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De negro riguroso, tocada la cabeza con un diminuto pañuelo rojo, lo justo para llevarlo, lo justo para dejar ver su pelo, Mazinha Talash intenta pasar inadvertida. No puede. Las miradas la persiguen como se persigue una buena historia que contar, antes en Madrid, ahora en París. En su atuendo hay contrición y hay respeto por la tradición de su cultura, compatible con la rebelión frente a quienes convierten una prenda de vestir en una prisión física y moral. Puede ser tu padre. Afganistán, su país, es el lugar de las celdas andantes. La pequeña Mazinha estaba condenada a una de ellas. El baile la liberó, como si cada movimiento la elevará a una realidad imaginaria que, hoy, es real. Es el break dance al que en este caso podríamos llamar 'break freedom', el break dance de la libertad.
«Cuando bailaba, me olvidaba de todo, de lo que ocurría en mi vida», dice unos días después de ese primer encuentro en Madrid. Acaba de entrenarse y mueve su flequillo. Es como si el break hubiera roto los mecanismos del pudor, un pudor inevitable para quienes no luchan únicamente contra la opresión, en este caso de los talibanes, sino también contra la tradición y la costumbre, contra parte de los suyos.
El último entrenamiento antes de viajar a París, para unirse al Equipo de los Refugiados, lo ha realizado en el Auditorio Trece Rosas de Vallecas. La instalación recibe el nombre por trece mujeres fusiladas durante la Guerra Civil. Mazinha no lo sabe. Podría haber corrido una suerte similar de no haber huido de su país, primero a Pakistán. Para hacerlo tuvo que colocarse un burka. La cárcel tenía esta vez un pasadizo hacia la libertad. Un año después, logró asilo político en España, gracias a las gestiones de la gente del break dance en nuestro país, la Federación Española de Baile Deportivo y el Comité Olímpico Español, que contactaron con la embajada en Islamabad. Una vez en España, se instaló primero en Huesca y después en Madrid. «Si los talibanes saben que escuchas música o bailas, van a matarte», dice con su voz líquida, pero con un incontestable aplomo para sus 21 años.
"Pusieron bombas en nuestro club"
Todo empezó cuando Mazinha vio un vídeo de un especialista que giraba sobre su cabeza. «Quiero hacer eso, me dije, y empecé a buscar», explica. Era una niña y Afganistán estaba todavía bajo el control de Estados Unidos y las fuerzas occidentales. «Mi vida era dura, como lo es especialmente la de todas las niñas sin padre. Por eso cuando descubrí el break fue como vivir otra vida. Encontré un pequeño club en Kabul [Superiors Crew], en el que hacían break y rap. Cuando llegué, había 55 chicos y ninguna chica. Insistí y me aceptaron», recuerda. «Tuve que cambiar mi nombre para que no se viera perjudicada mi familia -continúa-, pero por mucho que hagas, los talibanes lo averiguan todo de tu vida. Era peligroso, incluso llegaron a poner varias bombas cerca de nuestro club de baile, hasta que hubo que cerrarlo».
Todo cambió, sin embargo, cuando los norteamericanos y el resto de fuerzas de la OTAN abandonaron el país en mitad del caos, a lo Saigón, y los talibanes entraron en Kabul, en agosto de 2021. «Después de varios intentos, pudimos huir al año siguiente, no había otro remedio. Lo hicimos todo el grupo de baile. Aunque no teníamos pasaportes, conseguimos llegar a Pakistán, yo cubierta con un burka y mis compañeros con los tatuajes tapados. Me llevé a mi hermano pequeño, de 12 años, como si fuera su madre. Fue duro, muy duro, dormíamos 22 personas en una habitación. Pasé por una depresión, sólo tenía ganas de llorar, pero debía hacerlo a escondidas por mi hermano. Finalmente, encontramos una opción para poder llegar a España», relata, al tiempo que agradece la ayuda recibida en nuestro país.
Competir y enviar un mensaje
En marzo de este mismo año, recibió la beca Solidaridad Olímpica del Comité Olímpico Internacional y gracias a su nivel y a los entrenamientos con los técnicos de la Federación Española, en concreto David Vento, fue seleccionada entre los 37 miembros del Equipo de los Refugiados, creado en 2016. «Su motivación es excepcional. Ella quiere competir, claro, pero también quiere enviar un mensaje a todo el mundo», manifiesta su entrenador.
«París es un sueño. Quiero bailar y dar todo de mí para decirle al mundo quién soy, de dónde vengo, y hacerlo por las mujeres a las que se les niega todo, la vida, en Afganistán. Lo haré por ellas», concluye Mazinha, conocida ya en el mundo del break como 'B-girl Talash'. Para esas mujeres realiza, además, diseños de ropa, con el deseo de que algún día puedan llevarlos en las calles de Kabul. Ella saltará a la impresionante Plaza de la Concorde, escenario del break dance, el último fin de semana de los Juegos, con su pelo suelto y quizás teñido. Libre.
La explicación al apagón de Kylian Mbappé está en su mente. A esa conclusión llegan quienes están cerca del futbolista, también quienes le conocen y le observan, hoy, desde la lejanía. La regularidad y la presencia en el juego puede encontrar razones en el funcionamiento colectivo del Madrid, algo que debe anotarse en el debe de Carlo Ancelotti, pero los errores continuos en la toma de decisiones cuando se encuentra frente a frente con el portero, a solas, responden a un problema emocional de alguien sometido a un cóctel de presiones. En el punto de penalti estallan.
Presiones que empiezan por su desafío en el Madrid, un club que nada tiene que ver con el PSG. Mbappé mira a un lado y a otro, y observa a jugadores a los que las Champions se les caen de los bolsillos. La urgencia por alcanzar el trofeo se convirtió en obsesiva para su antiguo club y, por añadidura, para el futbolista: una unidad de destino perversa. La pasada temporada ya dejó ver a ese Mbappé hastiado y errático en su búsqueda. Le sucedía a Zidane, a pesar de llegar al Bernabéu ya como campeón del mundo, al igual que Mbappé, hasta que la volea de Glasgow fue como un exorcismo. También sus comienzos fueron difíciles.
Una llegada muy preparada
Mbappé preparó su desembarco en el Madrid al detalle, incluso con el aprendizaje del español, con cada gesto y hasta con el traje de su presentación, más cerca de Florentino Pérez que del estilo 'grunge' de sus compañeros. Ha querido agradar, pero en ese deseo ha dejado atrás un punto de rebeldía, parte de su ego. En su equipo lo ha encontrado en Vinicius, alguien que compite hacia afuera y hacia dentro, contra todos. Con sus virtudes y sus excesos, Vini llena el campo, lo revienta. Es el Mbappé de la final del Mundial, el que marcó tres goles, el segundo de penalti para empatar, y también lanzó con éxito el primero de la tanda ante Argentina. Cayó Francia pero emergió el astro. Este Mbappé es otro.
"Hemos de darle tiempo", dice Ancelotti, que insistió en que el francés lanzara el penalti ante el segundo penalti ante el Getafe, después de rechazar el primero tras su error, capital, en Anfield. El VAR lo impidió. En San Mamés, volvió a fallar. Como ante el Liverpool, no era un penalti cualquiera, sino el que servía para empatar. Por ello el italiano lo pedía desde la banda ante el Getafe, era un lanzamiento con menos presión, para romper el bucle negativo en el que está el jugador.
Ayuda psicológica
Si Mbappé ha buscado ayuda psicológica o debe hacerlo es algo que el Madrid deja a su criterio. Es una norma no escrita en el primer equipo, que no tiene un psicólogo adscrito como otros clubes de la Liga.
Los problemas de Mbappé, sin embargo, no sólo están en el Madrid. El divorcio con su país, ejemplificado en la última no convocatoria de Didier Deschamps, son otro frente. El jugador hizo todo lo posible para ser nombrado capitán cuando parte del vestuario y de la opinión consideraban que debía ser para Antoine Griezmann. Si la repentina renuncia del atlético a la selección, una vez comenzada la Liga de Naciones, responde o no a ello es una incógnita. Pero el hecho de no acudir a la convocatoria anterior por estar lesionado, volver a jugar poco antes con el Madrid y acudir a Suecia en un viaje personal hicieron que las críticas se dispararan. El día que Francia jugaba su partido, además, estaba en un local de ocio. El hecho abrió una crisis en el vestuario de Francia y dañó su credibilidad en el país, ya minada por los canales que controla Nasser Al-Khelaifi, presidente del PSG, tras su cruenta salida del club parisino.
Mbappé no quiere ser un caso Benzema, no pretende romper, sino liderar a su país y al Madrid, dos vértices sobre los que construir su figura. Necesita a las dos, necesita la Champions y el Mundial como plateas.
Una violación en su hotel
En Suecia, además, se produjo un hecho escabroso, al llegar a la policía una denuncia por violación en el hotel donde se encontraba el futbolista, que viajó a Estocolmo acompañado de algunos familiares y amigos, como el jugador Nurdi Mukiele. Determinados medios locales vincularon esa denuncia con la presencia del jugador del Madrid, aunque desde su entorno, en Francia, se trasladó que Mbappé habría mantenido relaciones consentidas con una mujer. Las investigaciones por la denuncia continúan.
El Madrid sigue con inquietud su evolución. La colosal apuesta de Florentino Pérez por el jugador recomienda precaución, la misma que tiene Ancelotti cuando dice que "seguramente no está a su mejor nivel". El público del Bernabéu le aplaude hasta en el fallo, consciente de que dentro de ese jugador dubitativo está el verdadero Mbappé. Necesita un estallido que rompa el estallido. Como Zidane.
El apodo de Gran Capitán se lo puso a Gonzalo Fernández de Córdoba la tropa, no la corte, pese a la proximidad con Fernando el Católico que se había granjeado el militar cordobés. Al valor y la dedicación mostradas en los campos de batalla, desde Granada hasta Nápoles, Fernández de Córdoba añadía capacidad de convencimiento y sentido de la estrategia, cualidades que reforzaban su autoridad moral, ante los suyos como frente al enemigo, y le convertían en un gran negociador. La huida del sultán Boabdil de Granada y la capitulación del último reino nazarí de Al-Andalus fueron fruto de sus mediaciones: no más sangre. El Madrid no necesita Reconquista alguna, no desde la 'Séptima', porque su historia moderna es la de la conquista permanente. Pero necesita a un gran capitán que de ejemplo en el campo y recuerde con sus palabras y sus gestos en el vestuario cómo y por qué se conquista, más allá del ruido y los arbitrajes.
Luka Modric es el primer capitán, pero no siente esa condición como antes, porque se observa apartado del juego, suplente. El segundo, Dani Carvajal, que cura sus heridas, es al que muchos esperan, en la tropa y la corte, como a ese capitán que urge ahora que llegan las grandes batallas. Encararlas sólo a través del catalejo de errores como el de Muñiz Fernández y el VAR en Cornellá, donde debió ser expulsado Romero por la cacería de Mbappé, es como meter a todo el equipo en un embudo.
«Que vuelva Carva, aunque sea con muletas, lo necesitamos, porque da dos gritos y pone a todos firmes», se escucha en Valdebebas. La nostalgia por el jugador es tremenda en el campo, donde Lucas Vázquez se ve devorado por la banda que era capaz de devorar un partido tras otro Carvajal, y Valverde pone piernas, pero nadie pone tanto y en ambas direcciones. La baja de Rüdiger aumenta las urgencias.
El mejor lateral del mundo
El lateral de Leganés es como una espada de acero templado: nada la doblega en defensa y todo lo atraviesa en ataque. Dijo Carvajal que se creía el mejor lateral del mundo. Puede considerarse una afirmación presuntuosa, si se quiere, pero en absoluto exagerada. Los títulos, su sexta Champions y la Eurocopa en 2025, y los premios, cuarto en el Balón de Oro y 'The Best', le dan la razón. Carvajal los merecía tanto como Rodri o Vinicius. Si fuera por títulos, más, pero el 'showbusiness' no aprecia a los defensas, salvo si eres Piqué. Carvajal tiene sus cosas, pero muy poco de clown.
«Los próximos meses lo perderemos como jugador, pero no como líder en el vestuario, porque estará aquí y trabajará con nosotros. No nos vamos a aprovechar de su fuerza, pero sí de su cabeza, que es tan importante como su fortaleza física», dijo un Carlo Ancelotti que sabía bien de qué hablaba poco después de lesionarse Carvajal. La realidad es que la dinámica de la recuperación no permite esa vida en paralelo todo lo deseable. Es difícil ser líder sin serlo en el campo, incluso es complejo serlo desde la suplencia, que deteriora los egos y las relaciones. Que se lo pregunten a Modric.
Ancelotti, el pasado sábado en Cornellà.AFP
Carvajal se lesionó a principios de octubre, en un choque fortuito con Yéremy Pino durante un partido contra el Villarreal. La exploración confirmó los peores pronósticos: rotura del ligamento cruzado anterior, rotura del ligamento colateral externo y rotura del tendón poplíteo en su pierna derecha. Le aguardaba una temporada en blanco.
Bronca en Lille
La lesión no se producía en un partido cualquiera, sino en el siguiente que el Madrid disputaba tras la caída en Lille (1-0), clave para que el club blanco se haya quedado fuera del 'Top 8' de la Champions y ahora se vea abocado, en dieciseisavos, a un duelo muy complejo frente al City de Pep Guardiola. Sólo hay que rebobinar las cintas para recordar el rol que Carvajal ha tenido en algunos de esos duelos, como central improvisado en un agonístico final en el Bernabéu o cabecilla del 'Álamo blanco' en el Etihad. Pero volvamos antes a Lille, donde, en el descanso, Carvajal entró en el vestuario hecho una furia y comenzó a gritar a sus compañeros ante el silencio cómplice de Ancelotti, que levanta la ceja pero difícilmente la voz.
«El día a día sin Carva es más difícil, porque llama al orden a quién sea, además de tensionar los entrenamientos con su manera de competir también en Valdebebas», afirman en la Ciudad Deportiva. Es cierto que el equipo marcha líder en la Liga, pese a la última derrota ante el Espanyol, ha ganado todas las competiciones menos la Supercopa de España, goleado por el Barcelona, y únicamente en la Champions está ante una situación de alto compromiso, pero son varios los que en el vestuario sienten que falta algo.
A la prolongada lesión de Carvajal se unen las salidas de Nacho y Kroos. A pesar de no ser titular y de sentir que no era correspondido con los minutos que merecía, Nacho fortalecía el compromiso, junto a Carvajal y Lucas Vázquez o Sergio Ramos en el pasado. Todos formaban lo que en tiempos de Zidane en el banquillo llamaban el «comando español». Nacho ejerce esa función, hoy, en el equipo de Míchel en Arabia hasta con intérprete en sus arengas antes de los partidos.
Carvajal, premiado por la APDM.Kiko HuescaEFE
Al Madrid nunca le ha faltado un carácter en el vestuario, fueran Camacho, Hierro, Raúl o Sergio Ramos, por no retroceder hasta Di Stéfano, y hasta quienes ejercían la autoridad de los silencios, como Zidane o Kroos. Mbappé está, hoy, lejos de querer ese rol en el Madrid y su pretensión por ser el capitán de Francia no ha funcionado, por ahora. Con mucha calidad en el vestuario, pero perfiles heterogéneos, altos objetivos individuales, como los de Vinicius o Mbappé, y falta de un núcleo duro de la casa, el Madrid necesita a un Gran Capitán que llame al alto, aunque sea con muletas.