Remco Evenepoel abandona en el Tourmalet y abre la lucha por el podio

Actualizado Sábado, 19 julio 2025 - 14:51

Las sensaciones para el campeón olímpico no podían ser peores. Se había chocado Remco Evenepoel con los Pirineos como si fueran un muro. El jueves, camino de Hautacam, ya perdió comba en las primeras rampas del Soulor. En la cronoescalada del viernes en Peyragudes fue incluso doblado por Jonas Vingegaard. Llegó desencajado. El sábado, bajo la lluvia fina y la lluvia de las primeras rampas del Tourmalet, el belga ha dicho basta.

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Tercero en la pasada edición en su debut en el Tour y claro aspirante a escoltar a Tadej Pogacar y Jonas Vingegaard en el podio de París de nuevo, Remco se ha retirado después de sus malísimas prestaciones. "No he tenido las piernas que hubiera querido. Todo ha ido bien en la parte llana pero, después de tres o cuatro minutos de subida, me he sentido vacío. No encuentro explicación", adelantaba en el altiplano de Peyragudes tras una horrible contrarreloj en la que perdió casi tres minutos con Pogacar.

Tras la salida de Pau, el belga, que se marcha de su segundo Tour con la victoria parcial en la crono de Caen (en la que aventajó a Pogacar en 16 segundos), perdió comba con el pelotón principal, donde ya se desataban las escaramuzas. Acompañado en primera instancia por su compañero en el Soudal Pascal Eenkhoorn, pronto se quedó en solitario y decidió bajarse de la bici después de un bonito gesto entregándole su bidón a un pequeño aficionado.

Dice adiós marchando tercero en la general y como líder de la clasificación de jóvenes. Un puesto de honor en el podio para el que ahora se abre la lista de aspirantes. Desde el poderoso Florian Lipowitz a su compañero Primoz Roglic, que mostró ya muy buenas sensaciones en Peyragudes. Vauquelin y Onley están también muy bien situados. Mucho mejor que cualquier español, pues tanto Carlos Rodríguez como Enric Más parecen más centrados ya en buscar una victoria de etapa. Los primeros kilómetros de la tercera etapa alpina también dejaron el abandono de otro de los mejores escaladores. Mathias Skeljmose dijo adiós tras una caída.

De asombro en asombro, Pogacar vuelve a exhibirse en la cronoescalada de Peyragudes

Actualizado Viernes, 18 julio 2025 - 17:43

Bordeando el precioso lago de Genos-Loudenvielle, hace tres años marchaban a una velocidad que cuesta asimilar Pogacar y Vingegaard, que desde entonces no han dejado de escribir capítulos en su rivalidad. Se siguen persiguiendo y se perseguían entonces, el danés a rueda, pues tenía su primer Tour a tiro y al día siguiente en Hautacam lo iba a sentenciar. Y que no se iba a despegar del esloveno hasta la cima de Peyragudes. [Narración y clasificaciones]

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Mismos escenarios, días cambiados, rivalidad del revés. Ahí donde volvió a exhibirse este viernes Tadej, esta vez sin brazos arriba, apenas el puño derecho apretado con rabia, como los dientes en esa lucha contra el crono en la que también es el rey. De amarillo, aventajó en otros 36 segundos a Jonas, en 1:20 a Roglic, en 2:39 a un desesperado Evenepoel y en otra barbaridad al resto de los mortales. Otro paso más hacia lo que parece una evidencia, su cuarto Tour de Francia.

Pasa el tiempo, cambian los escenarios y las tendencias, se acumulan afrentas y se desatan revanchas. De aquellos días de derrotas en los Pirineos, aunque en el altiplano venciera entonces Tadej, a estos de plenitud y dominio. De cuentas saldadas. Aún con el regusto a épica de la jornada anterior en Hautacam, la cronoescalada puso todavía más distancia entre ambos. Otra pequeña gran afrenta en la moral ya torturada de Jonas, quien no intuye resquicio por donde inquietar al todopoderoso Pogacar.

Por esas laderas que son territorio en invierno del esquí y en verano de los descensos vertiginosos en longboard, Pogacar desató de nuevo su tormenta. Como si nunca tuviera suficiente. Su victoria 21 en el Tour, la 30 en grandes vueltas (Merckxs sumó 64 en toda su carrera), a los 26 años. Cuatro ya en la presente edición que tiraniza, aunque aún sienta dolor en las quemaduras de su brazo izquierdo, en el golpetazo en la cadera tras la caída de Toulouse sólo 48 horas antes.

Hasta en el muro final, esa pared infernal que remata a los que antes no han calculado bien y hacen zigzag en la rampa recta de asfalto negro, como una escena de terror, al 16%, terreno agreste y desértico donde los aficionados aguardan a los héroes. Hasta ahí, donde los demás se retuercen, el amarillo de Tadej reluce, como si hiciera guiños al sol, a más de 1.800 metros de altitud. Y pedalea con alegría y rabia, consciente de que va a volver a ganar.

En 10,9 kilómetros aventaja a Vingegaard, que salió con cabra de contrarreloj y remató un gran final persiguiendo para doblar a Remco, en 36 segundos. No hay muchas batallas entre ellos en cronoescaladas puras como referencia. Hace cinco años el danés aún no compareció en el Tour cuando Tadej lo reventó en La Planche des Belles Filles. Sí en 2023 en Combloux, otra historia, una exhibición como no se recuerda, 1:38 de ventaja para Jonas en poco más de 22 kilómetros.

La contrarreloj apenas la disputaron los 30-40 mejores de la general. Luke Plapp había sido la referencia, todos lejos de él. Roglic fue la sorpresa y Lipowitz, que ya amenaza el podio de Evenepoel, volvió a rendir a gran nivel. Los españoles cumplieron algo mejor que en las jornadas previas. Con Carlos Rodríguez 13º, Enric Mas 15º y Cristián Rodríguez 18º.

Pogacar dinamita el Tour en Hautacam

Actualizado Jueves, 17 julio 2025 - 18:04

Tantas veces las afrentas pasadas son acicates. Hautacam estaba marcado a fuego en la lista de cuentas por saldar de Tadej Pogacar, aquel querer y no poder en el Tour de 2022 para acabar rindiéndose ante Jonas Vingegaard. Como si esas nubes negras y el dolor de las abrasiones de la caída de Toulouse del día anterior fueran gasolina, el esloveno despejó todas las dudas en las primeras rampas del coloso pirenaico. Nada quiso saber de nadie. Su compañero Jonathan Narváez le lanzó como si de un sprinter se tratara y para la cima se fue en solitario, para su enésima exhibición, un despliegue bestial, un golpe a la moral de todos, su cuarto Tour encaminado, pues distanció en más de dos minutos a su rival danés, que ya está a 3:31 en la general. [Narración y clasificaciones]

Alzó los brazos con rabia, con rostros de esfuerzo máximo, la grandeza de un ciclista único que no sabe de estrategias. Tadej sólo entiende de ciclismo ofensivo, de tumbar a su rival como si de un combate de boxeo se tratara. El ring eran los Pirineos y el calor el artista invitado. Todo lo antes, el Soulor que pareció una escabechina temprana, fue un preludio de la obra maestra. Esta vez no le falló el equipo a Pogacar, pero tampoco lo hubiera necesitado.

Lipowitz fue el tercero de los mortales, muy cerca de Vingegaard. Por detrás, diferencias de otra época, de ciclismo en blanco y negro, de escaladores de leyenda. Pogacar honra su deporte.

En la salida de Auch, ya mañana soleada y una pequeña y dura cuesta desde los autobuses de los equipos hasta la zona de firmas, como para abrir boca, Pogi era el centro de todas las atenciones. Lucía un vendaje en su brazo izquierdo y cara de póquer. Dormir con semejantes quemaduras por todo el cuerpo siempre es un incordio. Él y Vingegaard, también como anticipando lo que vendría después, acudieron juntos hacia la presentación.

Escapada

La alta montaña, el primer contacto mezclado con el intenso sopor, fue como un bofetón para los ciclistas. En las primeras rampas del Soulor, que se ascendía por la vertiente de Ferrieres, ya todo era un rosario de sufrientes, incapaces de seguir la rueda del rival. En el grupo de 50 que marchó de inicio por delante, entre ellos Carlos Rodríguez, el Ineos apostó fortísimo. El ritmo de Axel Laurence pronto adelgazó la escapada, pero en un momento ya tampoco había ningún compañero: coronó Woods el primero, seguido de un grupito con Skejlmose, Einer Rubio, Storer y Armirail.

Más llamativo era lo que sucedía por detrás, entre los favoritos. El primero en tirar la toalla fue Remco Evenepoel, de nuevo incapaz de rendir en la exigencia de las rampas duras, aunque iba a saber dosificarse con mucha inteligencia ('sólo' acabaría perdiendo 3:31). También Enric Mas pronto firmó su tragedia, la de cada año. Incluso el líder Ben Healy (crisis total) se fundía al intentar seguir el ritmo de los Visma, primero Campenaerts, luego Benoot y después Kuss.

Sin embargo, al equipo de Vingegaard la táctica le saltó por los aires cuando su comodín Matteo Jorgenson se vio en problemas. Ahí tuvo que amainar la tormenta y calmar el ritmo. Fue como un golpe de calma repentino para todos. Que incluso se mantuvo en el siguiente puerto, el preludio de Hautacam, cuando hasta Remco se acercó para enlazar después en la larga bajada.

Al comienzo de Hautacam, la estación de esquí que Luc Leblanc inauguró para el Tour, seguido de Miguel Indurain, en 1994, ya todo lo anterior daba igual. Wellens había puesto el ritmo y Narvaez dio el acelerón. Vingegaard esta vez no hizo ni amago de seguir el pedaleo de poder de Pogacar, que fue aumentando poco a poco su distancia hasta la meta. Un cabalgar celestial, otra de sus tardes para el recuerdo.

Lenny Martinez, el nieto del “francés de Burgos” que aspira a emular a su abuelo Mariano con el ‘maillot’ de la Montaña: “Se sentirá orgulloso de mí”

Actualizado Miércoles, 16 julio 2025 - 22:11

El árbol genealógico de Lenny Martinez (Cannes, Francia, 2003) esconde un apasionante repaso por los últimos años de la historia del ciclismo francés. Estirpe de pequeños escaladores. Su abuelo, su padre, su tío fueron ciclistas profesionales, pero hasta los hermanos de su abuela disputaban carreras. Con su maillot de puntos rojos que atrapó en los puertos encadenados del lunes por el Macizo Central, se ha propuesto una misión, honrar a Mariano, el «francés de Burgos», el escalador con gafas ganador de la Montaña en el Tour de 1978.

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Porque todo se remonta a Burgos, a los 60, a la emigración. Cuando tenía cinco años, la familia Martínez, que ya perdió el acentos en el apellido, puso rumbo a la Borgoña en busca de trabajo y oportunidades y en Nevers crecieron los pequeños Martín y Mariano, que encontraron la pasión en una bici que su padre guardaba pero que tampoco les dejaba usar. «A los 20 años ya había sido campeón de Francia júnior, pero trabajaba en la cadena de montaje de la fábrica de Fiat, reconstruyendo motores de camiones», rememoraba Mariano, todavía con el palmarés más lustroso de toda la saga, que a los 15 ya tenía la nacionalidad francesa, aunque siempre le iban a llamar «el francés de Burgos».

Martín llegó a ganar una etapa en la Vuelta del 74, pero Mariano, dos años más pequeño, fue mucho más allá. En el 78 conquistó la clasificación de la Montaña en el primer Tour de Bernard Hinault, aunque, curiosamente, él siempre pensó que no lo mereció, pues hubo varias irregularidades que acabaron por expulsar de la carrera a Michel Pollentier y Antoine Gutiérrez. Ese mismo Tour levantó los brazos en Pla d'Adet, su primer triunfo de etapa en la Grande Boucle, ya con 30 años. Dos después lo repitió en Morzine. También fue bronce en el Mundial del 74, donde compartió podio en Montreal con Merckx y Poulidor, nada menos. Y fue sexto en la general del Tour del 72, el cuarto de Merckx, uno de los logros que más valora.

A sus 78 años, desde su casa de Garchizy, sigue sin perder detalle a las andanzas de su nieto, como antes lo hizo con sus hijos Miguel, que disputó el Tour de 2002 con el Mapei y triunfó principalmente en el mountain bike, donde fue campeón olímpico en Sydney y del mundo, y Yannick. «Hablábamos de ciclismo constantemente y Lenny estaba harto de pequeño. No le gustaba. ¡Es un maldito Martinez! El hijo del profesor no puede ser el último de la clase», recordaba Mariano en L'Équipe.

«Es meticuloso y aprende muy rápido»

El pequeño Lenny, predestinado, se crio con su madre en Cannes y de niño no optó precisamente por la bici. Lo que le gustaban eran las volteretas en los edificios industriales en ruinas y practicando Urbex se rompió dos veces la clavícula. «Al final, lo inscribimos en una carrera, sin darle instrucciones, y ganó. Desde entonces, sólo ha mejorado. Es meticuloso y aprende muy rápido», contaba el abuelo. Fue cuando se trasladó con su familia paterna a Borgoña cuando el ciclismo le acabó conquistando.

Y, con sus 168 centímetros y poco más de 50 kilos de inquieto grimpeur no tardó en despuntar. Tras dar el salto al profesionalismo con el Groupama, ganó la clásica del Mont Ventoux. Y con poco más de 20 años debutó en la Vuelta, donde se convirtió en el líder más joven de la historia, arrebatando el honor nada menos que a Miguel Indurain. Puso su sello precoz en el Observatorio de Javalambre, donde sólo Sepp Kuss llegó por delante de Lenny.

Lenny Martinez, con el maillot de la Montaña del Tour.

Lenny Martinez, con el maillot de la Montaña del Tour.MARTIN DIVISEKEFE

Tras un 2024 en el que debutó en el Tour, el Bahrein le firmó un jugoso contrato y los éxitos no han tardado en llegar. Su temporada incluye ya tres triunfos parciales brillantes en París-Niza, Tour de Romandía (quedó, además, segundo de la general) y Dauphiné. Y ahora, la Grande Boucle le aguarda en sus montañas, donde lucirá el polka dot con pretensión de conservarlo hasta París (el último francés en lograrlo fue Romain Bardet, en el 2019), como Mariano en 1978.

«Me resulta raro llevar este maillot que mi abuelo ganó hace tanto tiempo... Se sentirá orgulloso de mí», admitía en Le Mont-Dore, donde resultó llamativo verle tirando de Pogacar y Vingegaard en los últimos metros de la etapa «sólo fue porque quería terminar entre los 10 primeros de la etapa». Hoy, en los Pirineos seguirá buscando puntos para honrar a Mariano: "La etapa es larga y las subidas están dispuestas en la parte final, pero aun así voy a intentar meterme en la escapada. Procuraré no quemarme en los primeros repechos. Necesito sumar el máximo de puntos para conservar este maillot el mayor tiempo posible. Lo haré lo mejor que pueda, y si un día estoy en condiciones de ganar la etapa, por supuesto que iré a por ella".

El gesto de deportividad del Visma tras la caída de Pogacar: “Respeto para el pelotón, muchas gracias”

Actualizado Miércoles, 16 julio 2025 - 19:01

"Todo va bien, respeto para el pelotón, respeto para todos. Muchas gracias". Recibido como siempre por el masajista Joseba Elguezabal, repartiendo saludos de alivio a compañeros y rivales, con el culotte magullado a la altura de la cadera y rozaduras en su brazo izquierdo, Tadej Pogacar era, cómo no, el centro de atención en la meta de Toulouse. Apenas seis kilómetros atrás, en el atribulado descenso de la última cota del día, donde tanto Jonas Vingegaard como Matteo Jorgenson volvieron a enseñar las garras con sus ataques, el esloveno se había ido alarmantemente al suelo por la imprudencia de Tobias Johannesen.

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Se levantó rápido, recompuso el manillar y la cadena de su bicicleta y emprendió la marcha. Había caído a gran velocidad y no muy lejos tanto de la acera como de unos bolardos. El sofoco iba en el cuerpo: "Me asusté cuando vi la acera. Iba directo con la cabeza hacia ella".

Al ritmo que viajaba ese pelotón ya escuálido, hubiera perdido un tiempo precioso con sus rivales, justo antes de la llegada de los Pirineos. Sólo hubieran tenido que mantener la inercia los cuatro Visma, pero se hizo el parón. Las reglas no escritas del ciclismo. La deportividad, cuando sólo unos metros atrás se lanzaban demoledores ataques, cuando cada día se cruzan dardos mediáticos en la guerra psicológica que mantienen los dos mejores equipos del mundo. "Fue mala suerte, no es que tomara mal una curva o algo así, simplemente tocó una rueda. Creo que hicimos lo que había que hacer", se sinceró Vingegaard.

"Estoy bien, un poco raspado. Le doy las gracias al pelotón. Podría haber perdido tiempo, no mucho. Gran respeto a todos. Gracias por vuestro apoyo", manifiesta después Pogacar, que explicó la caída, a gran velocidad y todavía fuera de la zona de protección. "Bajando de la cima, los ataques de Matteo y Jonas pusieron a todos al limite. Un corredor decidió seguir uno de los ataque desde la parte derecha, no me vio y chocó con mi rueda", valoraba, sin querer todavía sacar conclusiones de sus dolores: "Normalmente el día después de una caída no es el mejor. Pero daré lo mejor de mí. Creo que estamos listos como equipo para lo que venga".

El respeto cobra aún más valor cuando la batalla está desatada. En la aparentemente etapa sin historia de Toulouse, Vingegaard había atacado hasta en los alocados kilómetros iniciales, cuando se formaban las escapadas. Al danés le secundó el líder y gozaron de unos metros. "En un momento dado, Tadej se quedó cortado y se me presentó la oportunidad de atacar junto a Jonas. Lo hice porque me apetecía apretar y ver qué pasaba", explicaba después Ben Healy, que también aclaró esos instantes de tensión y dudas que se vivieron en cabeza tras el percance de Pogacar. "Es simplemente respeto entre corredores. Es una parte de la etapa en la que no esperábamos crear diferencias de tiempo. Habría agradecido lo mismo a cambio, y creo que habría ocurrido si me hubiera caído. Cuando nos enteramos, fui a hablar con Jonas, quien me dijo: 'Lo estamos esperando'. Hubo consenso", detalló el irlandés.

"No vi nada sobre el accidente. Honestamente, no sabía que Tadej se había caído, pero Remco [Evenepoel] gritó: '¡Alto, alto, alto!'", desveló también Ilan Van Wilder, compañero del belga en el Soudal. "Ha sido una cuestión de respeto, nadie quiere coger ventaja por una caída o avería. En el ciclismo estas cosas pasan, pero no me gusta aprovecharlas", contó el español Carlos Rodríguez, que también viajaba en ese pelotón, a más de tres minutos de Abrahamsen y el resto de escapados.

A Pogacar le toca asumir el susto y valorar las heridas con rapidez. Porque el día después es una de las etapas más dura de todo el Tour, sin duda la más exigente de lo que llevamos. Entre Auch y Hautacam, cuatro puertos, especialmente selectivos Soulor (casi 12 kilómetros al 7,6%) y el propio Hautacam (13,5 al 7,9), donde Vingegaard le derrotó en 2022. Sin tiempo para el descanso, el viernes, la cronoescalada de 11 kilómetros de Peyragudes. Y el sábado, más madera, un encadenado con el Tourmalet, Aspin, Peyresourde y la meta en Superbagneres.

Pogacar cae, el Visma frena y Abrahamsen se lleva otra etapa loca en Toulouse

Actualizado Miércoles, 16 julio 2025 - 17:44

Llegando a Toulouse, a falta de seis kilómetros (fuera de la zona protegida), los nervios desatados por los desconcertantes aguijonazos de Vingegaard y Jorgenson en el muro de Pech David y sus rampas del 20%, Tadej Pogacar saliendo en primera persona a falta de compañeros por la labor, un despiste, un toque de ruedas, un rival que se cruza, y el esloveno al suelo. De pronto, unos segundos de alarma total. Se levanta, se sacude los rasguños, recompone su bicicleta y vuelve a la carrera. Un Tour en un fogonazo. El Visma, tan agresivo un rato antes, levanta el pie y respeta a su rival, que no tarda en volver. [Narración y clasificaciones]

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Habrá que valorar el golpe y cómo Pogacar se lame las heridas, que llegan justo antes de la hora de la verdad, de bajar a los Pirineos, de tres etapas para despejar dudas. En una etapa que fue de todo menos de transición, el triunfo fue para el noruego Jonas Abrahamsen, que culminó una maratoniana fuga desde las mismas calles que le vieron alzar los brazos un rato después, en la etapa de su vida, en un poderoso sprint contra Mauro Schmid.

Ellos fueron los más fuertes de los que resistieron. Ellos fueron capaces incluso de no flaquear y ceder ante el empuje de Van der Poel, que acudía desde atrás como un lobo, otra vez a las puertas de la proeza.

Antes de la primera hora de la verdad del Tour, de la llegada a los Pirineos y un tríptico para empezar a poner claridad en la general, la etapa de Toulouse, enclave clásico con hasta 28 metas (entre ellas la de 2003, con victoria de José Antonio Flecha), se antojaba un impás de calma o bien para la escapada o hasta para los sprinters que lograran esquivar la única trampa del trazado, los 800 metros de la Cota de Pech David, tan empinada que por momentos pasa del 20% de desnivel.

Y, sin embargo, como si el día de descanso hubiera insuflado de energías al pelotón o el calor hubiera trastornado sus pensamientos, todo resultó un bendito caos desde la salida en el Estadio del Toulouse. Como todos aventuraban allí, la escapada pronto logró formarse con cinco rodadores de nivel (Schmid, Ballerini, Abrahamsen y después Fred Wright y Burgaudeau), pero por detrás hubo un zafarrancho permanente.

Van Aert no paró quieto ni un momento. Se formaban grupos y subgrupos, en un caos permanente. Y hasta hubo un instante que el propio Jonas Vingegaard pegó un acelerón en el llano al que tuvo que responder el líder en persona, un Ben Healy que de no ser por el amarillo hubiera gozado en la batalla. Pogacar y el resto llegaron un rato después y justo entonces, con poco más de 50 kilómetros ya a la meta, se estabilizó la carrera, con otro quinteto de renombre por detras (Van Aert, Van der Poel, Simmons, Laurence y De Lie). El Movistar volvió a llegar tarde: cuando reaccionó con Oliveira ya no había nada que hacer para alcanzar a los fugados.

Los dos grupos se mantuvieron kilómetros y kilómetros con 20 segundos de diferencia. En las dos últimas cotas, Abrahamsen y Schmidt se compenetraron, se reivindicaron y se jugaron un bonito y merecido triunfo. Pero la noticia estaba por detrás, en el susto de Tadej, en el gesto deportivo de sus más enconados rivales, que no quisieron sacar tajada de la desgracias ajena.

El ‘hipster’ Ben Healy, el inclasificable líder del Tour que se nacionalizó irlandés por sus abuelos

Actualizado Martes, 15 julio 2025 - 22:17

En las pedaladas desacompasadas de Ben Healy (Birmingham, Gran Bretaña, 2000) no se intuye rastro de eso que en el ciclismo se llama clase. No resulta agradable verle avanzar, casi siempre agarrado a las manetas superiores del freno y con la cabeza ligeramente inclinada hacia la derecha. Pero, más allá de la estética, lo del nuevo líder del Tour de Francia, un pequeño irlandés con pelo largo, barba y pendientes, se veía venir.

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Desde incluso antes de llegar al profesionalismo en 2022, era famoso por sus locuras. Por intentar escaparse lo antes posible y, a poder ser, sin compañía. Con 18 años, Healy se convirtió en el ganador más joven de una etapa del prestigioso Tour del Porvenir. En solitario, claro. Como no había ningún equipo irlandés en la carrera de 2019, Healy y su compatriota Daragh O'Mahony fueron seleccionados para un combinado UCI junto a un peruano, un marroquí y dos corredores de la República Checa. Un año después, volvió a sorprender al mundo proclamándose campeón de Irlanda por delante de Nicolas Roche.

A Healy, puro carisma, el ciclismo le viene por su padre Bryan, que tampoco nació en Irlanda. Cuando era adolescente y ya comenzaba a despuntar en el equipo Wiggins, Ben decidió obtener la ciudadanía del país de sus abuelos paternos -que habían llegado a Londres desde Cork por motivos laborales en los 60-, donde veraneaba de niño. «Sentí que fue una buena decisión y, siendo sincero, al principio fue por las oportunidades, pero la conexión familiar estaba ahí, y ahora me siento realmente parte de Irlanda. Esa parte de la familia también está orgullosa de lo que he hecho. Vuelvo de vez en cuando, pero no tan a menudo por las carreras», reconocía recientemente.

Tras Elliott, Kelly y Roche

El aventurero Healy, un tipo que acostumbra a martirizar a sus compañeros de fuga y que cuenta entre sus hazañas la victoria de etapa en el Giro de 2023 (50 kilómetros en solitario), la de la última Vuelta al País Vasco (57) y la del pasado jueves, su estreno en el Tour, en Vire (43), pretende ahora conservar lo máximo posible el amarillo. «Esto es un cuento de hadas, un sueño hecho realidad. A partir de ahora, me centraré en la general para respetar el maillot amarillo e intentar conservarlo el mayor tiempo posible», lanzaba el lunes.

Healy es el cuarto irlandés que lo consigue y el primero en 38 años, desde Stephen Roche, el único ganador (aunque con sólo tres etapas con el liderato), por delante de Perico Delgado y completando en 1987 un histórico doblete con el Giro. Antes, Sean Kelly en el 83 (una etapa) y Seamos Elliott en 1963 (cuatro). «Es un poco hipster, pero sabe lo que quiere y tiene las piernas para conseguirlo. Es un verdadero luchador y un trabajador incansable», le reivindicaba Roche tras lograr el liderato.

Healy, que vive entre Girona y Andorra junto al ciclista profesional Tom Gloag, pedalea feo y mide poco más de 170 centímetros, pero es la forma de acoplarse en la bicicleta uno de sus puntos fuertes. «Es increíblemente aerodinámico y tiene una potencia increíble», le elogiaba ayer su compañero en el Education First- EasyPost, Harry Sweeny. En la lucha contra el crono lo demuestra.

Healy, el pasado lunes, camino de Le Mont-Dore Puy de Sancy.

Healy, el pasado lunes, camino de Le Mont-Dore Puy de Sancy.AFP

Es posible que hoy, en la etapa con inicio y final en Toulouse, logre mantener el liderato. Pero está por ver cómo rinde en la alta montaña. Es la gran pregunta que se hacía el Tour en el día de descanso. En cualquier caso, Healy es toda una incógnita, un tipo inclasificable que se formó en el velódromo, que de adolescente brilló en mountain bike y que este mismo año fue podio en la Lieja-Bastoña-Lieja (décimo en la Amstel y quinto en la Flecha Valona).

«El nivel de Pogacar y Vingegaard es increíble. Tendré que mejorar muchísimo si quiero reivindicarlo. Vi a Tadej después de la meta: súper fresco, mientras que yo estoy agotado. Pero espero poder volver al Tour algún día con mayores ambiciones», concedía en la llegada de Le Mont-Dore, donde observó con suspense y escoltado por su madre cómo su ventaja le daba el liderato. Porque, a sus 25 años, es sólo la tercera Gran Vuelta para Healy tras el Tour del año pasado y el Giro del 23. Hautacam, el jueves, pondrá a prueba al hipster irlandés nacido en Birmingham y los 29 segundos de ventaja que tiene con Pogacar.

La llamativa felicidad de Vingegaard y la "presión" del Visma contra Pogacar: "Estamos siguiendo nuestro plan"

La llamativa felicidad de Vingegaard y la “presión” del Visma contra Pogacar: “Estamos siguiendo nuestro plan”

En la inédita meta del Mont-Dore, pleno Macizo Central, casi 2.000 metros de altitud, Jonas Vingegaard mostraba una sonrisa como no se le recordaba. Tan llamativa como el poco rastro de esfuerzo en su rostro tras ocho puertos y 4.400 metros de desnivel acumulado. Tras haber secundado sin aparente dificultad el salvaje ataque del mejor ciclista del mundo apenas unos minutos antes. En la primera etapa de montaña del Tour de Francia no había logrado arañar ni un sólo segundo a Tadej Pogacar y a estas alturas, 10 etapas, sigue perdiendo 1:17 con su rival. ¿Entonces? «Estoy feliz con mis piernas, ha sido un buen día», avanzaba con una satisfacción que escondía algo más.

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Lo mental a veces también hace mover los vatios y esta vez casi todos los (agresivos) planes del Visma Lease a Bike salieron bien. Ganaron la etapa con Simon Yates, la guinda, y consiguieron aislar a Tadej Pogacar (de paso, perdió el liderato en favor del infatigable Ben Healy), quien, con su ataque final sin lanzador -ni rastro ya ahí de Jonathan Narváez o Adam Yates- no pudo soltar la rueda de Vingegaard. Desde hace tiempo son conscientes en el equipo neerlandés que tumbar al esloveno es labor colectiva. Ya lo experimentaron aquel inolvidable día camino del Granon. En la táctica de Richard Plugge, Grischa Niermann y compañía no parece haber lugar para el conformismo.

La estrategia viene labrada desde hace días y va más allá, al desgaste pensando en las "maratonianas etapas alpinas" donde supuestamente el físico escalador de Vingegaard y su resistencia podrían imponerse. Entre otras cosas, también pretende desconcertar de momento a un Pogacar que ya habló de una «carrera extraña» del Visma y que, además, ha tenido la desgracia de perder a Joao Almeida, su principal escudero. Desde la primera de las ocho ascensiones de ayer desataron la tormenta. En la escapada del día marchaban ya dos de sus hombres, avanzadillas Campenaerts y un Simon Yates que fue tapado hasta rematar en el puerto final. «Queríamos estar delante para probar cosas y correr con agresividad. No obstante, se ha dado la circunstancia de que podía pelear por la etapa y la he aprovechado lo mejor que he podido. El equipo tiene la moral alta pese a haberse llevado un pequeño golpe en la crono. Lo asumimos y seguimos adelante», admitió el ganador del último Giro de Italia, quien ya sólo pensará en ayudar a su líder.

De esos ataques «para poner presión» también habló el feliz Vingegaard: «No estábamos pensando en que (Pogacar) siguiera de amarillo, aunque hubiera tenido que pasar por el podio y le hubiera quitado algo de energía. Estábamos siguiendo nuestro plan, meterle presión a UAE. Tenemos un equipo muy fuerte y mis piernas están bien», desvelaba el danés.

Con todo eso consiguieron que el UAE Emirates, siempre tan poderoso, tuviera que tomar la responsabilidad en el pelotón, lo que fue haciéndoles perder piezas. Primero Sivakov, luego Nils Politt, al poco Tim Wellens. Cuando, en la subida sin catalogar previa al Col de la Croix de Sant Robert Sepp Kuss y Matteo Jorgenson lanzaron sus fuegos artificiales, ya apenas le quedaban hombres a un Pogacar que incluso respondió en primera persona al demarraje del estadounidense, que es quinto en la general.

Igual que en Le Mont-Dore, donde hasta Remco Evenepoel intuyó un resquicio por el que intentarlo (sin éxito). Así que, aislado ya, Tadej tuvo que poner orden con su zarpazo, al que un fresco Vingegaard respondió con más suficiencia de la habitual. «Sigo detrás de Pogacar, por supuesto, y tendré que recuperar tiempo en algún momento. Hoy (por ayer) y en lo que va del Tour, pude seguirlo, algo que no pude hacer en el Dauphiné. Demuestra que tengo un mejor nivel», se congratuló el aspirante.

Pogacar ni se inmuta ante la agresividad del Visma, aunque pierde el liderato

Pogacar ni se inmuta ante la agresividad del Visma, aunque pierde el liderato

Ben Healy, un ciclista distinto, generoso, agresivo, siempre al ataque, es el nuevo líder del Tour. Un irlandés que es un portento, que ya se estrenó hace unos días en Vire Normandie, y que lo dio todo esta vez cuando la distancia de la fuga le dio para soñar con el maillot amarillo. La primera toma de contacto con la montaña, en el angustioso Macizo Central, resultó un estupendo juego de estrategias, con el Visma Lease a Bike de Jonas Vingegaard tensando la cuerda. No tuvo premio en la general, con un Tadej Pogacar que ni se inmutó, pero sí en la etapa, rematada por Simon Yates. [Narración y clasificaciones]

El ganador del último Giro no perdonó en la última de las ascensiones, implacable en el Mont-Dore. A un escalador de su talla y experiencia le dejaron el triunfo en bandeja y eso que la escapada era de quilates. A sus zarpazos no pudieron responder ni Ben O'Connor ni Arensman. Healy, que entró tercero, pagó el tremendo esfuerzo que hizo por labrar un liderato que saboreará con calma durante el día de descanso del martes.

La victoria para Yates y el liderato para Healy. Los favoritos aplazaron la batalla hasta las dos últimas cotas, cuando el Visma lanzó ráfagas de reconocimiento. Consiguieron aislar a Pogacar, novedad, pero no batirle. Al ataque final del esloveno sólo respondió, con suficiencia, el propio Vingegaard. Llegarán a los Pirineos con 1:17 de distancia.

Ben Healy festeja su liderato del Tour.

Ben Healy festeja su liderato del Tour.Thibault CamusAP

Más que una etapa fue una tortura, 163 kilómetros de vaivenes, atravesando en Macizo Central a base de cotas, hasta ocho, siete de ellas de segunda categoría, lo inédito. 4.400 metros de desnivel acumulado, como una jornada alpina o pirenaica cualquiera: en concreto, sólo hay tres en esta edición más extremas.

Así, bajo la canícula, desde la salida de Ennezat, avanzó el día nacional francés, con una fuga tan numerosa como de renombre. Entre los 30 iniciales llamaba la atención comprobar a dos compañeros de Vingegaard (Campenaerts y Simon Yates), lo que obligó a trabajar siempre al UAE en el pelotón. Un equipo ya sin Joao Almeida, que también vio como Sivakov pronto anunciaba que no estaba para demasiado, con el gigante Nils Politt siempre al comando.

Después de las tres primeras subidas, la fuga ya se quedó en la mitad. Ahí seguía Pablo Castrillo, que se había pegado un buen apretón para entrar de inicio. Pero también Lenny Martínez, que acumuló puntos para vestirse con el maillot de la Montaña. O el amenazante Ben Healy, líder virtual mediada la jornada, cuando la diferencia aumentó hasta superar los cinco minutos. Era su día.

El martirio paulatino pregonaba un desenlace con conclusiones importantes. Por delante, donde ya paladeaban tanto la victoria de etapa como un posible liderato para Healy, se quedaron en seis unidades en la ascensión no puntuable previa a los últimos dos puertos. No pudo ya Castrillo engancharse a esa fuga de la fuga. Pero, por detrás, también comenzaban los fuegos artificiales, justo cuando Benoot espabiló el ritmo y los Visma lanzaron aguijonazos como de reconocimiento, primero Kuss, después el propio Jorgenson, respondiendo el propio Pogacar en primera persona.

Hasta el Mont-Dore, la cima más alta del Macizo Central (1.885 metros), donde la batalla no resolvió todavía demasiadas dudas. Aunque Yates puso su nombre (su tercera victoria en el Tour, tremendo palmarés), será el pequeño Ben Healy el que será recordado este 14 de julio.

173 kilómetros a 50 por hora, la intrahistoria de la última locura de Van der Poel para cumplir el sueño de un compañero: "Pensé que estaba bromeando"

173 kilómetros a 50 por hora, la intrahistoria de la última locura de Van der Poel para cumplir el sueño de un compañero: “Pensé que estaba bromeando”

En la salida de Chinon, etapa de esas mal llamadas de transición, domingo para sprinters en la víspera de la primera gran jornada montañosa del Tour, a Mathieu Van der Poel se le encendió la bombilla. Pensó que su compañero Jonas Rickaert, belga, 31 años, toda la vida en el Alpecin, uno de esos esforzados de la ruta que siempre trabaja para los demás (apenas en su palmarés una clásica menor flamenca, Dwars door het Hageland), se merecía una alegría. En pareja, desde la salida, iban a protagonizar una preciosa (casi) gesta. Pero había que tener ganas y valentía para desafiar al pelotón en un trazado llano de 173 kilómetros.

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Allá que se fueron, desde el banderazo. «Habíamos hablado con Jonas, queríamos ir a por todas. Su sueño era subir al podio del Tour de Francia, y me alegró haberle ayudado a ganar el premio a la combatividad. Estoy muy contento. Estuvimos cerca, lo dimos todo», se explayaba, exhausto, maillot abierto, el nieto de Poulidor, que se quedó a un suspiro de la victoria en Chateauroux, la que hubiera sido la segunda de la presente edición, en la que ya vistió de amarillo.

Cabalgaron al alimón hasta seis de meta, cuando Rickaert («creo que me iré a casa mañana, estoy muy cansado», bromeaba después), dijo basta. La hazaña de Van der Poel, en un día sin más, murió a 800 metros, cuando los sprinters ya enfilaban la Avenida Cavendish (aquí se estrenó en la Grande Boucle y repitió dos veces más) para el triunfo final de Tim Merlier por delante de Jonathan Milan.

Mathieu se marcó tres horas y media de puro esfuerzo, 173 kilómetros a una velocidad de 49,9 por hora. El pelotón, en persecución de los insensatos, voló esquivando abanicos a una media de 50,013, la segunda más alta de la historia, sólo por detrás de la de 1999 entre Laval y Blois, ganada por Mario Cipollini (50,355). Todo esa locura por un compañero, que pensaba que lo de su líder era una bravuconada. «Siempre he soñado con subir al podio del Tour y estar presente en la ceremonia. Pensé que Mathieu bromeaba, pero iba en serio. Así que seguimos», admitía el otro hombre del día, elegido más combativo, cómo no.

«Fue un día muy difícil, las carreteras no estaban hechas para dos hombres solos al frente, sobre todo con el viento que obligó a los equipos de la clasificación general a correr», explicaba Van der Poel, que se congratulaba de haber dado «un gran espectáculo» y aclaraba que su objetivo no era «el maillot verde»: «Sufrimos, pero también disfrutamos».

Son las ocurrencias de un ciclista único, que vive su profesión como una aventura. Al gran animador de este principio de Tour no le hacía demasiada falta semejante osadía. Había ayudado a su compañero Jasper Philipsen a ganar en Lille en la primera etapa, se había impuesto en el Boulogne sur Mer por delante de Tadej Pogacar, con el que también peleó en Rouen. Y había vuelto a vestir de líder, como en 2021.

La escapada de Van der Poel y el segundo triunfo de Merlier fueron las noticias del día, pero no menos lo fue el abandono de Joao Almeida, rendido a sus magulladuras y al dolor de su costilla fracturada en la etapa del viernes llegando al Muro de Bretaña. Todo un problema para Pogacar, quien elogió a su gregario portugués. «Había sido increíble cómo Joao había lidiado con las consecuencias de su caída durante los dos últimos días. Si yo he sufrido durante toda la etapa, no me puedo imaginar lo que habrá sufrido él. Siento un gran respeto por él y me entristece mucho que tenga que abandonar», pronunció el líder del Tour, quien pierde a su gran escudero en la alta montaña y también a un elemento clave para la táctica del UAE Team Emirates. «Tenerlo metido en la lucha de la general era un lujo para nosotros. Ahora nos toca replantear nuestra estrategia para que su ausencia nos afecte lo menos posible. Estaba en plena forma y tengo muchas ganas de que se recupere y vuelva a competir. Y, por supuesto, ahora quiero ganar este Tour de Francia también por Joao», concluyó.