El partido en Múnich no era uno más. Era un nuevo enfrentamiento del Real Madrid contra Pablo Laso, ahora a domicilio. Era visitar al Bayern un día después del adiós de su mito Franz Beckenbauer y sentido homenaje hubo en el BMW Park. Y, sobre todo, era la noche en la que Sergio Llull se convertía en el jugador blanco con más partidos de la historia (1.047), superando a Felipe Reyes. Lo hizo con triunfo, como no podía ser de otra forma. [71-92: Narración y Euroliga]
Logró el hito el capitán ya avanzado el primer cuarto, cuando el Madrid empezaba a domar la noche con los puntos de los brates, demoledores como últimamente Musa y Hezonja. Y Llull, infinitivo, leyenda total, enhebró 10 puntos casi consecutivos, penetraciones talentosas, triples abiertos, todo su repertorio en una fecha para no olvidar.
Sólo Ibaka, Brankovic y un par de triples de Obst entorpecían a un Madrid otra vez acertado como en Vitoria, que avanzaba cómodo en Múnich, con distancias superiores a la decena (27-42 fue la máxima) que se mantuvieron también a la vuelta, con un Carlos Alocén cada vez más pleno en la dirección, siete puntos en ese tramo. No era brillante el equipo de Chus Mateo, más pérdidas de las que suele, pero sí efectivo.
Había una extraña calma en la pista, aunque el Bayern lo seguía intentando porque el Madrid no terminaba de cerrar, de pisar un poco más el acelerador para no complicarse. A base de triples (cinco seguidos), especialmente del eléctrico Sylvain Francisco, los de Laso se arrimaron (65-70). Pero la contundencia blanca parecía dispuesta a evitar males mayores: respondieron consecutivamente Abalde, Llull y Hezonja y se acabó lo que se daba. Tremendo parcial de 3-20 para la victoria 100 de Chus Mateo como entrenador blanco, en apenas 127 citas.
Baloncesto
LUCAS SÁEZ-BRAVO
@LucasSaezBravo
Actualizado Sábado,
20
mayo
2023
-
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«Me he caído muchas veces, tengo cicatrices por todo el cuerpo, pero nada iguala ese sufrimiento. Recuerdo una etapa del Tour. Me dolía tanto que no podía ni pedalear, se me saltaban las lágrimas». Ane Santesteban (Rentería, 1990) revive en voz alta su 2024, el que era el año de la vuelta a casa después de una década corriendo en equipos extranjeros, siendo una de las mejores ciclistas españolas de siempre, dos Juegos Olímpicos, Mundiales, top 10 en Giros y Tours... Un dolor tan insoportable como misterioso, una tortura mental también, hasta que en el lugar más improbable halló la solución. Una revisión ginecológica rutinaria iba a dar con el problema. «Tienes un quiste grande en el ovario y una endometriosis», le anunciaron. «Gracias a Dios. Qué liberación», respondió.
Ane cuenta lo que muchas otras callan, «por vergüenza o por miedo», por tratarse de salud femenina. Lo hace, una vez superado, para «normalizar, dar visibilidad y ayudar a otras mujeres». Las que le escriben en privado confesándole que su caso es el mismo, pidiéndole consejo. Detalla su experiencia, que es la de tantas deportistas, un tabú del que ahora escapa y se vuelve a sentir plena encima de la bici. Con los colores del Laboral Kutxa - Fundación Euskadi, el pasado fin de semana corrió la primera edición de la Milán-San Remo femenina. Acabó 35ª (a 1:25 de la ganadora, Lorena Wiebes), pero dejó un alarde. Como Pogacar en la masculina, la ciclista vasca marcó el mejor tiempo de siempre en la emblemática subida a la Cipressa, los 5,6 kilómetros en 11 minutos y 37 segundos (a de 29,1 km/h). «Este año quiero hacer las tres grandes, Vuelta, Giro y Tour», anuncia en conversación con EL MUNDO desde Rentería.
Es un renacimiento el de la menuda corredora errenteriarra. Porque, tal dolor le provocaba el problema ginecológico, que pensó hasta en dejarlo: «Al final dudas de todo». Hasta de sí misma, de si lo que le estaba ocurriendo no sería producto de su propia imaginación, porque ninguna prueba detectaba nada. «Le decía a Pablo (Rodríguez, también ciclista profesional, de mountain bike), mi pareja: '¿A ver si me estoy volviendo loca y me estoy inventando el dolor?' Entré en un bucle bastante complicado».
Ane Santesteban.Rosa GonzalezMUNDO
La temporada no arrancaba como las de antaño. No sólo era el malestar, tampoco los números salían. Tanto en entrenamientos como en competiciones, su rendimiento había bajado «entre 20 y 30 vatios». «Empecé el año pasado sin encontrarme bien en la bici. Estaba siempre con dolores, en las lumbares, hacia la espalda, me bajaba a una pierna. En ningún momento lo relacioné con los ovarios, claro. Y el Tour fue un calvario de dolor. Hablé con el médico del equipo y le dije los síntomas. Que no encontraba postura en la bici. Hicimos una resonancia en la espalda y no había nada. Yo decía: 'Algo tiene que haber'. Estaba en el sofá, sin entrenar, y no me podía ni mover, tenía muchísimo dolor», describe Ane.
Allí, en la Grande Boucle, donde en 2023 había finalizado octava de la general (fue séptima en el Tourmalet en la etapa reina), donde todo se hizo insoportable. «Recuerdo un momento durísimo. Día tras día, iba acumulando el dolor. En las últimas tres etapas... Sobre todo, hubo una, que se salía subiendo un puerto, donde yo mejor me defiendo. Lloraba. Pedía analgésicos para poder competir. Por mi experiencia, quería estar al lado de Usoa Ostolaza, aportar al equipo. Por intentar terminar, fue un sufrimiento bastante agónico», rememora.
Lo terrible para Ane era, sobre todo, no saber de donde provenía aquello. «No puedes empezar un tratamiento porque no sabes lo que es. Nuestros médicos están más acostumbrados a trabajar con resfriados, clavículas, dolores musculares...», explica. El calvario acabó el 31 de octubre en el sitio más insospechado, el ginecólogo, «en la revisión rutinaria de todos los años». Tenía un quiste en el ovario y sufría endometriosis, una enfermedad que se define por la presencia de endometrio (tejido mucoso que tapiza el interior del útero) fuera de la cavidad y musculatura uterinas y que afecta al 10% de las mujeres en edad reproductiva. «Me dijeron que lo mejor que podía hacer era tomar la píldora. El problema iba a seguir estando, pero iba a tener 'calidad de vida'. Desde que empecé, al poco ya empecé a sentirme muchísimo mejor», desvela, aliviada.
Pero no fue hasta el mes pasado que Ane quiso dar a conocer lo que le había ocurrido. Lo hizo con un sincero post en sus redes sociales en el que hablaba de «desesperación», pero también de que «las buenas sensaciones» habían vuelto. «No pensé que fuera a tener tanta repercusión. Llevaba tiempo dándole muchas vueltas. Venía guardando para mí todo lo que estaba sufriendo. Me daba un poco de miedo o vergüenza. Decidí que, como deportista, con el altavoz que tenemos, quería hablar de algo que muchas mujeres sufrimos en silencio. Darle visibilidad y contar mi experiencia por si podía ayudar a otras», proclama. Y tanto. La escribieron compañeras, ciclistas y de otros deportes. También ginecólogas y nutricionistas «para ofrecerme su ayuda».
«Es algo de lo que no se habla en el pelotón ni en el deporte femenino en general. Igual que hablas de una rotura de fibras, de una rotura de clavícula o de cualquier otra lesión o enfermedad. ¿Porque sea el ovario o el útero no se va a hablar? Es un tema tabú, da como vergüenza o respeto tratarlo», reflexiona Ane la escaladora, aquella niña a la que su padre, profesor de ciclismo en las escuelas del pueblo, inyectó en vena la pasión. Y a la que los puertos, en los que desde bien temprano se desenvolvió con facilidad, la hicieron profesional.
Ane Santesteban, en carrera con el Laboral Kutxa, esta temporada.Laboral Kutxa - Fundación Euskadi
Ane, que en diciembre cumplió 34, se siente ahora renacida. Dispuesta a aprovechar esta segunda oportunidad que le ha dado el ciclismo, a lograr su primera victoria después de tantos buenos puestos. «Creo que va a llegar, porque veo las cosas de diferente manera, porque vengo de pasarlo mal. He cambiado la forma de correr. Disfruto más y no tengo miedo de perder. Otros años me costaba más arriesgar, era más conservadora», explica, echando un vistazo a una carrera en la que transitó el camino del «cambio brutal» en el ciclismo femenino. «Ahora hay más equipos, más dinero, se retransmiten las carreras... En mis inicios, terminaba y tenía que escribirle a mis padres para decirles que estaba bien. Ahora hay salarios que son buenas cantidades, se ha conseguido tener un sueldo mínimo. Unos avances muy grandes», se sincera a quien le hubiera gustado nacer «un poco más tarde»: «Mi carrera hubiera sido diferente. Hubiese sido más sencillo. Cuando empecé era muy difícil tener un referente. Casi no podías soñar con ser profesional, porque no había ni estructuras. Tenías que ir al extranjero...».
Pasaron 24 años, un triunfo de otra época entonces, renovado por el histórico Río Breogán en una tarde también para recordar en el Palacio. Honores a los gallegos, a un entrenador como Luis Casimiro Palomo, pura sabiduría: desde aquel TDK de leyenda no ha dejado de dar lecciones en el baloncesto español. Pescó en las aguas calmadas de un Real Madrid despistado, al que aguantó incluso el arreón final habitual que intentó Sergio Llull. [97-101: Narración y estadísticas]
Hubo polémica, hubo emoción y hubo muchos puntos. Pero hubo, sobre todo, un equipo dispuesto a elevar el tono. Lo bordó el Breogán, una estupenda segunda mitad, y un acierto mortal en la recta de meta. Ahí donde Scariolo prefirió reservar a sus habituales killers (ni Hezonja, ni Campazzo ni Maledon en ese tramo), y donde Llull (17 puntos) a punto estuvo de firmar otra heroica. Lo más preocupante, pese a todo, fue la lesión de Alex Len, quien se marchó cojeando tras dejar 19 puntos y ocho rebotes.
La resaca búlgara del Hapoel había dejado a un Real Madrid mermado, lamiendo heridas para lo que está por venir y con la tranquilidad de quien ya hizo todos los deberes en ACB: acabará primero pase lo que pase en estas cinco últimas jornadas. Sin Deck, Garuba ni por supuesto Tavares, a última hora se cayó también Kramer con una bronquitis. Tampoco el rival se jugaba precisamente la vida, pues también cumplió con creces el Río Breogán, equipo de autor, sin opciones de playoffs pero también, desde hace semanas, sin ningún apuro por el descenso, que es de lo que se trata en su caso.
Luis Casimiro, que llegó mediado el pasado curso, ha maximizado las cualidades de un grupo que divierte y se divierte. Con dos americanos que cumplen (Dwayne Russell, que volvía tras lesión, y el completísimo DeAndre Cook). Con balcánicos de los que no fallan, desde el gigante Brankovic a ese metrónomo que es Mavra, pasando por Aranitovic, Apic o el atildado Andrics. Y con un Francis Alonso que es una de las revelaciones del año, anotador voraz.
Con todo eso y con la desinhibición de ambos, la tarde en el Palacio fue de vaivenes. De parciales de idas y vueltas. De la igualdad del acto inicial, ya con Hezonja en plan videojuego (con un espectacular caño incluido en una transición) a los latigazos gallegos, con los puntos de Cook y Aranitovic y las asistencias de Russell. Llull dejó un triple a tabla de esos imposibles y a Scariolo no le terminaba de gustar tanta pérdida.
El toma y daca siguió a la vuelta. Un correcalles por momentos, con ausencia de defensas y con los protagonistas poniéndose las botas. En ese ambiente, Hezonja es el alma de la fiesta. Pero el Breogán no se arredraba, con Dibba completando una y otra vez con mates los contragolpes y Mavra asestando triples lejanísimos, ante la oportunidad de ganar por tercera vez en su historia en semejante escenario (la última vez, en 2002).
Fue al inicio del acto final cuando el Breogán empezó a creer realmente en la machada. El Madrid perdió los nervios con alguna decisión arbitral y los de Casimiro estiraron la cuerda a un esperanzador +12 (tras dos canastas en pintura de Brankovic), a falta de ocho minutos. Más difícil todavía para el Madrid cuando Andric y Mavra volvieron a herir desde el perímetro. No faltaban ni tres minutos y sólo Llull creía en el imposible.
Le faltó poco, pues clavó dos triples, más tres tiros libres. Mavra pareció sentenciar a falta de 40 segundos y en la última acción, rocambolesca, del triple fallado por Procida atrapó el rebote Lyles, que falló clamorosamente bajo canasta, atrapó su rebote y anotó recibiendo falta después. Los árbitros, tras la revisión convenientemente perdida por Casimiro, anularon la acción de tiro y la opción de prórroga. Una locura de final.