Al salir aplaudido de la Philippe-Chatrier, Rafa Jódar se permitía un repaso a las gradas y un último vistazo a la pista. Pertenezco a este sitio, se leía en sus ojos. Este martes se fue con una derrota en cuartos de final de Roland Garros ante Alexander Zverev por 7-6(3), 6-1 y 6-3 y con algo más valioso: la confianza de que volverá. Durante semana y media ha confirmado que los Grand Slam son su lugar en el mundo y que disfruta entre tanta grandeza.
A sus 19 años ha podido comprobar que sus golpes son efectivos, que resiste remontadas a cinco sets y sobre todo que tiene las agallas necesarias para crecerse en estas plazas. Debe mejorar su físico y trabajar en aspectos de su juego como el saque o la variedad, pero tiene la potencia, la cabeza y la valentía. En unos años, tan excelente debut sólo será visto como el prólogo de algo mucho más grande.
Se recordará la frescura en su debut ante el estadounidense Aleksandar Kovacevico la lucha para remontar en cinco sets ante Pablo Carreño en octavos, pero también debería quedar en la memoria su primera hora ante Zverev.
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El marcador final resume con crueldad, pero al inicio el miedo recorrió los brazos del alemán, todo un número tres del mundo, desde los hombros hasta las puntas de los dedos y fue mérito de Jódar. Zverev nunca fue un tenista especialmente valiente; ya le advirtió Toni Nadal que, si quería ganar por fin un Grand Slam, tendría que atreverse más. Pero durante un rato, ante el español, estuvo encogido. La lesión de Carlos Alcaraz y las eliminaciones de Jannik Sinner y Novak Djokovic han colocado todos los focos sobre él -más presión para un jugador arrastra un saco de dudas e inseguridades-, pero además delante tenía un chaval sin miedo.
Durante el primer set, Zverev se refugió en la prudencia. Ni un paso adelante en los segundos saques de Jódar, no aceleraba la derecha, no buscaba las líneas, ni se planteaba abrir la pista con ángulos agresivos. Bolas lentas, cortas y casi siempre al centro. Su plan consistía en proteger su poderoso servicio y esperar a que el joven le regalara la victoria a base de errores. Sin embargo, ocurrió exactamente lo contrario.
El ‘break’ de Jódar
Pese a la grandilocuencia de la pista, con 15.225 aficionados en las gradas y una placa de Nadal en el costado, Jódar salió a golpear con todo y con todo golpeó. Un zambombazo. Y otro. Y los intercambios eran suyos. En el primer set consiguió un break a favor, con 5-3 llegó a sacar para llevarse el periodo y pudo haberlo hecho si Zverev no hubiera despertado. Con su pose melancólica de siempre, su mirada al suelo y sus indescifrables gestos costaba leerlo, pero en cuanto sufrió la rotura de servicio liberó su tenis. Se metió en la pista y ya no perdonó ni una. 11 puntos consecutivos ganó. De derechazo al fondo en derechazo al fondo, de revesazo desde el fondo en revesazo desde el fondo, hasta la victoria final.
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En el tie-break del primer set, Jódar perdió sus oportunidades por culpa de dos errores con su drive y luego ni en el segundo ni en el tercer set pudo sostener el ritmo de su rival. Zverev se enfrentará el viernes al vencedor del duelo entre Jakub Mensik y Joao Fonseca, es decir, otro joven, y deberá ser más osado desde el principio si quiere ganar por fin, de una vez, su primer Grand Slam.
Jódar, por su parte, podrá -también por fin- marcharse a descansar. En su primera temporada como profesional ha encadenado una increíble racha de 29 partidos en sólo tres meses y en Roland Garros lo ha notado. En su estreno mantuvo aquella alegría con la que asombró en el Trofeo Conde de Godó y el Mutua Madrid Open, pero en las últimas rondas ya se podía observar que las piernas le pesaban. Normal. Pese a ello se plantó en cuartos de final en su primer Roland Garros. De su estreno en París se llevó un puñado de puntos que le aupan al número 23 del ranking mundial, se lleva la experiencia de atemorizar a Zverev y se lleva la confianza de que volverá.






