Contaba Andy Roddick en su podcast que todo el glamour del tenis se pierde entre bambalinas cada día de Grand Slam a las 11 de la mañana, cuando los partidos están a punto de empezar y la mayoría de los jugadores se pelean por ocupar los lavabos de los vestuarios. Los nervios van al estómago y en un torneo ‘grande’ solo se libran los elegidos. Para muchos una pista de Roland Garros es tan claustrofóbica y peligrosa como un octágono de MMA. Para unos pocos es el patio de la escuela. Rafa Jódar debutó este lunes en París y confirmó su madera de campeón, su envergadura como tenista, su carácter.
Ganó al estadounidense Aleksandar Kovacevic como tantas veces había ganado unas semanas atrás en Barcelona, Madrid o Roma, dominando con su juego agresivo, por solo 6-1, 6-0 y 6-4 en una hora y 34 minutos de juego, pero lo mejor fue su puesta en escena. A sus 19 años, en su primera vez en el lugar, no le tembló ni una ceja. Todo lo contrario, fue aún más firme, más serio, más expeditivo.
“¿Es aquí Jodár?”, preguntaba un aficionado francés a la prensa española con la duda en la cara. Sí, sí, era ahí. La organización situó a Jódar en la pista 12, una pequeña pista a los pies de la Suzanne Lenglen, una pista con apenas cuatro filas de gradas, y el error quedó claro desde el principio. El público galo, deseoso de ver al nuevo talento, abarrotó el lugar desde media hora antes del inicio del encuentro, y el calor que estos días azota París acabó convirtiendo el lugar en un horno. “Ici s’il vous plaît!”, gritaban los presentes a los encargados de regar la tierra batida entre set y set para que desviaran un poco la manguera y les dieran un remojón. Más de una vez accedieron. Era la única manera de aguantar.
La posición de su padre
El lugar y la temperatura podrían haber afectado a Jódar, que solo había disputado dos partidos a cinco sets, los dos en el pasado Open de Australia, pero tampoco fueron un problema. Ante un Kovacevic inmóvil, quizá impresionado por el escenario, quizá aquejado por el cansancio acumulado en el reciente ATP 500 de Hamburgo -fue semifinalista-, Jódar hizo lo que quiso. Derechazos aquí y allá, acometidas con su resto, finura con el revés, saques a toda velocidad.
Cuesta todavía leer la cara del español, que tampoco es especialmente expresivo, pero desde el primer momento parecía que estaba disfrutando de lo lindo. A mediados del primer set, Kovacevic le ganó un juego -se puso 3-1- y a partir de ahí ya no le dio descanso hasta una hora más tarde, en el tercer set, cuando ya lo tenía todo finiquitado. No necesitó ni tan siquiera hablar con su padre, que ni se sentó en el palco de los entrenadores, a pleno sol, y se colocó unos asientos más atrás en busca de algo de sombra.





