Durante la larga travesía desde la caída del imperio en Maracaná, donde Chile consumó el Trafalgar no únicamente de un equipo, sino de una era, había encontrado España algunos brotes verdes, en otra final de la Liga de Naciones y en las semifinales d
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La imagen de Tamirat Tola recordaba a la de Abebe Bikila, no por su correr descalzo en Roma, pero sí por su semblante, con su fino bigote, un rostro de otra época, pero un dominio, como su compatriota en 1960, incontestable. Sometió a los rivales y al durísimo trazado del maratón de París en solitario prácticamente desde la mitad del recorrido, con la misma suficiencia que lo hacía el hombre al que arrebata la corona, Eliud Kipchoge, desfondado desde que el ritmo endureció los primeros tramos. Acabó por retirarse a falta de cinco kilómetros para la meta. La hazaña de intentar lograr la tercera corona fue una utopía para Kipchoge. A los 39 años, uno de los mejores fondistas que ha conocido el atletismo cierra su epopeya olímpica.
Tola miraba hacia atrás en la meta. Abdi Bashir, de Bélgica, estaba a tantos metros que le costaba divisarlo. A pesar de ello, volvía a hacerlo, como si no pudiera creer lo que le ocurría. La imperial esplanada de Invalides le aguardaba con una recta azul y miles de personas. Tan imperial era el marco de su llegada como fue el de Bikila, bajo el Arco de Constantino romano. El mejor homenaje al pionero del atletismo etíope, que derrota a Kenia en el duelo particular de la altiplanicie africana. Benson Kipruto fue el primero de sus representantes, tercero.
El vencedor, de 32 años, no sólo ganó el oro, sino que realizó la maratón más rápida de la historia olímpica, al cruzar la meta en 2.06.26. Un registro de enorme valor, dado el recorrido y el tiempo que afrontó la prueba prácticamente en solitario. Mejoró en seis centésimas los 2.06.32 con que la prueba concluyó en Pekín, en 2008. Acercarse al récord del mundo (2.00.35) del fallecido Kelvin Kiptum es imposible en unos Juegos, sin una carrera preparada, con liebres, y en un recorrido ad hoc.
Rampa a los 25 kilómetros
Una subida en el kilómetro 25 aparecía frente a los corredores. Tola se inclinó hacia adelante para el esfuerzo. Era como colocar una rampa del Mortirolo cuando empieza lo más duro de la maratón, cuando empieza a asomar el "tío del mazo", como dicen los ciclistas y también los maratonianos. El esfuerzo agonístico los iguala. El físico, también.
El etíope encabezaba ya en solitario el maratón, después de haber acabado la aventura inicial del italiano Eyob Faniel, que endureció la prueba poco después del inicio, antes de que el grupo de teóricos favoritos lo esperaran. El recorrido del maratón de París, que salió de la engalanada puerta del Ayuntamiento para llegar a Versalles y regresar a París, ya era lo suficientemente duro, por lo que la la caza del italiano, pese a que no resultara entonces peligrosa, provocó una selección que incluyó a Kipchoge y Kenenisa Bekele, además de los representantes españoles. Tola, una vez superado Faniel, pasó el medio maratón por debajo de 1.05 horas, a un ritmo alto. Ni entonces ni en la rampa ni al final, Tola recibió la visita del "tío del mazo".
Bronce en Río
Los últimos metros encontraron sorprendentemente fresco al etíope, que podría haber arañado más centésimas a la marca. No tenía oposición ni necesidad. No es el lugar en el que buscar las marcas, y menos en el maratón. Es el oro y nada más que el oro. Tola había preparado muy bien estos Juegos, después de su última victoria, el año pasado, en el maratón de Nueva York. En Río, hace ocho, se había colgado el bronce, lo que aventuraba, a los 24 años, una progresión más rápida. Sin embargo, ha tenido que esperar para volver a un podio olímpico, esta vez a lo más alto. En los Mundiales ya había logrado el oro y la plata, también en el Mundial de cross, pero el oro olímpico es distinto. Es la gloria. Como Bikila, como Kipchoge, a pesar de este final que no se desea a ninguna leyenda.
La voluntad del keniano era acabar la prueba, pese a no ganar. Lo había dicho y en la meta el público lo esperaba. París le había visto ganar otras veces desde que lo hizo en la pista, con 18 años, para imponerse en un Mundial a Hicham El Gerrouj y Kenenisa Bekele en los 5.000 metros. Bekele, de 42, sí pudo acabar en París, en el puesto 39, por detrás del primer español, Ibrahim Chakir, en el 34. La espera leyenda no llega, pero pervivirá en el recuerdo del atletismo.
La tradición del gran 1.500 español cumple 40 años. La medalla de bronce de José Manuel Abascal, en los Juegos de Los Ángeles'84, fue el hecho diferencial que el mediofondo español necesitaba, y que encuentra su clímax con el oro de Fermín Cacho en Barcelona'92. Las series de la especialidad se disputan en la jornada de apertura del estadio de Saint Denis para el atletismo, con Adel Mechaal, Mario García Romo e Ignacio Fontes, pero lo cierto es que lejos del esplendor que para España tuvo la prueba en los años 80 y 90.
Hasta la medalla de Abascal, el atletismo español únicamente había podido subir al podio olímpico a uno de sus miembros, el marchador Jordi Llopart, plata en 50 km en Moscú'80. El cántabro era un prototipo claro del deporte previo a las grandes ayudas y al Programa ADO que se pusieron en marcha a partir de la concesión de los Juegos a Barcelona, en 1986. Miembro de una generación que competía continuamente, en mítines en España, Europa y hasta en la gira americana de pista cubierta para aumentar sus ingresos, esa hiperactividad pudo influir en una retirada relativamente temprana de Abascal, muy castigado su físico por las largas cargas de entrenamiento de entonces. Los que llegaron después dosificaron más su preparación, más acomodados y amparados por las becas que les garantizaba un buen resultado o una marca.
La gran generación de los 80
Fue la generación de los 80, dirigida por Carlos Gil, y a la que también pertenecieron atletas tremendamente competitivos, como Javier Moracho, Carles Sala, Antonio Corgos, José Alonso Valero, Arturo Ortiz o José Luis González, entre otros, habituales en grandes finales olímpicas, mundiales y europeas. Años en los que el propio 1.500 gozaba de un nivel altísimo en el entorno internacional.
La final de Los Ángeles es un ejemplo. Abascal llegó tras Sebastian Coe, el Jakob Ingebrigtsen de la época y actual presidente de la World Athletics, y Steve Cram. Cuarto fue Joseph Chesire, el atleta keniano al que ocho años más tarde Cacho adelantó de forma suicida por el interior en la final de Montjuïc. Steve Ovett se retiró y la final contó con otro español, Andrés Vera, séptimo. Mechaal, quinto, y Fontes, decimotercero, alcanzaron la de Tokio, la mejor colectivamente de la historia, con cuatro hombres por debajo de 3.30. París les espera de nuevo.
La rivalidad con González
La medalla de Abascal pudo tener continuidad en Seúl'88, pero José Luis González, en el momento de mejor forma, se lesionó. Había conseguido la plata en el Mundial de Roma'87, por detrás de Abdi Bile pero por delante de Cram. La rivalidad entre Abascal y González, antagónicos en la pista, popularizó el atletismo en España y le ofreció una gran visibilidad. La llegada de Cacho, en paralelo a los medios, le llevó no sólo al oro de Barcelona, sino también a la plata en Atlanta. Ni Reyes Estévez, Juan Carlos Higuero o Mohamed Katir, sancionado antes de París, pudieron repetirlo. Mechaal tiene, a partir de hoy, su oportunidad.
Quince años tiene mi amor, cantaba el Dúo Dinámico en 1960, año en el que el Madrid ganaba su quinta Copa de Europa, la última levantada por Alfredo di Stéfano, el jugador fundacional de esta pasión eterna. Quince Champions tiene mi amor, podrían cantar los aficionados que se dejan sentir desde Trafalgar a Cibeles, plazas que evocan a imperios del pasado tomadas, hoy, por el imperio de las emociones. Esos hinchas se preguntan por qué quieren al Madrid de esta manera irracional, como irracional fue su forma de sobreponerse en Wembley a las ocasiones de un Borussia Dortmund mejor durante una hora en un frenético final, en el clímax más deseado. No hay respuesta para ello, porque es como querer a los 15 años, como querer después de 15 Champions. Es puro Madrid. [0-2: Narración y estadísticas]
La relación que tiene el Madrid con esta competición es como la que se tiene con un amor juvenil al que jamás se ha dejado de querer, y en el que cada encuentro despierta las sensaciones que dan sentido a una vida. Es imperfecto, como lo fue su juego en Wembley, pero merece la pena, vaya si lo merece. Todo lo demás importa, claro, la Liga, la Copa o las mil Supercopas que se alargan como los culebrones, pero nada despierta la misma erótica, lo hace sentirse poderoso e invoca la grandeza.
Se apreciaba en la mirada de sus jugadores cuando saltaron a calentar en Wembley, no sólo en la de los más veteranos, también en la de Bellingham, como si hubiera interiorizado una condición distinta. Cuando eso sucede en un equipo o en un ejército, el adversario o el enemigo saben que están ante algo diferente. Lo sabía el Dortmund, emergente y optimista, hiriente en el ataque, con las ocasiones de su parte en el primer tiempo, pero no lo suficiente cuando se viene encima un muro emocional en el que los pequeños se hacen gigantes, como Carvajal, con su pierna de hierro y su barba de templario. El salto del primer gol fue el salto del renacer que los demás no comprenden, pero temen. Edin Terzic había visto a los suyos tan cerca del gol que empezaba a mirar al césped porque los veía ya tan lejos del título.
Los tuvo en sus botas inicialmente el equipo alemán, porque conocía mejor su plan de partido: no dejar correr al Madrid y correr todo lo posible en las transiciones. El conjunto de Ancelotti no podía sentirse sorprendido. Le ha ocurrido muchas veces. Mitad suficiencia, mitad sorpresa, apareció en el césped como si ya hubiera ganado la 15 y únicamente esperara el pasar del tiempo para levantar la 'Orejona'. Mal asunto. La superioridad existe, pero su vida es de un minuto, el tiempo que tardas en perderla.
Estático, sin velocidad de balón, el Madrid buscó a Vinicius en el espacio y poco más, un Vinicius motivado, pero empeñado en habitar en el desfiladero del riesgo. Una entrada al portero Kobel le costó la primera amarilla, y las palabras de más una mirada del colegiado Vincic que pudo acabar en catástrofe. Los buenos árbitros cuentan hasta diez. A Vini le iría bien hacerlo. Se lo debieron repetir en el vestuario, porque regresó determinado, arabesco y goleador, finalmente. Está en el camino que desea, ahora que llega Mbappé, después de otro gol en una final de Champions. Es un camino de oro.
Courtois, ante Adeyemi, en una de las primeras oportunidades de la final.INA FASSBENDERAFP
La presión alta era tan tibia y las pérdidas de balón tan constantes por parte de los de Ancelotti que los alemanes decidieron dar un paso adelante que no habían imaginado tan fácil. El mando y las anticipaciones del veterano Hummels habían sido suficiente al principio frente a los intentos del brasileño. El otro, Rodrygo, no existía. Tampoco Bellingham, al trote.
Adeyemi, un diablo por la izquierda, aprovechó uno de los pocos errores de Carvajal para buscar un uno a uno que le hizo dudar, y eso permitió corregir al defensa a tiempo. Füllkrug recibió en el área y giró sobre sí mismo para enviar la pelota al palo bajo la mirada batida de Courtois. El belga tuvo que poner poco después sus mejores manos ante Adeyemi y Sabitzer. En el Madrid se miraban y se preguntaban qué pasaba. De esa forma se fueron al vestuario, con un único consuelo: estaban vivos. La respuesta era sencilla: alguien había preparado muy bien la final.
Carvajal celebra su gol al Borussia Dortmund.Kiko HuescaEFE
Las correcciones del descanso devolvieron el equilibrio al juego y contrariaron al Dortmund, al adelantar Ancelotti la posición de Bellingham, en un 4-3-3. Kroos provocó con una falta la primera parada de su portero y el ímpetu de Carvajal puso algo que el Madrid necesitaba, pero de nuevo fue el Dortmund quien más cerca estuvo del gol gracias a Füllkrug. Courtois seguía de guardia.
Era necesario aumentar la intensidad, aunque pocos parecían capaces, con algunos superados por la altura de la temporada, caso del propio Bellingham, pese a que estuvo cerca del gol. Vinicius buscó la profundidad y dejó una maniobra de tapete de billar sobre la línea, pero fue Carvajal quien atacó el balón parado con decisión, al elevarse y anticiparse a las torres del Dortmund. El centro había sido de Kroos. Mucho mejor que cualquier carta de despedida. Salió del campo entre aplausos para ceder su lugar a Modric. Han sido la pareja de baile, el Fred Astaire y Ginger Rogers de un Madrid de época.
Carvajal remata ante Füllkrug, en la acción del gol del Madrid.INA FASSBENDERAFP
El Dortmund no fue ya capaz de sobreponerse al estallido que desató el gol de Carvajal, una implosión de los blancos, con llegadas del defensa, poseído, Camavinga y, finalmente, Vinicius hasta el gol. Era el 'momento Madrid', el momento de la 15, el momento de jugar como cuando se tienen 15 años, pero con toda una vida por detrás y toda una larga vida por delante. La 16 espera.