Alcaraz evita reivindicarse tras el cambio de entrenador: “No me he quitado presión, no juego por el qué dirán”

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Antonio se marchó al hostal con la camiseta de Carlos Alcaraz y la sonrisa del hombre más feliz del mundo. Él y sus colegas llegaron a Melbourne hace dos días desde Sidney, donde se buscan la vida, y desde entonces no han parado de seguir al número uno con sus cánticos futboleros. Cuando llega a un entrenamiento, cuando se va, cuando va al comedor, en pleno partido… Tan entregados están que, después de su victoria en cuartos de final del Open de Australia ante Alex de Miñaur (7-5, 6-2 y 6-1), Alcaraz les regaló su camiseta, una toalla, una muñequera y una pelota.

«Son espectaculares. Me han hecho mucha gracia. Sus cánticos son adictivos y me ayuda tener esa vibra cerca. No sé si vendrán a otros partidos, pero estaría encantado», dijo Alcaraz, que por entonces no sabía que Antonio y sus colegas ya habían comprado entradas para la final. «Me he vuelto loco, pero no podía perdérmelo», afirmaba a EL MUNDO el fan, que se gastó más de 600 euros en una entrada. Recuperará el dinero cuando vuelva a Sidney, «de repartidor de Uber, de camarero o de lo que sea; aquí pagan bien». Y Alcaraz lo agradecerá. Nada le gusta más que pasarlo bien y que los demás también lo pasen bien.

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Ante De Miñaur disfrutó, y eso que era un partido para sufrir. El australiano propone el mejor tenis defensivo del circuito: no es un pegador, no busca el golpe ganador, pero lo devuelve todo y lo hace a toda velocidad para complicarle la vida a quien tenga enfrente. Ante él, Alcaraz podría haberse frustrado. En el primer set, cada vez que De Miñaur llegaba a una bola que parecía perdida, Alcaraz se reía, juguetón, mirando a su equipo. Tuvo que ganar los puntos una vez y otra, y otra vez, y lo hizo sin rechistar, incluso pasando un buen rato. Luego, en el segundo y tercer set, todo fue ya más sencillo.

«He estado trabajando mucho la concentración para no tener altibajos. Quizá ha sido lo que más he trabajado en los últimos tiempos. He hecho entrenamientos de dos horas y media o tres horas jugando con la misma intensidad cada punto», desvelaba el español, que el viernes se medirá a Alexander Zverev en sus primeras semifinales del Open de Australia. En la semana previa al inicio del torneo, ambos disputaron un set de entrenamiento y venció el alemán por 7-6 en más de una hora y media de sesión. La lección está aprendida. «Sé en lo que está trabajando. Quiere salir de su zona de confort, ser más agresivo, no tirar bolas fáciles. He visto sus entrenamientos, he visto sus partidos. Tengo claro cómo enfocar el partido», comentaba Alcaraz, confiado.

El mensaje a su hermano

Le preguntaron qué nota se daba en lo que va de torneo y respondió que «un 8,5»; una puntuación justa. Después de dos partidos con ciertos errores ante Adam Walton y Yannick Hanfmann, y del extraño duelo ante el artista Corentin Moutet, el número uno del mundo recuperó su versión más demoledora sobre superficie rápida frente a Tommy Paul y De Miñaur, y lo hizo a su manera. Al acabar el partido lanzó a su hermano Álvaro un mensaje a cámara que solo entenderán los muy tuiteros: «M.B.H.», «Método Blessed Hands», una broma recurrente de la cuenta @Alcatraz, y luego elogió a su familia.

Dita AlangkaraAP

«Es bueno tener a mi padre y a mi hermano conmigo. Mi equipo es la razón por la que juego bien. Era el sueño de mi padre cuando era jugador y lo vivimos juntos», dijo. Tan feliz estaba que no necesitó reivindicar nada. Su separación de su exentrenador Juan Carlos Ferrero sigue dando que hablar, más aún tras el anuncio del técnico de su paso al golf, y su clasificación para semifinales podría interpretarse como un alivio. Pero él no lo ve así. «He aprendido a no escuchar y a seguir el camino que creo correcto. Aunque hubiera perdido, tendría claro el camino a seguir. Estoy en semifinales y estoy contento por ello. Pero no es que me haya quitado presión de encima. Juego por mí, por mi equipo y por mi familia; no juego por el qué dirán».

kpd