Tres filas de seis asientos: 18 en total. El palco de los jugadores es un espacio amplio, muy amplio, que normalmente está abarrotado. Allí se sientan entrenadores, preparadores físicos, fisioterapeutas, mánagers, médicos, padres, madres, hermanos, primos e incluso amigos e invitados VIP. Por poner un ejemplo: si al tenista le viste Nike o Adidas, el responsable de esa marca también suele tener su hueco reservado. Pero en cada partido de Rafa Jódar en este Roland Garros el palco está prácticamente vacío. Solo, y normalmente en una esquina, se sienta su padre, Rafael. Nadie más.
Es una rareza, algo insólito en el tenis de élite, que incluso provoca equívocos. En tercera ronda ante Alex Michelsen, Jódar tuvo que detener el partido en un par de ocasiones para pedir a unos aficionados que se habían sentado allí por error que abandonaran su zona. «Los jugadores tenemos el derecho de decidir quién se sienta en nuestro ‘box’ y el único que puede hacerlo en el mío es mi padre. Supongo que esos aficionados debían tener sus asientos muy cerca y se equivocaron, y yo solo se lo recordé», se defendía el español, con toda la razón.
«Él siempre ha estado conmigo, ha sido mi mayor apoyo desde que soy niño», reivindicaba este domingo Jódar tras derrotar a Pablo Carreño en octavos de final. En su primer partido en una de las dos pistas centrales de París, la Suzanne-Lenglen -con capacidad para 10.000 espectadores-, la soledad de su padre quedaba aún más acentuada, sobre todo teniendo en cuenta que varios amigos de Jódar habían llegado desde Madrid para apoyarle y optaron por sentarse fuera del palco.
En realidad, en esa decisión de que el padre esté solo hay mucho simbolismo. Desde que empezó en el garaje de su casa en Leganés, Jódar siempre ha seguido sus directrices, aunque a lo largo de los años ha contado con la opinión de múltiples entrenadores: los del Club de Tenis Chamartín, los de la Universidad de Virginia e incluso algunos externos a ambas instituciones, como Fernando Varela. Él y su padre, contra el mundo. Era así en la infancia, también en la adolescencia, y quieren que siga siendo así ahora, en su asalto a la élite y en los grandes escenarios.
Los buenos y malos ejemplos
Según explica a EL MUNDO su entorno, la intención es que «como mínimo» este año la estructura se mantenga intacta; el futuro ya se verá. Jódar ya cuenta con ayuda en la gestión de prensa y valora la contratación de un fisioterapeuta, pero de momento nadie acompañará a su padre en el palco. En el Trofeo Conde de Godó y en el Mutua Madrid Open lo hizo puntualmente el doctor Ángel Ruiz-Cotorro, médico de la Federación, «por si pasaba alguna cosa», y en este Roland Garros se ha sumado David Ferrer, capitán de España en la Copa Davis, a quien no se le puede negar un lugar. Pero ya está.
La relación de Jódar con su padre es muy particular; desde fuera resulta difícil de descifrar. En el Masters 1000 de Roma, Jódar le lanzó algunos reproches antes de caer derrotado ante Luciano Darderi, pero fue una excepción. A sus 19 años, el tenista no duda en reclamar soluciones cuando las cosas se tuercen, y lo que recibe son directrices crípticas, breves y en voz baja. Entre ambos no hay un intercambio continuo ni un toma y daca, como ocurre con otros tenistas. «Tenemos una conexión muy especial. Fuera de la pista se ven cosas que no se ven desde dentro y me ayuda mucho», comentaba este domingo.
La figura del padre-entrenador empezaba a estar pasada de moda en el tenis, aunque siguen existiendo ejemplos en ambas direcciones. Alexander Zverev, el rival de Jódar en cuartos de final, siempre ha sido entrenado por su padre, al igual que Casper Ruud o Flavio Cobolli, modelos de éxito; el caso de Stefanos Tsitsipas ilustra, en cambio, que la fórmula no siempre funciona. Jódar, de momento, triunfa con la única ayuda de su padre.




