Los organizadores de los Juegos Olímpicos de París se disculparon este domingo con cualquiera que se haya sentido ofendido por una escena que para muchos evocó a ‘La Última Cena’, de Leonardo da Vinci, durante la glamurosa ceremonia de inauguración.
La pintura de Da Vinci representa el momento en que Jesucristo declaró que un apóstol lo traicionaría. La escena durante la ceremonia del viernes presentó a la DJ y productora Barbara Butch, un icono LGBTQ+, flanqueada por artistas drag y bailarines.
Los conservadores religiosos de todo el mundo condenaron el segmento, y la conferencia de obispos de la Iglesia Católica francesa deploró las “escenas de burla” para el cristianismo, un sentimiento del que hizo eco la portavoz del Ministerio de Relaciones Exteriores de Rusia, Maria Zajarova. La Comunión Anglicana en Egipto expresó su “profundo pesar” y dijo que la ceremonia podría hacer que el COI “pierda su identidad deportiva distintiva y su mensaje humanitario”.
El director artístico de la ceremonia, Thomas Jolly, había dicho que el objetivo era celebrar la diversidad y rendir homenaje a la fiesta y la gastronomía francesa.
La portavoz de París 2024, Anne Descamps, fue consultada sobre las protestas durante una conferencia de prensa del Comité Olímpico Internacional el domingo.
“Claramente, nunca hubo la intención de mostrar falta de respeto a ningún grupo religioso. Al contrario, creo que (con) Thomas Jolly, realmente intentamos celebrar la tolerancia comunitaria”, dijo Descamps. “Al observar el resultado de las encuestas, creemos que este objetivo se logró. Si la gente se ha sentido ofendida, por supuesto, lo lamentamos mucho, mucho”.
Jolly explicó sus intenciones a The Associated Press después de la ceremonia. “Mi deseo no es ser subversivo, ni burlarme ni escandalizar”, dijo Jolly. “Sobre todo, quería enviar un mensaje de amor, un mensaje de inclusión y para nada dividir”.
La vida de Gonzalo Ariño (Onda, Castellón, 1999) es como una etapa rompepiernas. No hay tregua sin repecho. «La vida te va dando golpes, pero ya sabes cómo gestionarlo. Te puedes quedar en el sofá sentado, dándole vueltas a la cabeza. O te levantas, te mueves y empiezas a hacer cosas», reflexiona sin rastro de debilidad, ni física ni mental. Conversa con EL MUNDO a unos días del puerto más temido, su segundo paso por el quirófano para extirpar el tumor cerebral que se le ha vuelto a reproducir.
Ariño ni siquiera aún era ciclista profesional cuando «un mareo raro» en su casa encendió todas las alarmas. «Intentaba hablar y no me salían las palabras», recuerda de ese verano de 2021. Fue operado en septiembre, en el Hospital Universitario de la Ribera, en Alcira (Valencia), todo tan deprisa que ni siquiera supo muy bien a lo que se estaba enfrentando. «Yo sólo pensaba en cuándo me iba a volver a montar en la bicicleta. Mi objetivo era volver lo antes posible a mi vida, a mis estudios (Geografía y Ordenación del Territorio), a competir».
Y lo hizo, claro. «Porque la bici es mi medicina». «Tenían que ponerme freno. Iba demasiado rápido. A los dos días de salir del hospital estaba ya subiendo escaleras. Al rodillo no tardé en subirme tampoco, en apenas un mes. Me decían que no debía sudar...», relata con media sonrisa. La etapa rompepiernas transitaba por un momento dulce ahora. Hoy tiene el recuerdo imperecedero de cuando pudo volver a la carretera. «Fue muy especial. Salí con mi padre. Dos horitas con parada para el café. No la olvidaré».
Aunque el siguiente mazazo para el niño que había dejado a un lado el kárate y el fútbol para apuntarse a las escuelas de ciclismo de Onda, influencia paterna, estaba cerca. Lo cuenta con crudeza y precisión. «Yo ya estaba operado, me frotaba las manos, ya iba a empezar a hacer vida normal, a volver a la bici. Cuando me dijeron que tenía que estar medio año con la quimio fue el peor golpe. Sufrí un colapso, porque mis planes se truncaron. El tratamiento de quimioterapia y radioterapia se alargó un poco. Me fastidió mucho. Una semana al mes tenía quimio. Lo compaginé con los estudios y la competición. Y me dejaba muy tocado, pero seguía. Tenía dudas de si iba a ser capaz, pero en una carrera en Sabadell tuve muy buen resultado, quedé quinto. Y me dije, vamos a seguir palante».
Gonzalo Ariño, del Illes Baleares Arabay.David González
Y llegó el final de 2023 y otra vez la carretera de su existencia tornó veloz y soleada, como si el viento ahora le empujara. El Illes Balears Arabay iba a materializar el sueño de su vida, desde cuando en infantiles, «muy bajito porque crecí de los últimos», se lo pasaba pipa compitiendo que no ganando. Ahora Gonzalo era ciclista profesional. «Igual tenían opciones más fiables que yo, pero me dieron la oportunidad. Le tengo que dar las gracias a Toni Vallcaneras, el gerente de Arabay», hace hincapié. Y, de repente, se vio en mitad del pelotón, saludando a Carlos Rodríguez, diciéndole que era su ídolo, aquella primera carrera en La Nucía, «un buen golpe de realidad» también. Pues nada tenía que ver con el ciclismo amateur. «Dije: 'Madre mía la que me espera'», rememora.
El castellonense se ganó la renovación gracias a sus buenos resultados, a lo que apuntaban su piernas. Pero no iba a ser todo cuesta abajo. Los controles médicos rutinarios del año pasado mostraban síntomas extraños. El tumor volvía a asomar. «Alguna resonancia salió mal y la oncóloga me dio malas referencias. Tenía miedo. Aunque entonces se acabó limpiando todo, el susto me lo llevé y estuve un tiempo parado». Otra vez los subes y bajas. «En verano volví a entrenar y surgió la opción de ir con el equipo al Tour de Estambul. Y el primer día, en Çatalca, me metí en la fuga. Una sensación espectacular, la mejor de mi carrera».
Ariño posa para EL MUNDO, en Benicasim.David González
Este 2025, con los colores blancos y negros del equipo balear, Ariño comenzó a tope, desde enero: Morvedre, Ruta de la Cerámica, Clásica de la Comunidad Valenciana, Trofeo Calviá, Volta a la Comunidad Valenciana, O Gran Camiño, Gran Premio Miguel Indurain... Aunque... «En las últimas pruebas se ha confirmado que el tumor se ha reproducido definitivamente. Estoy tranquilo, porque parece bastante pequeño. No como la otra vez, que eran seis centímetros. Sé lo que viene y no me asusta», pronuncia, mencionando su confianza en el doctor Pedro Riesgo, su ángel de la guarda.
El mismo que tras la primera intervención, estando en la UCI, le enseñó unas llaves. «¿Qué es esto?», le preguntó. «Y yo sabía lo que era, pero no me salía la palabra», dice sobre esos instantes terribles de pérdida del habla, ya que el tumor estaba cerca de las hormonas que influyen en el lenguaje, superados como todo lo que afronta Gonzalo. «Cuando volvieron al día siguiente, lo conseguí». Sabe que en unos días volverá a pasar por lo mismo. «Pero nunca he pensado en dejarlo. Es más, todavía no me han vuelto a operar y ya estoy pensando en regresar a la bici».
Cuando Sergio García era un niño de verdad -pecoso, desafiante y divertido- apuraba los fines de semana en el Club de Campo Mediterráneo, en Castellón, ganando coca-colas a los socios en el putting green. Por allí pululaba desde el amanecer hasta el último rayo de sol mientras su madre, Consuelo García, atendía la tienda del club y su padre, Víctor García, impartía clases de golf. Entonces le llamaban coloquialmente McEnroe, por los rizos, las pecas y un espíritu competitivo tan indómito como el del tenista que acabaría confesando haber roto cerca de 300 raquetas a lo largo de su carrera.
Sergio lleva instalado en la élite del golf mundial desde 1999, cuando plantó cara a Tiger Woods y el mundo se enamoró de un chico de 19 años, rebosante de desparpajo, al que bautizaron como El Niño. Desde entonces acumula cerca de 40 victorias profesionales en todos los continentes, ganó el Masters de 2017 y es el jugador con más puntos en la historia de la Ryder Cup. A sus 46 años, asentado como capitán de los Fireballs en el LIV Golf, García acapara hoy más portadas por sus recurrentes ataques de ira que por sus éxitos sobre los campos.
El Masters de 2026 ha sido el último capítulo de una historia que parecía escrita de antemano. Desde el primer día se intuía que algo terminaría sucediendo. El sábado, tras un mal drive, se enzarzó con unos arbustos en la salida del hoyo nueve, golpeando con furia el driver contra el suelo sin lograr su propósito. Durante la ronda final del domingo aprovechó una mala salida en el hoyo dos para destrozar primero una de las marcas de salida y, segundos después, partir su propio palo contra una de las neveras de bebidas situadas en el tee. La imagen se viralizó en cuestión de segundos. "Obviamente no estoy muy orgulloso de ello, pero a veces sucede", se justificó.
La respuesta ante la prensa estadounidense que aguardaba a García tras completar los 18 hoyos no ayudó, sino que echó gasolina al incendio. Su actitud, calificada por muchos como altiva y prepotente, encendió aún más los ánimos.
En el propio campo, tras el incidente, Geoff Yang, presidente del Comité de Competición del Masters, se acercó para advertir al español por su comportamiento en el tee del hoyo 4. "No te lo voy a decir", respondió Yang cuando otro periodista le preguntó por el contenido de la conversación. "Siguiente pregunta, gracias", zanjó ante un nuevo intento. Ni disculpa ni atisbo de autocrítica.
El problema es que no se trata de un hecho aislado. García es reincidente y ha demostrado a lo largo de su carrera una incapacidad persistente para controlar la ira en el campo de golf. En su primer año en Wentworth, en 1999, ya acaparó titulares tras lanzar un zapato al público; en 2007 escupió dentro de un hoyo; ha roto putters y drivers, los ha arrojado a lagos -como sucedió en 2012 en Tailandia- o los ha enterrado en arbustos; se ha encarado con el público y en 2019 fue incluso descalificado en Arabia Saudí tras dañar hasta cinco greenes. "Como fruto de la frustración he dañado un par de greenes y pido disculpas por ello", llegó a escribir entonces en un comunicado.
A lo largo de su carrera se ha ensañado con micrófonos ambientales, marcas de salida, bunkers y todo lo que se cruzara en su camino. Una actitud difícilmente justificable en un profesional que aspira a ser referente para futuras generaciones. En Estados Unidos, parte de la prensa reclama hoy un castigo más ejemplar para El Niño, que a sus 46 años debería haber dejado de serlo, aunque sus actos sigan diciendo lo contrario.