Mirra Andreeva impuso la lógica y se hizo en Roland Garros con su primer torneo del Grand Slam. A sus 19 años, la rusa ganó el sexto título de su carrera, tercero esta temporada, tras vencer a Maja Chwalinska por 6-3 y 6-2, en una hora y 22 minutos. La tenista que entrena Conchita Martínez saltará este lunes del octavo al sexto puesto del ránking. Nada detuvo a Andreeva una vez que tomó la manija del juego, se apoderó del partido y neutralizó las cualidades tácticas de su oponente. Con 19 años y 39 días, es la tercera campeona del Grand Slam más joven de este siglo tras Maria Sharapova y Emma Raducanu.
Nadie contaba en la final con Maja Chwalinska, que a sus 24 años sólo había disputado siete cuadros de torneos WTA y dos del Grand Slam, con la segunda ronda de Wimbledon 2022 como máximo logro. La polaca ha sido una de las sorpresas de un Roland Garros marcado por los imprevistos, también entre las mujeres. Nunca una tenista se había presentado en la final de Roland Garros viniendo de la fase previa.
Ninguna de las protagonistas pudo mantener su servicio en los cuatro primeros juegos. Andreeva tampoco estaba a salvo de los nervios, como debutante en esta instancia de un major. El viento era un adversario compartido. Fue la polaca quien logró quebrar la tendencia y ganar su saque. Lo hizo en blanco y tomó ventaja: 3-2.
Un estilo retro
Le llevó su tiempo a Andreeva desentrañar el juego de su rival, una mujer que esgrime un tenis algo retro, con continuos cambios de alturas y un gusto especial por las dejadas. Dando un paso adelante, la rusa se llevó un primer parcial donde las alternativas concluyeron en cuanto fue capaz de defender su servicio.
Encadenó nueve juegos consecutivos y anuló por completo a Chwalinska, superada por la calidad de su oponente y por la magnitud del desafío. La polaca logró adecentar levemente el marcador y aprovechó su segunda bola de rotura tras las prisas de su rival por certificar el triunfo. Lo conseguiría a continuación, al resto, haciendo buena la primera bola de partido con un revés cruzado ganador.
Pese a la derrota, y gracias a un torneo excelente, en el que sumó nueve victorias, incluidas las tres de la fase previa, veremos a Chwalinska como vigésimoprimera en el escalafón.
El músculo superó a la inteligencia táctica y Aryna Sabalenka se llevó su tercer título en Madrid, algo que sólo había logrado Petra Kvitova. La número 1 del mundo exhibió su fortaleza en la Caja Mágica y derrotó en la final a Coco Gauff por 6-3 y 7-6 (3), para lograr el vigésimo torneo de su carrera, noveno WTA 1000 y tercero en el global de 2025. Tras dejar escapar la victoria en la final del pasado año ante Iga Swiatek después de contar con tres match points, hizo buena su descomunal pegada y vio cómo Gauff no sabía culminar la ventaja adquirida en el segundo parcial. El partido terminó con una doble falta de la estadounidense, la octava, desenlace elocuente: uno de sus déficits durante toda la tarde fue la debilidad con el segundo servicio.
A tenor del rendimiento de Gauff en semifinales, del modo en el que despachó a Swiatek, incluso de los antecedentes frente a Sabalenka, a quien había superado en cinco de sus nueve partidos, la confrontación se presentaba como un duelo muy atractivo. La puesta en escena de la bielorrusa intimidó a Gauff en su tercera final sobre arcilla. Necesitó una dejada mimosa para detener la sangría de 17 puntos consecutivos de su oponente, que se escapó con un doble break gracias a su potencia de fuego. La tenista de Florida, que hasta su llegada a la capital de España no había pasado de cuartos en torneo alguno, no se desesperó. Conoce bien las características de Sabalenka, incontenible cuando entra en trance pero también dada a echarse precipitadamente al monte en más de una ocasión.
Reacción inconclusa
Sabalenka pegaba. Gauff pensaba. Ya con tres títulos del Grand Slam y ahora mismo jerarca indiscutible del circuito, la también campeona este año en Miami y Brisbane aún soporta algunos problemas en la gestión emocional de los partidos. Superados los excesos que permitieron revivir a su adversaria mediado el primer parcial, la favorita recobró precisión y volvió a desatar un vendaval para llevarse el set.
Gauff no se amedrantó, mostró su buena lectura del juego, rompió en el tercero del segundo set y contó con una pelota para igualar el partido tras levantar un 0-40 cuando dominaba 5-4. Templada, inteligente, había sofocado el empuje de la bielorrusa, pero acabó por ceder su saque, incapaz de hacer valer su reacción. Volvió incluso de un 3-0 para igualar a 3 en el desempate, pero esta vez a Sabalenka no le perdería su indulgencia. Nadie juega ni domina como ella. Menos aún en la altura de Madrid.
Se fue Roberto Bautista, eliminado por el argentino Thiago Agustín Tirante, en la que supuso, a los 38 años, su última presencia en el torneo de Madrid, despedido con el lógico cariño por el público y homenajeado en la arena por Feliciano López, ahora director del Mutua y en su momento contemporáneo en el circuito, y Garbiñe Muguruza, codirectora. No llegó, al igual que sucedió el pasado año, Carlos Alcaraz, lesionado en la muñeca. Las esperanzas locales residen en esta ocasión en tres jugadores que acaban de dar el estirón: Rafael Jódar, Martín Landaluce y Daniel Mérida.
Alcaraz tomó de inmediato el relevo de Rafael Nadal, pero España fue perdiendo peso en el circuito tras el final de una brillante generación que se apaga definitivamente, donde aún resisten a base de entusiasmo Pablo Carreño y el propio Bautista, que seguirá hasta que termine el año. La sexta Copa Davis data de 2019, aún con Nadal como líder de un equipo en el que el castellonense tuvo un papel capital.
Hoy España cuenta con cuatro tenistas entre los 50 primeros y ocho entre los cien: Alcaraz, 2º, Alejandro Davidovich, 24º, Jaume Munar, 38º, Rafael Jódar, 42º, Bautista, 93º, Carreño, 94º y Landaluce, 99º. Mérida es el 102º.
Rafael Jódar, quien, tras ganar en el ATP 250 de Marrakech su primer título, alcanzar las semifinales del Conde de Godó y vencer este miércoles en Madrid al neerlandés Jesper de Jong (2-6, 7-5 y 6-4), se ha asegurado el 37º lugar la próxima semana, fue el primero de los tres en comparecer. Campeón júnior del US Open 2024, el madrileño, de 19 años, se estrenó con los debidos honores frente a un público deseoso de caras nuevas con proyección. Nervioso, precipitado, lo pasó mal. No fue capaz de ganar un solo servicio en el primer set, pero aprovechó la quinta bola para llevarse el segundo. Fue atendido en dos ocasiones en el tercer parcial, donde vio cómo su rival revertía su ventaja de 3-1 y saque. Siguió de pie y logró la rotura definitiva en el noveno juego, aprovechando el primer match point. Hace un año era 900 del mundo.
El apoyo de la grada
"Este partido lo he sacado yo y todo el público", dijo sobre la pista. "He empezado con muchos errores. Sabía que había que ponerse duro. En estos partidos se demuestran los verdaderos jugadores. Ahora a recuperar bien y a pensar en el viernes", agregó, en relación con su próximo encuentro, ante Alex de Miñaur.
Martín Landaluce, 20 años, también madrileño, cuartofinalista en Indian Wells, recién incorporado al top 100, jugará este jueves ante el australiano Adam Walton (alrededor de las 19.00 h.). Tras ponerse de largo en los Masters 1000 hace tres cursos, gracias a una invitación del torneo, el campeón júnior en Nueva York en 2022 se presenta ahora con otra impronta, como un jugador más hecho y con lícitas aspiraciones a prosperar en el cuadro, como reconocía el lunes en una entrevista con este periódico.
Daniel Mérida, 21 años, con el mismo origen que sus coetáneos, viene de ganar a Marco Trungelliti en la previa, y curiosamente, volverá a vérselas con él este jueves (alrededor de las 19.00 h.) ya en el cuadro principal, dado que el argentino salió beneficiado como lucky looser, con la fortuna del perdedor en esa fase de calificación. Mérida perdió recientemente su primera final del circuito en el ATP 250 de Bucarest.
Jóvenes, vigorosos y sobradamente preparados, responden al estereotipo de los competidores que exige el tenis actual. Los tres rondan o sobrepasan el 1,90. Van con todo en cada bola y, como demostró Jódar, también saben sufrir, argumentos que alimentan buenas expectativas.
Jimmy Murphy tocaba a Chopin, Grieg y Listz. «Le ayudaba a aquietar sus cavilaciones», escribe David Peace en Munichs (Contra, 2024), una recreación novelada del accidente del 6 de febrero de 1958 que acabó costando la vida a ocho jugadores del Manchester United, además de a otras 15 personas, entre integrantes de la tripulación, periodistas y directivos del equipo británico. Sobre Jimmy Murphy, uno de los supervivientes, segundo entrenador, cayó el peso de reflotar a un club devastado por la tragedia acaecida cuando el vuelo de British European Airways se estrelló frente a una casa abandonada en el tercer intento frustrado por despegar del aeropuerto de la ciudad alemana. El equipo regresaba de Belgrado, tras eliminar al Estrella Roja en cuartos de final de la Copa de Europa.
Jimmy Murphy afrontó el desafío de ocupar el vacío de Matt Busby, hospitalizado con heridas graves en la ciudad alemana. Busby ya era una leyenda. «Para mí, Jimmy Murphy es el héroe de esta historia, un hombre complejo que llevó adelante al equipo, hasta conducirlo incluso a la final de la FA Cup. Si él hubiera muerto, pienso que la historia del club habría sido muy distinta. Es una pena que la entidad no siempre haya reconocido su papel y al final le tratara de una manera muy pobre», explica Peace (Ossett, 1967) a este periódico a través del correo electrónico.
Destacado autor de novela negra, nuestro interlocutor, residente en Tokio, es también un gran aficionado al fútbol. Entre sus obras ajenas a este deporte figuran la tetralogía Red Riding Quartet, editada en España por Alba, la trilogía Tokyo Redux (Hoja de lata), y GB84, en la misma editorial, donde afila el bisturí para novelar el pulso colosal entre los mineros del Reino Unido y Margaret Thatcher, entonces inmisericorde primera ministra.
Latido político
Dentro o fuera del fútbol, Peace nunca ha disimulado un latido político en cuanto escribe. «Munichs es una novela sobre el norte de Inglaterra y su clase trabajadora», afirma, incorporándola, además de a las obras citadas, a una secuencia donde también están Red or dead (Faber and Faber, 2013), no editada en España, sobre el Liverpool de Bill Shankly, y Maldito United (Contra, 2013), alrededor de la histriónica figura de Brian Clough y su breve paso por el Leeds.
Hay un eco espectral en este relato de 449 páginas que le ha exigido un severo trabajo previo de documentación. «El proceso de creación es siempre el mismo. Consulto con detalle en la biblioteca pública periódicos y libros relevantes de no ficción mientras construyo la narrativa de la novela dramatizando la verdad tan poderosamente como puedo».
En Munichs habitan los vivos y Los Muertos, siempre evocados en letras versales. El espíritu de James Joyce y The Dead, adaptada al cine por John Huston, otorgan un vuelo singular a esta historia. «Dublineses [el libro de relatos al que pertenece The Dead], y en particular Los Muertos, han sido una gran influencia en la escritura de este libro. Para mí, en mi trabajo y en mi vida, Los Muertos es una presencia constante», afirma.
Geoff Bent, 25 años, Roger Byrne, 29, Eddie Colman, 21, Mark Jones, 24, David Pegg, 22, Tommy Taylor, 26, Liam Whelan, 22, y Duncan Edwards, 21, éste último ingresado durante dos semanas en el Recht der Isar Hospital de Múnich, perdieron la vida como consecuencia de aquel accidente. «Incluso hoy mantienen un estatus mitológico. Diría que se debe a que murieron tan jóvenes, con un potencial ilimitado. Representaban el futuro perdido y un mundo que pudo haber sido». Aquella generación había ganado las dos Ligas precedentes con una media de 22 años. Jóvenes y talentosos, exhibían además un enorme grado de compromiso sentimental con el club, ajenos a los cantos de sirena que venían desde Italia y otros clubes.
Peace nació nueve años después de la tragedia. Su padre le contó la historia cuando era un muchacho. «Él había visto jugar muchas veces a los Busby babes ante el Huddersfield Town, nuestro equipo, y también estuvo en en el último partido que disputaron en Inglaterra en 1958, contra el Arsenal. Era un año más joven que Duncan Edwards y el accidente tuvo un efecto profundo sobre él, como sobre mucha gente». La narración de aquel encuentro, del 1 de enero de 1958 -«un partido que viviría para siempre, en el recuerdo y la imaginación»-, ganado por el Manchester United en Highbury por 5-4, ejerce de prólogo en el libro, antes de que, mediante continuos saltos en el espacio y en el tiempo, se gradúe la acción dramática. «Quería que el libro fuese una experiencia viva para el lector, devolviéndole a 1958».
Un fútbol distinto
El fútbol de entonces poco tenía que ver con el de hoy. Parte de la magia de Munichs se encuentra en su capacidad para transmitir la estrecha vinculación entre los aficionados y sus ídolos de carne y hueso, cercanos, integrantes de un mismo hábitat social. «Antes del desastre, los Busby Babes ya eran célebres, pero todavía iban a los cines locales y las salas de baile y vivían en alojamientos compartidos», apunta Peace.
Adiós a Duncan Edwards, un extremo izquierdo audaz y relampagueante, la figura que mejor encarnaba el aura de los muchachos de Busby, forjados por Murphy en las categorías inferiores. Munichs, cuyo plural pretende denunciar el uso que aún hacen algunos aficionados de equipos rivales en tono de burla, es dolor, pérdida y culpa, pero también lucha y redención, liderada ésta por la inmensa figura de Bobby Charlton.
«Murphy, que no había viajado, creía que debería haber estado en el avión. A Busby le persigue la culpa por haber llevado al Manchester United a Europa y por no impedir al piloto hacer un tercer intento de despegue. Charlton también sufre, en su condición de superviviente, sin poder explicarse por qué vivió mientras algunos de sus amigos morían», explica el autor del libro.
Diez años después, el equipo liderado por Charlton, que había estado cerca de dejar el fúbol, George Best y Denis Law, fallecido el pasado día 17, vencía 4-1 al Benfica para ganar la primera de sus tres Copas de Europa, la primera de un club británico. Ya no eran los Busby Babes, sino los Diablos Rojos, rebautizados por su hacedor. Al frente seguía Matt Busby. Tras recibir la extremaunción, había escapado del destino de Los Muertos.
"Uno tras otro iban convirtiéndose todos en sombras. Mejor pasar con valentía a aquel otro mundo, en toda la gloria de alguna pasión, que marchitarse y apagarse lúgubremente con los años".