Este domingo, Ferrero ha revelado con comienza a trabajar con Ángel Ayora. "Emocionado al anunciar una nueva colaboración profesional", escribe el entrenador bajo una foto junto al golfista malagueño, que en Instagram reacciona con un 'vamos'.
El portal especializado 'tengolf.es' informa que Juan Carlos Ferrero ejercerá como 'coach' mental de Ángel Ayora.
El golfista malagueño reveló recientemente que recibió una llamada personal de su compatriota Sergio García para unirse al equipo Fireballs GC en el circuito LIV Golf, pero que la rechazó para perseguir su sueño de jugar en el PGA Tour.
Quizá Carlos Alcaraz ya había tomado nota de lo ocurrido unos días antes con Aryna Sabalenka. Antes de su debut en el Open de Australia, la juez de silla Marija Cicak señaló la muñeca de la número uno del circuito femenino y le obligó a quitarse el dispositivo que llevaba, un Whoop, un wearable que mide datos como la frecuencia cardíaca. Sabalenka se mostró extrañada, pero cumplió con la orden. Tal vez por ese precedente, Alcaraz había escondido su Whoop debajo de una muñequera blanca. No sirvió de nada.
A pocos minutos de comenzar su partido de octavos de final del Grand Slam contra Tommy Paul, la misma juez Cicak le advirtió de que no podía llevar ningún aparato y le exigió que se lo quitara. El español obedeció y ahí pareció quedar la cosa. O no.
"Son reglas del torneo, de la ATP, de la ITF... No se puede jugar con ello. Son cosas que te ayudan a cuidarte más, a controlar mejor el descanso, los entrenamientos, la carga... pero bueno, no he podido jugar con él y no pasa nada. Se quita y a funcionar", aseguró Alcaraz sobre el incidente en su charla con la prensa española. No hubo reclamación ni polémica, hasta que Whoop decidió intervenir.
Empresa estadounidense fundada en 2012, Whoop lleva años invirtiendo en publicidad precisamente para que estrellas como Alcaraz o Sabalenka aparezcan con su producto. Patrocina el circuito WTA y tiene acuerdos con el circuito ATP y la Federación Internacional de Tenis (ITF) para que sus dispositivos sean legales y, de hecho, su uso es habitual en muchos torneos. ¿Cuál es el problema, entonces?
La reclamación de la empresa
Que los Grand Slam tienen sus propias normas. La normativa que se aplica en el Open de Australia establece la restricción de "los wearables que permitan la comunicación externa", para evitar el coaching o las apuestas, y los jueces de silla del torneo consideran que Whoop es uno de ellos.
"Dejad que los atletas midan sus cuerpos. Los datos no son esteroides", reclamó este lunes Will Ahmed, fundador de Whoop, mientras la empresa anunciaba que ha contactado con las organizaciones para que revisen su decisión. ¿Podrá jugar Alcaraz su próximo partido con su medidor de datos? Está por ver. Quizá solo dependa de que haya un acuerdo de por medio.
En los días previos al US Open de 2024, Elena Rybakina despidió a su entrenador, Stefano Vukov, y este se dedicó a perseguirla por los pasillos de su hotel en Manhattan, a escribirle decenas de mensajes y a intentar llamarla más de cien veces. Buscaba otra oportunidad, aseguraba. Pero su acoso obligó a Rybakina a presentar una denuncia y a desvelar que durante los entrenamientos la llamaba «estúpida» o «retrasada». «Me decía que sin él todavía estaría recogiendo patatas en Rusia», afirmó.
El circuito WTA intervino para inhabilitar a Vukov, pero el episodio extremo recordó una evidencia: las relaciones entre los tenistas y sus entrenadores son muy, muy, muy complicadas. La ruptura entre Carlos Alcaraz y Juan Carlos Ferrero antes del presente Open de Australia es solo una más dentro de una larga tradición de desacuerdos, separaciones amistosas y, en casos extremos, traumas. A lo largo de la historia ha habido muy pocos jugadores que hayan mantenido al mismo técnico durante toda su carrera, y así seguirá siendo. Es una unión que siempre tiende al divorcio.
Asanka Brendon RatnayakeAP
«Estas relaciones nunca son fáciles. Pagas a alguien para que te diga lo que debes hacer. Es una situación extraña. En el tenis lo vives desde niño, te acostumbras desde las clases particulares que contratan tus padres, pero aun así es raro. Genera rifirrafes y el equilibrio es muy delicado. Si pensamos en los grandes de la historia, incluso las relaciones de Rafa Nadal con su tío Toni o de Novak Djokovic con Marian Vajda tuvieron un final», escribe en este periódico Garbiñe Muguruza, quien a lo largo de su carrera mantuvo un esquema clásico de cambios de entrenadores: de quien le ayudó en la formación -Alejo Mancisidor- a quien la acompañó en sus Grand Slam -Sam Sumyk-, hasta llegar a quien la mantuvo en la élite -Conchita Martínez-. De uno necesitaba una cosa y de otro, otra. De ahí la dificultad para que las relaciones sean duraderas.
La imprescindible conexión
Cada tenista exige algo distinto y, además, sus requisitos evolucionan: los técnicos tienen la imposible tarea de adaptarse a toda velocidad. Contaba el reputado Patrick Mouratoglou que cuando dejó de entrenar a Serena Williams y empezó a dirigir los pasos de Simona Halep descubrió que no podía seguir la misma metodología. Williams quería mandar y Halep quería que alguien le mandara. Para que Mouratoglou lo entendiera, la rumana tuvo que sufrir un ataque de ansiedad en pleno partido durante el Roland Garros de 2022.
WILLIAM WESTAFP
Al final, es esencial establecer una conexión, y para ello hay dos caminos. Está el tenista que abraza a un técnico y lo mantiene durante muchos años para construir ese vínculo, como Aryna Sabalenka con Anton Dubrov. Y está el tenista que va saltando de preparador en preparador en busca de una magia que nunca acaba de llegar, como Emma Raducanu. La británica, ganadora del US Open de 2021, ha trabajado ya con una docena de coaches -el último, Francis Roig, ex de Rafa Nadal- y su carrera aún no despega.
Un 5% de 'prize money'
«Eso puede ocurrir y es muy ingrato para el entrenador. Durante tres o cuatro meses le ofreces todo tu conocimiento a un tenista y, de repente, decide cambiar. Pero no es lo habitual. Todo el mundo sabe que una relación entrenador-jugador requiere de un tiempo mínimo para dar resultados. Nuestro trabajo es muy bonito, pero muy difícil», define Marc López, también ex técnico de Nadal, que ayudó a Jasmine Paolini y ahora aconseja a Marie Bouzková.
«Es un trabajo que también exige muchos sacrificios, sobre todo a nivel de viajes», comenta López, hoy comentarista de HBO Max y Eurosport -la plataforma que emite el Open de Australia-, que por eso no ve a Nadal en el banquillo de algún jugador próximamente: «Me cuesta verlo, ahora quiere otra vida». Aunque algunos técnicos se pierden ciertos torneos, sí es una rareza que un entrenador principal solo acuda a los Grand Slam y a algún torneo más, como proponía Ferrero. El acompañamiento del jugador a lo largo de la temporada es un requisito básico, aunque por supuesto está recompensado.
WILLIAM WESTAFP
Al contrario que en el fútbol o el baloncesto, en el tenis el salario base no es lo más importante: lo fundamental es el porcentaje de los premios. Lo normal es que un entrenador de un tenista del Top 10 se lleve un 5% del prize money y que los jugadores más modestos cedan más, hasta un 10%. En la ecuación pueden entrar muchas variantes, pero es clave establecer en los contratos todos los condicionantes del empleo. Por ahí se rompió la relación entre Ferrero y Alcaraz, aunque antes ya se había tensado. Es una unión que siempre tiende al divorcio.
Cada tenista puede buscar algo distinto cuando decide cambiar de entrenador. Hay ocasiones en las que después de seis o siete años con el mismo técnico, el jugador no acaba de dar el salto y busca una alternativa para gestionar su carrera. Otros, víctimas de sus propias limitaciones, pretenden encontrar fuera lo que no tienen dentro. En general, un entrenador de cierto nivel suele ser capaz de ver lo que necesita un tenista. Otra cosa es que dé con la manera de acometer esas necesidades, lea lo que éste precisa y sepa adaptarse a su personalidad.
A los 22 años, en lo más alto del ránking y con seis títulos del Grand Slam, el caso de Carlos Alcaraz no responde a ninguna de estas premisas. Su cambio en el banquillo no creo que venga dado por razones técnicas ni por una modificación drástica. Samuel López, el hombre que ahora ocupa el cargo de Juan Carlos Ferrero, ha bebido de las mismas fuentes que su antecesor. Ambos aprendieron de Antonio Martínez Cascales y tienen un lenguaje común. Se trata, así, de dar continuidad a una carrera meteórica hasta ahora llevada con absoluto acierto por Ferrero, al margen de los matices que pueda introducir su relevo. En un tenista de tal caudal técnico, se trata de encauzar bien toda esa energía para que se mueva bien el molino. Una liberación mal entendida entrañaría más riesgos que ventajas.
Es lógico que en los primeros partidos el español pueda tener una sensación de extrañeza cuando dirija los ojos a su box y no encuentre la mirada de siempre, el gesto de complicidad que le ha acompañado desde sus inicios. Ahora bien, esto no tiene por que privarle de seguir ofreciendo lo mejor de sí. Las bases no se han movido. Además, Alcaraz y Ferrero tienen formidables vivencias juntos, mantienen buena relación y espero que estén los puentes abiertos para el futuro.
Estamos, pues, ante un cambio continuista, que no altera la necesaria estabilidad de quien es, junto a Jannik Sinner, el máximo candidato a ganar este Open de Australia. El español se encuentra en disposición de convertirse en el tenista más joven capaz de coleccionar los cuatro títulos del Grand Slam. No hay ninguna razón que le prive de intentar terminar con la secuencia de dos títulos consecutivos de Sinner. Las pistas están en condiciones, no son ni más rápidas ni más lentas, las pelotas son las adecuadas y el escenario es perfecto para que desarrolle todas sus capacidades.
Cuenta con la experiencia de sus anteriores participaciones y llega en perfecto estado. Cierto es que no se ha rodado en ninguna competición oficial previa, pero un jugador de tanto nivel como el suyo se lo puede permitir. Después de dos o tres partidos estará metido de lleno en el torneo.
El tiempo en Melbourne es incomprensible. Tan pronto el termómetro marca 40 grados como desciende hasta los 20; estar a gusto es casi una hazaña. Para los aficionados que se acercan al Open de Australia hay ventiladores con hielo, pero también se venden muchas, muchísimas sudaderas en la tienda oficial. A los tenistas, en cambio, solo les queda mirar la previsión y esperar que la organización les adjudique un horario benévolo.
Carlos Alcaraz ha disputado sus últimos tres partidos en días frescos, bajo los amables efectos del viento antártico, y de repente este martes, en su encuentro de cuartos de final ante Alex deMiñaur, se descubrirá en medio de una ola de calor peligrosa. «Se pueden alcanzar los 45 grados, vigilen si tienen que hacer actividad en el exterior», avisaban este domingo los meteorólogos de Channel 9, la cadena más vista del país.
¿Cómo lo afrontará? «Los tenistas nos tenemos que adaptar a todas las circunstancias, sea de día con mucho calor o de noche con frío y viento. Veremos qué pasa y nos prepararemos lo mejor posible», asumió Alcaraz ante los periodistas españoles tras vencer este domingo en octavos a Tommy Paul en tres sets, por 7-6 (6), 6-4 y 7-5. Unas palabras que podían leerse con doble sentido.
La polémica con Sinner
El día anterior, Jannik Sinner se salvó de la eliminación ante Eliot Spizzirri gracias al nuevo protocolo contra el calor de la ATP; es decir, en su caso, de «adaptación», nada de nada. El número uno no quiso sumergirse en la polémica generada alrededor de su máximo rival, pero en su valoración de lo ocurrido dejó clara su extrañeza. «No sé hasta qué punto la regla dice de parar en juegos pares o impares. No sé si un juego concreto se debió jugar. La regla es nueva y, si está escrita así, se tiene que hacer lo que dice. En esta ocasión salió favorecido Jannik, como él mismo reconoció, aunque otro día puede salir perjudicado», aseguró, y admitió que había tomado nota.
DAVID GRAYAFP
En condiciones normales, su rivalidad con el italiano está igualada, exageradamente igualada, pero si la pista arde, Alcaraz puede utilizarlo a su favor. «Jannik es de una zona de montaña y de muchísimo frío, y yo soy de Murcia. Las condiciones de calor me benefician, no lo puedo negar. Él lleva mucho tiempo en el circuito y se va adaptando, pero todos podemos ver que todavía le cuesta, y eso es algo que puedo aprovechar», comentó con sinceridad. Aunque para que llegue un posible enfrentamiento con Sinner todavía quedan muchos obstáculos.
"Partidazo" ante Paul
Antes quedan dos rondas que superar y una continua evolución, como la que mostró este domingo ante Paul. Tras tres encuentros relativamente sencillos, Alcaraz elevó su nivel para esquivar cualquier opción de derrota. Su arranque fue frío, como la jornada, pero después remontó con un saque muy fiable —un 70% de primeros— y una derecha... qué derecha. Paul es uno de los pocos rivales del circuito capaces de sostener su velocidad de bola, pero aun así fue desbordado.
«Era mi rival más complicado en cuanto a nivel y ha sido un partidazo. He acabado con sensaciones muy positivas, tanto física como mentalmente. Siempre hay cosas que quiero hacer mejor, pero ha sido un partido completo y muy bueno», analizó después. Si acaso, le queda mejorar la celebración. Al final del encuentro, en mitad de la pista, Alcaraz se puso a imitar un meme y nadie pilló la broma. La gracia era simular una lesión y luego ponerse a bailar, una trend muy popular en TikTok, y a varios miembros de su equipo casi les da un infarto. ¿Se había hecho daño? No, no, estaba de guasa. «No lo han pillado, no lo han pillado. Estaban todos asustados», se reía el número uno del ranking ATP antes de marcharse.
En el culmen de la era esplendorosa del Big Three había un fenómeno que afectaba a la mayoría de sus rivales, si no a todos. Ante Roger Federer, Rafa Nadal o Novak Djokovic, no había manera. El resto saltaban derrotados a la pista, conscientes de su desventaja. Algunos tenistas que podían discutirles los partidos había perdido tantas veces ante ellos y de manera tan dolorosa que, ante una oportunidad de ganarles, temblaban, se encogían, reculaban. Ese mismo efecto provoca ya Carlos Alcaraz.
A sus 22 años hay adversarios que se entienden incapaces y saltan a la pista con el miedo en el cuerpo. Este domingo el estadounidense Tommy Paul pudo inquietar a Alcaraz, incluso llevarle al límite, y si perdió en tres sets por un rápido 7-6 (6), 6-4 y 7-5 fue porque en ningún momento pensó que podía hacer otra cosa. El partido fue más igualado que lo indica el marcador, pero Alcaraz alcanzó los cuartos de final del Open de Australia sin un rasguño.
Fue también mérito suyo, por supuesto, y de una nueva habilidad que también recuerda a las leyendas. Antes Alcaraz volaba durante la mayor parte de los partidos y, en algunos momentos, se relajaba y se metía en líos. Ahora, alcanzada la madurez, domina esos altibajos: es él quien decide cuándo embestir y cuándo esperar.
IZHAR KHANAFP
Este domingo ambas circunstancias, el temor de Paul y el control del número uno, convergieron en un primer set largo, tenso y decisivo: su desenlace fue el desenlace del encuentro. El estadounidense, de vuelta a su mejor nivel después de una lesión, tuvo hasta tres oportunidades para llevarse el set y entregó las tres. La primera fue obra de Alcaraz, que recuperó un ‘break’ temprano. Pero las dos siguientes fueron errores suyos. En el ‘tie-break’, Paul exageró su tenis duro y adquirió ventaja -se puso 5-4 y dos saques a su favor-, pero acabó deprimido entre fallos y doble faltas.
Fiabilidad con el saque
A partir de entonces, en el segundo y tercer set sólo quedaba esperar la arremetida de Alcaraz. Ante el número uno, muy seguro con su saque y su derecha, el yankee ya no volvió a tener ni una opción de rotura, menos de victoria. Todo estaba decidido.
"Estoy muy contento de haber ganado en tres sets. Tommy ha jugado a un gran nivel desde el principio y yo he tenido que trabajar para igualarle", analizaba el español que ahora se enfrentará al vencedor del duelo entre Alex De Miñaur y Aleksandr Bublik. En la entrevista post-partido, además, se felicitaba por su porcentaje de primeros servicios (70%), una de sus armas durante el encuentro: "Me sorprende hasta a mí, para ser sincero. Llevo mucho tiempo trabajando mi saque y ahora estoy apreciando los resultados"
El tenis tal y como lo conocemos podría desaparecer en los próximos años. O no. La única certeza es que entre las pistas y los despachos hay una guerra civil a punto de explotar. A un lado, el Open de Australia y muchísimos jugadores —más de 600—, aunque estrellas como Carlos Alcaraz y Jannik Sinner se hayan alejado de las trincheras. Al otro, los circuitos ATP y WTA y los otros tres Grand Slam: Roland Garros, Wimbledon y el US Open. Entre ambas partes ya hay demandas, multimillonarios dispuestos a intervenir e incertidumbre. Quizá desaparezca el sistema actual. Quizá no pase nada. Pero el precedente del golf y la herida abierta del LIV Golf espantan.
Para entender la situación hay que rebobinar seis años y centrar la mirada en un solo tenista, el más laureado de todos los tiempos: Novak Djokovic. En 2020, el serbio creó un nuevo sindicato de jugadores junto a Vasek Pospisil para reclamar lo que consideraba que era suyo: más dinero, más libertad comercial, menos partidos y menos imposiciones. "Nos merecemos tener más voz en las decisiones que se toman en los despachos", afirmaba entonces Djokovic, que respaldaba la fundación de la Professional Tennis Players Association (PTPA) con datos.
Pese a que los premios de los torneos aumentan cada año, los tenistas solo reciben el 17% de los ingresos que genera su deporte, un porcentaje minúsculo si se compara con el 50% que obtienen los jugadores de la NBA o el 70% que pueden llegar a cobrar los futbolistas. Además, los circuitos ATP y WTA apenas ofrecen espacio para la publicidad individual de cada jugador y, a cambio, les exigen cada vez más días de trabajo, especialmente tras la ampliación a dos semanas de los Masters 1000. "Es un calendario insostenible", argumentaba Djokovic, que pronto encontró apoyos.
Denuncias internacionales
En su primer año de vida, la PTPA afilió a centenares de socios, especialmente jugadores modestos, aunque también se sumaron nombres conocidos como Paula Badosa, Hubert Hurkacz, Ons Jabeur, Reilly Opelka o Pablo Carreño. Con Djokovic a la cabeza, la asociación hizo el ruido necesario, expuso sus propuestas y planteó una negociación a todos los dirigentes del tenis. Pero solo recibió silencio por respuesta. Durante varios años, ni la ATP, ni la WTA, ni los Grand Slam hicieron caso alguno a la PTPA y sus reivindicaciones se fueron apagando.
Hasta el año pasado. En marzo, la Professional Tennis Players Association, hasta entonces criticada por su falta de impacto, presentó por sorpresa varias demandas en Estados Unidos, la Unión Europea y el Reino Unido contra los órganos rectores del tenis por "prácticas anticompetitivas". "Los jugadores estamos atrapados en un juego amañado, con un control limitado sobre nuestras carreras y nuestras marcas, mientras sufrimos un flagrante desprecio por nuestro bienestar", proclamaba el sindicato, que iba incluso más allá al afirmar que los dirigentes de su deporte operaban "como un cartel". Aquello fue el inicio de un terremoto del que todavía se desconocen las consecuencias.
El papel del Big Two
A partir de ese momento, las dos partes empezaron a moverse con rapidez. La PTPA, apoyada económicamente por el billonario estadounidense Bill Ackman, se lanzó a buscar 1.000 millones de dólares entre bancos e inversores para crear un nuevo circuito unificado, el Pinnacle Tour, que debería mejorar el reparto de beneficios y explotar menos a los tenistas. Además, alcanzó un acuerdo con el Open de Australia para colaborar a cambio de retirar al torneo de la demanda. La ATP, la WTA y los otros tres Grand Slam, por su parte, cerraron filas y prometieron batalla mientras maniobraban en la sombra. Durante unos meses se barajó la posibilidad de que el Fondo de Inversión Pública de Arabia Saudí interviniera en la revuelta a favor de los jugadores, pero la ATP consiguió su apoyo a cambio de otorgarle un nuevo Masters 1000 a partir de 2028.
Y ahora, ¿qué pasará? Nadie lo sabe. Los litigios jurídicos pueden durar años y, en teoría, antes deberían llegar los pactos. De momento, la PTPA parte en desventaja. Todavía no ha encontrado el dinero necesario para montar su propio circuito y sufre una notable división interna. La pasada semana, de hecho, Djokovic decidió desvincularse de la asociación por "la falta de liderazgo entre los tenistas", una crítica implícita a la falta de apoyo de Alcaraz o Sinner, que no quieren inmiscuirse. Pero si el sindicato encuentra la inversión que anhela y el Big Two decide dar un paso al frente, el tenis tal y como lo conocemos podría cambiar para siempre.
En una de las pistas exteriores del Melbourne Park, Carlos Alcaraz entrena su saque cortado entre los gritos de los cientos de aficionados que le esperan detrás de las vallas y habla con su entrenador, ahora su único entrenador, Samu López. Antes de encarar el ejercicio, los dos hablan de la posición, de la altura de la pelota, de la velocidad. Alcaraz pregunta y propone; López contesta y aconseja. Hay un diálogo distendido, una conversación entre iguales. Después de unos minutos de diálogo, el tenista lanza a propósito su primer intento contra su mánager, Albert Molina, y su fisioterapeuta, Juanjo Moreno, que descansan a un lado debajo de una sombrilla. Todos se ríen y entonces sí, empiezan las repeticiones en serio.
La escena ejemplifica todo lo que ha cambiado alrededor de Alcaraz desde que decidió soltar la mano de su técnico de siempre, Juan Carlos Ferrero, y trabajar únicamente con López, que el año pasado era ayudante. Con el mismo equipo y la misma filosofía no ha habido una revolución, pero sí ha habido cambios. Después de vencer este viernes a Corentin Moutet por 6-2, 6-4 y 6-1 y de clasificarse para los octavos de final del Open de Australia, donde este domingo se enfrentará a Tommy Paul, el número uno disfruta de su nueva realidad.
«Se nota que está más cómodo. Ahora puede aportar más porque con Samu hay más diálogo», asegura a EL MUNDO durante una sesión un miembro del entorno de Alcaraz, y certifica así aquello visible. De la época con Ferrero a la actualidad con López hay dos diferencias esenciales y ambas encajan con el carácter del tenista.
Largas charlas, muchas risas
La primera es el tiempo dedicado a conversar. Antes Alcaraz recibía indicaciones específicas de Ferrero -«Haz dos derechas y una dejada»-, ejecutaba mientras el técnico observaba detrás, al fondo de la pista, y las correcciones llegaban al final. Ahora, en cambio, debate con López sobre los ejercicios a realizar y éste, constantemente a su lado, le hace indicaciones al momento. De alguna manera son dos metodologías pedagógicas: la antigua educación de clases magistrales y examen y el aprendizaje por proyectos.
Hollie AdamsMUNDO
La segunda diferencia está en el ambiente. Con Ferrero como director, el entrenamiento tenía que ser el entrenamiento. En los minutos finales de cada sesión permitía risas y juegos, como la petanca con la que apostaban en Wimbledon, pero antes exigía concentración. Con López el ambiente es más relajado. Alcaraz se divierte con bromas con los suyos e incluso cierta interacción con el público. Se suda, vaya si se suda, pero de otra manera.
El papel de su hermano Álvaro
«Mi equipo me conoce muy bien y saben qué necesito. Tenemos nuestros códigos. A veces me dicen una palabra y yo directamente sonrío», comentaba este viernes Alcaraz sobre su conexión con su grupo actual, que quedó en evidencia ante Moutet. Mientras el francés desplegaba su paleta de golpes creativos, especialmente su dejada, Alcaraz trataba de mantenerse firme, de negarle cualquier opción y de esprintar para devolver todas las bolas. Hasta 55 veces tuvo que subir a la red, una barbaridad. Al final del tercer set, el número uno se giró hacia su banquillo y les soltó: «Yo ya no corro más». Todos se descojonaban. A la jugada siguiente Moutet volvió a tirar una dejada y Alcaraz corrió, llegó y se llevó el punto. Las risas se hicieron aún más fuertes.
En ese palco estaba Samu López, Albert Molina, Juanjo Moreno y, por último, Álvaro Alcaraz, el hermano mayor del tenista, con su nuevo rol. Hasta este año, Álvaro sólo había ejercido de sparring y de coach, de apoyo emocional, pero ahora participa más de los entrenamientos. No ha habido nombramiento oficial, pero ejerce de segundo entrenador como lo hacía antes López. En la sesión previa al partido con Moutet, por ejemplo, Álvaro daba indicaciones a Adam Jones, el sparring británico que estos días está ayudando a Alcaraz, sobre cómo emular el tenis de Moutet e intentar sorprender al número uno. «Mi hermano va a coger más protagonismo. Sabe muchísimo de tenis y sus opiniones nos aportan muchísimo tanto a Samu como a mí», aseguraba este viernes Alcaraz ya en su nueva realidad.
¿De qué sirve una ovación? En la mayoría de escenarios, una estampida de aplausos lo es todo: el reconocimiento, el éxito. Pero en el tenis no es así. El tenis no es lugar para artistas; tan cruel resulta. Después de cada truco que asombra al público hay que ganar otro punto, y otro, y otro, y al final la magia queda enterrada por la derrota. En el tenis, una ovación no sirve para nada.
Corentin Moutet se presentó ante Carlos Alcaraz con su paleta de golpes de autor —sus dejadas, sus globos, sus liftados, sus tweeners, sus saques por abajo— y los aficionados se lo pasaron bien, vaya si se lo pasaron bien, pero el francés no tuvo opción. El marcador, que acabó reflejando un 6-2, 6-4 y 6-1 en dos horas y cinco minutos de juego, condenó su arte. A ratos, una tercera ronda del Open de Australia se convirtió en una exhibición y fue divertidísimo; ese será su consuelo. Si estaban durmiendo, miren los highlights, porque valdrán la pena.
DAVID GRAYAFP
Hubo múltiples intercambios para el espectáculo y los editores de los vídeos de las distintas televisiones tendrán donde elegir. El resto de puntos, eso sí, fueron dominados por Alcaraz. Su superioridad ante Moutet era tan evidente que podía escucharse; ni siquiera hacía falta abrir los ojos. Sus golpes sonaban como siempre, una detonación tras otra, mientras el francés emitía un ruido distinto, un murmullo. Si no inventaba, le faltaba fuerza. O, mejor dicho, inventaba porque le falta fuerza. De vez en cuando, Moutet soltaba su derecha desde el fondo de la pista y parecía peligroso, pero lo hacía tan pocas veces, era tan excepcional, que no suponía una amenaza real. El riesgo para Alcaraz estaba en la distensión.
Cuatro juegos consecutivos
El segundo set fue la evidencia. En los primeros 45 minutos de partido, todo estaba resuelto. Al número uno también le gusta entretener a los aficionados, pero su juego se basa en la potencia que el tenis actual exige y sus derechazos no encontraban respuesta al otro lado de la pista. Con 6-2 y 3-0 en el marcador, su clasificación para octavos de final era cuestión de tiempo. Pero entonces Moutet le tendió una trampa. Entre la tensión que genera un Grand Slam, en una pista multitudinaria como la Rod Laver, le invitó a bailar con golpes tan raros como un par de saques por abajo, y Alcaraz aceptó la oferta.
Entre el jolgorio del público, ambos empezaron a buscar el más difícil todavía. Y de repente, el español concedió cuatro juegos consecutivos, dos breaks en contra —del 3-0 al 3-4—, y tuvo que ponerse a trabajar de nuevo. Tampoco le costó recuperarse, pero tendrá que aprender de lo ocurrido. Hasta el final del partido podía divertirse, sí, pero lo más importante era la victoria. En la siguiente ronda le espera Tommy Paul, que no será tan ameno.
"No es fácil jugar contra alguien como Corentin, no sabes lo que vendrá. Lo bueno es que ha sido divertido para todos, habrá muchos 'highlights'", comentaba Alcaraz que bromeaba sobre la cantidad de dejadas que le había hecho Moutet. El francés le llevó a la red hasta 55 veces y, al final, aseguraba estar "exhausto": "Ha habido un momento en el que le he dicho a mi equipo que ya no me iba a correr más a las dejadas. Normalmente soy yo el que utiliza ese golpe, ahora veo lo que provoca".
«Yo también puedo ver similitudes, sí, sí», reconocía hace unos días Carlos Alcaraz, al tiempo que se defendía: «Pero no pensé en copiar a Novak [Djokovic], simplemente salió así».
Desde que llegó al circuito ATP, Alcaraz ha aprovechado cada pretemporada para perfeccionar su saque. Cuando celebró su primer Grand Slam en el US Open de 2022 se frenaba hasta dos veces antes de golpear; al año siguiente pasó a hacer únicamente una parada; y la temporada pasada adoptó un movimiento más fluido, sin pausas, muy directo. Fue un éxito. Más puntos ganados con el primer servicio -del 73% al 74%-, más aces por partido -de 3,9 a 4,8- y, más allá de los números, mayor confianza. En su triunfo en el último US Open sobre Jannik Sinner, por ejemplo, el saque fue su argumento más sólido.
Pero aun así, el pasado diciembre quiso introducir algún retoque de la mano de Samuel López. Los cambios de años anteriores le habían dado más potencia, pero también le habían restado fiabilidad. Cada vez tenía que recurrir más al segundo saque -el porcentaje de primeros cayó hasta el 63%- y esa tendencia podía llevarle a problemas en determinados encuentros. Ahí entró en juego Djokovic.
El mayor problema que Alcaraz tenía al sacar era el toss, es decir, el lanzamiento de la pelota al aire antes del impacto. Había días en los que subía recta y firme, pero en otros le bailaba y no encontraba la manera de controlarla. Por ello, en la Carlos Alcaraz Academy, López le propuso dos pequeñas variaciones como remedio. Ahora el número uno del mundo se prepara colocando la pelota sobre la raqueta para sentirla antes de propulsarla. Y, al hacerlo, ejerce la fuerza con delicadeza, con la muñeca hacia abajo en lugar de hacia arriba. Son dos detalles mínimos, pero llamativos: es lo que lleva haciendo Djokovic toda la vida. Ahora el saque de Alcaraz se parece al del serbio. Se parece mucho. Se parece muchísimo.
PAUL CROCKAFP
«En cuanto vi el saque de Carlos, le envié un mensaje diciendo: 'Debemos hablar sobre los derechos de autor'. Y el otro día, cuando llegamos aquí a Melbourne, le comenté que hay que empezar a hablar de royalties. Por cada ace que haga en el torneo, espero un homenaje. A ver si cumple el acuerdo», bromeaba Djokovic el lunes, después de que el propio Alcaraz admitiera «ver similitudes». «Hay golpes que no he cambiado nunca, pero siempre estoy mirando cómo mejorar mi saque. Prácticamente cada año he introducido algún detalle nuevo. Si me comparo con mi versión de hace cinco años, lo más diferente técnicamente es el saque, eso seguro», aseguraba este miércoles Alcaraz.
Una arma para este torneo
Un análisis certero de los efectos del cambio exige meses, pero en los dos partidos que ya ha disputado en el presente Grand Slam el español ha empezado a encontrar resultados. En el debut ante Adam Walton, su porcentaje de primeros se elevó hasta el 67% y apenas sufrió con el saque -aunque cedió un break en la única opción en contra-. Y este miércoles, frente a Yannick Hanfmann, su servicio le sostuvo en un primer set muy incómodo. Al final venció por 7-6(4), 6-3 y 6-2, y este viernes, en tercera ronda, se medirá a Corentin Moutet, un tenista extravagante que volverá a poner a prueba armas como su saque.
Ante Hanfmann quedó en evidencia que, después de dos meses de parón, el español todavía está en busca de ese no sé qué que te da la competición. Apareció nervioso, perjudicado por el cambio de horario -debutó de noche y esta vez jugaba al mediodía- y molesto por el fuerte viento que soplaba en Melbourne. En el primer set, un periodo que se alargó durante 78 minutos, empezó con problemas con su derecha que le llevaron a cometer varios errores no forzados y muy pronto se vio con un break en contra. El 1-3 en el marcador era una amenaza.
Hubo un buen tramo en el que no le salía nada. Si hacía un malabarismo con la raqueta, se le caía. Si jugueteaba con las pelotas, se le escapaban. Pero la rotura de su servicio por parte de Hanfmann le obligó a reaccionar con rapidez y, en el juego siguiente, todo empezó a funcionar.