La primera temporada de Hugo González en la NBA está siendo mucho más intensa de lo que las mejores predicciones podrían esperar. Su crecimiento en Boston, tutelado por Joe Mazzulla, depara momentos para el recuerdo, aunque ninguno como el que protagonizó este viernes contra los Nets. El madrileño ya tiene su foto, su triple sobre la bocina. Una asombrosa canasta que forzó la segunda prórroga pero que también cuenta con su propia intrahistoria.
Los Celtics, que dominaban al flojo equipo del entrenador español Jordi Fernández (91-101 a falta de tres minutos), se habían dejado remontar. Hasta el punto de que Nic Claxton mandó el partido a la prórroga en el Barclays Center de Brooklyn. Peor aún ahí para los verdes, casi desahuciados hasta que se produjo el milagro. Primero fue un triple de Payton Pritchard. Restaban 2,8 segundos y los de Mazzulla sacaban de su propio campo. Cuando todo parecía dispuesto, el joven técnico introdujo de urgencia una novedad. Llamó a su flamante rookie.
La secuencia, entonces, jamás la olvidará el canterano del Real Madrid. Despistó a su defensor, recibió en el lateral izquierdo y no se lo pensó: triple para forzar la segunda prórroga. “Sólo tiene 19 años”, presumían las redes sociales del histórico equipo verde. Allí, en el segundo tiempo añadido, los Celtics (126-130) se llevarían un encuentro que ni esperaban. El español acabó con 10 puntos sin fallo (incluidos dos triples) y siete rebotes en menos de 18 minutos. “Siempre está preparado”, confesó después Mazzulla.
“Poder presenciar todo el partido, estar listo y ejecutar algunas de las jugadas que hemos repasado en los entrenamientos, es un mérito suyo y del cuerpo técnico”, siguió alabando después a González, que mantiene una primera temporada esperanzadora: 4,1 puntos y 3,4 rebotes por partido en unos Celtics que se mantienen segundos en la Conferencia Este (28-16) pese a que siguen sin contar con su estrella Jayson Tatum.
Mazzulla también explicó la jugada y por qué introdujo en el último momento a Hugo. “Estaba Amari (Williams) allí por si se agruparan en la cobertura defensiva. Parecía que iban a hacer algo diferente, así que simplemente queríamos que Hugo estuviera en pista”, detalló.
Desde que el pasado 7 de noviembre el Barça perdiera en el Palau el primer clásico de la temporada (92-101), correspondiente a la Euroliga, con el consiguiente despido de Joan Peñarroya a los dos días, llegó la revolución. No hubo ningún fichaje (no está la economía azulgrana para dispendios) y sí un cambio en el banquillo. Un retorno tan esperado, el de Xavi Pascual. 14 triunfos y tres derrotas desde entonces -contando las tres con el interino Óscar Orellana- pero, sobre todo, un giro en la forma de aplicarse. Energía, nueva mentalidad, jugadores que ni contaban y que parecen otros... Y defensa. A contracorriente de la tendencia actual de baloncesto frenético, para cada ataque rival anotar a este nuevo Barça es una tortura.
Eso, la defensa, marcará este domingo (12:30 h., DAZN) el segundo clásico del curso, esta vez de Liga Endesa (en apenas 12 días llegará el siguiente, también en el Palacio, aunque europeo). Porque, mientras los azulgrana respiran a través de ese pilar y observan su presente con un optimismo como no se recordaba, el Real Madrid avanza entre victorias (muchas en ACB) y más derrotas de las que les gustaría a Sergio Scariolo en Euroliga. Pero, sobre todo, con unas dudas en su juego que se centran precisamente en eso, la defensa.
El claro ejemplo fue el último, este viernes ante el Dubai. Al descanso, los blancos habían encajado 58 puntos («lamentable» segundo cuarto, en palabras del ex seleccionador. De nuevo el runrun en las tribunas del Palacio (no es la primera vez). Tan llamativa fue la desidia y las facilidades al rival como estruendosa después la reacción: el Madrid se impuso con un parcial en la segunda mita de 63-35. En Europa, donde marchan 10º, los rivales les anotan casi 87 puntos por noche. Alberto Abalde, uno de los mejores en el triunfo ante el Dubai, habló de esa falta de «consistencia». «Tenemos momentos muy buenos, en los que somos el equipo que queremos ser en defensa, y luego otros no tan buenos. Debemos ser capaces durante los 40 minutos de dar un nivel alto de concentración y estar un paso más hacia delante, que cada canasta le cueste al rival. Hay que dar un pasito para ser más consistentes los 40 minutos», admitió.
Laprovittola y Lyles, durante el clásico de noviembre en el Palau.EFE
Otra cosa es la ofensiva y el talento de una plantilla amplia y versátil: quizá nunca tuvo tanto para presumir. Con puntos tan fáciles y fuera de sistema como los que pueden conseguir Theo Maledon o Trey Lyles, dos de los nuevos. Y otra cosa es la ACB, donde los blancos marchan poderosos y líderes, con sólo la derrota en Vitoria de la segunda jornada. 11 de carrerilla, por siete del Barça, que ya es cuarto. Y en las que apenas le han anotado 71,8 puntos por partido desde la salida de Peñarroya (en Euroliga, los 124 puntos encajados en la victoria tras tres prórrogas ante el Baskonia 'ensucia' los números de Pascual). «Excepto el partido contra el Mónaco [contundente derrota en el Palau el pasado 30 de diciembre], hemos competido en todos. Está claro que los encuentros llegan muy rápido y a veces hay que mantener la calma, sabiendo que puede tocar un mal día. Pero, en general, creo que estamos mostrando buenas líneas, y eso da confianza», concedía en la previa Tomas Satoransky, uno de los que se ha disparado en rendimiento con la llegada del entrenador que alzó la última Euroliga de la entidad, en 2010.
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Esas inercias estarán hoy a prueba en el Palacio, a mes y medio de la Copa. También una racha para el sonrojo. El Barça acumula nueve derrotas consecutivas en los clásicos: no le gana al Madrid desde hace más de año y medio (7 de abril de 2024). «Ellos han cambiado cosas, están en un buen momento. Nos van a exigir el máximo. Hemos hecho algún pequeño ajuste en el entrenamiento para dos o tres cosas», confesaba ayer Abalde, con la misión de bailar siempre con la 'más fea', en este caso, de detener a Kevin Punter (Will Clyburn sigue de baja en los visitantes, que han recuperado a Shengelia). El Madrid, por cierto, suma 37 victorias seguidas en el Palacio en ACB.
Sergio de Larrea mide 2,03 metros, es campeón del mundo júnior y plata en el Mundial sub 17 y este verano dejó a todos impresionados como invitado de la selección durante la preparación del Preolímpico (llegó a debutar en un amistoso). «Es un perfil de jugador muy diferente, que en España no se ha visto nunca. Un base muy grande, creo que a la larga puede ser un jugador generacional», dice de él Mario Saint-Supéry, otro director pura fuerza y desparpajo, perla del Unicaja y ahora desperezándose en la ACB con el Baxi Manresa. «Los dos tienen muchísimo talento y un futuro por delante increíble», les elogia Rafa Villar, también oro de Debrecen, clave con sus triples en la final mundialista, formado en el Barça y abriéndose paso en el Hiopos Lleida. España, país de bases, escapa del laberinto mirando al futuro. Los tres ya están a las órdenes de Sergio Scariolo en la absoluta, que se la juega en el doble enfrentamiento contra Eslovaquia (este viernes, el primero, en Bratislava, a las 18:00 h.) para poder defender oro el próximo verano en el Eurobasket.
El cuarto pilar, ya consolidado, es Juan Núñez, también 20 años, que no puede acudir a la ventana por jugar esta noche con el Barça en Euroliga. Él, quizá antes de lo que le tocaba, fue el recurso de urgencia del seleccionador en el Mundial 2019, cuando de repente España se quedó huérfana de lo que siempre presumió. Sin Ricky, sin Lorenzo Brown (nacionalizado como recurso a la carestía de directores...), apenas Alberto Díaz quedaba. Un país que una década atrás presumía de Calderón, Sergio Rodríguez, Cabezas, Raúl López... y el propio Ricky.
«Los veía en la tele. Todos los veranos veíamos a la selección en familia. Yo me fijaba en los bases. En Ricky y en el Chacho... Me fascinaban, la manera de leer el juego, de hacer disfrutar al espectador. Son mis ídolos», cuenta a EL MUNDO De Larrea, quizá el más avanzado en madurez del trío aunque le queden unos días para cumplir los 19 años. Un director nunca antes visto, de más de dos metros, al que Pedro Martínez moldea en el Valencia Basket. Aunque la llegada del vallisoletano a la elite no haya seguido el camino preestablecido.
Saint-Supéry, De Larrea y Villar.ALBERTO NEVADO / FEB
Hasta los 15 años, Sergio jugaba en su cole, el San Agustín de Pucela, desoyendo las ofertas de aquí y de allá (también de EEUU). «Decidimos quedarnos, lo primero porque estaba jugando con mis amigos. Y eso era lo más importante. Iba a clase con ellos, jugaba con ellos, mis amigos de toda la vida. Y lo segundo, porque éramos un grupo competitivo, siempre nos colábamos en campeonatos de España, entrenábamos a buen nivel. Y el sentido de pertenencia y de estar cerca de mi familia. Las ofertas que se presentaban eran un poco lejanas y salir de casa... Decidimos esperar un poco, a tener un punto de madurez mayor, para adaptarse al sitio y la situación cuando tocara. Es raro, lo sé, la gente sale pronto. Pero animo a la gente a pensarlo bien y , sobre todo, a disfrutar. Eso es lo primero. Ahora aquí en la elite disfrutamos, pero para ello hay que disfrutar antes», explica con una madurez llamativa.
«La suerte que tenemos los tres es que hemos jugado casi siempre juntos. Nos coordinamos bien. Somos capaces de estar juntos en pista, porque tenemos perfiles diferentes que permiten esa conexión», apunta De Larrea, que define a sus dos compañeros, novedades en una convocatoria en la que también destaca el pívot Izan Almansa. «Rafa es un tío súper competitivo. Defensivamente es top. Leyendo situaciones de juego es muy bueno. Y, sobre todo, el balón en los últimos segundos... Bueno, ya se vio en el Mundial, lo dejó bastante claro», apunta sobre el barcelonés, el mayor del trío con 20 años. «Mario es un muy muy físico. Y muy listo, con mucho talento. Puede aportar mucha energía en ataque y en defensa», cuenta sobre el malagueño.
"El siguiente Llull"
A Saint-Supéry le llaman, cómo no, el Principito (cuentan que comparte ancestros con el escritor francés) y en 2022, con 15 años y 11 meses, se convirtió en el jugador más joven en debutar con el Unicaja. El del Rincón de la Victoria jugó la pasada temporada cedido en Burgos (LEB Oro) y ahora derriba todas las barreras con Diego Ocampo en el Manresa: el pasado fin de semana, ante el Tenerife, firmó 24 de valoración (15 puntos), algo que a su edad sólo habían conseguido en ACB dos bases, Luka Doncic y Ricky Rubio. «He tenido siempre desde pequeño en Málaga a Alberto [Díaz] como referente. Ha sido mi tutor, el que me ha enseñado todo. Pero siempre me han dicho que me parezco a Calderón cuando era joven y a Sergio Llull. El siguiente Llull me dicen mucho», admite.
«Mario físicamente es un bicho. Muy luchador, lo da todo y es un guerrero. Y a la vez es bastante inteligente para ser de 2006 y lo está demostrando en ACB», le alaba Villar, quien encontró el trampolín del desarrollo en Lleida, donde el año pasado logró el ascenso y ahora sorprende a toda la Liga Endesa. «De pequeño siempre he sido muy de Ricky Rubio, ha sido mi jugador favorito. Aunque me parezco más a Alberto Díaz, los dos somos muy guerreros, muy luchadores, muy de darlo todo por el equipo», dice tras un entrenamiento de la selección en Guadalajara.
«Quizá es que estábamos muy bien acostumbrados, con bases tan top, de un nivel increíble. Son generaciones que van pasando, cada una destaca más en diferentes posiciones», razona Villar sobre la crisis del base, un discurso parecido al de Saint-Supéry: «Yo no diría que hemos tenido problemas. Nos acostumbramos al nivel de unos bases que eran increíbles, jugadores generacionales».
A Tadej Pogacar es la historia lo que le lleva a explorar sus límites, a querer seguir ampliando un palmarés que ya sólo se sólo se puede comparar con el de Eddy Merckx. El rey del Tour quiere ser también el rey de las clásicas. Y lo es, puro empeño en esos terrenos que le pudieran ser tan ajenos. Los adoquines y las colinas de Flandes se rinden al esloveno, como lo hace Mathieu Van der Poel. En la tercera y última ascensión del Viejo Kwaremont claudicó el neerlandés, rendido a la evidencia del más fuerte, el que le iguala con tres victorias en De Ronde.
Un triunfo, como los últimos, por aplastamiento. Por tortura. Una determinación implacable. Es su segunda victoria consecutiva en el Tour de Flandes, la tercera en total (añadiéndose al grupito que de reyes: Achiel Buysee, Fiorenzo Magni, Eric Leman, Johan Museeuw, Tom Boonen, Fabian Cancellara y el propio Van der Poel). Es su cuarto Monumento de carrerilla, algo que nadie hizo jamás. Ya son 12, con 27 años, superando a Roger De Vlaeminck, ya únicamente el Caníbal con más. Es, también, el anticipo de lo que pretende, ganar los cinco el mismo año. Siguiendo por la París-Roubaix del próximo domingo, el más difícil todavía para Tadej, su sueño hasta ahora prohibido.
Fue, también, una edición marcada por el debut de Remco Evenepoel, al fin donde tantos le sitúan y él se resistía, empeñado en ser el ciclista que no es. Con evidentes dificultades en los muros de pavé, pese a su pasaporte belga (ahí donde son reyes, 69 victorias, aunque la última hace nueve años, Gilbert), fue un esperanzador amanecer. Acabó tercero (a 1:10), sólo por detrás de los dos colosos, con los que peleó desde la distancia, desde que le dejaron a 50 kilómetros de meta, en uno de los pasos por el Paterberg.
Pogacar, ganador en San Remo (al fin), y rey de las Ardenas Flamencas. En solitario en la meta de Oudenaarde tras 280 kilómetros y casi seis horas y media. Con el maillot arcoíris y sin guantes, de los que se desprendió antes del ataque final para tener el detalle de regalárselos a un pequeño espectador.
La calma se había roto de repente. Casi sin avisar. Había avanzado la mañana desde Amberes con un buen puñado de anécdotas. La tonta caída en la zona neutralizada de Ivo Oliveira, compañero de Pogacar, la polémica por el corte en un paso a nivel que dividió al pelotón (con el reglamento en mano, los que no pararon, entre ellos el esloveno, deberían haber sido descalificados), la lluvia que iba y venía, dándose relevos con el sol y la escapada del día, con 13 corredores, entre ellos dos rarezas, dos pioneros, el uruguayo del Burgos Burpellet Eric Fagúndez y el mongol Sainbayar.
Pero en la ratonera del Molenberg, todavía con más de 100 kilómetros por recorrer y la mayor parte de las 18 colinas aún por escalar, Pogacar mandó a su principal gregario a acelerar. Incluso asumiendo el riesgo de quedarse sin el resto de sus compañeros, Florian Vermeersch destrozó la tranquilidad. Dejó el asunto en 17 hombres, tan temprano, todos los favoritos ahí. Van der Poel, Van Aert, Pedersen... También el debutante Evenepoel, tan atento. Cuatro campeones del mundo. Ningún español. Ningún Movistar. Se vieron ahí y decidieron que ya no había que mirar atrás.
Mathieu van der Poel y Tadej Pogacar, durante un momento del Tour de Flandes.DAVID PINTENSAFP
Avanzaron con más o menos colaboración, ampliando la distancia con un pelotón atónito y conformista. Atraparon a los fugados y ya sólo era cuestión de saber cuándo llegaría el zarpazo de Pogacar. Cuándo y dónde. Y quien sería capaz de seguirlo.
Y el lugar fue el Oude Kwaremont, el segundo paso por la colina en la que ya hace un año nadie fue capaz de seguirle. Ni un instante de duda, un ataque que liberaba el ansia de Pogacar. Todavía con 55 kilómetros hasta la meta de Oudenaarde, Tadej aplicó su tortura. Primero quedaron cinco, qué cinco. Junto al esloveno, Van der Poel (tardó un poco más en reaccionar), el atentísimo Van Aert, Remco y Pedersen. Pero pronto, en la cima, fueron tres. Y un poco más allá, en el siguiente Paterberg, ya cedió Evenepoel, aunque iba a seguir persiguiendo a la pareja de forma tortuosa, cerca y lejos, pero sin llegar a atraparlos. "No quería esperar a Remco después de Koppenberg, porque su resistencia es muy buena, puede ganarte al final", aclaró el ganador.
La batalla a dos estaba servida, pero ahora las distancias entre ambos se han ampliado. Como en San Remo, no hubo respuesta de Van der Poel (quizá demasiado generoso en los relevos) al ataque final de Pogacar. Le cedió el trono. Ellos, desde 2024, han ganado los últimos 11 Monumentos, los 15 de los últimos 17.