibrio mental ya era evidente.
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Alcaraz nunca llegó a girarle la cara al encuentro, pero ya lo hizo por detrás. Con sus armas de siempre, como el mejor resto de la historia, Djokovic le presionó y le llevó a la desesperación. En ese tercer parcial, de hecho, el español sumó más errores no forzados (11) que golpes ganadores (nueve). No hubo manera. Hasta el final Alcaraz mantuvo la esperanza y utilizó sus piernas para aguantar más allá de las tres horas y media -hubo incluso un espectacular rally de 36 golpes-, pero Djokovic ya dominaba. Fue una lección psicológica que el español deberá aprender si quiere seguir el camino de las leyendas.