Ante los infortunios, el carácter. Contra las bajas y las lesiones, los pasos adelante. El Barça estará, al menos, en el play-in de la Euroliga y si la próxima semana derrota a la Virtus (que no se juega nada) en el Palau, podría acceder incluso directamente a los playoffs. Su primera bala fue una noche para el recuerdo en Estambul, una remontada (75-83) estruendosa ante el líder Fenerbahçe con dos nombres propios. Jabari Parker, la estrella, y Joel Parra, el tipo que derriba el muro.
Toda una prueba de amor propio la del colectivo de Joan Peñarroya en el Ulker Sports Arena, el mismo equipo que hace una semana perdía para los restos a Metu (que se unía a Laprovittola y Juan Núñez) y se dejaba a la vez el triunfo clave en casa ante el Bayern. La respuesta, victoria a domicilio ante el Armani y una remontada asombrosa en Estambul. Ante el equipo más en forma del torneo (12 triunfos en los últimos 14 partidos), caían los azulgrana por 15 (59-44) a la vuelta de vestuarios.
Toda la primera parte fue una tiranía local. Jasikevicius no parecía tener piedad de su ex. El duelo lo empezó a quebrar en el segundo acto, cuando Nigel-Hayes (otro ex azulgrana) y Baldwin descosieron la defensa rival (46-33 fue la máxima entonces). Sólo tres canastas seguidas de Jabari apagaron algo el fuego turco antes del descanso.
Aguantó el pulso el Barça a la vuelta y ahí estuvo el secreto. La rebeldía de Satoransky, la pujanza recobrada de Willy Hernangómez en la pintura. Un parcial de 0-11 a base de contras y electricidad. Y una defensa bestial que sólo dejó anotar 25 puntos a un Fenerbahçe ahogado en sus pérdidas en toda la segunda mitad. Pero los protagonistas absolutos fueron Parker (28 puntos, ocho rebotes y tres robos), en su enésima master class. Y un Joel Parra que alcanza los cielos que prometía. No olvidará el ex de la Penya la noche en Estambul, puro coraje y recursos técnicos, se disparó con 15 puntos, 12 rebotes y otros tres robos. Fue el capitán de la hazaña.
El viernes, ante la Virtus en el Palau y posiblemente ya con Vesely (que viajó a Turquía) de vuelta a las canchas, tocará rematar la faena.
Después de ganar el Giro hace mes y medio, de las infatigables 19 etapas del presente Tour (17 defendiendo el maillot amarillo), de ascender sólo ayer el Col de Vars y la elevadísima Cime de la Bonette a 2.802 metros (lo más alto de una gran vuelta), Tadej Pogacar subió a 25,3 kilómetros por hora los 16.100 metros de Isola 2000 (7,1% de desnivel medio). A pesar de que no le hacía falta por su ventaja en la general. A pesar de que Matteo Jorgenson y los restos de la escapada del día estaban tres minutos por delante. A pesar de todo, lo hizo cuatro minutos más rápido que Miguel Indurain y Tony Rominger hace 29 años.
Lo logró engullendo rivales, como poseído, dejando demasiado atrás y demasiado pronto a Jonas Vingegaard, en 38 minutos y 13 segundos. En 1993, la única meta anterior en Isola, la subida fue un kilómetro menos, y el suizo y el español lo hicieron en 41:49, cuatro kilómetros por hora más lento. Y eso que Pogacar exploró sus límites -«me quedé un poco vacío en los dos kilómetros finales y cuando apeté para pasar a Jorgenson me dejó las piernas muertas», reconoció cuando le preguntaron por qué miraba tanto atrás al final- en esta ascensión que tan bien conoce. No sólo porque resida en Montecarlo, también porque, consciente de que todo se iba a jugar aquí, pasó el mes entero entre Giro y Tour recorriendo estos puertos una y otra vez. «Fue una concentración muy dura, sin jornadas sencillas ya que teníamos que subir todos los días. Mis compañeros y yo ya habíamos hablado de las ganas que teníamos de correr esta etapa, y la hemos hecho como habíamos dicho, marcando un buen ritmo hasta el momento en que he atacado. Ha sido perfecto», dijo el líder, que al fin se abrazó (primero con mascarilla, luego ya sin ella) con su novia, la ciclista Urska Zigart, en meta.
Pero fue precisamente ahí donde se produjo la imagen del día. El larguísimo y emocionante abrazo de Vingegaard con su esposa embarazada. Las lágrimas incontenibles tras el esfuerzo, brotando del siempre gélido danés, quizá recordando en esos instantes en los que ya era consciente de que no iba a enlazar su tercer Tour seguido, el calvario que atravesó tras su accidente en la Itzulia en abril para siquiera poder intentarlo. «Volví a ver a Trine y fue un momento duro. De una forma u otra, había muchas emociones que necesitaban salir», confesó quien ya está a más de cinco minutos en la general, una distancia enorme, similar a la 2021, cuando también quedó segundo tras el esloveno.
Pogacar, feliz por su victoria.Stephane MaheAP
«Supongo que estos dos últimos años seguidos sin vencer han encendido cierto fuego dentro de mí y quiero aprovechar al máximo este Tour», pronunció un Pogacar que, aunque perdió el maillot de la montaña en favor de Carapaz, sacó bandera blanca al fin y prometió tregua para la montañosa jornada del sábado. Con su tercera victoria de etapa de amarillo, logra una hazaña no vista en el Tour desde 1984, cuando Laurent Fignon se impuso de líder en La Plagne, Crans-Montana y Villefranche-sur- Saona.
Jonas, por su parte, reconoció que en su cabeza estaba atacar en «la Bonette, a unos 10 kilómetros de la cima», pero que sus piernas «no estaban ahí» y corrió «por el segundo lugar» con Evenepoel. Eso sí, el líder del Visma no quiso poner excusas: «No estoy decepcionado con la historia que hemos tenido en los últimos tres meses. Vine al Tour a ganar».
En una de las habituales encuestas de comienzo de temporada, los mánagers generales de los clubes de Euroliga no incluyeron al Valencia Basket entre los que acabarían ni siquiera entre los 10 primeros que, al menos, disputarían el play-in por el título. Y eso que acababa de conquistar la Supercopa ACB. Y eso que en unos días iba a estrenar el flamante Roig Arena. Y eso que a los mandos seguía Pedro Martínez. Pero nadie daba un duro por un equipo poco habitual de la máxima competición continental, de vuelta tras la ampliación a 20 de este verano. Hoy, 15 jornadas después, los taronjas pueden asaltar el liderato.
Enfrente estará el Anadolu Efes del recién fichado Pablo Laso y en las tribunas habrá más de 10.000 personas, pues presume de 11.000 abonados en un recinto estrenado en octubre después de una inversión de más de 400 millones de euros y que ya ha superado varias veces los 14.000 espectadores. Y que se suma a las impresionantes instalaciones de L'Alqueria. De ganar, sería su 10º triunfo en 15 partidos. Más otros ocho en ACB -sólo se vieron sorprendidos en Granada-, donde comparten primer puesto con el Real Madrid. En lo deportivo y en lo estructural, es el equipo de moda. «El nivel de autoexigencia es altísimo, empezando por Pedro y siguiendo por Enric Carbonell (Director General). Lo estamos disfrutando, pero siempre pensando en el siguiente partido», explica Luis Arbalejo, director deportivo desde hace tres temporadas.
El Valencia asombra y arrasa a partes iguales. Capaz de ganar en la misma semana, la pasada, en el OAKA de Atenas (sin la participación de su máximo anotador, Jean Montero) y en el Buesa Arena donde nadie lo había hecho en ACB, con una canasta sobre la bocina de Kameron Taylor. Que no deja de ser uno de sus refuerzos estrella, birlado al Unicaja. Un tipo que cumplía los requisitos. De los que Arbalejo, en completa sintonía con Pedro Martínez, rastrea en el feroz mercado Euroliga. «Jóvenes, atléticos y con buena mentalidad. Y que sean buenas personas», expone el director deportivo sobre el «perfil». Como Omari Moore, Darius Thompson, Neal Sako, Braxton Key, Yankuba Sima y el prometedor Isaac Nogués. Las caras nuevas que, unidas al bloque anterior, con fuerte presencia nacional (Jaime Pradilla, De Larrea, López-Arostegui, Josep Puerto...), han elevado las prestaciones de un equipo hoy por hoy temido por todos los rivales.
Porque los taronjas, que manejan «el tercer presupuesto en la ACB pero uno de los tres o cuatro más bajos de la Euroliga», encandilan por su propuesta. Nadie juega tan rápido y con tanto vértigo. Nadie en Europa lanza tantos triples (es el cuarto máximo anotador de la competición) ni en ACB mete tantos puntos, casi 97 por duelo. La idea de Pedro Martínez enamora hasta en la NBA. «Hay jugadas que robamos de él», admitía Kenny Atkinson, entrenador de los Cavaliers hace unos días: «Todos los entrenadores de la NBA aprendemos de Pedro, sus equipos son siempre innovadores. Tiene una gran influencia en el baloncesto global».
De Larrea celebra una canasta, ante Pedro Martínez.
Conjugar éxito en la cancha y en los despachos no siempre va de la mano. Mientras el club crecía con el inestimable impulso del propietario Juan Roig, máximo accionista de Mercadona, el equipo masculino -el femenino, campeón de las tres últimas ligas, es la otra gran apuesta- lidiaba con la tiranía nacional de Madrid y Barça (el año que viene cumple 40 años y en sus vitrinas sólo luce la Copa de 1998 y la Liga de 2017) y con la ferocidad continental (cuatro títulos de la Eurocup), donde no siempre tuvo abiertas las puertas de la Euroliga en la que ha garantizado su presencia tres años más. Tras el paso por el banquillo de entrenadores como Joan Peñarroya o Alex Mumbrú, Arbalejo supo que el hombre indicado era el veterano Martínez. «Para mí lo más importante en un deporte colectivo es el entrenador. Es increíble trabajar con él. Tiene obsesión por hacernos mejores a todos, no sólo a los jugadores. Huye de protagonismos. Y, además, tenemos un estilo súper reconocible», destaca el joven director deportivo sobre una forma de frenética de plantear el baloncesto en la que «juegan todos, rota cada dos o tres minutos, cargamos el rebote ofensivo, tiramos mucho de tres, vamos a más de 100 puntos... Eso hace que seamos muy competitivos y capaces de ganar a cualquiera. Y, además. Es una de las cosas que nos ayuda a llenar».
En el Valencia hablan de «proyecto ambicioso» y se separan de la idea de «club de fútbol con la marca Madrid o Barça». «Va más allá del baloncesto. Con el Roig Arena, somos casi una empresa de entretenimiento. Es un pabellón cercano a los NBA», presume Arbalejo. Instalado, como todos, en la idea del «partido a partido», pero que no niega lo que apetece la Copa en casa de febrero. «No hay presión, pero sí somos ambiciosos. Aunque cuando sea el sorteo, sólo hablaremos del duelo de cuartos».
Alberto Contador suele contar que en su época profesional renunciaba hasta a pasear a su perro para limar cualquier desarrollo muscular en el tren superior. Es la era de la aerodinámica, de las ganancias marginales, de la relación vatio-kilo llevada al extremo. Por eso no deja de llamar la atención ver cómo Tadej Pogacar gana un Tour de Francia con un reloj de lujo en su muñeca izquierda. No es el único, también Van der Poel luce el mismo modelo. El patrocinio manda, aunque realmente sólo añaden 32 gramos, menos de lo que pesa alguno de los geles que ingieren los ciclistas durante cada etapa.
En Rouen y en el Muro de Bretaña, Pogi alzó los brazos; en el derecho lucía un flamante Richard Mille RM 67-02 Automatic Extra Flat, cuyo valor en el mercado supera los 350.000 euros. Cada imagen del genio esloveno se viraliza, por eso no se despega de la lujosa marca suiza, que también esponsoriza a todo el UAE Team Emirates. El año pasado reconquistó la Grande Boucle con él. Más impactante fue ver cómo duraste la última París-Roubaix, en la que quedó segundo por detrás de Van der Poel, su muñeca sangraba justo a la altura del reloj. Los numerosos impactos de los adoquines habían terminado por hacer una herida en el esloveno. Barro, sangre, sudor... y un reloj de lujo.
Que no tiene ningún aporte, a pesar de (dar la hora) y medir sus pulsaciones (aunque todos los ciclistas sin falta portan su pulsómetro en el pecho). Y que está hecho, eso sí, para resistir los embates de una etapa, con una correa especial sin costuras (el año pasado incluso Pogacar la llegó a lucir amarilla como su maillot), antideslizante y muy elástica, que se adapta por completo a la morfología de la muñeca del deportista. Es un reloj con una esfera de 40 milímetros de grosor, fabricado en titanio y fibra de cuarzo y diseñado, supuestamente, para soportar las rigurosas condiciones del ciclismo. En la web de la marca que Richard Mille fundó en 2001 se describen al detalle todas sus características.
Reloj Pogacar mano izquierda
El Richard Mille de Pogacar ya ha dado para un puñado de anécdotas. En marzo de 2023, los amigos de lo ajeno robaron un reloj de su habitación del hotel en Valbonne, durante la disputa de la última etapa de la París-Niza. Un mes después dos hombres fueron detenidos, aunque nunca apareció el objeto. Fueron multados con 50.000 euros y cuatro años de prisión por el tribunal judicial de Niza.
Este mismo año, Geraint Thomas desveló una conversación distendida con Tadej durante la Lieja-Bastoña-Lieja que acabaría ganando el esloveno. Tadej se acercó al galés al principio de la carrera y entabló una conversación informal con él, justo en una de las rampas más duras. «Entonces empieza a charlar conmigo, diciéndome que al día siguiente irá a Richard Mille a comprarse un reloj nuevo o algo así. No lo dije, pero pensé: 'Tío, ahora mismo estamos a 420 vatios, no quiero hablar, me siento bien, pero solo quiero concentrarme en mi respiración'. Está compitiendo a otro nivel», bromeaba el veterano corredor del Ineos durante un podcast.
Van der Poel y Pogacar, en la etapa con final en Boulogne-sur-Mer.MARCO BERTORELLOAFP
Pogacar y Van der Poel no son los únicos ciclistas que lo llevan. Desde que Richard Mille patrocinara oficialmente al UAE (en sus maillots se puede ver el logotipo), alguno de los compañeros de Tadej, como el gigante Nils Politt, también lo lucen. El propio CEO de la marca suiza, Peter Harrison, presume del acuerdo con el mejor equipo del mundo: «El UAE Team Emirates ha demostrado una vez tras otra su alto grado de exigencia y una auténtica pasión por la excelencia. En Richard Mille compartimos la misma visión y ambiciones, así que para nosotros es un verdadero placer colaborar con Mauro Giannetti y su equipo. Además, esta colaboración simboliza un hito bastante significativo para nosotros, puesto que es un paso adelante en nuestro propósito de acercarnos a la comunidad deportiva de la zona de Oriente Medio».
En el pasado, Mark Cavendish o Julian Alaphilippe también lo llevaron, aunque el francés ahora corre en el Tudor, precisamente una marca de relojes suiza. Fuera del ciclismo, los relojes Richard Mille se han visto en las muñecas de los mejores pilotos de Fórmula 1, como Charles Leclerc, Lando Norris e incluso Michael Schumacher. El propio Rafael Nadal lo llevó. Bubba Watson en golf, Alexis Pinturault en esquí, el velocista sudafricano Wayde van Niekerk, el piloto Sebastian Ogier o el saltador de altura Mutaz Essa Barshim.