El holandés, uno de los favoritos para la prueba, salió a reprender a dos chicas que picaron a su puerta de hotel y acabó de la peor de las maneras. Deberá pasar varias semanas en Australia.
Van der Poel, al ganar el Tour de Flanders, este año.EFE
“A las 10:40 horas del sábado 24 de septiembre de 2022, un hombre de 27 años alojado en el The Grand Parade de Brighton-Le-Sand estuvo involucrado en un altercado verbal con dos adolescentes de 13 y 14 años. Posteriormente fue llevado a la estación de policía de Kogarah y acusado de dos cargos de agresión común. Se le concedió una fianza condicional y deberá comparecer ante el Tribunal Local de Sutherland el martes 27 de septiembre de 2022”.
Lo ocurrido este sábado en un rincón de Australia no tendría relevancia si no fuera porque ese “hombre de 27 años” era Mathieu Van der Poel, uno de los favoritos para el Mundial que se disputó este domingo, y porque ese lío le obligó a retirarse de la prueba y quién sabe a qué más. De momento, el holandés, dos veces ganador del Tour de Flandes y de etapas en Tour y Giro, no puede salir del país y deberá esperar como mínimo seis semanas para poder hacerlo.
¿Qué paso realmente? Según el comunicado de la Policía de Nueva Gales del Sur, un “altercado” desagradable. El ciclista se fue a dormir temprano para encarar el Mundial del día siguiente, dos adolescentes empezaron a hacer ruido en el pasillo, picaron a la puerta de su habitación y, unos minutos después, llegó el lío. Van der Poel salió a exigir que le dejaran en paz. Y la discusión consecuente se desmadró. En un momento, según el informe policial, el ciclista empujó a una de las adolescentes, que cayó al suelo, y la otra se fue con ella sufriendo un “rasguño en el codo”. Después llegó la llamada a la policía, la detención y la noche en vela en comisaría.
Por la mañana, el ciclista tomó la salida del Mundial, pero se retiró antes de cumplir una hora en carrera y posteriormente ofreció su narración de lo ocurrido. “Hubo una pequeña disputa. Me acostaba temprano y muchos niños se vieron en la necesidad de tocar la puerta de mi habitación continuamente. Acabé con los ruidos. No les pedí amablemente que pararan. Luego llamaron a la policía y me arrestaron. Aquí son muy estrictos. No volví a mi habitación hasta las cuatro de la madrugada”, comentó.
Después de su buen Giro, el holandés había centrado su preparación en el Mundial llegando a renunciar incluso a hacer un buen Tour de Francia. De hecho desde mayo sólo corrió la ronda gala y algunas pruebas modestas de un día en Bélgica, nada más. El año pasado, Van der Poel terminó octavo en el Mundial que acabó en Leuven con la victoria de Julian Alaphilippe.
En 2007, en la borrachera aperturista que para China supusieron los Juegos Olímpicos de Pekín 2008, el Gobierno entonces presidido por Hu Jintao presentó su proyecto estrella para el Everest. Primero construiría una autopista hasta el campo base norte de la montaña más alta del mundo y, después, un hotel con spa, un museo y un helipuerto. A 5.150 metros de altitud, una ciudad de vacaciones. Los vaivenes políticos en el país y las protestas en el Tíbet entre 2010 y 2012 hicieron que los planes se encogieran -ni siquiera se puso la primera piedra del resort-, pero igualmente se asfaltó una pista desde la ciudad de Shigatse hasta los pies del Himalaya. ¿El resultado?
El pasado viernes, una tormenta sorprendió a más de 500 senderistas en los caminos entre el Everest y el Cho Oyu, y durante varios días se realizaron labores de rescate, con un fallecido que lamentar. Fue una tragedia, una concatenación de adversidades, pero sobre todo fue la demostración de que no hace falta hollar el techo del mundo para estar en peligro. Basta con acercarse.
«China construyó infraestructuras con la intención de controlar el Tíbet, empezó a llevar allí a vivir población de la etnia mayoritaria y a montar una especie de parque temático turístico alrededor del Everest, el Cho Oyu, el Makalu y el Lhotse, los cuatro 'ochomiles' de la zona. En festividades como la Golden Week, su Semana Santa, miles de senderistas chinos sin experiencia ni aclimatación se plantan a 5.000 metros de altitud con un cortavientos y unas zapatillas de ciudad. Y luego caen dos metros de nieve en una tormenta y pasa lo que pasa», cuenta Sebastián Álvaro, montañero, escritor y director de Al filo de lo imposible en TVE durante 27 años, que conoce bien la zona porque allí rodó un documental sobre la mítica expedición de George Mallory y Andrew Irvine en 1924.
DEPARTAMENTO DE BOMBEROS DEL TÍBET.EFE
Según sus cálculos, las informaciones oficiales que hablan del rescate de cientos de personas en apenas 48 horas tienen que ser imprecisas porque «allí no hay equipos de alta montaña». «Nunca sabremos qué ha ocurrido de verdad», apunta. «Desde Tingri, el poblado más cercano, enviaron a unos cuantos bomberos que no tienen experiencia y que están superados por toda la gente que acude al campo base norte del Everest», analiza Álvaro. Y los datos le dan la razón.
Medio millón de visitantes
Tal y como se vanagloria el propio Gobierno chino, el año pasado se superó por primera vez el medio millón de visitantes en lo que llaman la «zona escénica del Everest», una cifra exagerada. Aunque tiene una superficie que duplica la española, el Tíbet apenas cuenta con tres millones de habitantes y sus servicios públicos son mínimos. No hay cifras de accidentes -mucho menos de fallecidos- pero es muy posible que haya habido desgracias anteriores en la región.
AFP
Lejos de la indignación mundial que provocan las colas en el techo del mundo, en los últimos años se han multiplicado las caminatas alrededor de la base y, con ellas, los peligros. «En el lado chino del Himalaya hay un altiplano que apenas tiene vegetación y en las agencias de turismo del país se vende como una zona amable para hacer caminatas. Los chinos van allí con muy poca conciencia y muy poca preparación. Y, de repente, se encuentran a 5.000 metros. Hay que pensar que el pico más alto de la Unión Europea es el Mont Blanc, que tiene 4.800 metros», subraya Sergi Unanue, dueño de la agencia Mundo Recóndito, vecino de Pekín durante un año y autor del libro Un sendero entre las nubes, sobre la Gran Ruta del Himalaya. «Hay un riesgo muy evidente al hacer que zonas tan extremas del mundo sean tan accesibles. De la parte china no se habla tanto porque no viajan tantos extranjeros, pero también ocurre en la parte nepalí», añade Unanue.
Mover el campo base, misión imposible
En el sur del Himalaya, en Nepal, también se ha intensificado la actividad a los pies de las grandes montañas, aunque no se han lamentado tragedias desde la avalancha que en 2015 causó la muerte de 22 personas en el campo base sur del Everest. Cada año se informa de entre tres y cinco fallecimientos por edemas cerebrales causados por el mal de altura, pero la siniestralidad es baja si se tiene en cuenta que anualmente unos 30.000 montañeros visitan la zona. Aunque ya son muchos, en Nepal difícilmente se vivirá la turistificación extrema que se da en China. Los presupuestos de los dos países no tienen nada que ver, la orografía de ambas zonas es muy distinta y los turistas proceden de lugares diferentes.
En la zona nepalí, mientras las agencias de viajes que dirigen los sherpas consideran que el negocio está en las alturas, los trekkings al campo base sur son mayoritariamente organizados por compañías extranjeras y sus clientes llegan más preparados. Suelen estar bien informados, contar con consejo y ayuda de estas empresas en cuanto a material o comida y normalmente invierten tiempo suficiente para aclimatarse -entre 10 y 12 días para hacer la ruta-.
Este invierno, el Gobierno de Nepal, presidido por Ram Chandra Poudel, anunció que había acabado la llamada «autopista al Everest», y numerosos medios internacionales así lo publicaron, pero no dejaba de ser una pista entre Katmandú y Surke, cerca de Lukla, un trayecto que los turistas ya solían hacer en avioneta. En principio, la zona es más segura, aunque la amenaza se cierne sobre el campo base sur en forma de deshielo. Por culpa del calentamiento global, el glaciar de Khumbu sigue fracturándose y eso aumenta el peligro sobre el campamento. Hay un proyecto para moverlo 300 o 400 metros más abajo, pero falta presupuesto y logística. No hace falta hollar el techo del mundo para estar en peligro. Basta con acercarse.