Los playoffs de la NBA se han convertido en una revolución. Tras una primera ronda sin demasiados sobresaltos, los cuatro primeros partidos de las semifinales de conferencia fueron ganados por los equipos visitantes. En el Este, más madera, los Pacers y los Knicks pusieron un histórico 0-2 ante Cavaliers y Celtics, los dos mejores de la temporada regular. El campeón estaba contra las cuerdas (nadie jamás sobrevivió a un 0-3) y visitaba el Madison Square Garden. Tras fallar 75 triples en los dos primeros duelos, los verdes resurgieron para escapar del abismo (93-115).
Lo hicieron en Nueva York, ante un ambiente extraordinario en las tribunas y todo el glamour de las primeras filas. Y, aunque aún a su labor de rendir a los guerreros de Tom Thibodeau le quedan muchos capítulos por escribir (en más del 85% de las ocasiones que un equipo se puso 0-2 en playoffs logró avanzar de ronda), al menos consiguieron recuperar tanto su puntería como su confianza.
Esta vez no desperdiciaron 20 puntos de diferencia, como les ocurrió en cada uno de los duelos iniciales en el TD Garden. A la vuelta de vestuarios dominaban por más de 30 (79-48), premio a su acierto recobrado. El triple es la seña de identidad de los de Mazzula. Viven y mueren desde el perímetro. Ante los Knicks, la primera noche fallaron 45 (récord) y otros 30 en la segunda. No iban a dejar de lanzar. Pero esta vez con puntería: seis de sus siete primeros intentos fueron para dentro.
El campeón se mostró arrollador, con ventajas desde el amanecer, cuando ya Mitchell Robinson seguía haciendo virales sus tiros libres fallados sin tocar aro. Los Knicks, que no disputan una final de Conferencia desde hace 25 años, no pudieron arrimarse en toda la tarde en la Gran Manzana (encajaron 71 puntos al descanso), pese a que otra vez Jalen Brunson fue su referente total: acabó con 27 puntos y siete asistencias. Los Celtics estuvieron liderados por Jayson Tatum, para espantar las críticas: 22 puntos, nueve rebotes y siete asistencias. El equipo de Boston finalmente acabó con un 20 de 40 en triples (50%9 y dos secundarios fueron también protagonistas. Pritchard, el mejor sexto hombre de la temporada, acabó con 23 puntos. Y el veterano Al Horford, excelente en defensa, firmó 15 puntos y ocho rebotes.
Son gestas de tal magnitud que cuesta calibrarlas sin perspectiva. Tadej Pogacar es el cómo y el cuánto, es el ataque sin respuesta a falta de 50 kilómetros, la rendición total del resto, para cabalgar en solitario hasta la meta de Como, para alzar los brazos por cuarta vez consecutiva en Il Lombardía, para emular a Fausto Coppi (de 1946 a 1949) y quedarse ya a sólo una victoria de las cinco de 'Il Campionissimo'.
Triunfador con el maillot arcoíris en el Giro de Lombardía (el último había sido Paolo Bettini en 2006) que es el patio de su casa, donde acostumbra Tadej a poner el broche dorado a sus temporadas, aunque ninguna como ésta, un 2024 para el recuerdo, para los libros de historia del ciclismo.
En una edición marcada bien es cierto por las ausencias (la última, con polémica y justo en la previa, de Tom Pidcock) y por los pequeños cambios en el recorrido obligados por las lluvias torrenciales en los días anteriores, Pogacar no encontró batalla ni agobios. Fue un paseo. O lo pareció. Le acompañaron en el podio Remco Evenepoel (a más de tres minutos finalizó, también en solitario y emocionado al regresar al lugar que casi le cuesta la vida en una caída) y Giulio Ciccone que culminó una remontada. Ion Izagirre fue cuarto y Enric Mas quinto.
Pogacar, tras su ataque en Colmo di Sormano.MARCO BERTORELLOAFP
Pese a que durante unos kilómetros pareció como si UAE no fuera capaz de controlar la numerosa y noble escapada del día (con Arensman, Daniel Felipe Martinez, Mohoric, Dunbar, Vansevenant y los Movistar Einer Rubio y Muhlberger, entre otros), que llegó a gozar de hasta casi cinco minutos de ventaja a falta de 10 kilómetros, no tardó después Rafal Majka en poner orden. En las subidas consecutivas a Selle di Osigo y Madonna del Ghisallo arrimó al pelotón, aclarando el panorama para el zarpazo inevitable de Pogacar.
Que iba a llegar en Colma di Sormano, cuando Hirschi había dejado a los fugados ya a un suspiro. El mejor equipo para el mejor ciclista. Un ataque a falta de 49 kilómetros, a seis y medio de la cima. Demasiado obvio, demasiado sencillo. No hubo ni atisbo de respuesta. Como si todos estuvieran aguardando una muerte anunciada, una superioridad no vista hace mucho tiempo.
Pogacar en solitario hacia Como, con San Fermo della Battaglia, un baño de masas, como último colofón a un año extraordinario, una temporada para el recuerdo. Por detrás se formó un trío en el que Remco Evenepoel apenas encontró apoyo en Enric Mas y Van Eetvelt. Pero el campeón olímpico los soltó en la bajada y ninguno de los dos obtuvo premio después tampoco.
De marzo a octubre, de la Strade Bianche a Lombardía. Ganar, ganar y ganar. Sólo se le resistió al esloveno San Remo (3º) y el Gran Premio de Quebec. Devoró Giro, reconquistó Tour (con 12 etapas entre ambas), se exhibió en el Mundial y sumó dos clásicas, Lieja y Lombardía. También la Volta, Montreal y el Giro dell'Emilia. Se antoja complicado imaginar algo más tiránico que no fuera Eddy Merckxs.
Será un equipo del que nadie se fíe, así ha quedado demostrado en dos domingos para no olvidar. El Baskonia, tan irregular y tan marcado por las bajas, acabó con el Real Madrid en el Buesa y con el Barça en el Palau. Hurgó en la herida blanca y cortó la inercia azulgrana, un jarro de agua fría al estupendo arranque de Joan Peñarroya para su primera derrota en Liga Endesa. [89-93: Narración y estadísticas]
Porque el Barça acudía con el subidón de su extraordinaria semana europea, la continuación al más que ilusionante amanecer de la era Peñarroya (tras la Supercopa, seis victorias y sólo la derrota en Kaunas). El triunfo en la prórroga en Belgrado ante el Estrella Roja no fue cualquier cosa. Enfrente, muchos más problemas atraviesa el Baskonia de Pablo Laso, por los resultados y por las lesiones: en el Palau se plantó con una rotación de ocho hombres, sin Sedekerskis, Rogkavopoulos, Raieste ni Baldwin.
La pelea aparentemente desigual no lo fue. Porque los vitorianos mostraron carácter y desparpajo en el Palau. En el comienzo con el joven Ousmane Ndiaye en la pintura. El Barça se rehizo con la aparición de Metu, aunque se estancó ofensivamente en el inicio del segundo acto, apenas cuatro puntos en más de siete minutos.
Punter
Fue en la segunda mitad cuando más saltaron las alarmas locales. Los triples de Markus Howard y Luwawu-Cabarrot, además de las pérdidas del Barça, impulsaron al Baskonia, que llegó a mandar por 10 (38-48). Fueron Juan Núñez con la batuta y Jabari Parker los que lograron mantener la puja.
Que se iba a elevar aún más cuando Cabarrot y Trent Forrest (dos ex NBA) desplegaron toda su clase indomable. Y volvieron a estirar la ventaja a la decena (68-78 a falta de seis minutos). Para colmo, Laprovittola se lesionó alarmantemente en su rodilla. Y, aún así, el Barça peleó hasta el final, oxigenado por los fallos desde el 4,60 del rival. El quinto triple de Jabari, seis puntos seguidos de Punter... Para morir en la orilla, porque el propio Punter, héroe en Belgrado, falló una aparentemente sencilla penetración que hubiera mandado el partido a la prórroga.
Hacía mucho que un fichaje no impactaba de semejante forma en el Real Madrid. En apenas dos meses de competición, sin experiencia previa en baloncesto FIBA más allá de los partidos con su selección, Trey Lyles (Saskatoon, Canadá, 1995) es quizá la pieza más segura del equipo de Scariolo, su máximo anotador (15,2 puntos de promedio en Euroliga), el asombro de los que le rodean. Hasta tal punto, que el propio técnico tuvo que despejar esta semana los rumores sobre su inmediata vuelta a la NBA: "Cero, ninguna opción".
Por las entrañas del Palacio se le ve caminar despacio, con idéntica calma con la que se mueve en la pista. No porta lujos, ni peinados llamativos. Luce barba de varios días, pelo enmarañado y cara de recién levantado. Pese a medir casi 210 centímetros, ni siquiera llama demasiado la atención por su físico ni por su musculatura. Y, sin embargo, ese canadiense -mantiene su nacionalidad de nacimiento y, pese al interés temprano de EEUU, es internacional por el país de su madre-, disputó 10 temporadas en la NBA, 662 partidos contando los de playoffs, ganó más de 40 millones de dólares y promedió casi un 35% en triples. "Mentalmente tiene una capacidad asombrosa para entender las cosas", destaca Scariolo.
Para entender el fenómeno Lyles hay que acudir a su infancia, a su historia personal. Cuando crecía en Camby, en los alrededores de Indianápolis, y finalmente se decantó por el baloncesto (también practicaba hockey y béisbol), adquirió una espartana rutina junto a su padre que moldearía su porvenir. Cada día, a las cinco de la mañana, Trey y Thomas -que también fue jugador profesional: en sus años en los Saskatoon Storm, en Canadá (una efímera liga llamada World Basketball League), conoció a Jessie, su esposa-, se levantaban y acudían al Armstrong Pavilion, donde el chico, alto ya pero bastante delgado, hacía bandejas con un chaleco a modo de lastre o saltaba a una gruesa comba de tres kilos. "Al principio yo lo despertaba. Pero después, se volvió tan habitual que había días en que pensaba: 'Hoy voy a dormir hasta tarde. No vamos a ir'. Y él se colaba en mi habitación y me susurraba: 'Papá. Papá. ¿Vamos al gimnasio?'. Yo pensaba: 'Dios mío, estoy cansadísimo'. Pero nunca le dije que no", confesaba el progenitor hace años en una entrevista.
Trey Lyles anota ante Tubelis, del Zalgiris.Juanjo MartínEFE
Trey, el menor de cinco hermanos, pronto estuvo predestinado. Su físico y sus genes le encaminaron a las canastas, su disciplina ayudó a su desarrollo - "lo deseaba cada vez más y se convirtió en un estilo de vida para él. Y hacía muchas preguntas. Quería entender el juego, sus reglas, además de simplemente jugarlo"-y su inteligencia le abrió el resto de puertas. Su nota media en High School siempre rozó el cuatro, el máximo; su hermana Jasenka fue el espejo.
Así que no tardaron en rifárselo. Y ahí vino uno de sus momentos críticos. En su último año de preparatoria en Arsenal Tech, promedió 23,7 puntos, 12,9 rebotes y 3,5 asistencias. También anotó el tiro libre decisivo en la final del Campeonato Estatal. Para entonces se había comprometido con la Universidad de Indiana, una decisión de la que se iba a retractar cuando la prestigiosa Kentucky de Calipari llamó a su puerta. Allí había estudiado su padre, que ahora es cantante -T. Lyles se hace llamar- y que compuso un rap contra las críticas que su hijo recibió en un estado con semejante tradición.
ACB Photo
Con los Wildcats, Lyles tuvo que superar otro obstáculo, el de compartir quinteto con con pívots de la calidad de Karl Anthony Towns y Willie Cauley-Stein. Pese a su tamaño, Trey se adaptó al puesto de alero y Kentucky sólo perdió en la Final Four de la NCAA contra Wisconsin. Sus números (8,7 puntos, 5,4 rebotes) hubieran sido mejores en cualquier otro lugar, pero le valieron para ser elegido en el número 12 del draft de 2015 por los Jazz (su compañero Towns ocupó el uno y Hezonja, por ejemplo, el cinco). En Utah disputó sus dos primeras temporadas NBA, otras dos en Denver, dos más en Spurs y media en Pistons. Su última aventura fue en Sacramento, hasta que este verano decidió cambiar de aires y probar en Europa.
Firmó por un año con el Madrid, que ya piensa en la renovación. Porque, numéricamente, es ya su líder. Regularidad y destellos de súperclase, como la noche del Palau. En su primer clásico, fue una pesadilla para el Barça: 29 puntos. A Scariolo le asombra más su capacidad mental que su talento. Cómo ha entendido la complejidad de su libro táctico en un entorno nuevo, el baloncesto FIBA y sus peculiaridades. "Por el número de repeticiones de acciones defensivas y ofensivas, del plan de partido y de jugadas que en estas pocas semanas ha tenido que estudiar y practicar, está muy, muy arriba". Y si con alguien ha conectado a la primera ha sido con Campazzo, quien sólo en Euroliga ya le ha repartido casi 20 pases de canasta.