Los malagueños, liderados por Kravish y Taylor, remontan 21 puntos en la segunda parte para asaltar el WiZink. Los blancos siguen líderes en ACB y Euroliga.
Campazzo intenta anotar ante los defensores del Unicaja.JUANJO MARTINEFE
“Todo el mundo cuenta con que vamos a perder”, anunciaba Ibon Navarro en la previa, antes de visitar a un equipo que parecía una locomotora en marcha, el Real Madrid de las 19 victorias consecutivas. Pero fue el Unicaja, piel de cordero, el que puso fin a la racha con una soberbia segunda mitad, desplegando ese carácter competitivo que le ha llevado tan lejos últimamente. [93-99: Narración y estadísticas]
Porque también los malagueños, los actuales campeones de Copa -en Badalona también tumbaron al Real Madrid, entre otros-, acudían lanzados al WiZink, ocho triunfos de carrerilla, la maquinaria bien engrasada en su particular apuesta por la continuidad. Pero pocos parecían creer cuando, mediado el tercer acto, un triple de Dzanan Musa ponía el 62-41. La remontada verde resultó asombrosa, a cinco minutos del final Kalinoski, también desde el perímetro, ponía el empate a 81. “Esto lo calificaría como una victoria de mucha fe, determinación y creer que teníamos que hacer 40 minutos de mucho trabajo sin mirar al marcador”, resumía Navarro, que tuvo en Kravish (23 puntos) y Cameron Taylor (19 y 27 de valoración) a sus mejores hombres.
Era el cuarto partido en una semana del Madrid, que vio su racha comprometida el domingo en Bilbao y el martes en Valencia. Logró salvar esos duelos en la angustia de finales apretados, el jueves trituró al Mónaco y el viernes comprobó como iba a perder por un tiempo, lesión de rodilla, a Guerschon Yabusele. Sin el francés y con el enmascarado Eli Ndiaye de vuelta (aunque apenas jugó unos segundos) llegó una derrota sin peros, como reconoció Chus Mateo. “Han jugado mejor que nosotros y nos han ganado, lo han merecido. Es justo reconocer que hoy han sido especialmente mejores en esa segunda parte. Quizá nos hemos caído un poquito físicamente o no hemos tenido la dureza mental de otras ocasiones”, admitió. El técnico repartió minutos y esfuerzos en su rotación (sólo Campazzo y Deck superaron, por poco, los 25 minutos), pero esta vez sus pupilos no tuvieron la fuerza mental suficiente ni el acierto para contener la remontada visitante.
Los blancos se mantiene líderes en solitario de la Liga Endesa (7-1) y también en Euroliga (8-0). Alzaron la Supercopa y también podrían presumir del triunfo ante los Mavericks de Luka Doncic. Por el camino de ese 19-1 para presumir, derrotaron tres veces al Barça. “Tenemos que aprender de esta derrota que tarde o temprano tenía que llegar. Llevamos desde septiembre, desde la Supercopa Endesa, trabajando muy duro la cabeza y esto tarde o temprano tenía que pasar. Seguimos adelante, seguimos trabajando y seguiremos haciendo las cosas como las tenemos en la cabeza y olvidando la derrota a partir de mañana”, reflexionó Mateo.
Porque el ritmo no se detiene. El jueves, de nuevo en el WiZink, el Real Madrid recibe al Alba de Berlín (colista de la Euroliga) y el domingo al Andorra en ACB.
Será un equipo del que nadie se fíe, así ha quedado demostrado en dos domingos para no olvidar. El Baskonia, tan irregular y tan marcado por las bajas, acabó con el Real Madrid en el Buesa y con el Barça en el Palau. Hurgó en la herida blanca y cortó la inercia azulgrana, un jarro de agua fría al estupendo arranque de Joan Peñarroya para su primera derrota en Liga Endesa. [89-93: Narración y estadísticas]
Porque el Barça acudía con el subidón de su extraordinaria semana europea, la continuación al más que ilusionante amanecer de la era Peñarroya (tras la Supercopa, seis victorias y sólo la derrota en Kaunas). El triunfo en la prórroga en Belgrado ante el Estrella Roja no fue cualquier cosa. Enfrente, muchos más problemas atraviesa el Baskonia de Pablo Laso, por los resultados y por las lesiones: en el Palau se plantó con una rotación de ocho hombres, sin Sedekerskis, Rogkavopoulos, Raieste ni Baldwin.
La pelea aparentemente desigual no lo fue. Porque los vitorianos mostraron carácter y desparpajo en el Palau. En el comienzo con el joven Ousmane Ndiaye en la pintura. El Barça se rehizo con la aparición de Metu, aunque se estancó ofensivamente en el inicio del segundo acto, apenas cuatro puntos en más de siete minutos.
Punter
Fue en la segunda mitad cuando más saltaron las alarmas locales. Los triples de Markus Howard y Luwawu-Cabarrot, además de las pérdidas del Barça, impulsaron al Baskonia, que llegó a mandar por 10 (38-48). Fueron Juan Núñez con la batuta y Jabari Parker los que lograron mantener la puja.
Que se iba a elevar aún más cuando Cabarrot y Trent Forrest (dos ex NBA) desplegaron toda su clase indomable. Y volvieron a estirar la ventaja a la decena (68-78 a falta de seis minutos). Para colmo, Laprovittola se lesionó alarmantemente en su rodilla. Y, aún así, el Barça peleó hasta el final, oxigenado por los fallos desde el 4,60 del rival. El quinto triple de Jabari, seis puntos seguidos de Punter... Para morir en la orilla, porque el propio Punter, héroe en Belgrado, falló una aparentemente sencilla penetración que hubiera mandado el partido a la prórroga.
Dos gigantes para derrotarlos a todos. Pero, ¿cómo lograr que los egos no confluyan? Que los dos pívots más dominantes de Europa convivan en armonía cuando casi siempre el éxito de uno supone el ostracismo del otro. Edy Tavares (2,20 metros) y Vincent Poirier (2,13) asombran y no sólo por su talla. Chocan una y otra vez en cada entrenamiento y nunca estalla el incendio. Han interiorizado que ahí, en ese día a día de competencia, está la mejora de ambos. El jugador más determinante de la pasada Copa del Rey y el MVP de la última Final Four tienen este viernes en Berlín el enésimo desafío, porque si hay un rival cuya pintura pueda asemejarse a la del Real Madrid, ese es el Olympiacos.
Moustapha Fall (2,18), Nikola Milutinov (2,13), Moses Wright (2,07), Filip Petrusev (2,11), Luke Sikma (2,04)... Y tantos guerreros a las órdenes de Bartzokas con ganas de revancha. "Dicen que somos la mejor pareja de pívots de Europa, pero eso hay que demostrarlo en cada partido". Tavares y Poirier son la envidia del continente. Juntos en el Madrid desde que el francés llegara en 2021, renegados ambos de esa NBA que ya no quiere a los gigantes que no amenazan desde el perímetro. Y que en estas tres temporadas apenas han sido utilizados a la vez ni por Pablo Laso ni por Chus Mateo. Si uno brilla, el otro observa sentado. Y si se carga de faltas o no tiene su día, se relame dispuesto a entrar en juego. Lo que podría ser un problema, es realmente una bendición.
La clave de la coexistencia reside en la personalidad de ambos. "Se quieren", explican desde un vestuario que cuida a sus guardianes, los que con su intimidación esconden los errores defensivos del resto (casi cuatro tapones por noche entre ambos, los dos líderes en Euroliga) y a los que los bases conectan en las alturas para finalizar los pick and rolls. "Tienen una relación extraordinaria entre ellos, veo cómo se ayudan en cada entrenamiento. Cada uno tiene su espacio y han sabido aprovecharlo. Me alegro por los dos, que son extraordinarias personas", concede Chus Mateo, el tipo que tiene la responsabilidad de encontrar el momento de cada uno. Tavares siempre es titular. Poirier actúa como revulsivo desde la segunda unidad.
Hasta el presente curso parecía evidente quien estaba por delante. Pero el rendimiento del africano, que es ya el segundo extranjero con más partidos en el Real Madrid (persigue a Jaycee Carroll), ha experimentado un pequeño bajón que ahora, llegado el momento clave, repunta. Un verano ajetreado con Cabo Verde en el Mundial, una neumonía, un esguince de tobillo... "Al ser tan grande, me supone un gran trabajo recuperar la forma. Me cuesta muchísimo arrancar", se excusa quien ya se observa de nuevo en plenitud y quien comprobó que, sin él a tope, el Madrid no se resintió.
Los números bajaron para uno y subieron para otro. En Euroliga, Tavares descendió en puntos, rebotes, tapones y minutos. Y Poirier, al contrario (de 6,1 a 8,9 puntos, con casi cuatro minutos más en cancha). El francés, que se perdió la pasada Final Four por lesión, fue fundamental en la reconquista de la Copa y, como admite su entrenador, "viene de un año excepcional".
Podía Poirier sentirse con ganas de más y poner malas caras cuando no aparece. O Tavares reivindicar su galones. Y, sin embargo... "Todos sabemos lo que ha hecho Edy por este equipo, todo lo que nos ha dado. Ahora ha estado lesionado y yo estoy aquí para suplirle", dijo en el Carpena Poirier. "Cuando él juega bien, yo soy el tío más feliz del mundo. Tengo que entender que si un día un partido no es para mí, no es para mí. Es para él. Y si es para mí, él está animándome. Es el mejor compañero de pareja de cinco que he tenido, porque no tenemos egos. Nunca hay malas caras", pronuncia un Tavares al que Vincent "adora".
Poirier, después de un entrenamiento.Javier LizonEFE
"Aprendemos el uno del otro. Jugar cada día con Edy te pone en dificultad, tienes que buscar soluciones. Nos ayuda mucho entrenar contra el otro. Y se ve en los partidos, que estamos preparados, listos y ayudamos al equipo", admite el ex del Baskonia, cuyo futuro (no ha renovado y tiene importantes ofertas de equipos Euroliga), sin embargo, no parece demasiado cerca de seguir a la estela de Tavares. El próximo año, en vez de compañeros, podrían ser otra vez rivales: de 2017 a 2019 se vieron las caras en ACB y Euroliga, uno ya de blanco y el otro de azulgrana.
"Ojalá no se vaya. Compaginamos muy bien. Es un tío increíble, un tío muy cercano. Siempre está dispuesto a ayudar en lo que sea. Nos ayudamos mucho, tanto dentro como fuera de la cancha. Ojalá que se quede con nosotros y podamos llegar los dos otra vez a final de temporada con mucha energía y con muchas ganas de dar lo mejor al equipo", pide un Tavares cuyo contrato también finaliza en unas semanas, aunque todo parece indicar que llegará un entendimiento con el club blanco. Esa es, al menos, su intención: "Siempre lo he dicho, llevo un año negociando mi contrato, y pienso luchar por quedarme aquí".
«Tenía 23 años, perdí totalmente el brillo en los ojos». Nil repasa en voz alta lo que él mismo define como un «duelo». Habla de «odiar» todo lo que le hacía feliz, de «sentir lástima» por sí mismo y hasta de apartarse de «personas que quería un montón»; se negaba a recordar lo que había sido. Nil Riudavets (Mahón, Menorca, 1996) ahora tiene 28 y es pura inspiración, desde aquellos abismos, desde el accidente compitiendo que le costó la movilidad de su brazo derecho. Es el enfermero que era y el triatleta también. Aunque todo lo detestara. «He perdido el brazo, pero he ganado una vida», presume hoy, tras un verano inolvidable: bronce paralímpico en París y subcampeón del mundo en Torremolinos.
Aquel 1 de mayo de 2019, en el Prat, Campeonato de Cataluña por equipos, Nil, promesa del triatlón nacional, dándolo todo en cabeza del suyo, no fue capaz de esquivar ni el impacto frontal contra otro ciclista ni el destino. «Se dieron todos las factores posibles en un circuito que no era lo seguro que tenía que ser. Después del choque recuerdo muy poca cosa. En el suelo hice un análisis rápido de mi cuerpo y vi que el brazo derecho ya no lo movía. Sentí miedo, me vino muchísimo dolor, empecé a gritar... allí perdí el conocimiento», relata el instante que cambia para siempre una vida.
Se despertó 12 horas después en la UCI del hospital de Bellvitge sin entender nada. «Mis padres me explicaron la gravedad», cuenta Nil, detallando el parte médico. «Tenía partida la clavícula en varios trozos. Lo más crítico fue la arteria subclavia, la que lleva la sangre al brazo, una hemorragia interna muy bestia. Y la secuela principal, el arrancamiento del plexo braquial, que es el paquete de nervios que se encarga de la motricidad y la sensibilidad del brazo. No podía mover nada. Estuve un mes y medio en la UCI».
El triatleta paralímpico Nil Riudavets, en Mahón."Germán Lama"MUNDO
Entonces llegó lo peor, la negación, la vida marcada para un chico que «ya era independiente en Barcelona, hacía deporte, trabajaba de enfermero en urgencias... Y vuelvo a Menorca siendo una persona dependiente, en casa de mis padres... Siempre había sido muy optimista y durante ese periodo de mi vida soy una persona apagada, con muchas inseguridades. Asimilé que estar mal era lo normal. El duelo me duró dos años».
Nil atiende a EL MUNDO jovial, a punto de irse de vacaciones con su pareja a Tailandia, tras su jornada en el hospital Mateu Orfila de Mahón. Ya no se desempeña en Urgencias, donde le encantaba «el aliciente de la adrenalina», sino en Seguridad del paciente y Calidad. Volver al trabajo fue el primer paso. Pero a aquel niño que jugó al fútbol hasta Bachillerato, que nunca dejó de nadar y que cada verano completaba todas las carreras de su isla, le quedaba recuperar una parte de su existencia. «No podía ver ciclismo. Odiaba todo lo que tuviera que ver con las dos ruedas. Era súper fan del Tour y durante tres años no lo vi. Y desconecté totalmente de todo lo que fuera triatlón. Me creaba mucha rabia que un deporte que yo quería tanto me había llevado a una situación tan dura como es perder un brazo», revive ese agujero de «ira y resquemor», de «pérdida de identidad brutal». «Me miraba al espejo y sentía lástima por la persona que veía reflejada. Me hacía mucho daño».
El primer paso hacia el reencuentro con el deporte Nil lo sitúa en un viaje con su novia a Picos de Europa. «Vimos una carrera de ultradistancia, la Travesera. Y empecé a conectar un poco con el mundo del running», recuerda. Aunque mucho antes, todavía en el hospital, había recibido una visita de esas que jamás se olvidan, la de Álex Sánchez Palomero. «Se presentó a la semana del accidente, yo no le conocía de nada. Era un chico con la misma lesión, la misma discapacidad. Había sido bronce en Tokio en triatlón. Me explicó cómo era su día a día con un brazo. Eso me marcó mucho. Vi a una persona con una vida totalmente plena. Me animó siempre a perseguir mi sueño, a normalizar todo», alaba a quien ahora es, a la vez, su compañero y su rival.
Nil Riudavets, en Mahón."Germán Lama"MUNDO
Una vez hechas las paces consigo mismo y con el deporte, Nil empezó a correr. En cuatro meses completó un 10k en 32:40, su mejor marca, y una media maratón en 1:10. Y se planteó lo impensable, intentar acudir a los Paralímpicos en Maratón, aunque justo eliminaron del programa su categoría. «¿Y si lo intentó en triatlón?»
Ese segundo paso era el más complicado, quizá el inimaginable. Nil, que antes era diestro y tuvo que hacerse zurdo -«desde el minuto uno cuando subí a planta en el hospital. Pintando mandalas, con libros de caligrafía...»-, se subió de nuevo a una bicicleta. Con todos sus miedos. «En el viaje en coche de vuelta, le dije a mi padre que yo no volvía a montar», asegura de un proceso lento pero seguro con su bici adaptada. También había que nadar con un solo brazo. «Costó mucho, porque tienes que adaptar totalmente la técnica. Son horas y horas. Nunca me hubiese imaginado que con un brazo se pudiese nadar tan rápido», se felicita.
Riudavets, durante los Juegos de París.EM
Y, tras un durísima preparación, cinco años después del accidente, estaba en la línea de salida de unos Juegos Paralímpicos. Con un triatlón por delante hasta la medalla. Tras el agua y la bici, aún mantenía sus opciones. Acudía a un desenlace de película. «En la carrera mis amigos me dijeron que parecía que me habían puesto la estrella del Mario Bros. Empecé como un loco, con la piel de gallina. A 400 metros alcancé al tercero, estaba vacío de energía, pero tenía un plus de rabia acumulada. Le arranqué y llegué a meta gritando, llorando. Todo el esfuerzo había merecido la pena».
Nil Riudavets, tras ganar el bronce en los Juegos Paralímpicos de París.EM
«En el momento que cambié la mirada hacia mí mismo, todas las de la gente también cambiaron. Ganar una medalla en el deporte que me hizo perder el brazo fue perdonarme con la vida. Ahora veo miradas de orgullo y emoción y ninguna de lástima», concluye Nil, con otro reto maravilloso por delante. Pretende acudir a los Paralímpicos de Invierno de 2026 en Milán-Cortina d'Ampezzo en esquí de fondo. «Sería un sueño después de haber ido ya a unos de veranos. Y más siendo yo de Menorca, que aquí nieve, cero», bromea.