El bocinazo final en el Palacio desató las iras de Pedro Martínez. Como no se recordaba. El veteranísimo técnico catalán se fue directo a por los tres árbitros del segundo duelo de la final (Pérez Pizarro, Araña y Perea) y los persiguió a gritos hasta el túnel de vestuarios. En los micrófonos de Movistar, segundos después, se contuvo. No así en la rueda de prensa posterior, donde el entrenador del Valencia Basket arremetió duramente contra los jueces tras la derrota de su equipo en el tiempo extra que le aboca a un 2-0 que nadie levantó jamás (18 de 18 en los precedentes).
“Felicito al Real Madrid por ganar un cara o cruz y por haber llevado el partido a la prórroga. Al mismo tiempo, estoy un poquito quemado. Con determinadas acciones que han pasado en el partido”, comenzó Martínez, quien pidió que “los estamentos profesionales de la liga” hicieran un análisis “serio” de lo sucedido. “No necesito que sea público, porque yo ya sé lo que ha pasado. Pero creo que ha habido acciones muy decisivas”.
El entrenador del Valencia las detalló a continuación, haciendo especial hincapié en la que desató las iras de la afición taronja, un ‘barrido’ ilegal de Tavares a la bandeja de Jean Montero cuando restaba poco más de un minuto para el final y todo estaba igualadísimo (87-88). “Toca el tablero y la barre sin tocar el aro. No entiendo que ninguno de los tres árbitros pite para ir a revisarlo, que lo pueden hacer. Y si no pita, no pueden verla ellos ni pedirla yo. Árbitros muy expertos, que saben cuándo sí y cuando no. A estos árbitros los conozco de toda la vida, nos han pitado muchas veces, y en el conocimiento muchas veces está la realidad”, denunció.
“Ha habido varias. El final del partido ha sido un despropósito. Que lo analicen. Y que mejoren. Aquí estamos todos para mejorar. Nosotros también intentaremos mejorar y hacerlo mejor en el próximo partido. Que lo hagan todos los estamentos. Porque aquí todos somos profesionales. Que parece que unos lo somos más que otros. No quiero quitar al Real Madrid un ápice de mérito de su juego, de su carácter, de cómo han levantado el partido. Son el mejor equipo de la liga. Una cosa no quita la otra”, concluyó.
Era la victoria número 31 seguida en el Palacio de los blancos, la que les deja a un suspiro de su segunda liga seguida. La que elevó la leyenda de un Campazzo vital en los minutos finales de remontada y que con sus 11 asistencias rompió el récord en una final, superando a José Luis Llorente, Elmer Bennett y Sergio Llull. “El Valencia no te permite licencias, pero hemos apretado los dientes en el momento más complicado”, explicó Chus Mateo.
Contra maldiciones (desde 2002 ningún anfitrión triunfa...), nada mejor que el descaro, el talento callejero, el flow dominicano. Jean Montero desafía la presión imaginando que aún juega en su barrio de Santo Domingo, las calles donde el baloncesto es también una vía de escape. Ante su liderazgo y ante un Valencia Basket decidido a reinar en esta Copa que se inaugura en el Roig Arena, que vuelve a la ciudad del Turia 23 años después, sucumbió el Asisa Joventut (95-84).
Ni el influjo de Ricky -qué lujazo- que meditaba un rato antes del comienzo del duelo, como si visualizara con ojos cerrados aquel pasado, aquel niño de 17 años que alzó el trofeo de verdinegro en Vitoria 2008. O el que antes de dar el gran salto a la NBA lo conquistó dos veces más de azulgrana. Feliz Ricky, feliz el baloncesto.
Hace 10 días, la Penya derrotó al Valencia en el Olimpic. Al ese equipo redondo de Pedro Martínez que ya no sorprende si no que asusta en la mismísima Euroliga. Que parte de favorito en la Copa, mirando a los ojos sin complejos a Madrid y Barça. Entonces fue un 10-2 de salida, que recordaba Dani Miret clave para el desarrollo del duelo después. Algo parecido esta vez, cuando al 5-0 inicial respondió el Joventut con un aluvión, un parcial de 2-13 con ese alero que tira tan raro como efectivo, Cameron Hunt, inabordable.
Pero no cundió el pánico. El Valencia derrota por erosión. Por seguir a lo suyo, juego rápido, triples, carreras y rebote ofensivo. Entre primer y segundo cuarto, un parcial de 10-0 que trastabilló a los catalanes. Empezaban a no encontrar respuesta, porque el intercambio de golpes con este Valencia es condena. Otro arreón justo antes del descanso dejó heridos a los de Miret. Montero era ya un demonio que se empezaba a gustar (46-34, con 15 puntos del dominicano).
El Joventut se llegó a ver 17 abajo a la vuelta de vestuarios y, sin embargo, contra todo pronóstico, resucitó. Mostró coraje y relució su experiencia. La de tipos como Tomic, Hanga o el propio Rubio. Montero se enredó en batallitas con Vives y perdió algo de ritmo. Quedaban nueve minutos y los de Miret, que últimamente andaban con el acierto del revés, estaban a tres puntos a base de triples (69-66).
Ricky Rubio, durante el partido ante el Valencia.Kai ForsterlingEFE
Pero al Valencia, a este Valencia, al pimpampum no le gana casi nadie. En el momento de la verdad, los triples como lluvia fina en el Roig Arena, dos de Pradilla (solidísimo, como siempre), Badio... Y otra vez la ventaja y un Joventut que moría lentamente. Fue el propio Papi Badio el que puso el remate, ya sin aliento el Joventut, digno, pero corto en el Roig Arena.
«¡Yaaa, Lexus, amigo mío!». Juan Matute (Madrid, 1997)chasquea la lengua, palmea con tanta firmeza como cariño el cuello de su caballo, al que monta en una danza hipnótica bajo el sol primaveral. «Tiene nueve años, es el Lamine Yamal de esto», presume el jinete español, hace un momento a lomos del tordo Navaltocón, otro ejemplar de una belleza sublime. Fue una mañana como esta, en el cuadrilongo cubierto del Centro Ecuestre Sun Point, cuando hace poco más de cinco años Juan volvió a nacer. «El regalo», le gusta llamarlo al jinete.
«El 5 de mayo de 2020 estuve al borde de la muerte. Desde entonces tengo dos cumpleaños. Esa fue mi segunda oportunidad de la vida».
Aquella era la primera vez que, en pleno confinamiento por la pandemia, Juan pudo acudir a entrenar con sus caballos a la finca de Arroyomolinos. Los Juegos de Tokio habían sido pospuestos por el coronavirus, pero seguía latiendo el anhelo de imitar al padre, una leyenda Juan Matute senior de la doma clásica española, olímpico en Barcelona, Atlanta y Sidney (en Pekín, con Juan ya nacido, acudió como suplente). Bajo su mirada ejecutaba el movimiento estrella, el passage piaffe, encima de Guateque IV. «Estábamos ya terminando. Le di un respiro al caballo y estábamos descansando, cuando me empecé a marear, a perder el campo de visión. Una sensación de náuseas. Gracias a Dios mi padre estaba a pie de pista y me dijo que me bajara del caballo. El accidente hubiera sido fatal. Según me senté en el suelo, el dolor de cabeza fue brutal. Grité: '¡Mi cabezaaaa!'. No recuerdo absolutamente nada más». Había sufrido un gravísimo derrame cerebral.
Matute, con otro de sus caballos, en Arroyomolinos.Angel Navarrete
Lo que siguió, en palabras de Juan, al que se lo contaron mil veces porque lo olvidaba, que todo lo repasa con una sonrisa y todo lo apoya en una fe que el proceso despertó -«antes del accidente era más bien tibio, de ir a misa de vez en cuando. Después, llegó mi conversión al camino de la verdad. Obró el milagro el Jefe»-, fue de «película de terror».
Ambulancias, policía, un helicóptero que lo trasladó al Hospital La Paz. «Todo por un chavalín sano de 22 años que hacía su deporte». Que venía sufriendo desde días atrás intensos y extraños dolores de cabeza, «punzantes en el ojo izquierdo». Asomaba una malformación de nacimiento, arteriovenosa congénita. Le operaron de urgencia pero no funcionó y quedó en estado crítico. «A mis padres les llegaron a preguntar si yo era donante de órganos. Ellos pensaban que me habían dado por muerto. Pidieron a un sacerdote que me diera el último sacramento, la extremaunción», pronuncia con frialdad, antes de relatar, ahora sí con emoción, el siguiente milagro, «la llamada de Estela, una conocida del mundo de la hípica». Que les habló del doctor Claudio Rodríguez y su equipo, de la Fundación Jiménez Diaz, de su experiencia en operaciones intravenosas. «Había visto las imágenes y creía que podría conseguirlo. Mis padres se agarraron a ese clavo ardiendo. Me pudieron trasladar dos días después, cuando bajó la presión intracraneal. El 9 de mayo fue la segunda operación». Cuatro horas en el quirófano a vida o muerte. 25 días en coma.
La mañana que volvió a la hípica, meses después, sus caballos se asustaron. Pesaba 55 kilos y sufría hemiparesia. «Fue emocionantísimo. Los caballos me miraban raro. Olía a medicina. Emitía un aroma extraño para ellos, que son tan sensibles. Y andaba como un robot, no me reconocían». No tardó en volver a subirse, en volver a caerse también. «Mi lado derecho estaba paralizado. Si en nuestra disciplina ya es complicado, ahora me faltaban recursos. Habilidad. Mi padre me gritaba: '¡Juan, levántate, inténtalo de nuevo!'».
Juan Matute, con Lexus, en Arroyomolinos.Angel Navarrete
No iba a ser la última caída para un chico de 22 años, 10 de ellos viviendo en Florida, que había visto cómo todo se truncaba sin previo aviso. El niño que desde los seis practicaba la hípica -«empecé en la categoría de ponis, en la disciplina contraria, los saltos de obstáculos»-. Que fue campeón de Europa juvenil en 2015. Y que descubrió «el trallazo» de que lo cotidiano se convirtiera en pesadilla, de sufrir hasta «en la tontería más absurda». «No podía peinarme por mí mismo, no podía sonarme los mocos. Tenía que ir en silla de ruedas, me tenían que dar de comer, me duchaban...». Llegaron las nubes negras, la depresión. «Cada mañana me despertaba queriendo tirar la toalla. Estaba rendido, deprimido. 'Que me deje todo el mundo en paz, que ya he sufrido suficiente. Adiós'. Mi madre me decía: 'Hazlo por todas esas personas que no lo han podido superar como tú'». Trabajó con psicólogos, se refugió en la familia y en la iglesia, hasta apreciar lo que él llama «la belleza de la superación diaria».
Juan cuenta todo esto, tan reciente, con una naturalidad que contagia. Sonríe a la vida y persigue con ahínco su sueño olímpico, cada día más de ocho horas con sus caballos. Con sus cuidados, con su entrenamiento. «Todo en la doma es arte, tacto ecuestre. Es un talento, poder compenetrarte con otro ser, con otro animal. Que no es depredador, es más bien presa, un animal de huida. Por lo que tiene que confiar en el jinete. Y eso lleva a la compenetración. Al resultado», cuenta de sus compinches equinos, como «amigos íntimos» con los que quiere triunfar. Y eso que... «Al 100% nunca se recupera uno. Es mucha herida la que me causó el derrame. Hay una facetita que me obliga a superarme cada día, desde la humildad», desvela, sin querer dar más detalles.
Un año después del accidente, aún en plena recuperación, ya se quedó a las puertas de los Juegos de Tokio. Como tres años después a las de París. Y ahí sigue el escudo que llevó su padre, que pretende bordarlo en su propio frac olímpico, porque «a la tercera va la vencida». Los resultados ilusionan. Matute ganó a finales de 2024 en Frankfurt con Lexus, un Gran Premio Internacional Cinco Estrellas, "mi mayor hazaña hasta el momento". También de su récord (69,8% y victoria) con Navaltocón después en el Jarama. Y del Campeonato de España, hace unos días, donde estuvo al borde de otro triunfo. Fue plata en el segundo día de la competición en la prueba de la Intermedia 1 con Formentor (otro de los caballos de su equipo de competición). Con Lexus fue sexto en la final de la prueba grande. «Con margen de mejora y mostrando grandes cualidades y potencial. Recibí comentarios muy optimistas por parte del jurado», relata. Lo siguiente, este mismo año, será el Campeonato de Europa. Y en 2026, el Mundial.