Cómo no va a recordar el tiempo a un ciclista como Jonas Vingegaard, un elegido al que el capricho del destino unió su trayectoria a la del mejor de siempre. Y aun así, lucirá un palmarés enorme. En el camino de completar su tridente, ganar Tour, Giro y Vuelta (algo que todavía Pogacar no ha conseguido), el danés puso su primera piedra italiana en un puerto de esos que llaman a las gestas. Si no le hace falta más dureza al Blockhaus, en sus casi 14 kilómetros al 8,4% de desnivel, el viento fue el ingrediente mortal para tantos colapsos. Una victoria contundente que, sin embargo, no le otorga el rosa y no elimina a todos sus rivales. [Así lo hemos contado]
Beso su manillar Vingegaard en la cima, ya su nombre en las etapas de las tres grandes vueltas. No pareció ni exhausto, como si controlara los esfuerzos, consciente de que este Giro debe ser impulso para el Tour que vendrá. Y de que queda tantísimo hasta Roma. Por eso compartió sonrisas con Afonso Eulalio, todavía líder gracias a su renta en el día de Potenza. No será rival el portugués, pero queda la duda de si lo será Felix Gall, uno de los mejores escaladores del mundo, quien soportó con sus largas pedaladas, de menos a más, hasta casi echar el guante al danés.
Más dudas las que dejaron otros que se presumían batalladores. “He aprendido para la próxima”, reconocía en meta el osado Giulio Pelizzari, el valiente que salió a rueda de Vingegaard. Él cedió más de un minuto, como su compañero Hindley y Ben O’Connor. El resto prácticamente dijo adiós al Giro, incluidos Egan Bernal (a 2:53) y, sobre todo, Enric Mas (a 5:47 y eso que le apoyó todo el Movistar), otro fracaso a las primeras de cambio.
Apareció el frío, el viento y la lluvia, esa mezcla que hace único al Giro, que escribió sus leyendas pretéritas. Como sus montañas, inigualables. La primera gran cima, nombre austríaco del fortín del siglo XIX que la corona, era el Blockhaus, allá donde Eddy Merckx dio la pincelada inicial de la obra maestra que iba a ser su carrera, en 1967. Donde también ganó el Tarangu Fuentes (1972) o Nairo Quintana (2017).
No hay escapada en este Giro sin Diego Pablo Sevilla, el valiente de San Martín de la Vega decidido a vestir el azul de la montaña lo máximo posible, para gloria de su patrocinador, el Polti VisitMalta de Alberto Contador. Pero los fugados -seis en principio, sólo dos, Van der Lee y Zukowski ya al final- eran conscientes de su destino cuando llegaran las rampas del coloso de los Abruzzos. Llegaron a gozar de más de seis minutos y atravesaron como el resto los cambios del clima de un día eterno (de la lluvia al sol y viceversa), el más largo de la Corsa Rosa, casi 245 kilómetros desde Formia que Vingegaard, el más rápido, iba a completar en seis horas y ocho minutos.
No hubo tiroteo en el puerto previo (Roccaraso, 6.9 kilómetros al 6.4%), todo iba a caer por su peso en el Blockhaus. Primero fue Ineos, luego Red Bull y finalmente Visma, los que hicieron la selección. Fueron cayendo maduros, uno de los primeros Igor Arrieta, el héroe de Potenza, quien soñaba con el rosa. Más sorprendió el prematuro adiós de Enric Mas y Egan Bernal.
Esas primeras rampas, azotadas por un viento huracanado, casi siempre lateral, eran una tortura. Peor cuando Sepp Kuss lanzó a Vingegaard: a falta de poco más de cinco kilómetros, el danés se fue a por todas en solitario.
Aunque, de primeras, fue Pellizzari el que le aguantó un kilómetro, el italiano explotó. Feliz Gall, más diésel, iba a ser el mejor de los mortales, apenas perdió 13 segundos, antojándose el único oponente posible ya a estas alturas de Giro tan tempranas. “Es un gran rival. Ya lo sabía antes del Giro”, reconoció Jonas. El jovencísimo Markel Beloki salvó el honor de los españoles: toda una promesa.








