Unido a todo el deporte, el fútbol guardó un minuto de silencio presencial en la mayoría de los campos de España y 90 de luto sin testigos en la muda soledad de muchos estadios vacíos. Entre ellos Mestalla, con 50.000 ausencias en las gradas. El partido Valencia-Real Madrid se aplazó porque debía aplazarse. “As time goes by”. No se suspendió porque no puede suspenderse. “The show must go on”. Un aplazamiento no es una suspensión, sino una demora.
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Una sonrisa debe aparecer en el rostro de Carlos Alcaraz cuando se sortea el cuadro de un torneo, sea el que sea, sobre la superficie que sea, haya techo o se vea el cielo, y en su camino puede leer el nombre de un rival concreto: Stefanos Tsitsipas. El resto de estrellas de la ATP le han derrotado en alguna ocasión, saben cómo responderle -o al menos cómo intentarlo-, pero el griego no tiene ni la más mínima idea. En seis ocasiones se han enfrentado, en seis ocasiones no ha habido discusión. No sólo es que Alcaraz haya ganado siempre; Tsitsipas sólo le ha robado tres sets de 21.
Este martes, en el último episodio de tan descompensada rivalidad, el español venció en cuartos de final de Roland Garros por 6-3, 7-6(3) y 6-4 y se clasificó para las semifinales del viernes, donde le espera Jannik Sinner. El italiano, nuevo número 1 del ranking mundial, será el primer rival a la altura de Alcaraz, que vuela sobre la tierra batida de París rumbo a un posible título, a muy posible título.
Alcaraz celebra un punto ante TsitsipasALAIN JOCARDAFP
Porque desde el año pasado en Wimbledon no se veía un Alcaraz tan agresivo, tan dominador, tan concentrado. Partido a partido ha ido elevando su tenis de manera evidente. Si empezó con miedo a golpear con su derecha, ahora noquea en cuanto puede. Si empezó afinando su nuevo saque, ahora todos van dentro, con un 73% de primeros que llegó a ser un 85%. Si empezó con algunos despistes, ahora está sumergido en el juego, ni un punto concede. Si empezó perdonando muchas opciones de break a su favor, ahora es letal, este martes cuatro rupturas de seis oportunidades. Y así todo.
Los ánimos a Tsitsipas
"Stefanos, Stefanos", gritaba una y otra vez el público francés y no era para alentar la victoria de Tsitsipas, era simplemente para que hubiera partido. El griego había saltado a la pista con la intención de recortar de los intercambios, de ser muy ofensivo, de evitar que Alcaraz le dominara con su derecha sobre su revés y su planteamiento no funcionaba. Su carácter, luchador como pocos, era la esperanza de los aficionados. Y en algún momento esos ánimos funcionaron. A mediados del segundo set Tsitsipas aprovechó sus primeras bolas de break contra Alcaraz para romperle el servicio, devolver la igualdad al marcador, forzar el tie-break y soñar con un partido largo. Pero Alcaraz también controló esa muerte súbita. Entre quejas a la jueza de silla porque el español gritaba demasiado, Tsitsipas se hundía, se hundía, se hundía.
Christophe EnaAP
En la previa el griego recordaba aquella tarde en la que Rafa Nadal le descubrió el miedo. Fue en la Laver Cup de 2019 y Alcaraz sólo tenía 16 años, y todavía no había jugado un partido en ATP, y tenía un cuerpo todavía por hacer. Pero Nadal avisó a Tsitsipas: 'Será muy bueno'. Y éste supo en aquel mismo instante que tenía un problema. "Pensé que Nadal seguramente tenía razón y que ese chaval sería uno de mis grandes rivales en el futuro. Mi predicción resultó ser correcta", comentaba entre la broma y el disgusto. Entre sus armas para derrotar a Alcaraz por primera vez en su vida estaban los precedentes. El griego pensaba que, con un balance tan desequilibrado entre ambos, asumidos los papeles de dominador y dominado, el español podía saltar a la Philippe Chatrier con un exceso de confianza.
El desgaste de Alcaraz
Su plan era lógico: arrebatarle el primer set con un juego muy directo y luego luchar, agarrar la victoria con las uñas y los dientes. Pero no fue así. En sus cuatro partidos anteriores en París, Alcaraz había empezado dormido y había entregado su primer saque al rival. De inicio, break. Pero esta vez pasó lo contrario. El número tres del mundo no sólo le arrebató a Tsitsipas su juego, también se llevó el suyo propio y, además, lo hizo en blanco.
La Philippe Chatrier, durante el duelo entre Alcaraz y Tsitsipas.EMMANUEL DUNANDAFP
Su excelente progresión en Roland Garros le permitirá ahora llegar a semifinales muy fresco, más teniendo en cuenta que contará con dos días de descanso hasta medirse a Sinner. El peor encuentro, ante el holandés Jesper de Jong, la única vez que cedió un set, se fue más allá de las tres horas: el resto han durado poco. Si ante un rival tan peleón como Tsitsipas venció en sólo dos horas y 14 minutos de juego, el cómputo total sólo puede ser muy favorable. En total suma poco más de 12 horas. Con esa ligera mochila, después de tumbar otra vez a su rival preferido, está preparado para enfrentarse al nuevo número 1, Jannik Sinner, el adversario más complicado posible.
Las medallas eran muy importantes. Pero más la triple opción de obtenerlas. Aunque se trata de un Europeo y no de un Mundial, tres finalistas en los 60 metros vallas suponían un hito y suscitaban una optimista reflexión acerca de los 110 metros al aire libre. La lesión de Quique Llopis en el calentamiento volcó un jarro de agua helada sobre la delegación española. Pero el hecho debe interpretarse como un contratiempo puntual que no cambia la trascendencia del momento y su importancia futura. No quiebra una proyección. Que Abel Jordán, el neófito, fuera cuarto justifica aún más un optimismo necesario y compensador.
La temporada "indoor" es una estación de paso hacia el atletismo largo y ancho en estadios de 400 metros de cuerda. Pero Quique Llopis y Asier Martínez no son vallistas de alto vuelo sólo en escenarios reducidos. Abel Jordán, de padres cubanos y bisabuelos emigrados a la Gran Antilla, de genes de "acá" y no de allá", tiene 21 años, tres menos que sus también jóvenes colegas y apunta, por edad y maneras, a formar con ellos un cuerpo tricéfalo con miras a bajar de los 13 segundos, la puerta de acceso a la gran clase mundial, en los 110 metros.
Puede que lo consigan los tres. Puede que dos. Puede que uno. Puede que ninguno. Pero la sola posibilidad conjunta es un regalo. Lástima que no hayan coincidido con la plenitud de Orlando Ortega, plusmarquista nacional con 13.04 y que, como cubano, corrió en 12.94.
No obstante, tres nombres agregan uno más al brillante y referencial dúo que formaron, a últimos de los años 70 y durante gran parte de los 80, Javier Moracho y Carlos Sala, de los que se descolgó Juan Lloveras. Crearon expectación y elevaron las vallas al máximo grado de popularidad e interés. Curiosamente, Sala nunca fue plusmarquista nacional, pero sus marcas y carisma lo asocian plenamente a Moracho. Fueron, por así decirlo, los últimos españoles de rancio abolengo. Moracho, en 1987, dejó el récord en 13.42. Felipe Vivancos, talentoso y frágil, fue una breve secuela del dúo. Corrió en 2004 en 13.41, pero el registro no fue homologado por la incorrecta alineación de la foto-finish. Y dio paso, en tiempos ya sociológicamente distintos, de emigración e integración a los primados de Jackson Quiñónez, nacido en Ecuador, y de Orlando Ortega.
Hoy, pese a todo, Quique y, por encima de todo Asier y Abel rescatan la historia por el procedimiento de repetirla. Y no precisamente como farsa. En todo caso, en este momento, como amargura pasajera.