Novak Djokovic llevaba dos años persiguiendo un fantasma: el vigésimo quinto Grand Slam, el título que lo separaría de cualquier otro jugador en la historia del tenis. Se le resistía siempre por culpa de los mismos dos verdugos: Jannik Sinner y Carlos Alcaraz. Y, de repente, este Roland Garros apareció envuelto en papel de regalo. Sin ninguno de los dos mejores del mundo en el cuadro, el serbio se plantó ante la mejor oportunidad de su carrera reciente. El momento deseado. Su momento. Y tropezó.
Este viernes, en tercera ronda, cayó ante Joao Fonseca por 4-6, 4-6, 6-3, 7-5 y 7-5 en más de cuatro horas de batalla sobre la Philippe-Chatrier. Djokovic, pese a toda su experiencia en este tipo de escenarios, quedó deslumbrado por el brillo de la ocasión que tenía delante y acabó intimidado por el talento de un brasileño de 19 años en plena confirmación en la élite.
En los dos primeros sets, el serbio se impuso con más oficio que lucidez, dominando los intercambios con esa mezcla de oficio y frialdad que tantas veces le ha dado títulos. Pero algunos problemas físicos en el tercer set abrieron una grieta. Fonseca no necesitó más invitación. ¡Boom! ¡Boom! ¡Boom!, con derechazos rasgando las líneas, el brasileño fue empujando hacia atrás a un Djokovic que ya no encontraba respuestas. El resto lo hicieron los aficionados brasileños que abarrotaron la Philippe-Chatrier y convirtieron la pista central de París en una fiesta de Río.
¿Quién gana el torneo?
Para Fonseca, el triunfo es mucho más que una victoria: es la carta de presentación definitiva ante el mundo. El joven considerado desde hace meses el sucesor natural de los grandes, ya no es solo una promesa. Es un problema real para cualquier rival, incluidos los mejores. París le ha dado la dimensión que su tenis merecía. Para Djokovic, en cambio, la derrota duele con una crueldad especial. La ventana perfecta se ha cerrado. El fantasma del 25 seguirá rondándole, y el tiempo -ese adversario que ningún campeón puede vencer- juega cada vez menos a su favor.
Ahora el torneo avanza prácticamente sin favoritos antes siquiera de cruzar a la segunda semana. Todos los campeones de Grand Slam en activo -Alcaraz, Sinner, Djokovic, Medvedev y Wawrinka- ya están fuera del cuadro y apenas quedan candidatos que sepan siquiera qué es jugar una final de Grand Slam.
Una hora después de su victoria ante Alex Michelsen por 7-6(0), 6-7(3), 4-6, 6-3 y 6-3, Rafa Jódar entró en la sala de prensa de la Philippe-Chatrier con la preocupación reflejada en el rostro. De alegría, ni rastro. Ya clasificado para los octavos de final de Roland Garros, donde se enfrentará a Pablo Carreño, sabía que llegaría una pregunta incómoda, sabía que tendría que responderla de la mejor manera posible y sabía que su imagen pública estaba en juego.
Al término del encuentro, en las redes sociales -especialmente en Twitter- comenzó a viralizarse un episodio de apenas unos segundos que podría cambiar la percepción que los aficionados tienen de él. Entre el cuarto y el quinto set, Jódar se dirigió decidido hacia el vestuario y mantuvo una conversación a distancia con su padre y entrenador, que se encontraba en su palco. Por el camino, se cruzó con una recogepelotas y, en el encuentro fortuito, ella tropezó con la lona y estuvo a punto de caerse.
En las imágenes de la retransmisión internacional no quedaba claro si había existido contacto entre ambos ni si Jódar la había empujado. Las conclusiones de muchos usuarios ya condenaban al español, pero este quiso aclarar lo que realmente había ocurrido.
"Cuando ha acabado el set me he ido al baño, porque tengo derecho a cinco minutos de pausa, y en ese momento mi padre me iba a dar algo que tomo durante los partidos. Le dije que no, que me lo diera después, y justo en ese instante me encontré con la chica: ella intentó apartarse, se echó hacia atrás y resbaló. No la toqué. Nunca le haría nada a una recogepelotas", relató Jódar, quien añadió una defensa del colectivo para reforzar su argumento: "Sé lo que sufren en la pista porque hace mucho calor, y aprecio todo lo que hacen por nosotros. Nos ahorran mucho esfuerzo. Nunca les haría nada".
El paraguayo Adolfo Daniel Vallejo, de 21 años, protagonizó este jueves uno de los momentos más bochornosos del Roland Garros. tras su derrota ante el adolescente francés Moïse Kouamé en segunda ronda. Lo que comenzó como la frustración comprensible de un tenista eliminado acabó convirtiéndose en un escándalo de machismo que sacudió el torneo.
El contexto importa para entender cómo escaló la situación. En la rueda de prensa posterior al partido, en inglés, Vallejo había sido impecable. El paraguayo habló del público, de su influencia en el resultado y se mostró fair-play, diciendo entender los resortes de aquel ambiente tan caldeado. Sus palabras en ese momento fueron las de un competidor decepcionado, nada más.
Sin embargo, segundos después, en una entrevista en castellano con el medio Clay, cayó en el sexismo más primario, apuntando directamente a la juez de silla del partido, la brasileña Ana Carvalho.
DIMITAR DILKOFFAFP
"Este tipo de partidos tiene que arbitrarlos un hombre, es muy difícil que una mujer tenga la fortaleza para ir contra un público tan intenso", aseguró y no se quedó ahí: "Este tipo de partido debería ser arbitrado por un hombre, es demasiado difícil de gestionar para una mujer. Es un público muy pesado de manejar, así que hace falta mano dura para imponerse ante eso".
La sanción de la Federación Francesa
La queja de fondo de Vallejo era que Carvalho nunca supo hacer respetar las reglas, desbordada por el fervor popular, especialmente en un quinto set muy disputado. "Ganó tiempo muchas veces, tirándose al suelo o rascando segundos aquí y allá. No es normal tampoco que el público pueda gritar durante casi un minuto sin que se pueda jugar", argumentó el paraguayo, mezclando críticas legítimas al ambiente con comentarios claramente inaceptables sobre el género de la árbitro.
La Federación Francesa de Tenis respondió este viernes, calificando los comentarios de inaceptables y anunciando una sanción económica "significativa" (sin especificar la cantidad), reiterando que la competencia arbitral no depende del género sino de la profesionalidad.
Cuatro horas de lección. Un partido para el futuro. A sus 19 años, Rafa Jódar sigue construyendo su tenis y en esa construcción habrá pocos momentos como su victoria este viernes ante Alex Michelsen. En su primer Roland Garros ya está en octavos de final, pero sobre todo ha ido aprendiendo las exigencias de un Grand Slam, cómo aferrarse a una pista para que nadie le saque de allí, un ejercicio de pura supervivencia. Quizá no fue su triunfo más lúcido; sin duda fue el más importante. Con un marcador de 7-6(0), 6-7(3), 4-6, 6-3 y 6-3 cruzó una ronda más -ya le espera Pablo Carreño- después de una jornada durísima.
Porque este viernes Jódar se descubrió ante Michelsen frente a un espejo. Las coincidencias eran muchas, exageradas. Los dos son de la misma generación. Los dos miden 1,93 metros. Los dos son hijos de maestros. Los dos se han formado en el tenis universitario estadounidense. Los dos visten igual en este Roland Garros, con un conjunto blanco y negro de Adidas. Y, lo más importante, los dos juegan el mismo tenis. Como Jódar, Michelsen exhibió agresividad a raudales, golpes muy planos, restos directos y presencia dentro de la pista; como Jódar, Michelsen padeció en los movimientos laterales y mostró su escasa variedad táctica. Las similitudes entre ambos invitaban a la igualdad, marcaron el encuentro hasta el quinto set y condujeron a una conclusión ajustada.
EFE
Para Jódar, acostumbrado a adversarios más defensivos, Michelsen supuso todo un reto. Desde el inicio se le vio incómodo, como delataban sus numerosas dobles faltas, aunque mantuvo su carácter y su prodigiosa serenidad. Cedió el primer set en el tie-break, cuando el estadounidense dudaba menos en los momentos decisivos. Pero en el segundo y tercer set Michelsen tomó la iniciativa gracias a su potente saque, a su buen juego en la red y a la incorporación de efectos en sus golpes de derecha. El desconcierto cambió de lado y, en ciertos momentos, Jódar se asomó al abismo, cerca de la eliminación. Tan serio como es, se pasó todo el cuarto set levantando los brazos para animarse y, de paso, avivar a los aficionados españoles que le acompañaban en la preciosa pista Simonne-Mathieu.
Un cambio táctico
Y de alguna manera funcionó. Mientras Michelsen empezaba a acusar el cansancio, Jódar multiplicó el riesgo buscando algunos ángulos, moviendo un poco a más a su rival por la pista, y así fue encontrando las preciadas oportunidades. Romperle el saque al estadounidense seguía siendo dificilísimo, pero fueron apareciendo bolas de break, y más bolas de break, y otra bola de break más.
En el quinto set todo ese trabajo floreció. Como si el partido le hubiera enseñado algo en tiempo real, Jódar empezó a leer mejor el juego de su rival, a gestionar los puntos con mayor criterio y a no dejarse arrastrar por el intercambio frenético que tanto había beneficiado a Michelsen durante los sets anteriores. Más entero, más dueño de sí mismo, fue imponiendo su peso físico y mental sobre un rival que se desvanecía. El éxito final no fue un regalo: fue el resultado de un jugador que, en el momento más exigente, encontró dentro de sí la versión que necesitaba. A los 19 años, Rafa Jódar ya sabe lo que cuesta ganar en un Grand Slam. Y también que cómo hacerlo.
"Estoy super contento por estar en octavos, es un sueño hecho realidad. He tenido que luchar mucho y me quedo con mi mentalidad. Alex ha jugado muy bien y yo he sabido dar batalla", proclamó Jódar que fue a celebrar con un grupo de aficionados que le habían estado animando todo el partido y cerró su presencia deseando suerte al PSG en la final de la Champions de este sábado.
Corría el tercer set y ya llevaban más de dos horas de partido cuando Pablo Carreño, con sus 34 años y su extenso historial médico, decidió pegarse un sprint de camino a su banquillo. Tocaba descanso entre juegos, pero él no lo necesitaba. La galopada era un mensaje para su rival, el argentino Thiago Agustín Tirante, de 25 años: si quería ganar no le bastaría con esperar a que el veterano se agotase; tendría que hacerlo con tenis. Y con tenis, al final, Carreño se impuso.
Este viernes venció a Tirante por 7-6(0), 7-5, 3-6 y 6-4 para clasificarse para octavos de Roland Garros por cuarta vez en su carrera, la primera desde 2021, y alejar el fantasma de una retirada que parecía inminente.
"No quería que la lesión me retirara, quería volver a disfrutar del tenis. Obviamente me planteé dejarlo porque no podía jugar, entrenar, no podía hacer nada. Siempre sufría dolor y fui perdiendo la ilusión. Por suerte me operé, fue bien y poco a poco mejoré. No volveré a mi mejor nivel, pero no lo necesito. Solo quiero acabar mi carrera con buen sabor de boca", explicaba a EL MUNDO el pasado otoño en Nueva York, durante el US Open. Pero esta temporada todo le empujaba hacia el adiós.
Y ahora, quizá Jódar
Después de múltiples lesiones de espalda y codo, el hombro derecho le andaba martirizando y, de hecho, la semana pasada tuvo que retirarse del Challenger de Valencia. "Me dolía el hombro, no podía ni coger la raqueta. Vine aquí a Roland Garros muy justo, pero parece que el tratamiento ha surtido efecto. Me ha sorprendido mucho, la verdad", confesaba Carreño tras derrotar en primera ronda al checo Jiri Lehecka, número 12 del mundo, y en segunda al australiano Thanasi Kokkinakis.
ANNE-CHRISTINE POUJOULATAFP
En la próxima ronda, el domingo, le espera un veinteañero -Rafa Jódar o el estadounidense Alex Michelsen-, pero que le quiten lo bailado. Si quería volver a disfrutar del tenis antes de colgar la raqueta, en París lo está consiguiendo. Vaya si lo está consiguiendo.
Al acabar el partido ante Tirante, Carreño se echaba las manos a la cabeza como quien no se cree lo que acaba de ocurrir, aunque el triunfo fue merecido. Como hizo en los partidos anteriores, el español despegó un juego completísimo, capaz de frenar el ímpetu de su adversario desde el fondo de la pista, con variedad e inteligencia. La única duda que se ceñía sobre él era si sería capaz de mantener el esfuerzo físico y lo hizo.
La noche antes de la final del Torneo Nacional Sub-15 de 2021, en un hotel de Cartagena, Rafa Jódar y Luis Llorens compartían litera. Eran los dos finalistas del torneo, amigos íntimos y compañeros en el Club de Tenis Chamartín. A mitad de la noche, Llorens se despertó sobresaltado. Jódar estaba sonámbulo junto a su cama, con la raqueta en ristre.
"Me dijo: 'Luis, Luis, dame la mano, que te he ganado'. Yo estaba flipando. El tío había visualizado tanto la victoria durante el día que también lo estaba haciendo dormido", recuerda Llorens, que al día siguiente cayó ante Jódar por 6-1 y 6-4. "Me enchufó lo que quiso. Lo mejor es que al despertar no hablamos de lo que había pasado, porque ninguno de los dos sabíamos si había sido real o un sueño. Hasta después de la final no sacamos el tema. Por encima de todo, de Rafita siempre me ha sorprendido su competitividad".
El mismo chico que aprendió a golpear una pelota en el garaje de su casa en Leganés es hoy la nueva sensación del circuito mundial a sus 19 años, cuartofinalista en el Mutua Madrid Open y en el Masters 1000 de Roma, y uno de los aspirantes al Roland Garros, donde hoy (sobre las 13.00 horas) disputa la tercera ronda contra Alex Michelsen. EL MUNDO ha hablado con quienes le han acompañado en el camino para contar cómo se construyó un fenómeno.
El padre que marcó el camino
Todo empieza por el padre. En todas las conversaciones aparece el padre. Detrás de Rafa Jódar, Rafael Jódar. "Yo estoy en un segundo plano y me gustaría seguir así", responde cuando se le pide una entrevista, y ahí está su carácter reservado, discreto.
Licenciado en INEF y profesor de Educación Física, cuentan quienes le conocen que llegó al tenis por descarte. Fue una coincidencia. Antes de sentarse en el banquillo de su hijo por los torneos del mundo, fue preparador físico de atletismo y baloncesto y, de hecho, descubrió la élite con un equipo de baloncesto femenino. Entre 2007 y 2014 formó parte del cuerpo técnico del Rivas Ecópolis, club con el que ganó una Liga Femenina, una Copa de la Reina y rozó el título de la Euroliga.
El Rivas Ecopolis, con Jódar en el centro, atrás.Benito Pajares
Entre sus pupilas de aquella época estaba Amaya Valdemoro, una de las mejores jugadoras españolas de la historia. "Era un tío muy trabajador, que te decía siempre las cosas claritas y un amante del deporte", recuerda Valdemoro. "Hablábamos mucho del atletismo, que nos encantaba a los dos. Y ya por entonces andaba su hijo por allí, con la raqueta a cuestas". Pero aquello acabó de golpe: el Rivas cayó en bancarrota, Valdemoro se retiró y Jódar padre tuvo que reinventarse. Así llegó al tenis. De aquellas ruinas, este imperio.
Rafa hijo nació el 17 de septiembre de 2006 en el Hospital Universitario Severo Ochoa de Leganés, creció sin hermanos en el barrio de Arroyo Culebro de la ciudad y desde pequeño compartió con su padre la misma pasión por el deporte. Pudo haber sido futbolista -jugó varios años en el Santa Bárbara de Getafe- o incluso jugador de baloncesto, dado sus 1,91 metros, pero eligió el tenis.
Los primeros golpes, en el garaje de casa
Los primeros golpes los dio en el garaje de casa, con su padre lanzándole pelotas, y el salto a la pista llegó cuando Rafael padre encontró trabajo como preparador físico en la escuela de tenis del Complejo Deportivo del RACE de Ciudalcampo. Allí conoció a Fernando Varela, entrenador que se convertiría en la voz técnica más influyente de su primera etapa como tenista.
"En la escuela de RACE contrataron a Rafa padre como preparador físico y empezó a traer al niño, que era muy pequeñito, a recibir alguna clase el fin de semana", rememora Varela. "Así empezamos a trabajar juntos, pero la escuela cerró y tuvimos que buscar soluciones. Conseguí que me cedieran unas pistas en mi urbanización, también en Ciudalcampo, y allí entrenaba dos días a la semana a Rafa junto a otros niños. Luego, en el Chamartín, donde era socio, repetía y repetía todo lo que habíamos ensayado con su padre".
Jódar, con Varela, después de un entrenamiento.CEDIDA
Esa dinámica -Varela como guía técnico, el padre como entrenador diario- definiría la formación de Jódar, junto a sus ganas de jugar. En sus muchas horas en el Chamartín peloteaba con quien se pusiera por delante -"hasta con las veteranas", apuntan- e incluso hubo una época en la que se acercaba a las pistas municipales del Polideportivo Olimpia, en su Leganés, para sumar más sesiones. Allí entrenaba Lolo Pastrana, que hoy precisamente es director deportivo del Club de Tenis Chamartín.
Un ecosistema único
"Tanto él como su padre han sabido empaparse del entorno. Rafa siempre ha peloteado con todo tipo de socios del Chamartín y ha escuchado sus consejos. El club tiene un ecosistema muy particular y por eso han salido de aquí Rafa, Martín Landaluce, Dani Mérida, Jessica Bouzas...", se enorgullece Pastrana, que destaca el trabajo de Jódar como jugador de club y el trabajo con su padre: "Es como el padre de las Williams en positivo: es muy metódico, incluso contaba las bolas que su hijo pegaba en cada sesión, pero al mismo tiempo respetuoso con la figura de los entrenadores".
Jódar, junto a Llorens y Cristina Ramos, del ChamartínCEDIDA
Del Jódar niño cuesta encontrar referencias porque entonces no era una promesa, como admite todo su entorno. "No destacaba", define Pastrana. "No era un niño especialmente bueno", confirma Varela, su técnico. "Tardó muchos años en ganarme", añade Llorens, su amigo y compañero. Mientras otros jugadores de su generación marchaban a academias de élite en Barcelona o Valencia y se apuntaban a institutos online para poder entrenar más horas, el ahora número 29 del mundo crecía en Madrid sin expectativas, como un adolescente más. Bajo la influencia de unos padres maestros -su madre también es profesora-, se sacó el bachillerato de Ciencias, con Biología y Química, de manera presencial en el IES Rafael Frühbeck de Burgos de Leganés, y nunca renunció a la normalidad.
En ese tiempo, además, Jódar arrastraba un defecto que con el tiempo ha convertido en virtud. En su niñez y preadolescencia era un tenista lento, incluso muy lento. Quienes se enfrentaban a él sabían que si le movían le podían ganar, y por eso él empezó a jugar como juega ahora. Si hoy resta tan bien, si golpea con tanta velocidad, si es letal al revés es porque años atrás necesitaba acortar los intercambios. ¡Boom!, y se acababa el problema. Así, de hecho, empezó a asomar entre los mejores del país.
De la promesa al fenómeno mundial
Después de la victoria en el Torneo Nacional Sub-15 de 2021 de la somnolencia, Jódar volvió a estar bajo el radar hasta su segundo año como junior, en 2023. Aquella temporada empezó con una victoria en el J200 de Valencia y ahí despegó. "Tenía 16 años y ese torneo le catapultó. Tuvo que empezar en la fase previa porque antes no había jugado mucho. Se perdía muchos torneos porque le coincidía con clases o exámenes y sus padres nunca quisieron que se saltara ni uno", cuenta Álvaro Ribes, entrenador del Chamartín que le acompañó en muchos torneos y que recuerda cómo le favoreció el estirón. A partir de entonces el ascenso: en 2024 ganó el US Open para menores de 18 años, en 2025 se fue a la Universidad de Virginia y este 2026, ya como profesional, la eclosión.
"Siempre estaba en el Chamartín con su padre a pico y pala, con una disciplina, una seriedad y una profesionalidad increíble. Yo entonces entrenaba a una jugadora estadounidense, Peyton Stearns, que ahora está entre las 50 mejores del ranking WTA, le pedí si podía hacer de 'sparring' y lo hizo encantado", recapitula Pato Clavet, que fue Top 20 del mundo y ganador de la Copa Davis de 2000, ahora entrenador en el Chamartín. Admiten quienes vieron aquellos encuentros entre el Jódar junior y Stearns que el español ganaba "siempre y sin pisar el acelerador". "Rafa es muy educado, un chico muy correcto", le define Clavet en la misma línea de todos los entrevistados.
Jódar, en el centro de sus amigos, con la camiseta de España.CEDIDA
"Es un chaval de esos que te puedes llevar a cualquier lado y siempre te va a hacer quedar bien. No es muy extrovertido, pero siempre sabe qué decir", precisa el técnico Ribes. "Es un poco hermético, pero es muy amable y, sobre todo, muy inteligente. Entiende todo lo que está ocurriendo a su alrededor, eso no le va a despistar. Y tiene claro lo que quiere", apunta Pastrana, director deportivo. "Tiene la virtud del trabajo. Incluso diría que es un superdotado cuando hay que acumular volumen de entrenamiento", comenta Varela, que fue su entrenador. "Nosotros la liamos más y él es el tranquilo del grupo, pero no es un tío callado ni serio. Se ríe como todos, pero simplemente es más tranquilo", finaliza su amigo, Llorens.
Según cuenta, Jódar no es muy de móviles ni videojuegos y el hobby al que dedica más horas es el fútbol. Seguidor del Real Madrid, no se pierde un partido, más ahora, que ha hecho amistad con Jude Bellingham. Rafita Jódar, el adolescente que hace cinco años le despertó sonámbulo con la raqueta en ristre, es ahora una estrella mundial.
Cada invierno, Jannik Sinner se refugia en Dubái. Lejos de Montecarlo, donde tiene su residencia, pretemporada tras pretemporada se reúne allí con sus entrenadores Simone Vagnozzi y Darren Cahill para evolucionar en su juego y, al mismo tiempo, aclimatarse al calor. Sesiones y más sesiones intensas bajo el sol del golfo Pérsico. Y su tenis mejora, vaya si mejora, pero como se demostró este jueves en su derrota ante Juan Manuel Cerúndolo año tras año las altas temperaturas siguen siendo su talón de Aquiles.
Criado en los Alpes italianos, hijo de los encargados del Rifugio Fondovalle, no supo lo que era entrenar bajo la canícula hasta que se mudó a la costa mediterránea, a la Academia Piatti, con 13 años, y desde entonces arrastra el mismo hándicap. De piel clara y, por tanto, más propensa a sufrir los efectos del sol, no es extraño verle enrojecido durante los partidos ni tampoco sofocado. Con el estómago y los calambres como puntos débiles recurrentes, a lo largo de su carrera ha sufrido ya numerosos episodios en los que el calor le ha llevado a la retirada o le ha dejado al borde de ella.
Thibault CamusAP Photo/Thibault Camus
"No es casualidad que vayamos a Dubái en pretemporada por el clima. Intentamos prepararnos para este tipo de escenarios. Aun así, hay días en los que las cosas no salen como esperas", reconocía esta temporada en el Open de Australia, donde sufrió lo indecible para vencer a Eliot Spizzirri en tercera ronda. Un año antes también había padecido calambres y dolores en octavos ante HolgerRune, y había tenido que abandonar tanto en la final del Masters 1000 de Cincinnati como en la tercera ronda del Masters 1000 de Shanghai. "Con los años conozco un poco más mi cuerpo e intento manejar mejor ciertas situaciones complicadas. Espero que este tipo de problemas vayan disminuyendo poco a poco", comentaba entonces, aunque para esa mejora necesitará algo más que voluntad.
Los contenedores de calor
Según varios estudios fisiológicos, la temperatura ideal para el deporte está entre los tres y los diez grados, y cuanto más sube el termómetro, más cae el rendimiento. Cualquier deportista puede perder hasta un 20% de sus capacidades en días calurosos, y según su formación y su genética, unos son más propensos que otros a los golpes de calor.
"Desde los años 80, con los estudios de González Alonso, los mejores deportistas han trabajado para aclimatarse al calor. Muchos eventos, como el Tour de Francia, los Juegos Olímpicos o los Mundiales de atletismo, tienen lugar entre julio y agosto, y ha habido mucha investigación a su alrededor", explica a EL MUNDO Carles Tur, fisiólogo, responsable de entrenadores del equipo ciclista Q36.5 y preparador de la Federación Española de Vela (RFEV). Antes de los Juegos Olímpicos de Tokio, las sesiones en la cámara de calor del Centro Especializado de Alto Rendimiento de Santander llevaron a las medallas a Nico Rodríguez y Jordi Xammar en el horno que era la bahía de Enoshima. Y en esos mismos contenedores, donde se pueden alcanzar hasta 40 grados y un 70% de humedad, también se preparó durante meses la marchadora María Pérez, que odió el calor hasta que aprendió a dominarlo para convertirse en campeona olímpica y mundial.
La mayoría de tenistas no recurren a ese tipo de entrenamientos porque confían en el efecto de los descansos entre juegos y en la ayuda de las pausas de cinco minutos para ir al vestuario, los llamados toilet breaks. Pero un caso como el de Sinner podría requerir una solución más radical. Un tratamiento de adaptación al calor aumenta la tolerancia de los deportistas e incluso les enseña a sudar más y en más zonas del cuerpo -se puede pasar de un 70% a un 90% de la superficie cutánea-, es decir, a regular mejor la temperatura interna. Sudar mucho puede ser incómodo para la vida diaria, pero es una bendición en competición: quienes sudan más tardan más en deshidratarse y están menos expuestos a una pájara.
Aurelien MorissardAP Photo/Aurelien Morissard
Sinner ya es el mejor del mundo, pero mientras las marcas del termómetro sigan poniendo en jaque su cuerpo, tendrá una deuda pendiente con los Grand Slam. La ciencia lleva décadas ofreciendo respuestas. Solo falta que el número uno decida ir más allá de sus límites para aplicarlas y consiga adaptarse a ellas.
Una hora después de su derrota ante Juan Manuel Cerúndolo, Jannik Sinner apareció en la sala de prensa de la Philippe-Chatrier entero, sereno. Costaba adivinar lo sufrido al verle recostado hacia atrás sobre la silla, esperando las preguntas de los periodistas. Un sorbo a una lata de Perrier y ya está.
"A mediados del tercer set me he sentido mareado, con poca energía, y ya no he conseguido recuperarme. Hacía calor, pero no era una locura. No he sentido que luchara contra el calor, simplemente me he encontrado mal. Había pasado una mala noche, no me sentía muy bien por la mañana, pueden haberme afectado varias cosas. Estas cosas ocurren en los Grand Slam y cuando ocurren a veces puedes recuperarte y a veces, no", comentó Sinner tras desaprovechar una preciada oportunidad de ganar su primer Roland Garros. Como hizo un año atrás tras la final perdida ante Carlos Alcaraz, miró de inmediato hacia adelante y habló de la recuperación, de jugar algún torneo de hierba antes de Wimbledon e incluso de la gira americana con el US Open en el horizonte. Pero la amargura le acompañaba. "Ha sido una pena, pero no veía una salida. En otras ocasiones sí la he visto, pero esta vez no", decía con tantos precedentes en mente, de manera inevitable.
Aurelien MorissardAP Photo
En los dos últimos años, ya en la cima del tenis mundial, el italiano ha sufrido numerosos episodios parecidos, siempre en condiciones meteorológicas adversas. En el Open de Australia de 2025 padeció lo indecible en octavos ante Holger Rune, como esta temporada en tercera ronda ante Eliot Spizzirri. En el Masters 1000 de Cincinnati del año pasado tuvo que retirarse de la final contra Alcaraz con el mismo cuadro, e idéntica desdicha vivió en tercera ronda del Masters 1000 de Shanghai ante Tallon Griekspoor. Y ya esta primavera estuvo en el límite en las semifinales del Masters 1000 de Roma contra Daniil Medvedev. Vómitos, calambres, golpes de calor, sofocos, dolores... en todos los escenarios los síntomas fueron los mismos, aunque el desenlace variara.
El cansancio acumulado
"En Shanghai sufrí por la humedad, en Australia siempre hace mucho calor y el cemento también se calienta... No sé. Hoy ha pasado otra cosa. No hacía un calor de locura. Tengo que considerarlo todo y recuperarme físicamente y mentalmente", reconoció Sinner, que negó que sus males fueran fruto del cansancio.
Desde marzo venía encadenando victorias y títulos en los Masters 1000 de Indian Wells, Miami, Montecarlo, Madrid y Roma, una racha histórica, y todo ese tute debería estar entre las razones de su hundimiento. "Si no hubiera ido a Madrid o a Roma podría haber venido aquí, tener un mal día y pasar por lo mismo sobre la pista. Todo iba muy bien, no he tenido tiempo a valorarlo", asumía Sinner antes de marcharse de la edición de Roland Garros que debía ser la suya.
En las noches de insomnio, Jannik Sinner volverá una y otra vez a la Philippe-Chatrier, escenario de sus tragedias, un lugar que quisiera olvidar. Si el año pasado perdió ante Carlos Alcaraz una final de Roland Garros que tenía ganada, este año fue noqueado por el calor en una segunda ronda ante el argentino Juan Manuel Cerúndolo que ya tenía dominada, sentenciada, prácticamente finiquitada.
Eran las 14.00 horas y el marcador era tan claro a favor del italiano (6-3, 6-2 y 5-1) que buena parte del público ya se había marchado a comer. A Sinner solo le quedaba ganar un juego, celebrar con mesura un nuevo triunfo y retirarse al vestuario a darse una ducha fría.
Hasta ese momento el duelo había transcurrido bajo una canícula aplastante, con 34 grados y un sol de justicia en París, pero el número uno del mundo apenas había dado muestras de incomodidad. Algún resoplido, mucha agua y poco más. Pero entonces, después de dos horas de partido, el calor le golpeó de lleno. De repente dejó de moverse, vencido, mareado, y perdió el rumbo.
Un final de orgullo
El partido transcurría, pero él ya no formaba parte. Su rival, el hermano pequeño de los Cerúndolo, jugaba con inteligencia, moviéndole a un lado y otro de la pista, lanzándole dejadas, pero no siempre lo necesitaba. Sinner, además de acalorado, se lamentaba de dolor en la cadera y ya no podía hacer nada.
ALAIN JOCARDAFP
Quedará en su orgullo y en su biografía como campeón su aguante sobre la pista hasta el final. Se marchó al vestuario en dos ocasiones en busca de un milagro, se cambió de ropa, recibió tratamiento, se hidrató, ingerió lo que le dieron, pero no había manera. Su estrategia pasaba por acortar los puntos pero le faltaban fuerzas para conectar golpes ganadores y piernas para llegar a la red.
Al final, casi a las 16.00 horas, después de dos horas de puro sufrimiento, Sinner se marchó con una derrota por 3-6, 2-6, 7-5, 6-1 y 6-1 y con la tristeza de haber perdido una oportunidad única. Sin Alcaraz en el torneo, después de dominar toda la gira de tierra batida, este era su Roland Garros y ahora tendrá que esperar como mínimo un año. Para entonces le tocará volver a la Philippe-Chatrier, decorado de sus pesadillas, a intentar exorcizar todos sus demonios.
Demasiados precedentes
Para entonces deberá ser otro tenista. A lo largo de su carrera, el ganador de cuatro Grand Slam ha construido mejoras en todos los aspectos del juego. La última, la imprevisibilidad en sus golpes que aprendió tras caer en la final del último US Open. Pero desde la infancia le queda una asignatura pendiente: combatir los elementos.
Thibault CamusAP Photo/Thibault Camus
Son demasiadas ya las ocasiones en las que las condiciones meteorológicas le han derrotado y muchas otras en las que le han mermado. Esta misma temporada le ocurrió en tercera ronda del Open de Australia ante Elliot Spizzirri y en semifinales del Masters 1000 de Roma ante Daniil Medvedev. Entre sus adversarios en Roland Garros este año sólo había uno realmente poderoso y a la primera le derrotó.
Hay un momento en los Grand Slam en que las piernas dejan de ser piernas y se convierten en deuda, y las manos tiemblan cuando no deberían, y la cabeza empieza a rumiar de más, una duda en cada golpe. "¿Qué pasa, tío? ¿Qué pasa?", gritaba al aire Rafa Jódar al descubrirlo. Una cosa es el tenis y otra es el tenis a cinco sets, con tantos ojos encima y los rivales que ya te conocen esperándote. A sus 19 años le falta recorrido en los grandes escenarios, pero le sobra talento para seguir sumando victorias pase lo que pase.
Este miércoles, en segunda ronda de Roland Garros, el joven superó al australiano James Duckworth por 6-1, 6-7 (5), 6-4 y 7-5 en más de tres horas de esfuerzo e incomodidad. A su manera, tan contenido como siempre, celebró y se marchó de la pista 7 para recuperarse lo antes posible de cara a tercera ronda, donde se medirá al estadounidense Alex Michelsen.
No necesitó lágrimas para doblegar a Duckworth, pero sí sudor y sangre, y habrá que ver cómo se rehace. En el Open de Australia de este año ya se llevó un partido largo, a cinco sets, ante Rei Sakamoto, y se presentó exhausto al siguiente. Esta vez debería ser diferente. Ya no le viene de nuevo y de todas las lecciones aprende.
JULIEN DE ROSAAFP
Duckworth, por ejemplo, le enseñó varias para el futuro. Rival modesto -ocupa el puesto 82 del ranking ATP y solo había ganado dos de sus ocho participaciones en París-, mostró a Jódar que a partir de ahora quien se le ponga delante sabrá exactamente qué hacer. En lugar de entregarse a un intercambio directo y rendirse a la velocidad de bola del español, el australiano le ofreció una menú de golpes incómodos -altísimos, muy liftados, cambiando ritmos- y le descolocó. Tras un primer set de dominio, Jódar empezó a acumular error tras error y ahí llegaron sus dudas. ¿Por qué?, se preguntaba mirando a la raqueta.
El inoportuno resbalón
Porque ya es una figura y los Grand Slam son así. En el segundo set, además, sufrió un resbalón en el peor momento: justo durante el tie-break, y ahí se le vino todo encima de golpe. El calor que estos días sofoca París, la sequedad de las pistas que impide que las zapatillas agarren, e incluso el ruido de las gradas. Este miércoles Roland Garros había invitado a todos los niños de los colegios de alrededor -como hace cada año- y estos animaban cuando menos convenía: antes de un saque, durante los intercambios, en todo momento.
Con todo eso encima, y con ciertas molestias en la pierna izquierda -que le obligaron a llamar dos veces al fisioterapeuta-, Jódar se lanzó al desenlace del encuentro y lo hizo con valentía. En lugar de amedrentarse por las circunstancias, peleó más que nunca, batalló con el alma. Su derecha no le ofrecía confianza -acabó con 46 errores no forzados y 38 golpes ganadores- y le costaba horrores conseguir un break -solo logró 6 de 21 oportunidades-, pero era superior y tenía que confirmarlo. Lo hizo y, con mucho que aprender para el mañana, ya está en tercera ronda de Roland Garros.