Rafa Nadal ha vencido a Mariano Navone en tres sets y pasa así a las semifinales del torneo de Bastad, donde se enfrentará al croata Duje Ajdukovic. El encuentro finalizó 6(2)-7; 7-5;7-5 en un durísimo partido para el balear, que puso a prueba sus capacidades tanto físicas como mentales.
Es el segundo partido más largo, a tres sets, al que se ha enfrentado Nadal, solo superado por el encuentro que le enfrentó a Djokovic en el Masters de Madrid en 2009, que tan solo duró dos minutos más que este.
En el primer set, logró ponerse arriba 6-5 y remontar un 1-4 a favor del argentino. Sin embargo, Navone empató con él a 6 puntos y se llevó el ‘tie break’ en el que el argentino fue superior frente a un Nadal más errático en el que perdió tres veces su servicio.
Nadal declaró que “no estaba concentrado durante el partido” y añadió que, a pesar de ello, “he podido aguantar físicamente hasta el final, eso es muy importante para mí”.
La reina sigue siendo la reina. Desde la majestuosidad de su alto trono, desde el capitel divinizado de su columna decorada con las barras y estrellas, Katie Ledecky resistió el ataque de la máxima aspirante a destronarla, a destituirla, a reemplazarla: Summer McIntosh. En unos 800 metros inolvidables, nadados para el recuerdo y la posteridad, la reina madre devoró a la reina adolescente, a la desafiante (¿quizás insolente, irrespetuosa en sus pretensiones?), Summer McIntosh.
La osadía, en cualquier caso, estaba justificada y era de agradecer. McIntosh era la única nadadora que, desde 2010, le había ganado, en 2024, unos 800 a Ledecky. Y sólo ellas dos habían bajado este año de 2:06.00. Toda expectación estaba justificada. Pero la canadiense hoja de arce se hundió en el momento definitivo y, además, sucumbió a la bravura de la australiana Lani Pallister, que le arrebató la plata.
Ledecky y McIntosh se citaron en un punto neutral del programa natatorio. Los 800 metros son para Ledecky, que domina los 1.500, una distancia intermedia. Y pueden resultar demasiado largos para quien, como McIntosh, viene de los 400. Aparte de sus marcas, su triunfo en los 800 de los trials canadienses la animó a desafiar a la reina-diosa. Hizo bien, pero le salió mal en una prueba que no necesitó que se batiera el récord del mundo (8:04.12), en poder de la Ledecky de este mismo año, para fascinar y responder plenamente a la expectación suscitada.
Salida fulgurante
Ledecky salió a romper, a agotar a quien osara seguirla, a mostrar su jerarquía desde el principio, desde la primera brazada y la primera inhalación. McIntosh y Pallister aguantaban. Las tres, nadando por las calles centrales, viéndose unas a otras cada vez que se asomaban al mundo para respirar, marcharon por debajo del récord del mundo hasta los 550 metros.
McIntosh se puso en cabeza a los 700 metros. Fue un espejismo. Entonces, cuando las branquias arden, los músculos crujen y la mente flaquea, Ledecky dio un tirón y se fue hacia la victoria con 8:05.62. Pallister, inconmensurable, estuvo cerca (8:05.98). McIntosh, tierna a la postre dentro de su fortaleza, empequeñecida dentro de su grandeza, se rindió (8:07.29) a la vencedora y a la evidencia. No alcanzó su cuarto oro en estos Mundiales, que, sin embargo, también la coronan por tantas razones.
Ledecky, de todavía 28 años, con su séptimo oro en la prueba desde Barcelona 2013, cuando McIntosh estaba a punto de cumplir siete años, y con su medalla número 30 en unos Mundiales, es merecedora de los titulares más entusiastas. Y del título de Mejor Nadadora de la Historia. En un deporte con diversas especialidades, siempre es relativa una afirmación semejante. Pero orientándonos en el bosque de triunfos, de galardones y de forma de obtenerlos desde una edad temprana, no cabe duda de que Ledecky es, en la natación femenina, un hito único y todavía ampliable.
Viraje a su carrera
En cierto modo, MacIntosh ha dado un giro a su carrera con ese apetito de tratar de asaltar el Palacio de Verano, el que lleva su nombre, Summer, pero en el que habita Ledecky. Y lo va a dar técnicamente cuando, a partir de septiembre, deje a Fred Vergnoux, un entrenador asociado para siempre a Mireia Belmonte, y se traslade a la Texas University, bajo la égida de Bob Bowman, factótum de Michael Phelps y técnico de unos cuantos medallistas en estos Mundiales. Entre ellos Léon Marchand. A los todavía 18 años (cumplirá 19 el próximo día 18), Summer afronta un nuevo ciclo del que probablemente saldrá más fuerte.
Puesto que, pese a todo, existían más pruebas en la jornada, es de justicia mencionar a los vencedores: Gretchen Walsh (50 mariposa), Kaylee McEown (200 espalda), Cameron McEvoy (50 libre) y Maxime Grousset (100 mariposa). Y por fin Estados Unidos ganó un relevo, el 4x100 libre mixto, con récord del mundo (3:18.48). La prueba es aún joven y conocerá más récords. España terminó en séptima posición (3:24.87). Había batido en las semifinales el récord nacional: 3:24.48.
El caballo cartujano debe su nombre a los monjes cartujos que, a finales del siglo XV, criaron la yeguada original de la estirpe en los alrededores de Jerez de la Frontera. Apreciados en todo el mundo por su belleza, la sangre cartujana es, además, codiciada por quienes buscan el cruce ideal para los ejemplares de doma clásica, en la que caballos de hasta 500 kilos dan pasos de ballet. La preparación física, con ejercicios monitorizados, con y sin montura, y una alimentación ad hoc, que incluye suplementos especiales, hacen posible, junto a la docilidad de la raza, que puedan soportar los entrenamientos necesarios, pero esos pasos están en la sangre. Lo mismo le ocurría a Isco Alarcón, dueño de los pasos del duende sobre la hierba, aunque, menos dócil y disciplinado que un caballo cartujano, estuviera desconectado del fútbol de élite desde su errático final en el Madrid, a la espera de encontrar montura en el tiovivo del fútbol.
Isco necesitaba entrenamiento, comprensión y hábitat. Lo primero exigía un cambio en su cabeza, no sólo en su cuerpo. Para lo segundo necesitaba a quien mejor lo ha entendido en un campo de fútbol, que ha sido Manuel Pellegrini. Lo tercero no tiene explicación, era duende por duende. El Betis es una forma muy particular de entender Sevilla, la gran Sevilla de los supervivientes que rompe su geografía, de los artistas y los antihéroes, y en la que el relato importa más que la victoria, al contrario que su, hoy, maltrecho vecino. Isco no se encontró en el Sevilla porque necesitaba a Pellegrini y necesitaba el relato verdiblanco, contado al oído por Joaquín. El tiovivo que jamás se detiene lo devuelve a la selección, y no como un caballo de cartón piedra.
RAÚL ARIAS
Cuando el Madrid ganó la Champions en París, en 2022, la UEFA no inscribió a Isco entre los campeones. La razón es que no había jugado un solo minuto en toda la competición. Había pasado prácticamente un decenio de blanco, de más a menos, siempre irregular. En su primera temporada, que era también la primerísima de Carlo Ancelotti, acabó por ganar la Décima con un importante protagonismo en la crecida del Madrid en la segunda parte de la final de Lisboa, además de la Copa. La comparación entre esas dos Champions blancas era, pues, insoportable, después de años de grandes apariciones y largos desencuentros en un equipo en el que siempre se encontraba a contraestilo, como si fuera el último mohicano de la era de la posesión en la tierra del vértigo y la verticalidad. El carácter, a menudo indolente, tampoco le conectaba con la idiosincrasia racial del Bernabéu. Si quedaba algún refugio, era la selección, pero se acabó de desmoronar con el partido que llevó la posesión al absurdo, en el Mundial de Rusia ante los locales. Isco fue titular.
A los 30 años, se imponía, pues, un cambio, pero debía ser en dos direcciones, hacia afuera y hacia dentro. Un equipo nuevo, pero también un Isco nuevo, más sacrificado consigo mismo. Convencido, el jugador contactó con Rodrigo Carretero. Diseñaron un programa específico, con dobles sesiones, y un plan de alimentación a la medida, con la suplementación necesaria. «Nos encontramos a un futbolista que había perdido la dinámica y la motivación en el Madrid. Cuando llegó al Sevilla, estaba ya al 100%, en mi opinión, pero meses después, cuando fichó por el Betis, su estado de forma era del 110%», explica Carretero. El torso era distinto al de sus peores épocas en el Madrid.
El Sevilla fue su elección, nada más dejar el Bernabéu, pero en diciembre rompió su contrato. No era lo que buscaba. Surgió la oferta del Unión Berlín, pero antes de aceptarla, Isco pidió a Pedro Bravo, su agente, que llamara al Betis. La razón era que allí se encontraba Pellegrini, el entrenador que mejor partido había sacado del de Arroyo de la Miel. Había sido precisamente en su tierra, en un Málaga que llegó a soñar con la Champions, detenido en cuartos por el emergente Borussia Dortmund de Jürgen Klopp, y donde también había coincidido con Joaquín, que le explicó todo lo que se podía saber sobre su Betis, al que había regresado para decir adiós.
El buen criterio de Ramon Planes
El whatsapp de Pedro Bravo sorprendió a Ramón Planes, entonces director deportivo verdiblanco, cuando el Betis se encontraba en la pretemporada, en Inglaterra. Sorprendido, Planes llamó al representante y le dijo: «Déjame que hable con Manuel [Pellegrini] y, si lo ve, hablaré con el jugador». El entrenador dio luz verde a la prospección. «Hablamos con Isco ambos por separado, Manuel y yo, y los dos coincidimos en probarlo. Charlamos sobre fútbol, sobre sus propósitos y su ilusión. En el consejo de administración había dudas, pero aceptaron nuestro criterio y el fichaje se cerró en menos de dos días, creo que es el más rápido que he visto», añade Planes, en la actualidad a los mandos de la dirección deportiva del Al-Ittihad de Benzema.
Cucurella e Isco, en Las Rozas.RFEF/Ángel MartínezEFE
«De su técnica no teníamos dudas, porque era un futbolista contrastado, pero lo que nos sorprendió mucho fue su capacidad de liderazgo, algo que no esperábamos», concluye Planes. En su segunda temporada en el Betis, ya sin Joaquín, Isco ha ejercido con madurez y con el brazalete de capitán, algo que, según ha confesado, le ha hecho sentir responsabilidades desconocidas, del mismo modo que la consolidada estabilidad familiar, casado finalmente con la actriz Sara Sálamo, junto a la que tiene dos hijos, más uno de una relación anterior.
«Sólo había sido capitán por ausencia de otros en el Madrid o en la selección», confiesa Isco, a sus 33 años. A esa selección regresó, ayer, tras caer en la final de la Conference contra el Chelsea de Cucurella, que le recibió en Las Rozas con un abrazo y una frase: «Ahora me toca disfrutarte». A todos.