Es el tiempo y lo que comporta. Es el tiempo y lo que nos hace. Como Nadal no podía retirar al tiempo, el tiempo ha retirado a Nadal. Se ha resistido Rafa, siempre con entereza, con sacrificio y, últimamente, con tozudez y un punto de ceguera que hemos sido incapaces de censurar porque era más atribuible al entusiasmo que a la inconsciencia. Llegamos a comprenderla, incluso a apoyarla, a través de la gratitud, la empatía y el contagio. Y el egoís
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Sorpresas. Primera sorpresa: Marco Odermatt, el suizo de platino, no fue de oro. Segunda sorpresa: no fue de plata. Tercera sorpresa: no fue de bronce. El mejor esquiador de velocidad, el líder de la Copa del Mundo de la especialidad (y de la general) no conquistó medalla alguna en el descenso. Fue cuarto a 0,70 del vencedor, su compatriota Franjo von Allmen. La plata y el bronce recayeron en dos italianos: Giovanni Franzoni, a 20 centésimas, y Dominik Paris, a 50. Dos enormes alegrías iniciales para el país organizador.
Sorpresas, sí, aunque siempre relativas en una prueba decidida a menudo por un parpadeo y en la que la imposibilidad humana de la perfección decide dónde colocar a cada cual en un momento determinado. Odermatt es el mejor, pero no lo puede ser sin interrupción, y, después de todo, Von Allmen, debutante olímpico, pero campeón mundial, lleva ganados esta temporada dos descensos de la Copa del Mundo y obtenido dos segundos puestos (por detrás de Odermatt en ambos casos).
En cuanto a Giovanni Franzoni, una revelación, se apuntó uno. Siempre es una baza potencialmente ganadora. Dominik Paris 'resucitó' con un segundo puesto en Crans Montana, el último descenso antes de los Juegos (por detrás de Von Allmen). Llegaba en forma y, además, ha ganado seis veces en esa pista. Tiene con ella una especie de idilio.
Estos son los Juegos Olímpicos y eso era el descenso masculino, un comienzo explosivo del esquí alpino, el eterno rey de blanca barba y áurea corona. Una sola prueba sujeta a la suerte casi tanto como al talento. El oro y las demás medallas se juegan en una sola partida a una sola carta. Como en tantas otras competiciones. Pero estos son los Juegos y una sola carta vale por cien en una sola partida que cuenta por mil.
Trayecto largo, de casi dos minutos, tiempo de sobra para que las piernas, aunque mudas, aúllen de dolor. Saltos de 50 metros antes de reencontrar los esquíes la nieve. Pista diabólica, de las más difíciles del mundo, con muchos sectores, en Bormio, en el Stelvio, de inolvidables resonancias ciclistas. En un momento dado, el podio era por entero suizo con Von Allmen, Odermaatt y Alexis Monney. Los italianos le dieron casi por completo la vuelta. Desplazaron a Odermatt y Monney, pero no pudieron con Von Allmen, 24 años, 1,83 de estatura de compacto esquiador de velocidad con nombre de aristócrata o de general prusiano.
La vertiginosa velocidad masculina regresará el miércoles con el eslalon supergigante. Otra oportunidad para todos. Pero especialmente para Odermatt, también líder de la Copa del Mundo de la especialidad. Pase lo que pase, el suizo, que no interviene en eslalon, ya no podrá acceder a tres oros, como Toni Sailer en Cortina56 y Jean-Claude Killy en Grenoble68. El austriaco y el francés ganaron el descenso, el gigante y el eslalon, llamado entonces especial. No existía aún el supergigante.
...Y ahora, en la fiesta dominical, el descenso femenino con Lindsey Vonn. Sobran las palabras. Narraremos los hechos.
Armand Duplantis y Jakob Ingebrigtsen. Dos nombres en la cima del atletismo mundial. Dos máximos ejemplos del deporte nórdico. Un sueco (de padre estadounidense) y un noruego. Dos récords del mundo de una tacada en el Silesian Stadium (Polonia), en el curso de la Liga de Diamante. El de salto con pértiga (6,26) y el de 3.000 metros (7:17.55).
Dos plusmarcas muy diferentes en el tiempo. La anterior de Duplantis (6,25) tenía 20 días. Se había producido en los Juegos Olímpicos de París. La precedente de los 3.000, firmada por Daniel Komen, tenía 28 años. El keniano había corrido en Rieti en 7:20.67. Ingebrigtsen la ha hecho trizas. Dejó muy lejos al etíope Berihu Aregawi, soberbio, sin embargo, con sus 7:21.20, récord nacional y tercer registro de todos los tiempos. Adelanta a Hicham El Guerrouj (7:23.09).
De Duplantis no hay mucho que hablar: sólo, entre la admiración renovada y la costumbre admitida, seguir elucubrando acerca de cuáles pueden ser sus límites reales, una cuestión casi teológica. Los demás pertiguistas, incluido Sergey Bubka, llevaron la disciplina a otras alturas. Duplantis, a otra dimensión.
Los 3.000 no son una distancia olímpica. Pero, como la milla, que tampoco lo es, goza de enorme prestigio y se programa con frecuencia. Los mejores mediofondistas no le hacen ascos. Al contrario. Con su imponente marca, referencial, orientativa, estimulante, Ingebrigtsen se aproxima un poco más a la posibilidad de romper el primado de los 1.500 y los 5.000. No se halla lejos de ambos. Pero a estos niveles, unas centésimas establecen un muro. Jakob está al pie. Ahora hay que saltarlo. Duplantis sé enfrenta a sí mismo. Ingebrigtsen, a El Guerrouj y a Joshua Cheptegei.
La reunión polaca soñaba con algún fundamento con otro récord mundial, el de 800. Pero Marco Arop (1:41.86) no se aproximó al 1:40.91 de David Rudisha. Mohamed Attaoui ha pegado un bajón desde su récord de España (1:42.04) y su cuarto puesto en los Juegos (1:42.08). En Lausana corrió en 1:45.40 y en Polonia en 1:44.96.
Unos 100 metros magníficos y reñidos contribuyeron al lustre del mitin polaco. Fred Kerley hizo 9.87. Ferdinand Omanyala, 9.88. Y Ackeem Blake, 9.89.
Tadej Pogacar es el ciclista centenario. La victoria número 100 de su carrera llegó en una etapa del Tour, la cuarta, para la historia, para celebrar una efeméride impactante. Tadej ha llegado a esa cifra a los 26 años y 290 días. Sólo Giuseppe Saronni, Eddy Merckx y Freddy Maertens alcanzaron más jóvenes semejante honor. Dado que Saronni y Maertens eran fundamentalmente sprinters, fecundos especímenes que, por sus características, coleccionan muchos triunfos, la pugna con Merckx se mantiene desde las alturas más inaccesibles del ciclismo.
El esloveno ebatió in extremis a Mathieu van der Poel, ambos en un grupito selecto en el que figuraban Jonas Vingegaard y Remco Evenepoel. Pero no Primoz Roglic y Enric Mas. No era Normandía país para velocistas puros y sí para que los primeros de la general jugasen sus bazas buscando morder o, algo menos, arañar segundos. Sobre el Tour sobrevolaba la figura eximia de Jacques Anquetil, el ciclista con la mezcla más atractiva de calidad y glamour de la historia, el primero en ganar cinco Tours. La etapa concluía en Rouen, donde nació en 1934 (en realidad, en un pueblo de su distrito) y fue a morir en 1967. Y quien mejor le homenajeó mientras se homenajeaba a sí mismo fue Pogacar.
Hay etapas de montaña y etapas con montañas. Las primeras, etapas de guerra, indican un recorrido compacto de altas cumbres. Las segundas, etapas de guerrillas, un trayecto más o menos quebrado con picos no tan temibles. A veces sólo molestos. Y hay etapas con montañas en las que éstas, montañitas en realidad, pero con su dureza, se apretujan en muy pocos kilómetros, generalmente los finales. Etapas como ésta de Rouen, en la que, en los últimos 50 kilómetros del corto parcours de 174, se apiñaban cinco subidas, dos de tercera y tres de cuarta. Etapa de esfuerzos breves pero muy próximos entre sí, muy concentrados. Etapas así, más que otras, son como los melones. No se sabe cómo van a salir hasta que se abren.
zafarrancho múltiple
Y ésta salió en dos actos con una fuga de cuatro hombres desde el principio y un zafarrancho múltiple, la parte mollar, al final. El pelotón, controlado por el Alpecin del líder, dejó que el danés Kasper Asgreen (Education First), el noruego Jonas Abrahamsen (Uno-X) y los franceses Lenny Martínez (Bahrain) y Thomas Gachignard (Total Energies) abrieran camino. Pero no les permitió que cogieran poco más de dos minutos. Atraparon a todos menos a Martínez en la segunda cota, la de Belbeuf. A Martínez le echaron mano en la tercera, la de Bonsecours.
A partir de ahí empezó a arder Troya. El UAE endureció la carrera. Las fieras coronaron la cuarta cota, la de GrandMare con Tim Wellens (UAE) defendiendo su jersey de lunares. Pero no estaba ahí la pelea. Estaba más lejos en la pretensión y más cerca en la distancia. Estaba en la etapa. Estaba en el número 100. Estaba en los segundos que se odían arrebatar entre sí los grandes.
Van der Poel, en el pelotón, camino de Rouen.AFP
En la quinta cota, la se Saint-Hilaire (800 brutales metros al 10,6% de media y tramos del 15%) ya no ardía Troya. Estallaba. Atacaba Pogacar, que coronaba en cabeza. Se le unía Vingegaard. Ahi estaban los dos. Ellos por delante y encima de todos. Luego en el descenso, Remco y su grupito cerraban el hueco. En el brevísimo pero intensísimo repecho final, Pogacar se adelantaba a Van der Poel y a Vingegaard. El neerlandés conserva el amarillo gracias a las bonificaciones.
Y ahora llega, el miércoles, la primera contrarreloj de las dos de este Tour: 33 kms., bastante larga para lo que se estila en estos tiempos. Llana donde las haya, la de menos desnivel de toda la Grande Boucle. La parte más alta del recorrido se alcanza a los 62 metros sobre el nivel del mar. Marcará diferencias. Jornada ideal para los especialistas. Sobre todo para Evenepoel. ¿Y para el multiusos Pogacar?