Hay cierto consenso en la NFL en que Mike Macdonald, el entrenador que el domingo llevó a los Seattle Seahawks a ganar su segunda Super Bowl es un “genio”. Se usa mucho la palabra en el deporte, pero los que mejor lo conocen, y los que juegan para él, dicen que en su caso no es a la ligera. Un genio de los números, de las combinaciones, con un libro de jugadas infinito y una capacidad asombrosa para escuchar e incorporar ideas, vengan de quien vengan. Alguien que come, bebe, respira y exuda fútbol las 24 horas, pero capaz de sintonizar con los jugadores, de establecer una conexión basada en el respeto, en la sinceridad y en la franqueza que el ‘coach’ aprendió de su padre, un graduado de West Point.
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En la final, los Seahawks destrozaron a los New England Patriots, la franquicia más poderosa de la historia. Anularon sin piedad a Drake Maye, el quaterback al que sólo le faltó un voto para ser escogido mejor jugador de la liga en esta temporada. Dieron una exhibición defensiva que pasará a los libros de historia y con un quaterback trotamundos, descartado, ninguneado o humillado en sus aventuras anteriores que nunca dejó de creer e sí mismo.
El mérito, en gran medida, es de su entrenador jefe, un hombre de 38 años, en su segunda temporada como máximo responsable de un equipo profesional que ha roto además otro tabú, el de ser el primero que logra el anillo siendo además el responsable directo de la defensa, sin intermediarios. Alguien, elogiado siempre por su enorme inteligencia y su capacidad analítica, fiel a su estilo desde hace una década, pero que ha entendido que para alcanzar la gloria tenía que adaptarse, crecer y hacer cosas que no le salen de forma natural. Como, quizás, establecer vínculos personales, cercanos, con jugadores no mucho más jóvenes que él, pero que buscan desesperadamente en el campo una figura casi paterna que los proteja.
En las ruedas de prensa posteriores al partido, las estrellas de los Seahawks explicaban que en cierto modo la victoria había sido como el carácter de Macdonald. Un partido sustentado en la inteligencia, metódico, sin nada al azar y sin excesos. No hubo nadie que acaparara los focos, aunque Kenneth Walker III, un atacante,se llevó el premio al MVP. Fue un ejercicio colectivo, el reconocimiento a un trabajo exhaustivo en los despachos. Un despliegue táctico impecable, como la firma del entrenador. Sin épica, sin discursos de Disney, sólo con trabajo diario, exigencia, disciplina y una fe enorme en el sistema y en cada uno de los integrantes. Seattle hizo lo que llevaba dos años entrenando, un método casi perfecto para acosar, asfixiar, el ataque rival.
Mike Macdonald, con el Lombardi Trophy, junto al comisionado de la NFL Roger Goodell.AP
“Siempre nos reímos diciendo que el coach tiene ciertos rasgos como… de inteligencia artificial, como si lo hubieran implantado y estuviera aprendiendo a ser humano día a día”, bromeó en los días previo el ‘defensive tackle’ Leonard Williams. Directo pero introvertido. “Es tremendamente inteligente. Bromeamos con que parece que hace falta haber ido a Harvard para jugar en esta defensa porque constantemente está añadiendo nuevas presiones, nuevas ideas”. A veces, admiten, es demasiado. Hay tanta información, tantas permutaciones, que no son capaces de asimilarlo. Y Macdonalds, simplemente, se disculpa y da un paso atrás en el siguiente partido.
“Su estilo es el día a día, no una performance. No es alguien de gritar, volcar una mesa y dar un discurso apasionado. Es simplemente una repetición abrumadora de un trabajo realmente bueno, es el resultado de tomar decisiones acertadas y calculadas, tratar bien a la gente y centrarse en lo correcto”, ha explicado desde San Francisco esta semana Jay Harbaugh, el responsable de los equipos especiales de Seattle, que empezó a trabajar con MacDonald hace una década, en los primeros compases de ambos en la liga con Baltimore.
Solo cinco entrenadores han ganado una Super Bowl con dos o menos temporadas de experiencia previa como entrenador principal. No ha sido el más joven de la historia, pero casi (el tercero). En sus dos temporadas ha tenido números magníficos, los mejores de la franquicia en mucho tiempo. Este curso, fueron el equipo que menos puntos encajó (17,2 puntos por partido) y fueron uno de los dos equipos junto con los Denver Broncos en ubicarse entre los 10 primeros en casi todos los apartados: anotaciones, carreras, pases, terceras oportunidades y defensa total. Eso no ocurre por casualidad. “Creo que lo que hace especial a nuestro grupo es que hablamos de 12 como uno solo. Es la sinergia de nuestro grupo, cuando jugamos juntos y realmente intentamos crearlo como si estuviéramos jugando contra más de 11 chicos. Eso es lo que queremos que sea nuestra huella y nuestra identidad, y los chicos lo han aceptado” celebró anoche Macdonald.
De joven, en Georgia, el hoy entrenador fue un atleta con posibilidades en fútbol y béisbol, pero las lesiones tempranas cerraron todas las puertas. Se volcó enseguida en los banquillos, primero a nivel de instituto, rápidamente en la universidad y explotando las posibilidades que se abrían a nivel profesional. En cada equipo que ha estado destacó enseguida, deslumbrando a sus jefes con un arsenal de ideas, combinaciones y creatividad. Y con una personalidad y una fortaleza mental únicas. Los entrenadores con vocación defensiva han ganado solo 10 de los últimos 30 campeonatos, y ninguno desde 2018. El legendario Bill Belichick, al frente precisamente de los Patriots, aporta seis de esos 10. Y ahora Macdonald ha abierto una categoría propia.
Los jugadores, que aprecian que les hable no sólo de objetivos y sueños sino de proceso y cada paso, tienen fe ciega en él porque notan que sabe más, que entiende sus dudas y porque es capaz de resolverlas y hacer que lo sigan sin vacilar. No les da ordenes sin más, sino que ha logrado integrarlos en el proceso, haciendo que integren cada movimiento, cada zona, la razón de cada decisión. Y asumiendo sin dudar la responsabilidad y la culpa cuando algo va mal, sin excusas. Por eso en una liga marcada por el ego, la ambición, el individualismo, sus jugadores han aceptado algo tan contraintuitivo como que el éxito del grupo es más importante que el personal. Por eso tienen los mejores números colectivos, pero ninguno domina las estadísticas de la liga por si mismo.
“Es increíblemente agudo, joven e innovador”, ha elogiado el safety Julian Love, uno de sus mayores fans. “Tiene principios de la vieja escuela, pero métodos de la nueva y los vive en su forma de dirigir la defensa. El esquema ha sido el mismo desde siempre, pero él encuentra maneras de ajustarlo y hacerlo suyo. Su forma de implementarlo es lo que lo hace especial. Desde el principio, hemos creído en su forma de dirigir el juego. Para mí, es insuperable”, zanjó antes del partido. Al terminar, sólo podía celebrar en la sala de prensa: “os lo dije”.








